lunes, 4 de mayo de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Quinta parte). Bajo el primer sol de la tarde.







Nada más marcharse aquel hombre que me había socorrido en la carretera experimenté una sensación de orfandad inconsolable y un lastimoso desamparo, como si con su reciente marcha pudieran volver a acecharme de nuevo todos los peligros que ya creía conjurados para siempre. Abandonado como un náufrago en aquella recta maldita de la N-301, el sol de Agosto me castigaba sin piedad y no había lugar alguno en donde resguardarse. Me quemaba en las nalgas la chapa metálica del guardarraíl sobre el que me había sentado un momento a fumar un cigarrillo detrás de otro con demorada indolencia, mientras meditaba acerca de mi destino sumido en un enajenado letargo sólo perturbado ocasionalmente por el rumor del tránsito que rasgaba el asfalto con un hiriente silbido camino de Quintanar, o de La Roda, o de Albacete, o de Madrid, o de Alicante, o de Murcia, o de donde cada uno de aquellos conductores estivales tuviese a bien llegar luego de decenas o centenares de kilómetros de viaje.



     Después de llevar aplastadas con las botas (que no eran propias de motorista, sino de soldado de infantería provenientes del servicio militar que había finalizado seis años antes) varias colillas de cigarrillo en un metro cuadrado de arcén, me sacudí el profundo letargo y crucé la carretera. Todavía me temblaban un poco las piernas y temí haber perdido el habla cuando llegué hasta el poste de auxilio de la DGT emplazado a la altura del punto kilométrico 145. Casi veintiséis años más tarde, recopilando fotografías en Internet para ilustrar esta historia, he vuelto a recordar cómo eran aquellos postes SOS de los años 80 (ya desaparecidos, como desaparecidos están también sus sucesores más modernos), porque lo único que había perdurado en mi memoria desde entonces era que incorporaban dos botones de llamada, uno para auxilio sanitario y otro para asistencia mecánica. Pulsé este último con ansiedad temiendo que estuviese averiado, en cuyo caso mi situación volvería a tornarse muy comprometida, pero la suerte había venido para quedarse de mi lado y en pocos segundos me respondió una voz masculina, modulada, amable y solícita, que por esos extraños caprichos del subconsciente asocié enseguida con la voz del hombre que me había ayudado unos minutos antes, como si fuese aquel buen samaritano de la carretera quien me estuviese respondiendo ahora desde el otro lado del interfono, y ya en el paroxismo de mis fantasías imaginé que también habría de ser él quien conduciría la grúa de asistencia que vendría a rescatarme más tarde. Sabía que todo esto era absurdo, desde luego, pero como instintivamente necesitaba humanizar a mi interlocutor invisible, imaginarle físicamente y no como una mera referencia sonora y abstracta, le presté el rostro de aquel hombre cuya fisonomía me resultaba más reciente, y tal vez por ello ambas voces, forzosamente diferentes, se me antojaron una única voz.

  


     Pero más allá de mis desvaríos emocionales y de mis engañosas ilusiones mentales, la cuestión que había que resolver en ese momento entre dos desconocidos invisibles a través de aquel artefacto parlante era mucho más pragmática: ¿Necesitaba asistencia mecánica? ¿Qué me había ocurrido? ¿Exactamente en dónde me encontraba? (aunque cabía suponer que la tecnología de la época ya identificaba automáticamente la ubicación precisa del poste de auxilio desde el que se recibía la llamada). ¿Cuáles eran mis datos y los de mi vehículo? ¿Disponía de algún tipo de seguro de asistencia en viaje, y en caso afirmativo cuál era el número de póliza? Y mis respuestas se fueron sucediendo ordenadamente según las requería mi interlocutor y yo consultaba los documentos adecuados: necesitaba asistencia mecánica, había reventado el neumático trasero de mi Yamaha SR-250 con matrícula de Madrid 5353-…, me encontraba en el kilómetro 145 de la N-301 sentido Cartagena, mi nombre era…, sí disponía de asistencia en viaje con ADA (Ayuda del Automovilista, una veterana asociación recientemente desaparecida), y el número de asociado era…


  
         
     Cordialmente mi interlocutor me rogó que aguardase un momento sin retirarme del poste de auxilio. Pronto volvería a tener noticias suyas, me prometió. Mientras esperaba tuve tiempo de fumar dos o tres cigarrillos más y de imaginarme a aquel hombre en mangas de camisa socorriendo a quienes habíamos caído en desgracia en la carretera desde una gran sala con aire acondicionado y llena de consolas telefónicas y de paneles luminosos en algún edificio de la Dirección General de Tráfico, seguramente en Madrid capital, mientras yo me achicharraba sin remedio a pleno sol en un punto remoto de la provincia de Cuenca a más de treinta grados centígrados, y otros infortunados viajeros corrían tal vez peor suerte a cientos de kilómetros de allí. 





