sábado, 18 de febrero de 2012

RUTA Y MANTEL. La gastronomía de la carretera. CASA PINET (Tárbena)

    CASA PINET. ¡En pie, famélica legión!


     En Casa Pinet suenan constantemente las primeras notas de La Internacional. Concretamente cada vez que una paella mixta o cualquier otro tipo de arroz abandona los fogones de la cocina en dirección a una de las mesas del restaurante. Y como quiera que en este insólito local se sirven a diario un buen número de arroces a una legión (famélica, o no) de viajeros curiosos de todas las nacionalidades que se acercan a conocerlo, los primeros compases del Himno proletario constituyen la banda sonora del establecimiento por antonomasia.
     El restaurante Casa Pinet (o Can Pinet, en honor a los ascendientes mallorquines de su propietario) es una casa de comidas popular y algo estrambótica que a casi nadie deja indiferente. Se ama este lugar o se le detesta, y no por las mejores o peores virtudes culinarias de su repertorio gastronómico casero, que de esto hablaremos más adelante, sino por las filias y fobias políticas de cada cual, lo que puede parecer una tontería, y a mí me lo parece, pero es que muchos españoles todavía hacen confrontación y bandera de las ideologías, son así de tontos, cuando a Casa Pinet a lo que se viene es a comer con aceptable decoro y a echarse unas risas precisamente a costa de las ideologías, en este caso de izquierdas. Porque, como digo, esta es una especie de fonda o tasca de pueblo, tipical spanish, que bien podría pasar por una tienda de souvernirs turísticos, de no ser porque no venden nada que no sea la comida que te sirven en sus dos pequeños comedores interiores, y a este tipo de establecimientos hosteleros hay que entrar siempre con una sonrisa en los labios y mucho sentido del humor, por lo menos tanto como el que tiene su propietario, cuestión ésta que también trataremos más adelante. Ahora bien, es perfectamente comprensible que determinadas personas escasamente dotadas de sentido del humor puedan sentirse molestas, e incluso ofendidas, al estar comiendo bajo un estandarte con la efigie de Lenin o de un retrato del mismísimo Che Guevara, por poner dos ejemplos oportunos.


     Casa Pinet se encuentra ubicada junto a la Iglesia parroquial, en el centro urbano de Tárbena, un recoleto pueblecito alicantino escondido en lo más profundo de las sierras de la comarca de la Marina Baixa, que fue repoblada con mallorquines después de quedar deshabitada en el siglo XVII tras la expulsión de los moriscos, otro ejemplo histórico de la intransigencia política y religiosa y del escaso sentido del humor de nuestros antepasados gobernantes. De todos modos es casi imposible no encontrar este restaurante, se venga desde donde se venga, porque tiene carteles indicadores por toda la comarca. Antaño se trataba de rótulos hechos con letras de molde pintadas sobre la roca viva de las carreteras en esta zona tan montañosa, y yo recuerdo haber visto estos rótulos por lo menos desde hace veinticinco años, hasta que la furibunda influencia ecologista fue haciendo desaparecer estos reclamos tan pedestres, independientemente de su agresión al entorno natural ya de por sí seguramente considerados como publicidad ilegal. Pero para entonces Casa Pinet ya era un local lo suficientemente conocido en todas partes (incluso se anunciaba y se sigue anunciando en guías turísticas), y yo he llegado a ver referencias suyas en otros establecimientos españoles situados a casi 1.000 kms. de distancia de Tárbena, como por ejemplo en el restaurante El Gasolina, un extraordinario asador castellano situado en Cervera del Pisuerga, provincia de Palencia.   


Recreación gráfica de las antiguas pintadas publicitarias de Casa Pinet en las carreteras de la comarca.



     La antigua carretera comarcal C-3318 (oficialmente denominada como de Benidorm a Gandía por Pego), y en la actualidad rebautizada como CV-715, es la ruta natural para llegar a Tárbena. Se trata, desde luego, de una hermosa y revirada carretera de montaña que transcurre desde la costa alicantina hasta la valenciana cruzando los solitarios valles interiores de las comarcas alicantinas de La Marina Baixa y Alta. Entre Parcent (en donde comienza verdaderamente el ascenso en dirección Norte-Sur) y Tárbena encontramos nada menos que un total de 143 curvas, la mayoría muy cerradas (67 a izquierdas y 76 a derechas), y entre aquella población y el Alto del Coll de Rates (780 m.), punto más destacado y paisajístico del recorrido, hay 52 curvas (23 a izquierdas y 29 a derechas) en apenas 6 kms. (una curva cada 100 m.), lo que da una idea muy apropiada de lo tortuoso de esta carretera.








