lunes, 12 de diciembre de 2016

SOLO DE MOTO (1967). Daniel Sueiro. LA NOVELA MACARRA DE LA CARRETERA




UN REPORTAJE DE ROUTE 1963


     Daniel Sueiro (1931-1986), pese a haber obtenido el Premio Nacional de Literatura en 1959, es uno de esos muchos escritores españoles tan grandes como desconocidos. Algo que no tiene nada de particular, por otra parte, en un país como el nuestro en el que son muy contados los ciudadanos aficionados a la lectura. Su novela corta SOLO DE MOTO (1967), tampoco es de las más conocidas del autor, ni siquiera después de haber sido llevada al cine por Juan Antonio Bardem bajo el título de EL PUENTE (1976), y protagonizada por Alfredo Landa, una producción tópica y típica del cine español de la época, una mediocre españolada y el peor trabajo de su director, en opinión de los críticos.

     Como suele suceder en estos casos, muchos españoles vieron la película en su día y otros muchos hemos conseguido verla treinta años después, pero muy pocos la relacionan con la novela y todavía menos son los que la han leído. En mi caso fue al revés, primero leí la novela y después pude ver la película íntegra en YouTube (creo que ya no está disponible), pero lo más curioso fue lo que me costó conseguir el libro y después conservarlo en casa, porque lo perdí en varias ocasiones, lo encontré otras tantas (la última de ellas ahora, para escribir este reportaje), y estoy seguro de que lo volveré a extraviar más adelante. Su pequeño formato de bolsillo, apenas un poco mayor que el de las antiguas novelas del oeste que se vendían en los quioscos de prensa, tiene buena culpa de ello. La primera edición data de 1967 ó 1968, pero yo conseguí una edición postrera del año 2001 mediante búsqueda y encargo de unos grandes almacenes, lo que llevó su tiempo. Se trataba sin duda de una tirada muy corta a cargo de la modesta editorial GAS, desaparecida hace bastantes años, por lo que me ha sido imposible solicitar la pertinente autorización para la reproducción de algunas ilustraciones del libro en este blog. Dichas ilustraciones son obra de Víctor Aparicio.

     SOLO DE MOTO es muchas cosas, pero sobre todo es una novela de la carretera (española), un género prácticamente  inexistente en nuestra literatura, con la honrosa excepción del libro que nos ocupa y tal vez de alguna otra rareza todavía mucho más desconocida y por supuesto descatalogada y difícil de conseguir. Al respecto se me ocurre la novela negra LA CORONA VALENCIANA, del periodista catalán Joan Fuster, a la que le dediqué un reportaje en este blog hace ya algún tiempo.



      La sinopsis de la novela es sencilla: un jovenzuelo marginal y notablemente macarra, mecánico de profesión, emprende un viaje relámpago de fin de semana desde Madrid a Torremolinos, a lomos de una modesta Ducati de 49 c.c. a la que de manera muy optimista bautiza como La Poderosa, con el muy celtibérico propósito, tan en boga en la época, de beneficiarse sexualmente de alguna de las muchas turistas suecas que pululaban por la Costa del Sol en aquellos primeros años dorados del desarrollismo. Estos venéreos propósitos que alientan su viaje no van más allá de una mera acumulación de fantasías eróticas sin ningún fundamento de poder convertirse en realidad, y de hecho nuestro protagonista ni siquiera consigue llegar a Torremolinos, pues ha de darse la vuelta poco antes de su destino para estar de regreso en el trabajo el lunes por la mañana, con lo cual la consiguiente frustración no proviene de la certeza de haber sido rechazado en sus pretensiones eróticas, sino de su propia incapacidad material de alcanzar el objeto del deseo. Y como en otras tantas ocasiones, también en esta novela la propia motocicleta adquiere una dimensión transgresora de liberación y estímulo contra la represión social, laboral y sexual de la época.

     Pero sobre todo, las descripciones y las peripecias del largo viaje en moto a través de la N-IV (carretera de Andalucía), una carretera en aquel tiempo tercermundista, constituyen un testimonio imprescindible de aquellos años que nos llega inalterado a nuestros días, medio siglo después. Porque más allá de las obligadas concesiones a la ficción narrativa, es innegable que la cruda realidad aflora constantemente en cada una de las páginas de la novela en todo su esplendor. Es cierto que se prodigan en el relato algunas fantasías y pasajes ciertamente surrealistas de dudosa verosimilitud, pero en ningún caso empañan o distorsionan la atmósfera genuina de un viaje casi desesperado, áspero y sórdido, fiel reflejo de una España atrasada que sólo se reconoce y se alimenta de sus esencias más canallas y brutales. ¿Era España así en los años sesenta? En gran parte sí, pero en gran parte no.




