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lunes, 30 de junio de 2014
viernes, 18 de enero de 2013
TÚ TIENES LA LLAVE (y III). EL TRACTOR ASESINO DE CAUDETE DE LAS FUENTES. Octubre de 1994.
El hombre es el único animal que sabe que va a morir. Eso es al menos lo que afirman los etólogos, zoólogos y otros estudiosos y especialistas en seres vivos de toda condición, quienes conceden que, ciertamente, los animales superiores sí son conocedores de los riesgos y peligros que conlleva la superviviencia diaria, pero carecen de la conciencia y consciencia necesarias para comprender que su destino final es la muerte. Nosotros sí sabemos lo que nos espera, pero ese conocimiento cierto no nos hace necesariamente más prudentes. O no por lo menos todo lo prudentes que deberíamos ser en todas las ocasiones, y particularmente en aquellas que llevan aparejado un mayor riesgo, como puede ser un viaje por carretera.
A mediodía del 3 de Octubre de 1994 ya estamos otra vez de vuelta en la autopista camino de Valencia. Por una vez, y sin que sirva de precedente, hemos conseguido dormir profundamente un buen número de horas en Denia, y eso nos produce la extrañeza de las sensaciones infrecuentes, como tener el cuerpo descansado, la mente despejada y los reflejos en condiciones óptimas para conducir nuestras motos quinientos kilómetros de un tirón, si fuera preciso. Ya habíamos olvidado estas excelencias después de someternos a todo tipo de excesos en la carretera durante algún tiempo. La única contrariedad, por el momento, proviene del hecho de que no vamos a poder entretenernos ni un minuto en desayunar si queremos alcanzar Madrid antes del anochecer, y conducir con el estómago vacío (o demasiado lleno) sí que forma parte de nuestras experiencias consolidadas y poco saludables, es decir, la verdadera condición habitual de la mayoría de nuestros viajes.
Claro que esto también tiene una ventaja, y es que si no hemos desayunado antes de partir, por lo menos nos daremos el gusto de parar a comer por el camino, aunque la parada sea breve y no haya lugar a una comida copiosa ni a la adecuada sobremesa posterior. Y tal vez sea esta la idea que va rumiando Aguirre por dentro del casco mientras devoramos kilómetros a buen ritmo en la autopista AP-7 con rumbo a Valencia. Si no nos apuramos, se nos va a echar encima esa hora delicada y fronteriza en la que te juegas a una sola carta el que te den de comer, o no, en los establecimientos de carretera, en cuyo caso ya sólo queda la opción paupérrima de un sandwich reseco y una lata de refresco abollada en las tiendas de las gasolineras. Pero ese plan está descartado, según nos comunica Aguirre a Julia y a mí cuando hacemos la tradicional parada para fumar y cambiar impresiones después de pagar el peaje de la autopista: hoy vamos a comer como Dios manda, y donde nos gusta. Hay que darse prisa, eso sí, así es que abreviaremos los cigarrillos y las conversaciones, y el propio Aguirre prescindirá esta vez de la rutina habitual de tirarse al suelo en este punto para verificar el nivel de aceite de su R-65, una moto muy derrochadora de lubricante.
Aguirre verificando el nivel de aceite de la R-65 en el peaje de la AP-7 en Silla. Años 90.