En el mirador del Alto del Coll de Rates

Parcent desde el mirador del Alto del Coll de Rates



Desde aquí se divisa buena parte de la comarca de la Marina Alta alicantina
     Una vez rebasado el Alto del Coll de Rates se inicia un abrupto descenso de 8 kms. hasta Tárbena, en el que no faltan las curvas cerradas y ciegas que se abren camino a través de las estribaciones meridionales de la Sierra del Carrascal de Parcent. Los paisajes son impresionantes y la ruta muy agradable tomándola con calma. Después, una vez en Tárbena, hay que brujulear un momento por sus estrechas callejuelas para llegar al restaurante Casa Pinet.


Tomando un aperitivo en un bar de Tárbena antes del almuerzo. Septiembre de 2009

La Iglesia parroquial de la localidad

     Visto desde fuera, lo que primero sorprende de este local son las banderas de distintos países que ondean en su fachada, lo que hace pensar de inmediato que nos encontramos ante una oficina turística o un departamento bancario de cambio de moneda. Pero no. Ninguno de esos establecimientos existen en Tárbena. Casa Pinet es, por excelencia, un bar del pueblo, y para el pueblo, en la acepción más internacional de pueblo, o como también asegura su propietario en un eslogan similar, al servicio de mi pueblo, entendiendo por pueblo a toda la Humanidad proletaria. Es difícil saberlo, pero probablemente en sus largos años de vida hayan pasado por este singular restaurante ciudadanos de casi todas las naciones del mundo, la mayoría de los cuales ni siquiera se habrán percatado de que la típica cortinilla de macarrón que cubre la puerta de entrada de este santuario de la izquierda internacionalista reproduce los tres colores de la bandera republicana española: rojo, amarillo y morado. Yo he venido varias veces y tampoco recuerdo haber reparado en este detalle curioso, que acabo de descubrir ahora viendo las fotografías que voy subiendo al blog.




     Y es que el Tío Pinet está pendiente de que no nos falte de nada. Con el tiempo, cuando ya has frecuentado en varias ocasiones su restaurante, tu capacidad de sorpresa va disminuyendo, pero aún rememoro una de las primeras veces cuando exhibía a la entrada sendos muñecos de goma con los bustos de dos declarados enemigos del pueblo como Margaret Thatcher y Ronald Reagan ahorcados con una soga sobre la barra del bar, lo que me me pareció sumamente original y me hizo mucha gracia. Esto fue a mediados de los noventa del siglo pasado, pero ya en este siglo esos muñecos habían desaparecido por causas desconocidas que el Tío Pinet no quiso aclararme, aunque le pregunté expresamente. Ya he dicho antes que a este sitio uno viene a divertirse, independientemente de sus ideas políticas, y más que nada porque suele encontrarse de vacaciones, y en vacaciones lo que hay que hacer es disfrutar de los múltiples y ociosos placeres que ofrece la vida. La comida es uno de ellos, y hay que reconocer en este aspecto que Casa Pinet no defrauda, pero tampoco entusiasma. Desde luego hay que tener en cuenta que este no es un templo de la gastronomía, pese a haber recibido numerosos premios locales como reconocimiento a su loable tarea de fomentar y divulgar la cocina popular de esta tierra.  Ni siquiera es un restaurante notable. Su cocina es sencilla, correcta, agradable y barata, y no hay que pedirle más, porque ellos tampoco pretenden ofrecer otra cosa. Nadie debe llamarse a engaño. Después de atravesar las agrestes sierras de La Marina alicantina y sus centenares de curvas, ya sea en moto, en coche o en bicicleta (que los hay), la famélica legión de viajeros se sienta a la mesa con un apetito desmedido que Jeroni Monjo, verdadero nombre del Tío Pinet, comprende y se apresta a socorrer con solidaridad de camarada fraterno. No en vano es descendiente de un bandolero romántico que vagaba por estas montañas, robando a los ricos para compartir el botín con los pobres. Y no se trata de ninguna leyenda, sino de la verdadera realidad documentada.   




El Tío Pinet, descendiente de un bandolero, en un montaje artístico contemporáneo

