jueves, 29 de marzo de 2018

PROVINCIA DE ALICANTE: LA CASA DE LA PRIMAVERA



Un artículo de Route 1963 publicado en el periódico semanal CANFALI MARINA ALTA el día 21 de octubre de 2017.  





PROVINCIA DE ALICANTE: LA CASA DE LA PRIMAVERA


La autoría de esta frase ciertamente poética le corresponde al escritor y periodista gallego Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), que la dejó escrita en su libro de viajes La conquista del horizonte (1932). Unos viajes por Europa y por España que le llevaron también a la provincia de Alicante, invitado por un amigo de esta tierra, quien le animó a comerse todos los arroces que fuera capaz. Y al parecer el gallego no tuvo el menor inconveniente en consumir hasta catorce arroces diferentes en sus pocos días de estancia en la provincia, hasta el punto de que el capítulo correspondiente lo tituló como El devorador de arroces.

Sin embargo, Wenceslao Fernández Flórez no alcanzaría notoriedad en la provincia por este título con el que hizo gala de su voracidad y glotonería, sino por la frase poética y sumamente descriptiva de las bondades del clima alicantino, que llegaría a ser adoptada como discreto eslogan turístico-literario a finales de los años sesenta, siendo plasmada en unos carteles metálicos que se exhibían en las carreteras junto a los oficiales del límite de provincias entre la de Alicante y sus vecinas. Yo recuerdo el que existió durante muchos años en la N-332 en el límite entre Valencia y Alicante, junto al río Molinell o Racóns, frontera geográfica natural entre ambas. Lamentablemente, hace también muchos años que desapareció este cartel, que yo pensaba único y exclusivo, pero después he sabido que hubo otros similares en los demás límites provinciales, esto es, entrando desde Murcia y desde Albacete, y no solo en las carreteras de primer orden, sino tal vez incluso en carreteras secundarias. Es de temer que hayan desaparecido igualmente todos ellos.

Hacia mediados de la década de los setenta del pasado siglo, proliferaron también en las carreteras de la región otros carteles de metal a la entrada de algunas poblaciones. En ellos se dejaba constancia del hermanamiento entre determinados municipios valencianos y alicantinos con otros municipios europeos, generalmente franceses. En un principio los carteles estuvieron escritos en castellano, pero más tarde pasarían a estarlo en valenciano, y así, sin salir de la carretera N-332 (Valencia-Almería), podían leerse inscripciones como esta: Oliva, ciutat agermanada amb Sisteron (Francia). A su vez, los carteles correspondientes indicaban que Gandía estaba hermanada con Laval (Francia), Ondara con Alviano (Italia), y Dénia con Cholet (Francia), por mostrar solo algunos ejemplos.

Desafortunadamente, también estos carteles fueron desapareciendo con el tiempo, como tantos otros elementos singulares del olvidado patrimonio de las carreteras españolas y de su paisaje. Un tema interesante que trataremos en una próxima ocasión.

martes, 16 de enero de 2018

EL AUTOBÚS LEYLAND DE LES ROTES-DÉNIA (Alicante)





Dos artículos de Route 1963 publicados en el periódico semanal CANFALI MARINA ALTA los días 8 y 16 de diciembre de 2017




EL AUTOBÚS LEYLAND DE LES ROTES (I)

            La prestigiosa firma de automoción británica Leyland tenía por costumbre en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo bautizar los motores de sus autobuses con nombres de grandes felinos: Lion, Tiger, Leopard… Unos autobuses que rodaban por las carreteras de todo el mundo y que, por supuesto, llegaron también a España para prestar servicio en las flotas de transporte urbano de las grandes ciudades y en las principales líneas de transporte regular de viajeros por carretera, hasta que eran desechados por éstas y traspasados a empresas y compañías de inferior rango que los seguían explotando en servicios locales de poblaciones menores. Así es como a mediados de los años setenta llegó a Dénia aquel autobús Leyland, que vino a consumir aquí la última etapa de su vida y, todo hay que decirlo, a morir de forma indigna, como veremos oportunamente. Desconozco si se movía impulsado por un motor del modelo León, Tigre o Leopardo, en su denominación británica de origen, pero lo cierto es que ya entonces carecía de cualquier atributo de agilidad o fiereza característico de los grandes felinos, y por el contrario se desplazaba con esa lentitud y mansedumbre propias de las grandes tortugas centenarias. En su descargo hay que decir que por entonces ya era muy antiguo y todavía tendría que envejecer hasta alcanzar casi los veinticinco años de servicio, y eso es mucho tiempo incluso para un autobús inglés. 

