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jueves, 21 de febrero de 2013
martes, 12 de febrero de 2013
jueves, 7 de febrero de 2013
viernes, 18 de enero de 2013
TÚ TIENES LA LLAVE (y III). EL TRACTOR ASESINO DE CAUDETE DE LAS FUENTES. Octubre de 1994.
El hombre es el único animal que sabe que va a morir. Eso es al menos lo que afirman los etólogos, zoólogos y otros estudiosos y especialistas en seres vivos de toda condición, quienes conceden que, ciertamente, los animales superiores sí son conocedores de los riesgos y peligros que conlleva la superviviencia diaria, pero carecen de la conciencia y consciencia necesarias para comprender que su destino final es la muerte. Nosotros sí sabemos lo que nos espera, pero ese conocimiento cierto no nos hace necesariamente más prudentes. O no por lo menos todo lo prudentes que deberíamos ser en todas las ocasiones, y particularmente en aquellas que llevan aparejado un mayor riesgo, como puede ser un viaje por carretera.
A mediodía del 3 de Octubre de 1994 ya estamos otra vez de vuelta en la autopista camino de Valencia. Por una vez, y sin que sirva de precedente, hemos conseguido dormir profundamente un buen número de horas en Denia, y eso nos produce la extrañeza de las sensaciones infrecuentes, como tener el cuerpo descansado, la mente despejada y los reflejos en condiciones óptimas para conducir nuestras motos quinientos kilómetros de un tirón, si fuera preciso. Ya habíamos olvidado estas excelencias después de someternos a todo tipo de excesos en la carretera durante algún tiempo. La única contrariedad, por el momento, proviene del hecho de que no vamos a poder entretenernos ni un minuto en desayunar si queremos alcanzar Madrid antes del anochecer, y conducir con el estómago vacío (o demasiado lleno) sí que forma parte de nuestras experiencias consolidadas y poco saludables, es decir, la verdadera condición habitual de la mayoría de nuestros viajes.
Claro que esto también tiene una ventaja, y es que si no hemos desayunado antes de partir, por lo menos nos daremos el gusto de parar a comer por el camino, aunque la parada sea breve y no haya lugar a una comida copiosa ni a la adecuada sobremesa posterior. Y tal vez sea esta la idea que va rumiando Aguirre por dentro del casco mientras devoramos kilómetros a buen ritmo en la autopista AP-7 con rumbo a Valencia. Si no nos apuramos, se nos va a echar encima esa hora delicada y fronteriza en la que te juegas a una sola carta el que te den de comer, o no, en los establecimientos de carretera, en cuyo caso ya sólo queda la opción paupérrima de un sandwich reseco y una lata de refresco abollada en las tiendas de las gasolineras. Pero ese plan está descartado, según nos comunica Aguirre a Julia y a mí cuando hacemos la tradicional parada para fumar y cambiar impresiones después de pagar el peaje de la autopista: hoy vamos a comer como Dios manda, y donde nos gusta. Hay que darse prisa, eso sí, así es que abreviaremos los cigarrillos y las conversaciones, y el propio Aguirre prescindirá esta vez de la rutina habitual de tirarse al suelo en este punto para verificar el nivel de aceite de su R-65, una moto muy derrochadora de lubricante.
Aguirre verificando el nivel de aceite de la R-65 en el peaje de la AP-7 en Silla. Años 90.
Poco más de una hora y cien kilómetros después, hacemos la parada clásica en San Antonio de Requena para comer en el mesón-jamonería El Faisán Dorado, hace tiempo desaparecido, un establecimiento sencillo a pie de carretera al que nosotros profesábamos cierta devoción en la época (aunque sólo llegamos a visitarlo dos o tres veces), cuando aún no existía la autovía y la N-III cruzaba frente a su puerta. Por aquel entonces todavía sobrevivían muchos restaurantes de carretera en la zona, siempre frecuentados por legiones de camioneros, viajantes, domingueros, veraneantes camino o de vuelta de la playa e incluso guardias civiles de Tráfico, pero curiosamente El Faisán Dorado acostumbraba a estar vacío, seguramente por el escaso espacio que había para aparcar en sus proximidades, o tal vez por lo discreto de su presencia, que le hacía pasar desapercibido en el fragor constante de la carretera nacional y ante el reclamo de mayor relumbrón de los locales de la competencia. Sin embargo, nosotros lo descubrimos por casualidad en un viaje de ida a la costa y nos sorprendió muy gratamente tanto por la calidad de la comida como por la amabilidad de los dueños y lo razonable de sus precios, así es que por lo menos en dos o tres ocasiones subimos las motos a la estrecha acera de la travesía de San Antonio y nos dejamos cautivar, sobre todo, por sus exquisitas chuletas a la brasa en horno de leña, aromatizadas por el humo de los sarmientos, una de esas sencillas pero entrañables sensaciones de la vida que, todavía casi veinte años después, recuerdo que me produjeron una felicidad más o menos intensa, pero por lo menos perdurable en la memoria.