     Pinet sirve y atiende personalmente las mesas y no le hace ascos a entretenerse en charlar con todos los comensales, no importa cuál sea su nacionalidad o su idioma. Además de hablar valenciano, mallorquín y un castellano masticado con matices de las otras dos lenguas, suponemos que chapurrea también un poco de francés, otro poco de inglés y otro tanto de alemán, llegado el caso. Es un hombre peculiar de edad indefinida, más bien sesentón, al que le falta parte del brazo derecho, amputado a la altura del codo, por razones que desconocemos y que no nos hemos atrevido nunca a preguntarle ni hemos averiguado por ningún otro medio. Pero esta minusvalía, que podría antojarse un obstáculo para el ejercicio de la hostelería, en Pinet se convierte casi en una virtud de curtido malabarista, a tenor de cómo maneja las bandejas, los vasos y los platos, a pesar de carecer de la mano derecha, que no la necesita, porque este hombre es de izquierdas, y a mucha honra. De esa extremidad diestra, convertida en un redondeado y reluciente muñón, extrae Pinet la inspiración fálica que alimenta su sentido del humor de viejo verde, salaz, y divertidamente gamberro, con el que gasta bromas constantes a las jovencitas extranjeras que caen por su restaurante. En una ocasión fui yo involuntario colaborador en una de esas bromas, cuando me entregó una cámara de fotos y me dijo que disparase a una seña suya. Entretanto colocó de pie a un mozalbete de rasgos nórdicos rodeado de rubias beldades no menos nórdicas arrodilladas a su alrededor, y en un momento dado se situó tras él y asomó su tremendo muñón, cual gigantesco pene, por entre las piernas del chico y me gritó ¡ahora! Y yo disparé la cámara mientras las risotadas de todos los presentes, y las mías propias, que no me esperaba semejante ocurrencia de aquel crápula comunista y cachondo, estallaban en el local. Hasta el camarada Lenin y su socio el Che Guevara, que presidían la escena desde algún lugar de la pared, debieron descojonarse de la risa.



      Debió de ser también por aquélla época, mediados de los noventa, quizá, cuando el Tío Pinet dió rienda suelta a su calenturienta imaginación colocando en algunas mesas, en donde venían a sentarse las mujeres más jóvenes, unos porrones de vino de formas testiculares y cuyo pitorro de salida imitaba un abultado prepucio, lo que en la práctica, y en esto consistía precísamente la maldad de estos porrones diabólicos, hacía casi imposible beber de ellos sin derramar el vino, y como era verano y las jovencitas vestían sucintas camisetas o biquinis, el néctar de Baco se derramaba por sus pechos y empapaba de rojo sangre sus prendas, lo cual sin duda resultaba más erótico que jocoso, aunque a algunas no les debía de parecer ni una cosa ni la otra, y mostraban ostensiblemente su disgusto o su cabreo, hasta que venía el Tío Pinet rápidamente a apaciguarlas con palabras de disculpa, con besos o con abrazos, y de inmediato sonaban las notas de La Internacional que anunciaban una nueva paella venida al mundo, y todos tan contentos. Genio y figura, el Tío Pinet. Visitarás en tu vida muchos restaurantes mejores que este, pero tan divertidos y entrañables seguro que no. 




     Y llegados a estas avanzadas alturas de tan extensa crónica, seguramente más de un lector se estará preguntando si voy a hablar de una vez por todas de la comida de Casa Pinet, o por el contrario voy a seguir divagando entre la anécdota, la sátira, la crítica y el elogio. Naturalmente, vamos a ocuparnos ahora mismo de la cuina de la terra que se oficia en este templo sagrado del internacionalismo proletario, y lo primero que tengo que decir es que, aunque lo he visitado varias veces desde hace bastantes años y en compañía de diferentes personas, nunca nos hemos salido del guión gastronómico convencional que ofrece la casa, esto es, la típica ensalada mixta más o menos generosa, la ración de sobrasada y butifarra de auténtica inspiración mallorquina, y de plato principal la obligada paella alicantina de carne y marisco, todo ello regado con vino tinto del establecimiento, probablemente procedente del cercano Jalón, municipio que acapara el prestigio vinícola por estos lares mediterráneos. Y el único motivo por el que no nos hemos aventurado nunca a probar los demás platos de su carta sugestiva (pescados al horno, asados de cordero y cerdo, chuletas a la brasa, pucheros, cocidos y arroces caldosos, entre otros), ha sido la obligatoriedad de encargarlos con antelación, cosa imposible para nosotros, que siempre hemos viajado a Tárbena de improviso, a salto de mata, sin premeditación ni propósito previo.