     Todo depende del punto de vista, y Daniel Sueiro forzó un enfoque de la realidad interesadamente subjetivo desde la mirada interpuesta de su protagonista, un macarrilla menestral y desclasado que narra sus peripecias en primera persona con un lenguaje coloquial, abrupto y a menudo chulesco. Si el protagonista de la novela hubiera sido un alto funcionario del Estado a bordo de un flamante Seat 1400, o un modesto empleado al volante de un Renault Dauphine de viaje con su familia, el punto de vista habría sido muy diferente y las sensaciones del viaje otras completamente opuestas. En realidad, estaríamos hablando de otro libro distinto. Pero habitualmente la buena literatura necesita más de los tonos negros y grises que de los tonos claros y amables para poder prosperar, y en este aspecto hay que reconocer que el autor sabía exactamente lo que quería escribir y porqué.  

     Ya de entrada resulta descabellado imaginar que alguien estuviera dispuesto a bajar de Madrid a Torremolinos en una moto de 49 centímetros cúbicos (un ciclomotor, por lo tanto, aunque alcanzaba los 80 km/h.) -y sin casco, sólo protegido por unas gafas de sol-, un sábado de verano por la tarde para estar de regreso en Madrid a tiempo de trabajar el lunes a primera hora de la mañana, y menos aún en 1967, aunque el personaje empeñado en semejante hazaña fuese un fogoso mozalbete de veinte años:

     Corrí como un loco yo solo por el centro de las calles y de las avenidas, tanto por la derecha como por la izquierda, con el escape abierto y a todo gas, atronando la ciudad y el mundo entero, porque aquel día era sábado, un sábado de primeros de agosto y yo tenía veinte años y además tenía que tirarme a una extranjera aquel fin de semana, fuera como fuera.  

     Pero pronto comprendemos que nunca podrá llegar a Torremolinos, porque apenas en una gasolinera de Valdemoro, la María Santísima, hace la primera parada para tomarse una Pepsi, después un cubalibre, ponerse a fumar y repasar la moto. 


   
 
      Eran cerca de las cinco cuando salí, entre unas cosas y otras, y el calor seguía pegando tela. Cuando me vi decidido encima de la moto enfilando hacia Torremolinos me dije, macho, el mundo es tuyo (...) Y luego, durante un buen montón de kilómetros, tuve la mala suerte de empezar a fijarme en los mojones de la N-IV (...) No puedes ir contando los kilómetros, no puedes hacerlo, tú lo que no puedes es ir midiendo la carretera metro a metro, eso te vuelve loco, y más si te quedan aún unos quinientos (...) La Poderosa seguía rodando, rodando, llevándome hacia el paraíso, ay, estaba refrescando un poco y sentía el suave vaivén. Pero de pronto me di cuenta de que había anochecido por completo y aún no había hecho ni doscientos kilómetros y solté el gas.

     En Manzanares (Ciudad Real) nuestro protagonista hace el primer repostaje de combustible, y aunque es ya de noche y siente algo de frío, su entusiasmo permanece intacto. Casi cuatrocientos kilómetros todavía hasta Torremolinos atravesando entre tinieblas primero las inhóspitas rectas manchegas y luego las curvas homicidas de Despeñaperros, y la campiña cordobesa, y la vega del Guadalquivir, y los montes de Málaga, lo que nos obliga a suponer que llegará a su destino con el amanecer del domingo, sin descansar ni dormir en condiciones (apenas unas cabezadas en mitad del campo), para ponerse a buscar desesperadamente una sueca complaciente que alivie sus ardores de macho ibérico, y una vez saciado, de nuevo a la carretera para recorrer de regreso los seiscientos kilómetros hasta Madrid para estar a las ocho de la mañana del lunes en su puesto de trabajo en el taller. Hace falta ser muy optimista o estar muy mal de la cabeza, pero casi ninguna buena historia de ficción funciona sin el recurso de semejantes elementos épicos.   




