sábado, 5 de enero de 2013

LA CORONA VALENCIANA (Novela negra de la carretera)



     Hacía tiempo que deseaba escribir sobre este libro, porque hablar de él ya había hablado hasta la saciedad, en su momento, cada vez que lo leía, allá por los primeros ochenta, que debieron de ser más de diez o quince veces, probablemente la novela que he leído en más ocasiones, y paradójicamente no de las mejores, o seguramente de las más ingenuas y veleidosas, siendo muy indulgentes, pero una cosa no quita la otra. Y ahora es el momento de escribir sobre ella en este blog, treinta años después de su primera edición en castellano (octubre de 1983), porque entre otras muchas razones esta es una novela de carretera española, quizá de las pocas que existen, al estilo de las roads movies cinematográficas norteamericanas, pero en formato narrativo de novela negra de casi doscientas páginas en lugar de celuloide de dos horas de metraje, o más.

     Personalmente soy un gran aficionado a la literatura con mayúsculas, y por eso huyo como de la peste tanto de los best sellers como de otros géneros menores y acaso más dignos, entre los que podríamos incluir la novela negra, la mayoría de cuyas obras no alcanzan mejor categoría que la de ser simples piezas recreativas de leer, usar y tirar, literatura comercial de consumo, a semejanza genérica de los best sellers propiamente dichos, que curiosamente también beben habitualmente de las fuentes de la novela negra, cuando no hacen directamente incursiones en ella para enganchar a sus lectores, y el procedimiento funciona y se venden millones de ejemplares y sus títulos andan de boca en boca por medio mundo. Pero ese tipo de libros para mí no forman parte de la literatura como tal, ni del arte, ni de la creación narrativa, y son meros instrumentos de entretenimiento de calidad ínfima que comparten espacio en las estanterías de los quioscos y grandes almacenes con las revistas del corazón, los libros de autoayuda (otro gran fraude cultural y subespecie de los best sellers) y el material de papelería, no muy lejos de lavadoras, microondas y cafeteras. Cada uno es libre de elegir lo que lee, por supuesto, pero luego no está cualificado para pontificar sobre las supuestas excelencias y calidades de esta infraliteratura de consumo y recomendar su lectura. Lo siento, pero por ahí no paso. Los libros verdaderamente buenos normalmente no son fáciles de leer y no venden millones de ejemplares en ninguna parte a los pocos meses de salir de la imprenta. Así es que, como punto de partida, empecemos diferenciando una cosa de la otra. Hace algún tiempo escribí un elaborado artículo en otro blog, de momento desactivado, en el que abundaba extensamente en estas y en otras opiniones de naturaleza parecida. Si alguien tiene interés o curiosidad, puede leerlo aquí: LITERATURA BASURA.

     A tenor de este obligado preámbulo, podría pensarse que mi opinión acerca de la novela LA CORONA VALENCIANA va a ser tremendamente peyorativa y muy cercana a la opinión que me merecen la inmensa mayoría de los best sellers y otras obras asimiladas de la novela negra. Pero no es así. Si lo fuera, en ningún caso le habría dedicado una entrada en este blog. También es cierto que la consideración -muy estimable y benevolente- que me merece este libro, viene absolutamente condicionada por razones autobiográficas, geográficas y personales. Seguramente a otro lector, desvinculado de estas consideraciones, no le seduzca tanto y le parezca un libro entretenido, pero menor. Que sin duda lo es, ambas cosas, no voy a negarlo. 

     Ya en la propia portada del libro, a semejanza de los best sellers, aunque este por difusión e intenciones comerciales no aspirase a serlo, ni lo pretendiera, podemos leer una breve sinopsis de su argumento:

     Un buen día la ciudad de Elche se despierta con una noticia insólita: alguien ha robado las joyas de la Virgen. Pero Eric Vidal no podía resignarse a compartir el botín con aquellos crápulas. Y había algo más: aquella chica aparecida inesperadamente mientras él estaba repostando gasolina. Una historia de amor, a través de una vertiginosa carrera por las comarcas valencianas. 

     Y en la solapa interior de la portada seguimos leyendo:

     La víspera de la celebración del famoso Misteri d' Elx, la tranquila ciudad de Elche se despierta conmocionada: las joyas de la Virgen han sido robadas. Y el lector encuentra a Eric Vidal (...), esta vez por tierras valencianas, perseguido por los gangsters (...), por la policía y acompañado de una extraña muchacha llamada Anna. (...) En un ámbito blanco de cal, de calor bochornoso, de mar en calma, de campos de árboles pegados al suelo, Fuster sitúa sus personajes y, evitando cualquier tentación de estudio de caracteres, nos los presenta, bajo la luz violenta, en movimiento; perseguidos, acorralados, enamorados e incluso vencidos. Fuster ha aprendido de los grandes de la novela negra la rotundidad de los movimientos, la repetición, si conviene, de los golpes, y la descripción fiel de las heridas (...) pero el método, en manos de Fuster consigue una rara estridencia y substituye la interiorización y el recelo con un cinismo de rara raíz mediterránea. El lector, perseguido y acorralado como Enric Vidal, proseguirá la lectura sin aliento hasta el final sangriento, sorprendente y trágico, como corresponde a las grandes obras del género. 