Desde luego se trataba de un local muy pequeño y modesto, con apenas media docena de mesas y una carta o menú del día muy limitados, pero en aquel contexto viajero de los años noventa nos gustaban este tipo de sitios discretos descubiertos al azar, eran como hallazgos propios de los que nos sentíamos tan orgullosos como si hubiésemos descubierto verdaderos templos de la gastronomía. Este hecho explica por sí solo el que pidiésemos una tarjeta del establecimiento la primera vez que lo visitamos, todavía conservada entre miles de recuerdos de aquellos viajes, pese a que el mesón debió de tener una vida muy efímera, arrastrado a una prematura desaparición, como tantos otros, con la construcción de la autovía y en consecuencia el abandono de la antigua N-III y de sus travesías de los pueblos. Tardamos algún tiempo, sin embargo, en rendirnos a esta evidencia, y como seguíamos viajando a menudo por la primitiva carretera de Madrid a Valencia, solíamos buscar el letrero del Faisán Dorado en las fachadas de las casas de San Antonio, según cruzábamos la población y en el punto en donde lo recordábamos ubicado, tal vez para detenernos a comer allí y recordar viejos tiempos en realidad muy recientes, pero ya nunca pudimos encontrarlo. Era como buscar un sitio fantasma que sólo hubiera sido producto de nuestros delirios. Mientras nosotros seguíamos anclados en nuestras rememoraciones y nostalgias de la ruta de Levante, el implacable progreso de la autovía, con todos sus males (y este era uno de ellos), nos había ganado la partida poniendo al descubierto nuestra ingenuidad y obsolescencia. Porque empezaba a resultar evidente que con el abandono de la N-III las cosas ya nunca volverían a ser como antes. La antigua nacional extinguida arrastraba consigo la mayor parte de los elementos que le habían sido consustanciales durante decenas de años, y así, uno tras otro y en un tiempo muy breve, iban desapareciendo los bares, los restaurantes, los hoteles, las gasolineras y los talleres de carretera. Y no sólo han desaparecido físicamente, sino que tampoco se encuentra la menor referencia actual a los nombres y ubicaciones de la mayoría de ellos. Es como si nunca hubieran existido. Buscando El Faisán Dorado por internet, descubro con sorpresa que la única prueba pública de su pasada existencia remite a este blog, en donde es citado en entradas anteriores relacionadas con el documental sobre la antigua N-III. Y también compruebo, en este caso visualizando las imágenes de Google Earth, que el inmueble que ocupaba aquel mesón-jamonería, aloja ahora otro establecimiento hostelero, como muestra la siguiente imágen. Las estrechas aceras del pasado han sido generosamente ampliadas en detrimento de la carretera sin tránsito.
Comemos, pues, ya en una hora tardía aquel 3 de Octubre de 1994, unas deliciosas chuletas al sarmiento en el Faisán Dorado, entre otras viandas probables que no constan en las crónicas. Después de bastantes horas de ayuno forzoso, esas chuletas nos devuelven la fe y la confianza en nosotros mismos, que las vamos a necesitar algo más tarde cruzando Caudete de las Fuentes, cuando un tractor asesino con remolque decide atravesarse en mitad de la carretera sin previo aviso de ningún tipo para tomar un desvío a la izquierda, según queda escrito literalmente, esta vez sí, en dichas crónicas. Afortunadamente, para ser honestos y fieles a la verdad, tampoco se omite la circunstancia de que circulábamos por la travesía de Caudete a 100 km/h., estando entonces limitada la velocidad por casco urbano a 60 (actualmente 50 genéricos, o menos, en algunos casos), y la realidad es que casi todos los vehículos sobrepasaban con creces esos límites en aquella época en la que no proliferaban tanto los radares, ni la retirada de puntos del carnet de conducir, ni los abusivos importes de las multas con evidente afán recaudatorio que imperan en la actualidad. E incluso las penas de cárcel, ya en el colmo de los despropósitos. En 1994 el concepto de travesía urbana no existía como tal para los conductores, pues una carretera general que atravesaba decenas o centenares de pueblos en su recorrido nunca dejaba de ser eso, una carretera, independientemente de que su trazado incluyera transitar entre casas de núcleos de población cada pocos kilómetros. Cuando un viaje de 500 kilómetros por una carretera nacional española podía prolongarse durante seis o siete horas, con sus correspondientes atascos, retenciones, imposibilidad de adelantar (y el peligro de hacerlo cuando era posible, con vías de un solo carril por sentido), tráfico pesado y un largo etcétera de inconvenientes, cruzar un pueblo, o cientos de ellos, era un mero trámite anecdótico que había que superar cuanto antes, y encontrándose la travesía despejada, nadie iba a circular a 60. Es comprensible. En cada época impera una mentalidad, generalmente aceptada incluso por las autoridades.
Todo sucede muy deprisa, inesperadamente, y casi sin tiempo para reaccionar nos encontramos involucrados en un problema muy grave. Probablemente todavía me estaba relamiendo de las chuletas recién ingeridas cuando compruebo que los escasos vehículos que me preceden, incluida la R-65 de Aguirre, empiezan a frenar a la desesperada y la distancia de seguridad decrece instantáneamente. Nos estamos echando unos encima de otros por culpa de ese tractor con remolque que, unos cientos de metros por delante, ha decidido incorporarse a la calzada desde la acera sin avisar, o lo que es aún peor, sin mirar. A 100 km/h. se recorren 28 metros por segundo, y es entonces cuando corroboras que el hombre es el único animal que sabe que va a morir, o por lo menos que es consciente de que se va a abrir la cabeza, o partirse una pierna, o la columna vertebral, y puede precisar el momento en el que esto va a suceder cuando ni sus reflejos ni los frenos del vehículo que conduce pueden responder con la celeridad que necesita para soslayar el peligro. Y en una moto, además, cualquier maniobra brusca y precipitada, como una frenada de emergencia, resulta sumamente comprometida, con el riesgo evidente de bloquear las ruedas e irse al suelo. Como queda escrito en las crónicas, en cuestión de sólo un segundo, veo que se me amontona el trabajo: cerrar gas, bajar marchas y frenar al mismo tiempo la moto cargada a tope, en apenas 30 metros, y por si ello no fuera posible tengo que escoger además si prefiero golpearme contra el tractor, una furgoneta que va detrás, o la Lavadora de Bóxer Manuel (R-65 de Aguirre), por delante de mí, y a la que estoy esperando ver en el suelo de un momento a otro.