     Aquel hombre me habló de nuevo pasados unos minutos. La grúa de asistencia en carretera, procedente de Quintanar de la Orden, ya había sido avisada, pero tardaría en llegar en mi ayuda, porque antes debía prestar otros servicios en la zona. Mucha gente tenía problemas en la carretera ese mediodía ya fronterizo con la tarde del 12 de Agosto de 1989, y el país no estaba preparado para ello. Esto último no me lo dijo él, a fin de cuentas un abnegado funcionario de Tráfico, sino que lo pensé yo, un motorista desdichado siempre predispuesto a ponerse en lo peor. Así es que tocaba esperar, no se sabía cuánto. Agradecí la ayuda a mi interlocutor y volví a cruzar la N-301, y volví a sentarme en el ardiente guardarraíl junto a mi moto inservible, y volví a encender una interminable sucesión de cigarrillos, y volví a caer en un prolongado letargo que tenía ciertas similitudes con el sueño eterno, es decir, probablemente con la propia muerte que yo seguía esperando en la N-301. Transcurrido un tiempo impreciso tuve la sensación de que el poste de socorro emitía algún tipo de señal que tal vez iba dirigida a mí, y crucé nuevamente la carretera corriendo para llegar a escuchar la inesperada llamada de mi interlocutor: ¿Sigue usted ahí? La asistencia acaba de salir de Quintanar y ya va en su busca.



     Entre Quintanar de la Orden, provincia de Toledo, y Santa María de los Llanos, provincia de Cuenca, en cuyas proximidades yo me había quedado tirado, había una distancia de 25 kilómetros, de modo que la asistencia todavía se hizo esperar un rato que a mí se me antojó insoportable. Esta impaciencia vino motivada sobre todo por el hecho de que algunas grúas similares a la que yo esperaba acertaron a pasar de vacío por la carretera en aquel momento, pero ninguna se detuvo, a pesar de mis señas desesperadas, respondidas con movimientos negativos de cabeza de sus conductores, que se dirigían a atender otros servicios o acaso regresaban a sus bases para comer. Finalmente, uno de aquellos vehículos aminoró la velocidad, hizo parpadear levemente su intermitente derecho y estacionó en el arcén delante de la moto. Un hombre de aspecto risueño, que tendría aproximadamente mi edad, descendió de la cabina del camión y vino a mi encuentro sin dejar de observar el neumático destrozado de la moto mientras se acercaba. Vaya faena, amigo, dijo sonriendo. ¿Puedes darme agua?, le respondí a bocajarro, seguramente sin el menor atisbo de sonrisa, porque a alguien que se muere de sed en el infierno de La Mancha no le obligan mayores cortesías. Faltaría más, hombre, para eso estamos, y regresó a la cabina un instante para volver con una botella de agua helada de la que bebí copiosamente casi hasta atragantarme.




     Talleres San Valentín, podía leerse en los laterales de la plataforma de la grúa de asistencia. Dicha plataforma no era basculante, sino rígida, de modo que para subir cualquier vehículo hasta ella era necesario extraer del bastidor dos rampas metálicas (bastaba con una en el caso de las motos), y a esta tarea se aplicó enseguida el patrullero, provisto de unos viejos guantes de trabajo que algún día debieron de ser amarillos pero que ahora lucían impecablemente renegridos y llenos de agujeros. Retiré mi escueto equipaje, que iba atado en el trasportín trasero de la Yamaha con pulpos elásticos, y lo llevé a la cabina de la grúa. El patrullero puso en marcha el motor eléctrico del cable de arrastre y enganchó el extremo, que tenía forma de garfio, en la horquilla de la moto. Ahora, muy despacio, vamos a ir subiéndola por la rampa, empezó a explicarme, pero no se había expresado con propiedad, porque como comprendí enseguida la operación consistía en que yo tenía que sujetar la moto y acompañarla por la rampa mientras él se limitaba a gobernar la tracción del cable. La Yamaha SR-250 no era una moto muy pesada, apenas 130 kilos en vacío, pero a cambio mi torpeza sí resultaba manifiesta y se me resbalaban las botas en la rampa grasienta, y se me escurría el manillar entre las manos sudorosas según subíamos a trompicones por aquel plano inclinado, y sospechaba que en cualquier momento la moto o yo, o ambos, nos íbamos a caer al suelo aparatosamente. Viéndome en problemas, el patrullero abandonaba su posición y acudía en mi auxilio un momento corrigiendo la dirección de la moto y apuntalándola desde el lado contrario al mío, pisa aquí, pisa allá, me decía, pero no había en donde pisar sin riesgo de resbalar o caer, porque la rampa era tan estrecha y deslizante que cualquier maniobra sobre ella se antojaba imposible. 