     Entré en uno de los restaurantes que hay cerca de la gasolinera de Valdepeñas, (...) y lo primero me tomé una cerveza de golpe (...) y empecé a comer el bocadillo de tortilla con una mano mientras con la otra me servía el primer vaso de Valdepeñas fresquito de la media botella (...) y después del bocadillo de tortilla me tomé el de chorizo, y después del de chorizo pedí otra media (botella) y me zampé el bocadillo de queso, y al final aún me quedaban un par de vasos de la segunda botella y me los fui cargando como remate.

     Después se encuentra casualmente en el restaurante con unos conocidos, se toman varias rondas de copas de coñac, y cuando por fin se queda solo: me tomé otro coñac, a la desesperada, porque ya estaba perdido, era más de la una y me quedaba medio mundo por recorrer.

     (...) Durante unos cuantos kilómetros fui tirando sin enterarme de nada. Había ya muy poca circulación en la carretera. El cielo estaba lleno de estrellas, y, aunque no había luna, el reflejo de todo aquello tan quieto y tan lejos allá arriba iluminaba pálidamente y de una manera irreal esas grandes llanuras de la Mancha. Andando por allí encima de la Ducati, en medio de la noche, a cincuenta y cinco o sesenta kilómetros por hora, como un extraño mosquito ruidoso y débil, tuve de pronto la sensación de haberme perdido en la noche en una inmensa recta, para nunca más salir de la noche ni de la recta, de andar perdido y de no entender nada, pero nada, absolutamente nada, y esta sensación me resultó muy dolorosa y mortificante, y yo sabía que no era el coñac (...) 

 

  

  
     La carretera, la noche, el esfuerzo del viaje y los excesos etílicos le acaban pasando factura a nuestro bizarro protagonista:

    (...) De repente me entró una fatiga tremenda, una cansera por todo el cuerpo, y hasta la cabeza me dolía. No sé si sería el coñac, creo que no, o el agotamiento de todo el día de viaje, no sé, porque también si a mi edad no se puede hacer un exceso de estos, no sé cuándo se va a poder hacer. El caso es que estaba flojo total y en el primer sitio que me pareció apropiado, desmonté y me senté en el suelo, y al rato ya estaba tumbado boca arriba.

     Se queda dormido, inevitablemente, y cuando se despierta ya está amaneciendo y se encuentra todavía en las proximidades de Santa Cruz de Mudela. Ligeramente recuperado del cansancio, pronto tendrá oportunidad de desfogarse con la moto en el paso de Despeñaperros:

     (...) y Despeñaperros me lo cruzo entero en directa, lanzado por la izquierda en las curvas cerradas, sabiendo que no va a pasar nada, porque la gente es muy cómoda y además suele hacerse prudente después de ir a misa, pues no nos olvidemos de que hoy ya es domingo, menos para las suecas de ahí abajo, que van a trabajar de cuidado, porque aquí voy yo...

     (...) En Bailén me paré sólo un rato, para ir al retrete y llenar el depósito de gasolina, y enseguida dejé la N-IV para tomar la 323 rumbo a Jaén, lanzándome hacia abajo como un verdadero loco. Era temprano, pero empezaba a estar seriamente preocupado por el tiempo, que se echaba encima y yo estaba como quien dice sin estrenar. En esos momentos es cuando darías un ojo, sí, un ojo de la cara por tener una Triumph con la que poder correr a 170 por hora, aunque te estrelles, porque si no, es que te eternizas, nunca llegas a ninguna parte.

     (...) Corrí cuanto pude hasta Jaén y allí dejé la 323, que pasa por Granada, y cogí la 321, que pasa por Martos y después del cambio de Alcaudete bordea Fuente-Tojar y Priego y sigue por Loja hacia abajo (...)  




     A lo largo de las siguientes páginas (la novela tiene 128) le suceden diversos percances y peripecias a nuestro macarra motorizado, que sería excesivo describir aquí con detalle. Pero lo cierto es que no conseguiría entrar en la provincia de Málaga hasta bien entrada la tarde, es decir, veinticuatro horas después de haber iniciado su viaje en Madrid:

     (...) En lo alto de la carretera, a unos ocho kilómetros de Málaga, vi aparecer allá a lo lejos el mar y me paré. Estaba todo envuelto en una bruma blanca y opaca y se extendía a derecha e izquierda y también al frente como si no tuviera fin. No estuve allí más de un minuto, aunque todo aquello era muy bonito y me gustaba. 
     
     Luego apreté los dientes y cogí la Poderosa, la levanté a pulso con mis manos, y le di la vuelta (...) Al volverme y mirar hacia atrás vi que el sol se ponía dejando en el horizonte un gran rastro de sangre.