            Y habría de ser precisamente un compatriota suyo, aficionado a los vehículos de transporte clásicos, quien virtualmente lo rescatase del olvido muchos años después de su desaparición, junto a otras decenas de ejemplares de diferentes marcas y modelos que rodaron antaño por estas tierras meridionales. Nuestro singular protagonista aparece al menos en una imagen de la extensa colección de fotografías en color de autobuses alicantinos tomadas en la década de los setenta del siglo XX y alojadas en internet por un británico que responde al nick o apodo de Felixjaz. La fotografía en cuestión está datada por su autor en el año 1977, y en ella aparece el Leyland que prestaba servicio urbano en Les Rotes aparcado en una calle de Dénia junto a un Seat 600 y un Simca 1000. Vehículo excedente de la flota de la célebre empresa de transporte de viajeros La Unión de Benissa, ya desaparecida hace tiempo, conservaba sus característicos colores de la carrocería, fondo anaranjado con franjas rojas transversales, y en los laterales podía leerse el nombre de la nueva empresa propietaria, Autobuses de Dénia, S.A.

            Este autobús, aunque había sido matriculado en septiembre de 1963 con la placa M-358.074, probablemente nunca estuvo en Madrid, prestando siempre sus servicios en las diferentes líneas regulares de viajeros que La Unión de Benissa tenía en explotación en el litoral levantino. Retirado de estas líneas principales por lo menos catorce años después, cuando vino a prestar servicio urbano a Dénia ya debía llevar recorridos cientos de miles de kilómetros entre Valencia y Alicante y en otros itinerarios secundarios a través de la N-332, pues no estaba construida aún la Autopista del Mediterráneo (posteriormente renombrada como AP-7), y todas las rutas regionales de medio y largo recorrido se realizaban por la antigua carretera nacional, muy peligrosa y congestionada de tráfico, sobre todo en verano. 

Del inesperado e indigno final que tuvo el autobús Leyland de Les Rotes hablaremos en una próxima ocasión.   
  
(Continuará)


 EL AUTOBÚS LEYLAND DE LES ROTES (y II)


         A finales de los años setenta, el viejo autobús Leyland que cubría varias veces al día el trayecto entre Dénia y Les Rotes era ya un vehículo anacrónico que llamaba mucho la atención por su rodar fatigado y una cierta descompostura en su carrocería y en sus amortiguadores. Aún conservaba los colores originales de la Unión de Benissa, empresa de transporte de la que procedía, pero tanto el tono anaranjado de fondo, como las franjas rojas transversales, habían perdido ya mucho lustre y ofrecían un aspecto desvaído. El Leyland necesitaba una buena mano de pintura que jamás iba a recibir, porque lo único que importaba es que se pusiera en marcha desde primera hora de la mañana hasta última hora de la tarde, y aunque fuese con su lento renquear siguiera transportando turistas, jubilados, amas de casa y en general todo tipo de público que carecía de vehículo propio en aquella época.

            Confieso que nunca llegué a subir en aquel autobús con matrícula M-358.074, que ahora se me antoja legendario, pero todavía lo recuerdo arrastrándose trabajosamente por la carretera con el motor resollando y dejando tras de sí una espesa estela de humo negro y una interminable fila de automóviles pegados a su cola que no encontraban la oportunidad de rebasarlo. Cuando el venerable Leyland se detenía en alguna de sus muchas paradas del recorrido, se producía un violento estrépito de chapas, acompañado del chirrido de los neumáticos y del resoplido hidráulico de los frenos y de la apertura de las puertas de doble hoja de los pasajeros, y era entonces cuando los primeros vehículos que le seguían aprovechaban la ocasión para invadir el carril contrario y proceder al adelantamiento, a menudo precipitado y brusco. El autobús reanudaba luego la marcha perezosamente, con extraordinaria lentitud, arrojando nuevas vaharadas de humo negro y denso que permanecían un momento flotando a ras de suelo y envenenaban el aire con las emanaciones tóxicas del gasoil. Iba dejando permanente rastro de su recorrido, y algunos minutos después de haber pasado por un punto concreto de la carretera todavía era posible detectar su cercana presencia solo por el olor que impregnaba el ambiente, lo que servía de precisa referencia temporal a los viajeros que esperaban tomarlo de regreso. 