Por culpa del pánico (pisotón al pedal de freno trasero) he bloqueado un poco de atrás y la moto ha insinuado un breve latigazo hasta que he levantado el pie y me he aplicado a fondo con la maneta (freno delantero) apretando y soltando rítmicamente, con buenos resultados. Y mientras esto sucedía, el tramo final de la travesía de Caudete ha pasado ante mis ojos a cámara lenta, y un instante de apenas unos segundos se ha dilatado exageradamente en el tiempo, o al menos estas han sido mis percepciones del momento, y he llegado a maldecir nuestra imprudencia de circular tan deprisa por una travesía, y la imprudencia homicida del tractor, sobre todo, y mi propia incapacidad para conservar la sangre fría y no dejarme dominar por el pánico en una situación tan comprometida.
Pero al final, sólo la suerte o tal vez un milagro, suponiendo que existan, ha evitado la colisión múltiple cuando yo ya había elegido chocar contra la trasera de la furgoneta Ford Transit, de chapa seguramente más blanda que la del remolque del tractor asesino. Aguirre, por su parte, como consta en las crónicas, se ha detenido a tiempo y con muchos apuros también, y nunca entenderé cómo ha podido hacerlo con un solo disco de freno delantero, un tambor trasero y algunos metros menos de distancia en la frenada, pero ahí estamos parados a dos dedos de la furgoneta y con el corazón al galope. Y el tractor asesino, por otra parte, una vez cometida con absoluta impunidad su fechoría, toma un desvío lateral a la izquierda sin inmutarse lo más mínimo ante los bocinazos furiosos de la furgoneta y nuestras propias imprecaciones, que incluyen gran despliegue gestual de brazos y manos alzadas al aire con algún dedo extendido.
Nada más salir de Caudete de las Fuentes nos paramos en el arcén de la carretera para evaluar la situación y templar los nervios. Aguirre sostiene un cigarrillo con la mano temblorosa, Julia está inusualmente pálida por encima de su palidez habitual, y yo siento calambres en las piernas y apenas si me sale la voz de la garganta. Y no es para menos. Hemos estado a punto de tener un aparatoso accidente, seguramente no de consecuencias muy graves, pero sí lo bastante perturbador como para sufrir algunos daños físicos y mecánicos y comprometer la continuidad del viaje. Pero bueno, al menos por esta vez nos hemos salvado, ha sido sólo un aviso, un toque de atención, una invitación a la prudencia, y ahora es menester tranquilizarse antes de retomar el camino.
Travesía de Caudete de las Fuentes (Valencia). Imágen contemporánea de Google Earth.
Continuamos viaje al cabo de largo rato, todavía con el miedo en el cuerpo, a velocidades muy moderadas, y recurriendo a las crónicas de la época de nuevo, a medida que nos vamos acercando a Madrid así se nos va acercando también un cansancio provisionalmente engañado con esas milagrosas horas de sueño reparador de la víspera, que parecían suficientes para que este viaje no se nos complicase demasiado, pero la crispación causada por una carretera siempre en obras como esta N-III, con sempiternas tareas de asfaltado, retenciones, sobresaltos, camiones y conductores suicidas, vuelve las cosas del revés, no te salen los promedios y cuando quieres darte cuenta ya estás luchando otra vez para que no se te haga de noche en la carretera, y esto sí que lo vamos a conseguir a costa de sacrificarlo en paradas (...) Unicamente a las puertas de Madrid nos detenemos para fumar un cigarro y despedirnos, y acaso también para insinuar que este puede haber sido el último viaje de 1994, cosa que ahora mismo nos parece incluso muy deseable. Pero estamos absolutamente equivocados.
En la última gasolinera de esta ruta, a las mismas puertas de Madrid, entre escombreras y desmontes y ya con la silueta de los primeros edificios de la ciudad divisándose en el horizonte brumoso de la tarde de otoño, contemplamos una escena tan sorprendente, como anacrónica, como bíblica: un hombre vestido con un mono azul de faena viene caminando campo a través con un cordero recién parido echado sobre sus hombros. A su lado, avanza a trompicones también la oveja, exhausta y sanguinolenta después del parto. Llegan a la gasolinera y el hombre nos mira, y probablemente nos da educadamente las buenas tardes, y nos mira la oveja con sus pequeños ojos cargados de mansedumbre ovina, y nos mira el cordero, seguramente asustado y ciego todavía en sus primeros minutos de vida.
Este pobre animal tampoco sabe que va a morir, muy pronto, además, a la vuelta de pocas semanas, todavía a tiempo para servir de festín en alguna mesa navideña, o en algún asador de carretera, como El Faisán Dorado, lo que son las cosas, porque ese es su destino y la única razón (o sinrazón) de su efímera existencia.