Poco más de una hora y cien kilómetros después, hacemos la parada clásica en San Antonio de Requena para comer en el mesón-jamonería El Faisán Dorado, hace tiempo desaparecido, un establecimiento sencillo a pie de carretera al que nosotros profesábamos cierta devoción en la época (aunque sólo llegamos a visitarlo dos o tres veces), cuando aún no existía la autovía y la N-III cruzaba frente a su puerta. Por aquel entonces todavía sobrevivían muchos restaurantes de carretera en la zona, siempre frecuentados por legiones de camioneros, viajantes, domingueros, veraneantes camino o de vuelta de la playa e incluso guardias civiles de Tráfico, pero curiosamente El Faisán Dorado acostumbraba a estar vacío, seguramente por el escaso espacio que había para aparcar en sus proximidades, o tal vez por lo discreto de su presencia, que le hacía pasar desapercibido en el fragor constante de la carretera nacional y ante el reclamo de mayor relumbrón de los locales de la competencia. Sin embargo, nosotros lo descubrimos por casualidad en un viaje de ida a la costa y nos sorprendió muy gratamente tanto por la calidad de la comida como por la amabilidad de los dueños y lo razonable de sus precios, así es que por lo menos en dos o tres ocasiones subimos las motos a la estrecha acera de la travesía de San Antonio y nos dejamos cautivar, sobre todo, por sus exquisitas chuletas a la brasa en horno de leña, aromatizadas por el humo de los sarmientos, una de esas sencillas pero entrañables sensaciones de la vida que, todavía casi veinte años después, recuerdo que me produjeron una felicidad más o menos intensa, pero por lo menos perdurable en la memoria.
Desde luego se trataba de un local muy pequeño y modesto, con apenas media docena de mesas y una carta o menú del día muy limitados, pero en aquel contexto viajero de los años noventa nos gustaban este tipo de sitios discretos descubiertos al azar, eran como hallazgos propios de los que nos sentíamos tan orgullosos como si hubiésemos descubierto verdaderos templos de la gastronomía. Este hecho explica por sí solo el que pidiésemos una tarjeta del establecimiento la primera vez que lo visitamos, todavía conservada entre miles de recuerdos de aquellos viajes, pese a que el mesón debió de tener una vida muy efímera, arrastrado a una prematura desaparición, como tantos otros, con la construcción de la autovía y en consecuencia el abandono de la antigua N-III y de sus travesías de los pueblos. Tardamos algún tiempo, sin embargo, en rendirnos a esta evidencia, y como seguíamos viajando a menudo por la primitiva carretera de Madrid a Valencia, solíamos buscar el letrero del Faisán Dorado en las fachadas de las casas de San Antonio, según cruzábamos la población y en el punto en donde lo recordábamos ubicado, tal vez para detenernos a comer allí y recordar viejos tiempos en realidad muy recientes, pero ya nunca pudimos encontrarlo. Era como buscar un sitio fantasma que sólo hubiera sido producto de nuestros delirios. Mientras nosotros seguíamos anclados en nuestras rememoraciones y nostalgias de la ruta de Levante, el implacable progreso de la autovía, con todos sus males (y este era uno de ellos), nos había ganado la partida poniendo al descubierto nuestra ingenuidad y obsolescencia. Porque empezaba a resultar evidente que con el abandono de la N-III las cosas ya nunca volverían a ser como antes. La antigua nacional extinguida arrastraba consigo la mayor parte de los elementos que le habían sido consustanciales durante decenas de años, y así, uno tras otro y en un tiempo muy breve, iban desapareciendo los bares, los restaurantes, los hoteles, las gasolineras y los talleres de carretera. Y no sólo han desaparecido físicamente, sino que tampoco se encuentra la menor referencia actual a los nombres y ubicaciones de la mayoría de ellos. Es como si nunca hubieran existido. Buscando El Faisán Dorado por internet, descubro con sorpresa que la única prueba pública de su pasada existencia remite a este blog, en donde es citado en entradas anteriores relacionadas con el documental sobre la antigua N-III. Y también compruebo, en este caso visualizando las imágenes de Google Earth, que el inmueble que ocupaba aquel mesón-jamonería, aloja ahora otro establecimiento hostelero, como muestra la siguiente imágen. Las estrechas aceras del pasado han sido generosamente ampliadas en detrimento de la carretera sin tránsito.