            En las mañanas y tardes muy soleadas -que son la mayoría en esta tierra-, y según el sentido del trayecto -por las mañanas hacia oriente, Les Rotes, y por las tardes hacia poniente, Dénia-, el chófer del Leyland desplegaba un pequeño parasol de plástico azul que iba anclado en el parabrisas y que le servía adecuadamente para evitar el deslumbramiento provocado por la intensa luz solar. Por el contrario, los días lluviosos accionaba el único limpiaparabrisas que llevaba el autobús, y como tenía una secuencia demorada y poco eficiente, apenas si daba abasto a despejar las gotas de lluvia que iban cubriendo la luna delantera, y entonces la marcha del vehículo se ralentizaba todavía más, dificultada también por el estado de la carretera. Es probable que en estas jornadas lluviosas no pudiera cumplir los horarios establecidos con la puntualidad deseada, pero hace cuarenta años seguramente nadie protestaba por ello.

            A principios o mediados de los años ochenta, el vetusto Leyland, que había echado a rodar en 1963, desapareció para siempre de la carretera y de la ruta entre Dénia y Les Rotes, sustituido por otro autobús más moderno. Su final resultó bastante indigno e ignominioso. Una vez retirado de la circulación fue transformado en un quiosco estático para la venta de perritos calientes y hamburguesas en la explanada de la discoteca Biblos, también desaparecida hace muchos años, junto a la carretera de Xábia. Pero el autobús tuvo una vida efímera varado en este lugar. Una mañana de verano, paseando por la carretera, me invadió una gran consternación cuando lo encontré volcado en la explanada, entre cascotes, basura, ramas de palmera y otros restos de maleza. Poco tiempo después ya no estaba. Su morada definitiva habría de ser alguno de los desguaces que entonces proliferaban en la N-332.

 

viernes, 1 de diciembre de 2017

EL PLAN DE ACCESOS A GALICIA





Un artículo de Tarik Bermejo



Introducción y breve síntesis histórica


Galicia ocupa la zona noroccidental de la Península Ibérica, y para acceder hay que sumar las grandes distancias desde otras partes del territorio y las difíciles condiciones orográficas para su acceso, explicadas, en parte, por los límites territoriales impuestos por la frontera con Portugal. Con un fuerte contraste orográfico, su territorio dispone de una buena cantidad de cursos fluviales que por lo general no son aptos para la navegación, excepto para hacerlo en pequeñas barcas. De ahí que para su acceso haya que atravesar distintos sistemas montañosos, como la sierra del Caurel, sierra de la Queixa, sierra de los Ancares, etc.

En la antigüedad, los iniciales viajes a pie fueron tornándose en viajes a lomos de bestias y otros animales de tiro. Parece ser que en época romana debieron existir en Galicia varias calzadas principales que sirvieran de comunicación; basándose en la literatura tradicional sobre este tema, se pueden enumerar las siguientes fuentes de información para conocer las calzadas romanas, que no pretende ser exhaustiva:

  1. Itinerario de Antonino: su origen es difuso, aunque algunas fuentes lo atribuyen al emperador Antonino Caracalla, y otras fuentes a comerciantes anónimos a los que le servía de guía. Es una recopilación de muchos de los caminos del Imperio, en total 372 calzadas con unos 80 000 kilómetros, definiendo los lugares y mansiones por las que el camino estaba trazado, y lo más importante, indicando la distancia entre ellos. Sin embargo parece que este repertorio sólo abarca las calzadas principales costeadas por la hacienda pública, por lo que es un documento parcial.
  2. Vasos de Vicarello o Apolinares: son cuatro vasos que tienen ese nombre debido al lugar donde fueron encontrados, Vicarello, cerca de Roma. Tienen grabados itinerarios desde Cádiz hasta Roma.
  3. Tabula Peutingeriana: es un documento de gran extensión (6,80 metros de largo por 0,34 metros de ancho) en el que se reflejan las mansiones existentes y las vías que las atravesaban. No obstante se ha perdido el trozo donde estaba representada Hispania, trozo que se reconstruyó a base de otros documentos.

    FIGURA 1. Detalle de la Tabula Peutingeriana.
  4. Anónimo de Rávena: con un origen relacionado con la Tabula enunciada anteriormente, en este documento aparecen algunos itinerarios y sus lugares de paso, pero sin indicar distancias, en lo que parece ser una cosmografía del entonces mundo conocido.
  5. Tablillas de Astorga: existe una gran controversia sobre la autenticidad de estas tablas de barro; en cualquier caso, recogen unos itinerarios del noroeste de la Península Ibérica.