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sábado, 5 de enero de 2013
LA CORONA VALENCIANA (Novela negra de la carretera)
Hacía tiempo que deseaba escribir sobre este libro, porque hablar de él ya había hablado hasta la saciedad, en su momento, cada vez que lo leía, allá por los primeros ochenta, que debieron de ser más de diez o quince veces, probablemente la novela que he leído en más ocasiones, y paradójicamente no de las mejores, o seguramente de las más ingenuas y veleidosas, siendo muy indulgentes, pero una cosa no quita la otra. Y ahora es el momento de escribir sobre ella en este blog, treinta años después de su primera edición en castellano (octubre de 1983), porque entre otras muchas razones esta es una novela de carretera española, quizá de las pocas que existen, al estilo de las roads movies cinematográficas norteamericanas, pero en formato narrativo de novela negra de casi doscientas páginas en lugar de celuloide de dos horas de metraje, o más.
Personalmente soy un gran aficionado a la literatura con mayúsculas, y por eso huyo como de la peste tanto de los best sellers como de otros géneros menores y acaso más dignos, entre los que podríamos incluir la novela negra, la mayoría de cuyas obras no alcanzan mejor categoría que la de ser simples piezas recreativas de leer, usar y tirar, literatura comercial de consumo, a semejanza genérica de los best sellers propiamente dichos, que curiosamente también beben habitualmente de las fuentes de la novela negra, cuando no hacen directamente incursiones en ella para enganchar a sus lectores, y el procedimiento funciona y se venden millones de ejemplares y sus títulos andan de boca en boca por medio mundo. Pero ese tipo de libros para mí no forman parte de la literatura como tal, ni del arte, ni de la creación narrativa, y son meros instrumentos de entretenimiento de calidad ínfima que comparten espacio en las estanterías de los quioscos y grandes almacenes con las revistas del corazón, los libros de autoayuda (otro gran fraude cultural y subespecie de los best sellers) y el material de papelería, no muy lejos de lavadoras, microondas y cafeteras. Cada uno es libre de elegir lo que lee, por supuesto, pero luego no está cualificado para pontificar sobre las supuestas excelencias y calidades de esta infraliteratura de consumo y recomendar su lectura. Lo siento, pero por ahí no paso. Los libros verdaderamente buenos normalmente no son fáciles de leer y no venden millones de ejemplares en ninguna parte a los pocos meses de salir de la imprenta. Así es que, como punto de partida, empecemos diferenciando una cosa de la otra. Hace algún tiempo escribí un elaborado artículo en otro blog, de momento desactivado, en el que abundaba extensamente en estas y en otras opiniones de naturaleza parecida. Si alguien tiene interés o curiosidad, puede leerlo aquí: LITERATURA BASURA.
A tenor de este obligado preámbulo, podría pensarse que mi opinión acerca de la novela LA CORONA VALENCIANA va a ser tremendamente peyorativa y muy cercana a la opinión que me merecen la inmensa mayoría de los best sellers y otras obras asimiladas de la novela negra. Pero no es así. Si lo fuera, en ningún caso le habría dedicado una entrada en este blog. También es cierto que la consideración -muy estimable y benevolente- que me merece este libro, viene absolutamente condicionada por razones autobiográficas, geográficas y personales. Seguramente a otro lector, desvinculado de estas consideraciones, no le seduzca tanto y le parezca un libro entretenido, pero menor. Que sin duda lo es, ambas cosas, no voy a negarlo.
Ya en la propia portada del libro, a semejanza de los best sellers, aunque este por difusión e intenciones comerciales no aspirase a serlo, ni lo pretendiera, podemos leer una breve sinopsis de su argumento:
Un buen día la ciudad de Elche se despierta con una noticia insólita: alguien ha robado las joyas de la Virgen. Pero Eric Vidal no podía resignarse a compartir el botín con aquellos crápulas. Y había algo más: aquella chica aparecida inesperadamente mientras él estaba repostando gasolina. Una historia de amor, a través de una vertiginosa carrera por las comarcas valencianas.
Y en la solapa interior de la portada seguimos leyendo:
La víspera de la celebración del famoso Misteri d' Elx, la tranquila ciudad de Elche se despierta conmocionada: las joyas de la Virgen han sido robadas. Y el lector encuentra a Eric Vidal (...), esta vez por tierras valencianas, perseguido por los gangsters (...), por la policía y acompañado de una extraña muchacha llamada Anna. (...) En un ámbito blanco de cal, de calor bochornoso, de mar en calma, de campos de árboles pegados al suelo, Fuster sitúa sus personajes y, evitando cualquier tentación de estudio de caracteres, nos los presenta, bajo la luz violenta, en movimiento; perseguidos, acorralados, enamorados e incluso vencidos. Fuster ha aprendido de los grandes de la novela negra la rotundidad de los movimientos, la repetición, si conviene, de los golpes, y la descripción fiel de las heridas (...) pero el método, en manos de Fuster consigue una rara estridencia y substituye la interiorización y el recelo con un cinismo de rara raíz mediterránea. El lector, perseguido y acorralado como Enric Vidal, proseguirá la lectura sin aliento hasta el final sangriento, sorprendente y trágico, como corresponde a las grandes obras del género.