Comemos, pues, ya en una hora tardía aquel 3 de Octubre de 1994, unas deliciosas chuletas al sarmiento en el Faisán Dorado, entre otras viandas probables que no constan en las crónicas. Después de bastantes horas de ayuno forzoso, esas chuletas nos devuelven la fe y la confianza en nosotros mismos, que las vamos a necesitar algo más tarde cruzando Caudete de las Fuentes, cuando un tractor asesino con remolque decide atravesarse en mitad de la carretera sin previo aviso de ningún tipo para tomar un desvío a la izquierda, según queda escrito literalmente, esta vez sí, en dichas crónicas. Afortunadamente, para ser honestos y fieles a la verdad, tampoco se omite la circunstancia de que circulábamos por la travesía de Caudete a 100 km/h., estando entonces limitada la velocidad por casco urbano a 60 (actualmente 50 genéricos, o menos, en algunos casos), y la realidad es que casi todos los vehículos sobrepasaban con creces esos límites en aquella época en la que no proliferaban tanto los radares, ni la retirada de puntos del carnet de conducir, ni los abusivos importes de las multas con evidente afán recaudatorio que imperan en la actualidad. E incluso las penas de cárcel, ya en el colmo de los despropósitos. En 1994 el concepto de travesía urbana no existía como tal para los conductores, pues una carretera general que atravesaba decenas o centenares de pueblos en su recorrido nunca dejaba de ser eso, una carretera, independientemente de que su trazado incluyera transitar entre casas de núcleos de población cada pocos kilómetros. Cuando un viaje de 500 kilómetros por una carretera nacional española podía prolongarse durante seis o siete horas, con sus correspondientes atascos, retenciones, imposibilidad de adelantar (y el peligro de hacerlo cuando era posible, con vías de un solo carril por sentido), tráfico pesado y un largo etcétera de inconvenientes, cruzar un pueblo, o cientos de ellos, era un mero trámite anecdótico que había que superar cuanto antes, y encontrándose la travesía despejada, nadie iba a circular a 60. Es comprensible. En cada época impera una mentalidad, generalmente aceptada incluso por las autoridades.
Todo sucede muy deprisa, inesperadamente, y casi sin tiempo para reaccionar nos encontramos involucrados en un problema muy grave. Probablemente todavía me estaba relamiendo de las chuletas recién ingeridas cuando compruebo que los escasos vehículos que me preceden, incluida la R-65 de Aguirre, empiezan a frenar a la desesperada y la distancia de seguridad decrece instantáneamente. Nos estamos echando unos encima de otros por culpa de ese tractor con remolque que, unos cientos de metros por delante, ha decidido incorporarse a la calzada desde la acera sin avisar, o lo que es aún peor, sin mirar. A 100 km/h. se recorren 28 metros por segundo, y es entonces cuando corroboras que el hombre es el único animal que sabe que va a morir, o por lo menos que es consciente de que se va a abrir la cabeza, o partirse una pierna, o la columna vertebral, y puede precisar el momento en el que esto va a suceder cuando ni sus reflejos ni los frenos del vehículo que conduce pueden responder con la celeridad que necesita para soslayar el peligro. Y en una moto, además, cualquier maniobra brusca y precipitada, como una frenada de emergencia, resulta sumamente comprometida, con el riesgo evidente de bloquear las ruedas e irse al suelo. Como queda escrito en las crónicas, en cuestión de sólo un segundo, veo que se me amontona el trabajo: cerrar gas, bajar marchas y frenar al mismo tiempo la moto cargada a tope, en apenas 30 metros, y por si ello no fuera posible tengo que escoger además si prefiero golpearme contra el tractor, una furgoneta que va detrás, o la Lavadora de Bóxer Manuel (R-65 de Aguirre), por delante de mí, y a la que estoy esperando ver en el suelo de un momento a otro.