Eduardo Saavedra, en su discurso de entrada a la Real Academia de la Historia en 1862, presentó un plano en el que definía y enumeraba los treinta y cuatro itinerarios de Antonino que se desarrollaban en la Península.

martes, 7 de noviembre de 2017

LA CASILLA DE PEONES CAMINEROS DE DÉNIA



Un artículo de Route 1963 publicado en CANFALI MARINA ALTA el día 4 de noviembre de 2017




LA CASILLA DE PEONES CAMINEROS DE DÉNIA. 


Casi en su estado original pervive esta casilla de peones camineros en la partida Madrigueres, a espaldas del Hospital de Dénia. Como es bien sabido, los peones camineros se encargaron del mantenimiento y conservación de las carreteras españolas desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del XX, cuando la profesión se fue extinguiendo, y para tal fin residían permanentemente con sus familias en estas viviendas toscas, mal acondicionadas y generalmente establecidas en mitad del campo y muy alejadas de las poblaciones. Llegaron a existir miles de casillas por todo el país, y con la progresiva extinción de la categoría laboral de sus moradores la mayor parte de ellas fueron directamente demolidas, o bien abandonadas a su suerte hasta que el paso del tiempo las ha ido convirtiendo en meras ruinas de cascotes y escombros condenados al olvido.  En la comarca de la Marina Alta y en otras comarcas de la provincia de Alicante perviven varios ejemplares de estas casillas en mejor o peor estado de conservación, e incluso algunas han sido restauradas y rehabilitadas para diferentes usos.

En las carreteras que transitan por el término municipal de Dénia existieron en tiempos otras casillas de peones camineros, ya desaparecidas, pero el ejemplar que todavía se conserva fue construido probablemente a principios de los años cuarenta del pasado siglo, abandonándose tal vez a principios o mediados de los sesenta. Pertenecía a la antigua carretera comarcal C-3311 (Albaida-Dénia), actualmente denominada CV-7221, y en uno de los laterales de la casilla todavía se intuyen en el rótulo azul semiborrado las distancias indicadas a Cocentaina (64 kms), y a Ondara (4 km). En el lateral opuesto, el rótulo ahora completamente ilegible indicaría la distancia de 4 kms. a Dénia. En las proximidades de la casilla se conserva muy deteriorado también el primitivo hito de la Instrucción de Carreteras de 1939 que marca el punto kilométrico 63 de la citada C-3311.

En lo que respecta al estado de conservación de esta casilla, exteriomente se observa que es impecable, con sus muros de piedra en perfectas condiciones, sin grietas ni boquetes abiertos. Igualmente, las ventanas de la fachada, los muros del corral o patio trasero y la única puerta de acceso al interior de la casilla (que conserva la persiana de cáñamo original y el rótulo superior de Peones Camineros perfectamente legible) se mantienen en su estado primitivo, si bien acusan el paso del tiempo y el abandono, más notable en el tejado. Hace algunos años pude asomarme furtivamente a través de una abertura en la malla metálica de una de las ventanas, y lo que vi corrobora de manera fehaciente el abandono del interior de la casilla -al menos en aquel momento-, lleno de maleza y de enseres viejos amontonados de cualquier manera. Durante algún tiempo después de su cierre definitivo seguramente se siguió usando como almacén de materiales relacionados con la conservación de la carretera, pero posteriormente acabaría por perder incluso esta utilidad, y la única razón por la que no ha sido demolida responde, quizá, al hecho de que se encuentra en un entorno urbanizado. De haberse ubicado en una zona rural aislada, como era el caso de la mayoría de las casillas, es seguro que habría desaparecido hace muchos años.

En conclusión, ¿qué podría hacerse con esta casilla de peones camineros, única en el término municipal de Dénia? Indudablemente, rehabilitarla y conservarla en buenas condiciones para, posteriormente, incluso encontrarle alguna nueva utilidad funcional, ya fuese como vivienda, comercio, oficina o dependencia turística o cultural. Es cierto que carece de valor arquitectónico, pero sí tiene un gran valor histórico y patrimonial, y el organismo competente de quien dependa debería velar por su preservación. Dejo aquí hecha la propuesta, para que pueda ser considerada.
 

jueves, 2 de noviembre de 2017

PEONES CAMINEROS. UN OFICIO EXTINGUIDO.