Como suele ser habitual, la propia reseña del libro ya pretende adornarse ampulosamente con más literatura de la que destila el propio libro, un argumento comercial más, un acicate para los lectores y una buena carta de presentación de la obra, sin duda, porque de otro modo probablemente esta novela no sobresaldría entre la gran oferta editorial del género incluso hace treinta años. Y aún así no estoy seguro de que sobresaliese mucho en su día ni de que hayan sido muy abundantes sus lectores. Ahora bien, si nos olvidamos de sus profundas limitaciones técnicas y creativas, de la debilidad de sus diálogos y de su constante apoyo argumental en tópicos y lugares comunes (gangsters, tiroteos, robos de coches, persecuciones, sexo, tías buenas, heridas, sangre...) podemos encontrarnos ante una novela curiosa, simpática y desde luego muy entretenida de principio a fin. Ya el hecho de que la narración se desarrolle a lo largo y ancho de la Comunidad Valenciana, de sur a norte, desde Elche hasta Castellón (Islas Columbretes e Ibiza incluídas, como colofón mallorquín de la trama), pasando por casi todas las comarcas y poblaciones importantes, pone de manifiesto que su autor, Jaume Fuster (no confundir con Joan Fuster, el intelectual valenciano pancatalanista a quien el propio Jaume dedica el libro, entre otras dedicatorias) escribió su novela sin perder de vista en ningún momento el mapa de carreteras para ir situando la acción progresiva y desenfrenadamente a través de este itinerario que se antoja como un pretexto turístico para ambientar una novela negra que más bien es una novela de acción y de aventuras con ribetes policiales y gangsteriles.
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| Jaume Fuster (Barcelona, 1945) |
Muchos de sus pasajes son completamente inverosímiles y hasta sonrojantes, como por ejemplo la persecución y posterior incendio forestal a través de la sierra de Bernia, los robos de automóviles y tiroteos en la autopista AP-7, la huida del protagonista de la ambulancia que le transporta malherido a la entrada de Gandía, la relación que entabla dicho protagonista con un homosexual en Valencia para procurarse alojamiento en su casa esa noche y esconderse de quienes le persiguen, algo ya muy visto en novelas del género, la travesía desde las Columbretes hasta Ibiza en un barco pilotado en solitario por Anna, la tía buena coprotagonista del libro, una chica increíble que lo mismo sirve para un roto que para un descosido (y que tanto recuerda a las heroínas de las películas de James Bond), las estancias del protagonista en pensiones, hoteles y consultorios de la Seguridad Social para curar sus heridas producidas en diversas reyertas, sin que los sanitarios avisen a la policía, la propia policía y la Guardia Civil, tan inoperantes e ineficientes en la tarea de detener a los delincuentes, los aparatosos accidentes de coches y motos en las carreteras de montaña alicantinas, y un largo etcétera.
Sin embargo, todos estos defectos de verosimilitud, algo que tal vez sólo los lectores más exigentes podrían demandar, hacen que el libro sea delicioso de leer y le aportan un encanto añadido. Treinta años después, además, rememorar aquellas carreteras y los vehículos que circulaban por ellas, convenientemente citados los modelos en el relato (Austin, Renault 14, 18, Alpine, Seat Panda, 127, furgoneta DKW...), incluso sus matrículas provinciales (Valencia, Alicante, Barcelona, Madrid...), no deja de resultar curioso y nostálgico a un tiempo.
Sin pretenderlo de manera explícita, o acaso sólo por casualidad, LA CORONA VALENCIANA es una novela de carretera, suponiendo que exista este género como tal, y todos los pasajes de la primera mitad de la misma se desarrollan en carreteras secundarias de la provincia de Alicante, cuando los dos protagonistas huyen en diferentes automóviles robados desde Elche hasta Denia cruzando pueblos, sierras y valles en una alocada carrera de varios días, perseguidos tanto por las fuerzas de seguridad como por otros delincuentes miembros de su banda, los cuales, por cierto, sí son mucho más eficientes que la policía y la Guardia Civil, de modo que tienen varios y sangrientos encontronazos con ellos, de los que siempre salen adelante para que la acción no se detenga, la persecución y la intriga sobre el desenlace final prosigan, los elementos esenciales, al fin y al cabo, de la trama narrativa de la novela puedan cumplir sus propósitos argumentales. Las descripciones de pueblos, paisajes y carreteras son muy someras y evidencian una innecesaria erudición geográfica con la que el autor pretende demostrarnos que conoce bien la zona por la que se desenvuelven sus personajes, como si nos estuviera impartiendo, en efecto, lecciones de geografía valenciana, o ambientando un viaje de vacaciones (y de hecho la historia se desarrolla en plena temporada alta estival) que hubiera realizado el verano anterior, algo que resulta chocante y estridente en cualquier historia de ficción, lo cual en no pocos pasajes no puede por menos que hacernos sonreír con resignada condescendencia.
