sábado, 28 de noviembre de 2015

LA MEMORIA DE LA CARRETERA EN ANTICUARIOS Y ALMONEDAS



El establecimiento tiene un enorme portalón que parece la entrada de un garaje, y de hecho el pavimento es de hormigón crudo y rugoso en el que se enganchan las suelas de los zapatos mientras camino hacia el interior de lo que seguramente fue en tiempos un almacén, o tal vez un taller mecánico. Pero en este lugar ahora huele a polvo, a hierro oxidado y a papel viejo.

-¿Tienes mapas de carreteras antiguos?-le pregunto a bocajarro al hombre que regenta aquella inmensa tienda de antigüedades, situada en una calle que desemboca en el puerto.

Y nada más terminar mi pregunta, en esas décimas de segundo que transcurren antes de que mi interlocutor emita su respuesta, me viene a la memoria una pregunta parecida que le hice a otro anticuario en su abigarrada y caótica almoneda del Rastro madrileño, a quinientos kilómetros de aquí y hace más de treinta años:

-¿Tienes postales o fotografías antiguas de pueblos de Alicante?

 Menuda pregunta, debió de pensar aquel hombre que venía a mi encuentro atravesando una cordillera de quincalla herrumbrosa mientras manoteaba para apartarse de la cara la maraña de aparatosas lámparas, quinqués y candiles de otros siglos que pendían del techo.

 -¡Y yo que sé lo que tengo! -farfulló de mala gana.

Ironías de la vida, hace más de treinta años yo andaba buscando en el Rastro de Madrid fotografías antiguas de pueblos de Alicante (no hallé ninguna), pues estaba recorriendo la provincia en bicicleta e interesándome por el pasado de los lugares que visitaba, y en cambio ahora, que me encuentro precisamente en una almoneda de un pueblo importante de esta provincia, ya no me interesa especialmente ese material, sino solo los mapas de carreteras antiguos pero genéricos, los que sean, los que haya, si es que hay alguno en este enorme anticuario atiborrado de cachivaches.

-Algo tengo, sí -responde aquel hombre, para mi sorpresa, y mayor es aún mi asombro cuando escarba en una montaña de papeles viejos de una estantería y me entrega varios mapas y guías antiguas-. Y si rebuscas por ahí, tiene que haber más -añade.


Esto no ha hecho más que empezar, y la cosa ya se pone interesante. Por de pronto, ya tengo en mis manos una verdadera joya, la 7ª edición de un mapa oficial de carreteras del MOP fechado en julio de 1966, y además en un estado impecable. Al tratarse de la 7ª edición, y entendiendo que el MOP publicaría una edición anual de su mapa oficial de carreteras, ¿quiere esto decir que empezaron a publicarse en 1960?

Pero en el lote que me acaba de entregar el anticuario hay algunas otras cosas dignas de mi interés, como varios mapas Firestone de los años 50 y 60 y otro mapa de la provincia de Valencia, patrocinado por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de la capital levantina fechado en el año 1973.






Como si me hubieran entregado un tesoro, hago acopio de estos materiales apartándolos a un lugar seguro y a resguardo de posibles visitantes de la almoneda que pudieran tener alguna intención de arrebatármelos, porque en estos sitios, tan propicios al azar, las casualidades y los caprichos, nunca se sabe. Me siento después en un taburete de madera para rebuscar tranquilamente en las baldas más bajas de la estantería, animado ante las buenas perspectivas de encontrar más reliquias de la carretera, ese rastro improbable e incierto de su memoria gráfica que por ventura, a veces, la propia carretera va dejando al descuido en lugares como este. Pero hay tal cantidad de vetustos papeles en aquellos estantes que pronto comprendo que necesitaría horas y horas, o tal vez días, para revisarlos todos, y la mayoría de ellos son muy interesantes y merecen cierta atención, aunque no guarden relación alguna con la carretera, porque no solo de carreteras antiguas vive un hombre como yo y mi curiosidad se dirige también a menudo hacia otros temas relacionados con el pasado. Apenas transcurridos unos minutos de ansiosa búsqueda ya tengo las yemas de los dedos sucias de polvo y de tinta, y el aroma acre del papel viejo se me sube a la nariz, a los ojos y a la garganta, recordándome severamente que fisgar en el pasado tiene estos inconvenientes un tanto insalubres, pero es que algún precio había que pagar por adentrarse en el túnel del tiempo.




Mi búsqueda es sin embargo infructuosa y no encuentro más mapas antiguos de carreteras. Todo lo más algunos atlas ilustrados de geografía europea que no me interesan, no al menos en este momento. He manoseado cientos, o miles de papeles y documentos de toda índole y condición, la mayoría de ellos del siglo XX, pero también muchos otros del XIX, desde libros y revistas hasta indulgencias eclesiásticas, folletos publicitarios, cartas particulares, actas notariales o recibos del gas o de la luz de antes de la guerra facturados en pesetas y céntimos. Sé que en cuanto me levante del taburete no recordaré apenas nada de todo cuanto acabo de palpar con mis manos.
Sin embargo, tampoco me voy a ir de vacío en esta búsqueda apresurada: un programa oficial de las Fallas de Valencia del año 1968, con evocadores anuncios de automoción, dos guías urbanas de esta ciudad de los años 1956 y 1960, igualmente ilustradas con notables anuncios e informaciones importantes, y una pequeña agenda publicitaria con tapas de plástico de la peluquería Merche, también de Valencia (calle Ciscar 53, bajo, tfno. 33-44-607), de fecha indefinida pero probablemente datada a finales de los sesenta o principios de los setenta, que contiene un pequeño mapa de España desplegable.









Tan entusiasmado y entretenido estaba mientras iba recolectando mis particulares reliquias de almoneda, incluso convencido de regresar más tardes a escarbar en aquellas polvorientas montañas de papeles, que ni siquiera me había detenido a considerar cuánto me iban a cobrar por todo ello. El anticuario adopta una estudiada compostura profesional, sopesa el valor de mi mercancía pasándose los mapas y las guías de una mano a otra, como si pretendiera basar su valor en el peso, o tal vez en la textura, o en la cantidad de polvo acumulada en los objetos, o acaso calculando lo que estaría dispuesto a pagar él si tuviera mucho interés en la compra. 
-¿Cincuenta euros por todo te parece bien? -me propone interrogándome con la mirada, pensando en que quizá le voy a regatear esta cantidad. 
No tenía intención de gastarme tanto dinero, desde luego (no más de treinta euros, ahora que lo pienso), y por un momento me asalta el impulso defensivo de regatearle por lo menos diez, quince e incluso los veinte euros de diferencia, pero me ha pillado desprevenido y sin capacidad de reacción. Le entrego, pues, un billete de cincuenta sin rechistar, aunque seguramente la expresión de mi rostro denota cierto disgusto. Estas cosas no pueden evitarse y le delatan a uno. A pesar de todo, me voy moderadamente satisfecho de la tienda de antigüedades, pues ha superado con creces mis espectativas previas. En cambio, no estoy ya tan seguro de que vaya a volver otro día. Tengo miedo de encontrar más cosas y no poder resistir la tentación de llevármelas a cualquier precio. Carezco de fortaleza para ciertas renuncias. Maldita crisis.

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