Un reportaje de Route 1963


     No soy periodista, pero desde el pasado mes de agosto, por circunstancias que no vienen al caso, vengo colaborando con regularidad en el periódico semanal CANFALI MARINA ALTA (edición impresa) que se publica en Dénia, capital de la comarca alicantina de la Marina Alta. Cada semana envío un artículo de opinión que aparece publicado el sábado correspondiente. Tengo absoluta libertad para escribir sobre los temas que considere oportunos, y hasta el momento lo cierto es que no he escrito ni un solo artículo de opinión propiamente dicho, sino más bien artículos autobiográficos y de divulgación sobre diferentes aspectos relacionados con la ciudad de Dénia y su comarca. Mi colaboración es completamente amateur y no percibo ninguna remuneración por ella.  Este periódico, fundado en 1976, tiene una tirada de unos 8.000 ejemplares y su difusión está restringuida al ámbito comarcal. Cuenta también con una edición digital diaria.   

     El último artículo que he publicado en dicho periódico el pasado sábado 28 de octubre tiene relación muy directa con la carretera y su pasado, pues trata precisamente de los peones camineros, una profesión ya extinguida. Por su interés he decidido dedicarle la presente entrada del blog. La fotografía que acompaña tanto esta entrada como el artículo del periódico pertenece al Archivo Fundación Telefónica.




El Cuerpo de peones camineros fue creado en España en 1759 con la misión de velar por el adecuado mantenimiento y conservación de las carreteras en todo el territorio nacional, desarrollando su cometido durante dos siglos, hasta que a mediados del XX tuvo lugar su extinción definitiva. Los peones camineros ocupaban el escalafón más bajo entre los funcionarios del Estado, y su trabajo, aunque vitalicio, era muy exigente y estaba mal remunerado. A cambio de un mísero salario trabajaban casi de sol a sol siete jornadas semanales en invierno y en verano, incluso en condiciones climáticas extremas, dedicados a su trozo de carretera, que tenía una longitud de una legua (5’5 kms.) y debían recorrer íntegro a pie al menos cada dos días, efectuando en él las reparaciones que fuesen necesarias, estando para tal fin convenientemente dotados de utensilios y herramientas manuales muy rudimentarias. En sus orígenes los peones camineros desempeñaron también funciones de seguridad y vigilancia en las carreteras, y tenían potestad para detener a malhechores y maleantes y entregarlos a las autoridades de las poblaciones más cercanas. Cuando se tendieron las líneas telegráficas y posteriormente las telefónicas, que seguían el trazado de las carreteras, se les encomendó igualmente su vigilancia, en prevención de sabotajes. 

Pese a todo, la profesión de peón caminero gozaba de buena reputación y gran demanda social en unos tiempos en los que la miseria y el hambre eran moneda común en España. No en vano los peones camineros, aunque mal retribuidos, como funcionarios del Estado podían conservar su trabajo hasta la jubilación y percibían regularmente su salario, lo que les procuraba una seguridad de la que carecían la mayor parte de los trabajadores. Además, y no era una cuestión menor, recibían también una vivienda estable, si bien humilde, mal acondicionada y aislada en mitad del campo junto al sector de carretera que les había sido encomendado, pero una vivienda gratuita, al fin y al cabo. Eran las conocidas como casillas de peones camineros, que proliferaron por toda la geografía nacional constituyendo un elemento característico del paisaje de nuestras carreteras. Existieron diferentes tipos de casillas a lo largo del tiempo, pero básicamente se desarrollaron dos modelos, según fuesen para uno o para dos peones y sus respectivas familias, pues los peones camineros residían permanentemente con su parentela, si la tenían, en estas construcciones toscas y elementales que disponían de un patio o corral trasero tapiado destinado al pequeño cultivo agrícola o a la crianza de animales para la propia manutención de sus moradores. En estos corrales era también frecuente el establecimiento de un pozo de agua potable para el regadío y suministro de los residentes.

Las casillas de peones camineros jalonaban todas las carreteras españolas de primero, segundo y tercer orden, estableciéndose una en cada legua del recorrido. Con la implantación del Sistema Métrico Decimal a mediados del siglo XIX, se hicieron propósitos para establecer un peón caminero con su correspondiente casilla cada tres kilómetros, pero en muy contadas ocasiones se pudo llevar a efecto esta medida. El desarrollo de las comunicaciones y de la maquinaria de obras públicas especializada en los más tempranos años del siglo XX, trajo consigo la paulatina desaparición de los peones camineros y el abandono y la ruina de la mayor parte de las miles de casillas que ocupaban a lo largo y ancho del territorio nacional. Unas pocas aún sobreviven en mejor o peor estado de conservación, e incluso algunas han sido restauradas y destinadas a diferentes usos. En el término municipal de Dénia se conserva todavía una de estas casillas casi en su estado original. Hablaremos de ella próximamente.