No es esta una novela que pasará a la Historia, desde luego, pero sí tiene el mérito indiscutible de hacernos leer y leer sin descanso desde la primera hasta la última de sus 187 páginas. Una lectura ligera, cómoda y fluida que no requiere excesivo esfuerzo intelectual ni demasiado tiempo de dedicación, y a cambio nos garantiza un entretenimiento agradable y agradecido, e incluso puede llegar a incitar a los más curiosos y viajeros a recorrer las rutas que aparecen en el libro, eso sí, sin la angustia persecutoria y el peligro constante de muerte en que se hallan sus personajes. Y es extraño, pero LA CORONA VALENCIANA no ha sido llevada al cine, y estoy convencido de que habría resultado una buena película de acción, porque su propia trama argumental se presta bien a ello, de hecho a veces recuerda más a un guión cinematográfico que a una novela, sin embargo, por las razones que sean y que no viene al caso analizar aquí, no ha trascendido más allá de su formato en papel. Todavía en la actualidad, treinta años después de su primera edición, está disponible en ediciones posteriores, tanto en castellano como en catalán. Consultar en la red.
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martes, 1 de enero de 2013
2012. RESUMEN DE UN AÑO EN EL BLOG
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viernes, 28 de diciembre de 2012
TÚ TIENES LA LLAVE (II). LA ANGUSTIA EXISTENCIAL DE LA CARRETERA
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| JOTAUVE y la Honda CB-750 en la carretera. Década de los noventa. |
Serían
alrededor de las cuatro de la tarde del domingo 2 de Octubre de 1994, cuando
algunos de los más allegados me encontraron por fin tirado en la cama de una
habitación escondida después de buscarme largo rato por todo el albergue. La
paella del almuerzo había sido espantosa, me contaron, y nadie fue capaz de
acabar su plato, no digamos ya de repetir, pese a lo cual, y a la espera de la
digestión, casi todos empezaban a tener muy mal cuerpo. Y sin embargo, fuese en
las condiciones que fuese, había que salir de allí, subirse en las motos y
echarse a la carretera de nuevo. Desde la habitación ya se escuchaba el sonido
de los motores de los primeros grupos que abandonaban Benicassim poniendo rumbo
hacia los cuatro puntos cardinales del país. La expedición que partía para
Madrid todavía no había salido, andaban de momento buscándose los unos a los
otros y despidiéndose de terceros, según se les oía por los pasillos del
albergue. Yo no regresaba con ellos. En realidad, como tenía un día libre más,
ni siquiera regresaba a Madrid hasta la jornada siguiente, lunes.
Premeditadamente me había buscado un destino mejor, en compañía de los íntimos,
el entonces Bóxer Manuel (hoy Hachegé, o Aguirre, son sus nombres de guerra) y
de su inseparable Julia. Casi siempre viajábamos juntos a todas partes. Adonde
iban ellos, iba yo. Adonde iba yo, venían ellos.
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| JOTAUVE y AGUIRRE, inseparables camaradas en los 90, los años locos de la carretera |
Me levanté de
la cama casi a rastras, y casi a rastras llevando el equipaje llegué hasta la
explanada trasera en donde estaban aparcadas las motos. Yo también tenía muy
mal cuerpo, aunque prudentemente no hubiese probado la paella venenosa del
albergue. Los excesos alcohólicos de la víspera y la falta de sueño y de
alimento seguían causándome estragos. Pese a todo, mientras colocaba el
equipaje en la moto se me ocurrió pensar que me estaba labrando una biografía
meritoria de la que algún día podría sentirme orgulloso, que estaba haciendo
algo grande en la vida, que mi existencia cobraba una dimensión extraordinaria cada
vez que me arrojaba a la carretera para emprender un nuevo viaje y me dejaba
poseer por ella. Y a la vuelta de setecientos kilómetros y poco más de
veinticuatro horas, ya de regreso en casa, me sentaría a escribir acerca de
todas estas últimas vivencias que acababa de experimentar, que todavía estaba experimentando,
y que tanto pensaba que me engrandecían, aunque seguramente muchas de ellas
sólo me estuviesen encanallando. Y lo mejor de todo es que ni siquiera era
feliz, ni necesitaba serlo. Para mí, la carretera y los viajes en moto
constituían una especie de sublimación intensa de la angustia existencial, una
sobredosis abrumadora de realidad que, paradójicamente, sólo a través de este
mecanismo de exaltación enajenada se volvía soportable y me permitía seguir
descubriendo sus posibilidades creativas y redentoras. La carretera como liberación. Por eso, aparte de otras razones más
elementales y obvias, era fundamental no matarse en la carretera, ni tan
siquiera sufrir un accidente, por leve que fuese, porque había que seguir en
ruta mientras la ruta constituyese todo mi mundo, o por lo menos la parte primordial
del mismo. Evita los accidentes de
tráfico, evita els accidents de tránsit, tú tienes la llave, tú tens la cláu. Sólo era un lema, un hallazgo más
o menos afortunado de un publicista profesional contratado por la Generalitat
Valenciana para su campaña de seguridad vial. Pero todo era muy engañoso, o
como mucho todo era una verdad a medias, o menos. En la carretera, tu vida no
dependía sólo de ti. Nadie era estrictamente dueño de su destino. Los demás
conductores también tenían su llave maestra, y podían abrir puertas indeseables.
Frente al discurso didáctico oficial, plano y simplista, yo podía oponer mi filosofía de la carretera, mucho más
reflexiva y consistente, que tampoco salvaba vidas necesariamente, es cierto,
pero que acaso las engrandecía y les otorgaba un nuevo valor de dignidad y
trascendencia. O al menos eso era lo que yo creía entonces. Ahora ya no estoy
seguro de seguir creyéndolo.