     Como suele ser habitual, la propia reseña del libro ya pretende adornarse ampulosamente con más literatura de la que destila el propio libro, un argumento comercial más, un acicate para los lectores y una buena carta de presentación de la obra, sin duda, porque de otro modo probablemente esta novela no sobresaldría entre la gran oferta editorial del género incluso hace treinta años. Y aún así no estoy seguro de que sobresaliese mucho en su día ni de que hayan sido muy abundantes sus lectores. Ahora bien, si nos olvidamos de sus profundas limitaciones técnicas y creativas, de la debilidad de sus diálogos y de su constante apoyo argumental en tópicos y lugares comunes (gangsters, tiroteos, robos de coches, persecuciones, sexo, tías buenas, heridas, sangre...) podemos encontrarnos ante una novela curiosa, simpática y desde luego muy entretenida de principio a fin. Ya el hecho de que la narración se desarrolle a lo largo y ancho de la Comunidad Valenciana, de sur a norte, desde Elche hasta Castellón (Islas Columbretes e Ibiza incluídas, como colofón mallorquín de la trama), pasando por casi todas las comarcas y poblaciones importantes, pone de manifiesto que su autor, Jaume Fuster (no confundir con Joan Fuster, el intelectual valenciano pancatalanista a quien el propio Jaume dedica el libro, entre otras dedicatorias) escribió su novela sin perder de vista en ningún momento el mapa de carreteras para ir situando la acción progresiva y desenfrenadamente a través de este itinerario que se antoja como un pretexto turístico para ambientar una novela negra que más bien es una novela de acción y de aventuras con ribetes policiales y gangsteriles.

Jaume Fuster (Barcelona, 1945)

     Muchos de sus pasajes son completamente inverosímiles y hasta sonrojantes, como por ejemplo la persecución y posterior incendio forestal a través de la sierra de Bernia, los robos de automóviles y tiroteos en la autopista AP-7, la huida del protagonista de la ambulancia que le transporta malherido a la entrada de Gandía, la relación que entabla dicho protagonista con un homosexual en Valencia para procurarse alojamiento en su casa esa noche y esconderse de quienes le persiguen, algo ya muy visto en novelas del género, la travesía desde las Columbretes hasta Ibiza en un barco pilotado en solitario por Anna, la tía buena coprotagonista del libro, una chica increíble que lo mismo sirve para un roto que para un descosido (y que tanto recuerda a las heroínas de las películas de James Bond), las estancias del protagonista en pensiones, hoteles y consultorios de la Seguridad Social para curar sus heridas producidas en diversas reyertas, sin que los sanitarios avisen a la policía, la propia policía y la Guardia Civil, tan inoperantes e ineficientes en la tarea de detener a los delincuentes, los aparatosos accidentes de coches y motos en las carreteras de montaña alicantinas, y un largo etcétera. 

     Sin embargo, todos estos defectos de verosimilitud, algo que tal vez sólo los lectores más exigentes podrían demandar, hacen que el libro sea delicioso de leer y le aportan un encanto añadido. Treinta años después, además, rememorar aquellas carreteras y los vehículos que circulaban por ellas, convenientemente citados los modelos en el relato (Austin, Renault 14, 18, Alpine, Seat Panda, 127, furgoneta DKW...), incluso sus matrículas provinciales (Valencia, Alicante, Barcelona, Madrid...), no deja de resultar curioso y nostálgico a un tiempo.

     Sin pretenderlo de manera explícita, o acaso sólo por casualidad, LA CORONA VALENCIANA es una novela de carretera, suponiendo que exista este género como tal, y todos los pasajes de la primera mitad de la misma se desarrollan en carreteras secundarias de la provincia de Alicante, cuando los dos protagonistas huyen en diferentes automóviles robados desde Elche hasta Denia cruzando pueblos, sierras y valles en una alocada carrera de varios días, perseguidos tanto por las fuerzas de seguridad como por otros delincuentes miembros de su banda, los cuales, por cierto, sí son mucho más eficientes que la policía y la Guardia Civil, de modo que tienen varios y sangrientos encontronazos con ellos, de los que siempre salen adelante para que la acción no se detenga, la persecución y la intriga sobre el desenlace final prosigan, los elementos esenciales, al fin y al cabo, de la trama narrativa de la novela puedan cumplir sus propósitos argumentales. Las descripciones de pueblos, paisajes y carreteras son muy someras y evidencian una innecesaria erudición geográfica con la que el autor pretende demostrarnos que conoce bien la zona por la que se desenvuelven sus personajes, como si nos estuviera impartiendo, en efecto, lecciones de geografía valenciana, o ambientando un viaje de vacaciones (y de hecho la historia se desarrolla en plena temporada alta estival) que hubiera realizado el verano anterior, algo que resulta chocante y estridente en cualquier historia de ficción, lo cual en no pocos pasajes no puede por menos que hacernos sonreír con resignada condescendencia.

     No es esta una novela que pasará a la Historia, desde luego, pero sí tiene el mérito indiscutible de hacernos leer y leer sin descanso desde la primera hasta la última de sus 187 páginas. Una lectura ligera, cómoda y fluida que no requiere excesivo esfuerzo intelectual ni demasiado tiempo de dedicación, y a cambio nos garantiza un entretenimiento agradable y agradecido, e incluso puede llegar a incitar a los más curiosos y viajeros a recorrer las rutas que aparecen en el libro, eso sí, sin la angustia persecutoria y el peligro constante de muerte en que se hallan sus personajes. Y es extraño, pero LA CORONA VALENCIANA no ha sido llevada al cine, y estoy convencido de que habría resultado una buena película de acción, porque su propia trama argumental se presta bien a ello, de hecho a veces recuerda más a un guión cinematográfico  que a una novela, sin embargo, por las razones que sean y que no viene al caso analizar aquí, no ha trascendido más allá de su formato en papel. Todavía en la actualidad, treinta años después de su primera edición, está disponible en ediciones posteriores, tanto en castellano como en catalán. Consultar en la red.

     



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