 




     En la vida me había visto en otra igual (pero como perseveré, con los años me vería en otras peores de semejante naturaleza, y además con motos de casi 300 kilos), y un sudor gélido empezó a bajarme por la espalda desde la nuca hasta los riñones, y en algún momento pensé que me iba a desmayar. Cuando al fin vencimos la inclinación de la rampa y alcanzamos el plano horizontal de la plataforma de la grúa arrastrados por el cable de acero, la situación no mejoró en absoluto, porque dicha plataforma, diseñada para llevar automóviles, tampoco era tal, sino que consistía sólo en dos largueros paralelos del mismo ancho de la rampa, y entre ambos se abría un inmenso hueco que mostraba algunas interioridades mecánicas de la transmisión del camión y oscuras parcelas de asfalto. El patrullero volvió en mi ayuda y continuamos hombro con hombro con las esforzadas maniobras para colocar la moto en la posición más segura -y acaso reglamentaria- para su transporte posterior. Hay que cruzarla y arrimarla a la cabina, me dijo, y yo debí devolverle una mirada de incredulidad absoluta al escuchar esto, porque añadió: no te preocupes, alguna vez he tenido que hacerlo con una Goldwing de 400 kilos, así es que con esta moto será coser y cantar.


     Se trataba, ni más ni menos, de arrastrar la moto hasta la cabina y luego atravesarla en sentido perpendicular a la marcha apoyando cada una de sus ruedas en uno de los largueros de la falsa plataforma antes de inmovilizarla con robustos tirantes de sujeción.  Los largueros de acero, impregnados de una resbaladiza pátina de grasa inmemorial que brillaba obscenamente bajo el primer sol de la tarde, no resultaban menos amenazantes que el oscuro hueco que se abría entre ellos y por donde yo temía caerme cada vez que hacía el menor movimiento siguiendo las precisas instrucciones del patrullero, pisa aquí, pisa allá, sin miedo, no sueltes la moto, sujeta de este lado, ahora del otro, suelta un momento, levanta de atrás, déjala caer, gira el manillar, que no se te escape, aguanta ahí, con cuidado, no te preocupes, ya la tengo, puedes soltar, falta muy poco… 



     Cuando volví a poner los dos pies en la tierra firme del arcén de la N-301 me encontraba tan exhausto y desmadejado que incluso me costaba respirar y se me nublaba la vista. Bebí más agua de la botella, ya ligeramente recalentada, y observé con la mirada perdida las últimas maniobras del patrullero afianzando la Yamaha sobre la grúa con unos fuertes tirantes de nylon. Luego, minutos u horas después, habría que bajarla de allí, y se haría obligado repetir a la inversa las extenuantes operaciones que acabábamos de ejecutar, y sólo de imaginarlo ya me invadía una angustia premonitoria y desconsoladora. Aquel día prometía ser interminable y pródigo en sufrimientos de todo tipo. Casi era mejor no pensar en ello.


     Nos vamos, socio, dijo aquel hombre sonriendo de nuevo, indudablemente satisfecho del resultado de su tarea. Subimos a la cabina de la grúa y el patrullero puso en marcha el motor y sintonizó una emisora de radio en el instante casual en que sonaban unas señales horarias, que ahora no recuerdo si anunciaban las dos o las tres de la tarde. Vaya, se ha echado encima la hora de comer, advirtió mi acompañante, y el almuerzo es sagrado. Volvemos a Quintanar y luego ya buscaremos con calma un sitio en donde puedan reparar el neumático, si no te importa. Asentí. En realidad no tenía otra alternativa y a los profesionales de la carretera había que dejarles hacer su trabajo libre de interferencias e imposiciones impertinentes. Resultó un tanto expuesto cambiar de sentido en aquella recta de la N-301 en la que el tránsito crecía por momentos, pero con las debidas precauciones y unas atinadas vueltas de volante el vehículo de asistencia tomó nuevo rumbo hacia el oeste dándole la espalda al sol sin el menor contratiempo.