Tercer y último capítulo:
Una vez subido
en la moto y con el motor en marcha en el momento previo de partir, comprendías
que ni la dignidad ni la trascendencia eran buenas compañeras para andar por el
mundo cuando tus fuerzas físicas no podían corresponder a lo que se demandaba
de ellas. Si el cuerpo no te seguía y era tu cerebro (también sustancia
corpórea, al fin y al cabo) el que tenía que tirar de él y someterlo por la
fuerza, cualquier viaje, por breve que fuese, podía volverse muy comprometido.
Y el nuestro era ambas cosas, breve y comprometido, pues aunque sólo teníamos
que recorrer doscientos kilómetros por autopista y autovía, habíamos calculado
previamente que tardaríamos no menos de tres horas en hacerlo, en tal mal
estado nos encontrábamos. Y además, por supuesto, también contábamos de antemano
con que tendríamos que parar varias veces, y no importaba cuántas ni durante
cuánto tiempo en cada una. Bóxer Manuel (a partir de aquí Hachegé, o Aguirre,
según convenga), había descrito un momento antes de salir muy expresivamente
cómo íbamos a viajar: al tran tran.
Hace calor,
demasiado calor para esta época del año cuando salimos de Benicassim después de
despedirnos de la gente y desearles buen viaje adonde quiera que vayan.
Enseguida tomamos la autopista rumbo sur y rodamos un rato a humildes cruceros
de 100/110 kilómetros por hora antes de efectuar la primera parada para cargar
combustible. Como curiosidad para los aficionados a los detalles del pasado,
decir que el litro de gasolina súper de 96 octanos costaba entonces 107
pesetas, esto es, 64 céntimos de euro actuales, menos de la mitad de lo que
cuesta hoy (227 pesetas ó 1´37 euros en las gasolineras más baratas), pero
proclamar aquí y ahora que cualquier tiempo pasado fue mejor es hacer apología
de la nostalgia y caer en el derrotismo absoluto.
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| Precios del combustible a finales del año 2012 |
No bien hubo
terminado de llenar el depósito de su BMW R-65 del 86, Aguirre se sintió
indispuesto. Quizá muy indispuesto, pues salió corriendo hacia los servicios de
la gasolinera, él, que nunca corría por nada ni por nadie. Alejé las motos de
los surtidores, primero la suya, luego la mía, y nos retiramos Julia y yo a una
zona apartada para poder fumar. A ella también le había sentado mal la paella
del albergue, pero de momento resistía, me confesó. Estuvimos fumando largo
rato mientras contemplábamos en silencio el intenso tránsito del domingo que
corría por la autopista. En la carretera, Julia era una mujer de muy pocas
palabras. Este no era su ámbito natural, y terminaría retirándose para siempre
de las motos y de los viajes seis años después, pero con decenas de miles de
kilómetros en el cuerpo. Empezamos a preocuparnos ante la tardanza de Aguirre,
de modo que decidí ir a buscarle a los aseos de la estación de servicio. Sus
tirantes y los pantalones de cuero colgaban en lo alto del tabique de uno de
los retretes sin techar, y apenas si pudo contestarme con un hilo de voz cuando
le llamé. Todo había ido bien, y en cuanto se vistiese reanudaríamos el viaje. Puta paella, dijo al salir, todavía
pálido y tembloroso. La caridad no se encontraba entre las virtudes que yo
practicaba en aquellos años, tampoco la misericordia ni la discrección, pero sí
que me prodigaba, en cambio, en la ironía, el humor negro y el sarcasmo brutal,
así es que no tuve demasiados escrúpulos en escribir aquel episodio y titularlo
escatológicamente (aunque debidamente sajonizado, para quitarle crudeza) como Highway Defecator, y como tal lo leyeron
en el boletín oficial de la peña motorista y supieron de sus desdichados
pormenores todos sus miembros. Yo era incorregible, y me temo que sigo siéndolo.
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| AGUIRRE y su BMW R-65 del 86. Años 90 |
Volvimos a la
autopista con la incertidumbre de no saber quién sería el siguiente en
indisponerse, incluso si no repetiría el propio Aguirre, puesto que Julia
parecía más entera y yo llevaba bastantes horas sin ingerir alimentos. Habíamos
considerado la posibilidad de comer algo en la primera parada, pero
inmediatamente lo habíamos descartado para evitar que nos invadiese el sueño,
es decir, que se incrementase el sueño que ya teníamos de antemano, porque en
aquel momento cualquiera de nuestras circunstancias era susceptible de empeorar
al menor descuido. Con todo, el sueño no era lo peor, sino más bien la fatiga,
el cansancio, el abotargamiento y el bajo tono muscular que me hacía sentir el
manillar de la moto flotante y esponjoso bajo las manos. Y además, como
viajábamos al tran tran, despacio y sin tensión en la monotonía de la autopista, bajo
un cielo plomizo, viscoso y caliente, el nivel de concentración se encontraba
muy por debajo del umbral de seguridad necesario para conducir. Todos los manuales
de seguridad vial recomendaban con sensatez detenerse ante la menor señal de
fatiga, sueño o cansancio, porque aunque uno estuviese convencido de poder
sobreponerse a ellos, era una lucha estéril, pues al final siempre te
derrotaban. Lo sabíamos, y sin embargo seguíamos conduciendo, y los kilómetros
se iban restando, y la distancia hasta el destino final del viaje se acortaba
poco a poco ante nuestro asombro. ¡Nos movíamos!