     A mí aún me quedaba una buena tirada para llegar a Madrid antes de las ocho de la mañana del lunes, que es la hora a la que abrimos el taller. Y durante toda aquella larga noche triste corrí y me arrastré por la llanura como un insecto miserable, como una pantera rabiosa... Pero, bueno, para qué voy a seguir contando nada.

     

domingo, 13 de noviembre de 2016

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 14ª Entrega





Un relato de Route 1963



    Pero él no pareció escucharme porque, absorto como estaba en la contemplación de aquella masacre, descendió unos metros por el terraplén y se dedicó a iluminar uno por uno con la linterna todos los cadáveres que teníamos a la vista con una aplicación casi judicial, como si pretendiera identificarlos, descubrir la causa de su muerte o encontrar entre ellos a alguien conocido. Esta operación le llevó unos minutos que a mí se me hicieron interminables, y cuando regresó por fin traía el rostro descompuesto y la mirada tan perdida como deben de tenerla quienes vuelven de una visita al infierno.

    -Esta noche Caín el maldito se ha paseado por aquí a sus anchas -fue todo lo que se le ocurrió decir.
    -¿Conoces a alguno?
   -No he podido verles la cara a todos. No me atrevo a moverlos, pero creo que no conozco a ninguno. Hay tres mujeres. Lo de siempre: un tiro en la nuca.
   -¿Y a qué esperamos para marcharnos? ¿Es que nos vamos a quedar aquí toda la noche para que nos pase lo mismo que a esos infelices?
   -Tengo una pistola -me soltó Juan de repente.
   -¿Una pistola? ¿De dónde la has sacado?

  -Estaba en la moto, en una de las carteras laterales. Una Astra cuatrocientos. Y también hay munición y unos listados con nombres y direcciones de personas buscadas por los milicianos. Nosotros estamos en esa lista, Mariano, lo acabo de ver. Seguramente han ido a buscarnos a la pensión esta misma noche.



    Ya nada conseguía sorprenderme. Después de tantos riesgos y fatigas afrontados con la sola fuerza de nuestra voluntad, el hecho de aparecer en una lista negra de personas que debían ser eliminadas se me antojaba poco menos que irrelevante. ¿Es que acaso todavía no habíamos obtenido las suficientes pruebas de que querían matarnos? ¿Qué importaba que fuesen a buscarnos a la pensión de la señora Engracia o que nos persiguieran por los pasillos del Metro o por las calles de Madrid? Y encima habíamos tenido la osadía de robarles delante de sus narices aquella moto, que seguía junto a los pinos, pero ahora con el motor abierto, porque mi hermano, tan curioso y ávido de novedades, acababa de encontrar en la pistola un nuevo elemento de distracción y se entretenía en montar el arma descargada y apretar el gatillo una y otra vez como si se estuviera adiestrando en su manejo, en lugar de acabar de poner a punto la Brough Superior  y empezar a pensar seriamente en marcharnos de allí.

   -Con una como esta mataron al señor Eulogio en el taller  -me explicó muy instructivo acariciando la pistola como si fuera un juguete inofensivo-. Y si tuviera que apostar juraría que es la misma. Una genuina Astra cuatrocientos también conocida como la pistola puro, por la forma peculiar del cañón.

   -Podemos acercarnos hasta el cuartel de la Guardia de Asalto más cercano para que hagan una prueba de balística, y así te quedas más tranquilo, ¿no te parece? -le dije con premeditado sarcasmo.
    -Oye, oye, hermanito, menos guasa, ¿eh? Anda, ¿por qué no duermes otro rato?
   -No quiero dormir más, he tenido una pesadilla horrible. Y luego mira con qué buenas compañías me he despertado. Quiero marcharme de aquí. Por cierto, ¿qué hora es?


   -Pronto. Las dos de la mañana. Falta bastante para el amanecer y la moto no está preparada. Voy a cerrar el motor, pero no estoy seguro de que no vaya a dejarnos tirados en la carretera. Pierde demasiado aceite. Salió perfecta del taller y en dos semanas estos cabrones de los milicianos se han encargado de sacarla de punto. No está hecha la miel para la boca del asno.

   -Si nos deja tirados en la carretera -objeté- ya buscaremos otra solución para llegar a Valencia, pero yo creo que deberíamos marcharnos ya y arriesgarnos. Quedándonos aquí nos estamos exponiendo innecesariamente.