Comiendo paella en Can Pinet a mediados de los años noventa


     Teniendo en cuenta, pues, estas limitaciones de las que partimos a la hora de enjuiciar la cocina de Casa Pinet, lo que sí puedo decir es que la paella ha sido siempre correcta, satisfactoria y agradable, y en donde verdaderamente hemos encontrado la excelencia y la delicia, sin parangón con otros lugares conocidos, ha sido en la butifarra y en la sobrasada, realmente artesanales y exquisitas, nobleza mallorquina obliga. Buenos postres caseros, cafés bien tirados, mistelas ambarinas y licores interesantes, como el aguardiente de  veintidos tipos de hierbas de la sierra, otra de las inquietantes peculiaridades de Can Pinet con la que se prodigaba hace años (creo recordar que regalaba una botella a los clientes, o la vendía a precio simbólico), y que consistía, ni más ni menos, en una botella de vidrio verde de un litro, sin etiqueta ni razón alguna de su procedencia, completamente llena de hierbas y pequeños arbustos macerados en aguardiente de alta graduación. La densidad vegetal era tan grande en el interior del recipiente que no se veía el líquido ni se hacía notar agitando la botella, que a simple vista parecía sólo rellena de plantas. Movidos por la curiosidad le preguntamos al Tío Pinet si aquellas eran en verdad hierbas autóctonas de las montañas de la comarca, a lo que nos respondió que sí, y que ellos mismos subían al monte, las recolectaban y luego con paciencia, una a una, las iban introduciendo en la botella antes de rellenarla con el aguardiente en el que habrían de macerarse un tiempo hasta soltar su aroma y propiedades y darle cuerpo al licor. Personalmente nunca me convenció esta explicación, y más que nada por la cantidad casi industrial de botellas que salían de la cocina del restaurante, lo que hacía poco verosímil una manufactura tan pedestre, artesanal y laboriosa como la descrita por nuestro anfitrión, pero siempre tendremos que concederle el beneficio de la duda. Este licor nunca contó con el beneplácito de la mayoría de mis amigos y acompañantes en estas comidas (ni siquiera de los más adictos a los alcoholes recios), que consideraban que olía y sabía a jarabe, o a medicamento, de modo que acababa siendo yo el que se beneficiaba casi todo el contenido de las botellas que nos llevábamos de Tárbena. Pero eso sí, sólo después de haber salvado el Coll de Rates de regreso a casa. 



Sobremesa en Casa Pinet, Septiembre de 2009




     Las sobremesas eran gratas y reposadas en este local antes de la entrada en vigor de la estúpida Ley antitabaco, que lo único que ha conseguido en todas partes es precísamente acabar con las sobremesas típicas españolas. Ahora terminas de comer, pagas y te largas a fumar a la calle sin regresar al local. ¿Para qué? Después de una buena comida en agradable compañía y conversación, degustando un café o un licor, lo que apetece a todo fumador que se precie es disfrutar de un aromático puro o de algunos cigarrillos apacibles con los que sosegar la tertulia y demorar el momento de partir. El pretexto hipócrita de la salud pública amenazada en los establecimientos hosteleros llenos de humo no se sustenta bajo ningún concepto, porque con los modernos sistemas de ventilación y extracción de humos de los restaurantes el ambiente era siempre limpio y respirable incluso para los niños. ¿Van a mejorar el aire de las ciudades prohibiendo la circulación de coches? No, eso no. Nos prohíben fumar en bares, restaurantes y discotecas, pero en las calles podemos inhalar el aire contaminado con toda la tranquilidad del mundo. Hipocresía, ya digo. La última vez que visitamos Casa Pinet, en Septiembre de 2009, todavía se podía fumar. Hicimos larga sobremesa. La próxima vez que volvamos, este año o al próximo, ni siquiera nos quedaremos a tomar el café. 


Sobremesa en Casa Pinet, 13 de Abril de 1996

     Y era casualmente en esas sobremesas ya perdidas, una vez que los turistas extranjeros habían abandonado el restaurante camino de Benidorm, o de Guadalest, y los españoles gustábamos de quedarnos hasta las cinco de la tarde, o más, cuando el Tío Pinet nos sorprendía con la última atracción de su repertorio mágico: el libro de visitas. Llevaba ya varios tomos completos cuando, el 13 de Abril de 1996, nos presentó el que, creo recordar, hacía el número cinco, para que escribiésemos en sus páginas lo que nos viniera en gana. Y escribí yo, en calidad de cronista oficial de la peña motorista a la pertenecíamos entonces los cinco comensales allí reunidos, una gruesa parrafada elogiosa, luego rubricada por todos, en la que se decía: Yo (...), como cronista oficial de la peña motorista (...), viajeros irredentos por todas las tierras de España, certifico la calidad de la cocina y amabilidad del servicio de este restaurante, y le otorgo la categoría máxima de tres BES, Bueno, Bonito y Barato. Comiendo así, sólo puede haber SALUD. Y para que conste, firmo, sello y rubrico. Este establecimiento, CASA PINET, figurará inscrito en la Guía Gastronómica de la Peña (...), segunda edición, como lugar recomendado para moteros. Firmado (...) En Tárbena, a 13 de Abril de 1996, víspera del 65 aniversario de la II República Española. ¡¡¡RÁFAGAS!!!
     
El famoso libro de visitas en donde dejamos nuestro comentario

Preparándonos para el regreso. Nos esperan de nuevo las montañas

Casa Pinet, en suma, un sitio para volver siempre


      

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