En algún punto
del camino nos llovió copiosamente, en otro sopló el viento inclemente de la
costa, que era húmedo y salobre, y en un tercero asomó un sol crepuscular que
ya no nos abandonaría en toda la jornada, y la tarde se volvió sobredorada,
apacible y dulce en las interminables rectas de la autopista dominical, que
eran como inmensos canales de asfalto reluciente que corrían hacia el sur
paralelos al Mediterráneo. Bien pensado, aquel viaje, como tantos otros,
representaba la sustancia misma de la vida, en donde todo era posible y
necesario para que no se alterase el orden del mundo, desde el dolor al placer,
pasando por la felicidad y la angustia, y terminando en la esperanza y el
desasosiego, y todos los estímulos y todas las sensaciones adquirían de repente
una intensidad tan extraordinaria y luminosa que yo no conseguía sobreponerme a
mi propio desconcierto ni a mi ansiedad de viajero alucinado.
A cincuenta
kilómetros del destino final del viaje hicimos una nueva parada en un área de
servicio para evaluar el estado de nuestros cuerpos y de nuestras almas, porque
en aquel tiempo todavía estábamos convencidos de que teníamos alma. Se nos
había ido la tarde atravesando al tran
tran las provincias de Castellón y Valencia y estábamos a punto de entrar
en la de Alicante. Animados por la cercana conclusión de la ruta nos atrevimos a
llenar por fin el estómago con unos bocadillos y unos refrescos cuyo precio nos
supuso una verdadera crucifixión económica, como antes ya lo había sido el
peaje de Sagunto y enseguida lo sería el de Ondara. Por aquel entonces la
gasolina era relativamente asequible, pero el precio de los peajes de las
autopistas resultaba sencillamente disparatado. Ahora da la impresión,
seguramente engañosa, de que se han invertido los términos y el combustible es
más caro en relación a las tarifas de peaje de las autopistas. Aguirre parecía
haberse sobrepuesto a sus problemas intestinales y el organismo se le iba
asentando con las horas de carretera, porque para él la carretera también era
una verdadera liberación, aunque fuese por motivos muy diferentes a los míos,
pero por eso la carretera nos acercaba tanto, nos convocaba y suponía nuestro
mayor punto de encuentro, mientras iba repitiendo, una y otra vez, como de
costumbre, ya no queda nada, ya no queda
nada, esto está hecho, y Julia,
desmadejada y meditabunda, pero aún muy digna, le miraba con indiferencia y
fumaba en silencio, y yo sentía el cuerpo desbaratado y denso como si me pesara
miles de toneladas, pese a lo cual me encontraba casi eufórico y dispuesto de
nuevo a conquistar el mundo, o por lo menos la carretera, que eran las
conquistas que uno se proponía entonces con treinta años de edad, o treinta y
uno, exactamente los que cumpliría tres días después.
Tal y como
había pronosticado Aguirre, aquello estaba hecho, y entramos en Denia con las
últimas luces, o las primeras sombras, de la tarde del domingo. Habíamos
recorrido alrededor de doscientos kilómetros, apenas una insignificante muesca
en el mapa, aunque parecíamos recién llegados desde el otro extremo del país.
Mal comidos, mal dormidos, mal aseados e intoxicados por todo tipo de alcoholes
criminales, estábamos cansados, sucios y rotos, pero también increíblemente
lúcidos, quizá como nunca lo habíamos estado hasta entonces. Tanto, que hicimos
firmes propósitos de acostarnos temprano esa noche para recuperarnos en
condiciones y afrontar descansados el viaje de regreso a Madrid, al día
siguiente. Animada por esta sensata resolución y para resarcirnos de todas las
calamidades sufridas en Benicassim, Julia nos invitó a cenar una exquisita
caldereta de lenguado a la zarzuela, el plato estrella de uno de nuestros
restaurantes favoritos de aquella época, un establecimiento emblemático,
situado en la playa, que luego caería en desgracia, como tantos otros. Casi
veinte años después no recuerdo nada de esa cena ni de la invitación de Julia,
pero así debió de suceder, puesto que así quedó escrito en su día en la crónica
del viaje.
Sin embargo,
sí que recuerdo perfectamente que no nos acostamos temprano ni sobrios tampoco
esa noche, pese a los buenos propósitos iniciales. Como verdaderos seres
nocturnos que éramos (y seguimos siendo), después de la copiosa cena volvimos a
tomar adecuada y auténtica posesión de nosotros mismos. Sobrepuestos al
cansancio, al sueño, al dolor y a todos los demás males corporales que nos habían
aquejado horas antes, decidimos una vez más que los buenos propósitos previos declarados en un momento de suma debilidad estaban hechos para ser transgredidos sin contemplaciones, porque de lo que se trataba era de dejar que las cosas siguieran su curso, fuese para bien o para mal, y que el mundo loco se hiciera cargo de nosotros, nos llevara y nos trajera al albur, tal y como había venido sucediendo desde que teníamos memoria.
Y esta vez nos llevó hasta más allá de las cuatro de la madrugada, apaciblemente sentados en la terraza otoñal del Jamaica Inn, frente al Puerto, mirando las estrellas que se reflejaban en las copas de cristal y hablando de la vida.
Tercer y último capítulo:
Publicado por
ROUTE1963
en
2:15
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