   -Fíate de mí, Mariano. A estas horas nos deben de estar buscando por toda la ciudad. Tenemos la moto, la pistola y unos papeles muy importantes para ellos. Si salimos ahora mismo nos matarán antes de llegar a la carretera de Valencia.



   Era todavía noche cerrada cuando nos pusimos por fin en marcha. Juan había terminado de repasar el motor de la Brough Superior  y de colocar las placas de matrícula falsas mientras yo dormitaba con un ojo cerrado y otro abierto recostado contra el tronco de un árbol. No volví a sufrir pesadilla ni sobresalto alguno, pero estaba muy incómodo en aquel lugar siniestro sembrado de cadáveres recientes. Por eso, cuando mi hermano estimó que había llegado el momento de partir sentí un alivio inmenso, pese a que yo era consciente de que aún habrían de acecharnos por el camino nuevos y desconocidos peligros. Nos encontrábamos al noroeste de la ciudad y si no queríamos correr el riesgo de volver a entrar en sus calles teníamos que dar un largo rodeo periférico para llegar hasta el sureste y tomar allí la carretera de Valencia. Por suerte, Juan se conocía como la palma de la mano todos los atajos y circunvalaciones que necesitábamos para salir de la capital. En aquellos años Madrid estaba rodeado de eriales, descampados y basureros malsanos en donde malvivía la población más desfavorecida, aquella que trataba de escapar del medio rural buscando la prosperidad soñada, pero la ciudad se les había vuelto tan inexpugnable como la muralla de una fortaleza, de modo que se habían tenido que quedar a las puertas sobreviviendo de sus migajas. Los traperos que comerciaban con chatarra y con miseria iban y venían de Madrid en viejos carros de mulas o en camionetas destartaladas por estos mismos caminos polvorientos que nosotros recorríamos ahora a bordo de la aristocrática inglesita. El aire olía a azufre, a estiércol y a tierra quemada. En los campos estériles sembrados de escombros y de basura ardían decenas de hogueras que emanaban un humo negro y pestilente. En las cunetas se alineaban miserables chozas construidas con trapos, cartones y cascotes, y había restos de automóviles calcinados y animales muertos tirados por todas partes. De cuando en cuando tan pesaroso paisaje se tornaba un tanto más benigno con la aparición de alguna pequeña huerta cercada con tablas de madera o bien un humilde corral protegido con alambradas en donde correteaban un puñado de gallinas famélicas, pero enseguida, según íbamos avanzando, volvía la miseria y la desolación. Con las primeras luces todavía tímidas del alba vimos un burro astroso atado a una estaca en medio de una llanura y a un grupo de chiquillos desnudos que correteaban por el campo persiguiéndose a pedradas. Unas mujeres vestidas de luto preparaban el desayuno junto a la carretera encorvadas sobre unas desportilladas ollas de hierro puestas a calentar en las brasas, y un anciano harapiento que caminaba penosamente por la cuneta apoyándose en un bastón nos hizo un gesto obsceno cuando pasamos a su lado a toda velocidad como si quisiéramos abandonar cuanto antes aquel territorio dantesco, que probablemente era esa la idea que animaba a mi hermano a juzgar por el ardor deportivo con el que conducía la Brough Superior  desde que habíamos abandonado la Dehesa de la Villa. 


  

    No sé cuántos kilómetros pudimos llegar a recorrer en esta circunvalación fantasmal de la ciudad, unas veces por senderos y pistas de tierra, otras por irregulares calzadas de adoquines sobre los que iba botando y rebotando la moto con un preocupante traqueteo de hierros a punto de descomponerse. A través de un viejo puente de piedra salvamos el cauce del río Manzanares, que en aquel verano arrastraba un escaso caudal de agua negra y pestilente, y luego durante largo rato nos fue acompañando siempre a mano izquierda en nuestra endemoniada huida hacia el sureste de Madrid. Divisamos un instante la silueta grandiosa del Palacio Real recortándose sobre la masa boscosa de los jardines del Campo del Moro antes de cruzar velozmente bajo los puentes de Segovia y de Toledo y adentrarnos después por las calles oscuras del pueblo de Vallecas, de donde partía en aquella época la carretera de Valencia.


 *15ª entrega: semana del 14 al 20 de noviembre.

*Esta entrega, y todas las posteriores hasta el final del relato, aparecerán publicadas en el blog N-III UNA RUTA HISTÓRICA, en lugar de en este blog, como hasta ahora.