 



Nunca he creído en estas cosas, pero viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos en aquella jornada de Agosto, traicioné mis convicciones y caí en la debilidad de pensar que acaso fuese cierto que algunos seres de naturaleza sagrada, celestial o sobrenatural protegían nuestros pasos, velaban por nuestras vidas y ahuyentaban los peligros a los que nos exponíamos indefensos desde nuestra débil condición humana, y tal vez era San Valentín uno de ellos (bajo cuyo patrocinio onomástico operaba aquella grúa de auxilio en carretera), o preferiblemente con mejor atribución genérica San Cristóbal, patrón de los automovilistas, o quizá con mayor competencia geográfica Santa María de los Llanos, que daba nombre al pueblo en cuyas proximidades yo había sufrido mi particular percance y posterior penitencia (no demasiado lejos de allí se encontraba también la localidad de San Clemente), y bien podía ser que todas estas santidades bienhechoras -y muchas más que no hemos mencionado- multiplicaran sus oficios milagrosos para llegar hasta donde no podían alcanzar los abnegados esfuerzos terrenales de los hombres de la Dirección General de Tráfico que trabajaban en mangas de camisa en las salas de operaciones o los conductores de los servicios de asistencia en viaje que lo hacían con los guantes rotos en los arcenes de las carreteras.
 

      Hoy es un mal día para que te pase algo en cualquier sitio, me habló de nuevo el patrullero, desbaratando de golpe las reflexiones místicas en las que me había sumido durante unos instantes, un mal día para casi todo, y con este calor…. Alcé la vista y escruté la carretera a través del parabrisas del vehículo, que estaba cubierto de polvo y moteado de salpicaduras de insectos. Cruzábamos Mota del Cuervo y en la radio sonaba la canción del verano, de aquel lejano verano de 1989, pero ahora mismo no recuerdo qué canción era y tampoco me mueve tanto la curiosidad como para ponerme a buscarla. Tal vez si alguien me lee pueda hacerme ese favor, y si así sucede, vaya por adelantado desde aquí mi gratitud.

CONTINUARÁ


3 comentarios:

  1. Escribe un libro, macho.

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  2. ¡Hola amigo! No quisiera extenderme mucho en mi comentario pero he disfrutado muchísimo leyendo tu relato ya que, casualmente, mezclas la Seguridad Vial (de forma, quizá, indirecta) y la nostalgia de esa preciosa década de los 80 que yo apenas pude vivir (soy del 85). Estaba un poco desanimado y me has animado muchísimo, muchos recuerdos se agolpan a golpe de "teclazos" (búsquedas) en la red; de vosotros ya mayores, testigos de ese momento que yo apropio como si lo hubiera vivido. Sí, 1989 fue el PEOR año para con la siniestralidad vial pero a Dios/destino gracias tú te salvaste y como deuda atemporal lo compartiste con todos nosotros. Preciosos vídeos que haces, amigo mío. Déjame que te haga un pequeño "regalo" una de las posibles canciones que oíste en la radio de la grúa pudo ser: "Lambada" (de Kaoma); o "Aquí no hay playa" (de "Los refrescos") o una que ni siquiera conozco: "Loco mía" (de también "Loco mía"). Sólo una cosa más, para leer tu relato he usado una canción de música electrónica (llamémosle, por aproximación, "Bakalao de los 90") llamada: “Interfront (Strange)”. https://www.youtube.com/watch?v=1cjhgeUhOag que me ha inspirado muchísimo (casualmente el grupo es de la región valenciana, 1989-1992, ¿algún “signo casual” debido a esas fechas?). Un abrazo eterno y no dudes que te ayudaré a encontrar a ese hombre que te ayudó. Si la providencia nos ampara lo conseguiremos.... (observadoresseguridadvial@hotmail.com) (Antonio Ruiz)

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  3. Muchas gracias. En realidad se supone que la narración de los hechos está inacabada, pues sucedieron muchas más cosas interesantes aquella jornada y quedan pendientes de escribir, sin embargo por el momento ahí lo he dejado. Todos los temas musicales que mencionas efectivamente los conozco y sonaban en aquella época. Con respecto a lo de encontrar a aquel hombre que me ayudó, lo veo bastante difícil después de los años transcurridos, y en todo caso cualquier probabilidad de éxito necesitaría del concurso de una gran cantidad de casualidades, pero te agradezco la intención. Un saludo, amigo.

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