Por culpa del pánico (pisotón al pedal de freno trasero) he bloqueado un poco de atrás y la moto ha insinuado un breve latigazo hasta que he levantado el pie y me he aplicado a fondo con la maneta (freno delantero) apretando y soltando rítmicamente, con buenos resultados. Y mientras esto sucedía, el tramo final de la travesía de Caudete ha pasado ante mis ojos a cámara lenta, y un instante de apenas unos segundos se ha dilatado exageradamente en el tiempo, o al menos estas han sido mis percepciones del momento, y he llegado a maldecir nuestra imprudencia de circular tan deprisa por una travesía, y la imprudencia homicida del tractor, sobre todo, y mi propia incapacidad para conservar la sangre fría y no dejarme dominar por el pánico en una situación tan comprometida.
Pero al final, sólo la suerte o tal vez un milagro, suponiendo que existan, ha evitado la colisión múltiple cuando yo ya había elegido chocar contra la trasera de la furgoneta Ford Transit, de chapa seguramente más blanda que la del remolque del tractor asesino. Aguirre, por su parte, como consta en las crónicas, se ha detenido a tiempo y con muchos apuros también, y nunca entenderé cómo ha podido hacerlo con un solo disco de freno delantero, un tambor trasero y algunos metros menos de distancia en la frenada, pero ahí estamos parados a dos dedos de la furgoneta y con el corazón al galope. Y el tractor asesino, por otra parte, una vez cometida con absoluta impunidad su fechoría, toma un desvío lateral a la izquierda sin inmutarse lo más mínimo ante los bocinazos furiosos de la furgoneta y nuestras propias imprecaciones, que incluyen gran despliegue gestual de brazos y manos alzadas al aire con algún dedo extendido.
Nada más salir de Caudete de las Fuentes nos paramos en el arcén de la carretera para evaluar la situación y templar los nervios. Aguirre sostiene un cigarrillo con la mano temblorosa, Julia está inusualmente pálida por encima de su palidez habitual, y yo siento calambres en las piernas y apenas si me sale la voz de la garganta. Y no es para menos. Hemos estado a punto de tener un aparatoso accidente, seguramente no de consecuencias muy graves, pero sí lo bastante perturbador como para sufrir algunos daños físicos y mecánicos y comprometer la continuidad del viaje. Pero bueno, al menos por esta vez nos hemos salvado, ha sido sólo un aviso, un toque de atención, una invitación a la prudencia, y ahora es menester tranquilizarse antes de retomar el camino.
Travesía de Caudete de las Fuentes (Valencia). Imágen contemporánea de Google Earth.
Continuamos viaje al cabo de largo rato, todavía con el miedo en el cuerpo, a velocidades muy moderadas, y recurriendo a las crónicas de la época de nuevo, a medida que nos vamos acercando a Madrid así se nos va acercando también un cansancio provisionalmente engañado con esas milagrosas horas de sueño reparador de la víspera, que parecían suficientes para que este viaje no se nos complicase demasiado, pero la crispación causada por una carretera siempre en obras como esta N-III, con sempiternas tareas de asfaltado, retenciones, sobresaltos, camiones y conductores suicidas, vuelve las cosas del revés, no te salen los promedios y cuando quieres darte cuenta ya estás luchando otra vez para que no se te haga de noche en la carretera, y esto sí que lo vamos a conseguir a costa de sacrificarlo en paradas (...) Unicamente a las puertas de Madrid nos detenemos para fumar un cigarro y despedirnos, y acaso también para insinuar que este puede haber sido el último viaje de 1994, cosa que ahora mismo nos parece incluso muy deseable. Pero estamos absolutamente equivocados.
En la última gasolinera de esta ruta, a las mismas puertas de Madrid, entre escombreras y desmontes y ya con la silueta de los primeros edificios de la ciudad divisándose en el horizonte brumoso de la tarde de otoño, contemplamos una escena tan sorprendente, como anacrónica, como bíblica: un hombre vestido con un mono azul de faena viene caminando campo a través con un cordero recién parido echado sobre sus hombros. A su lado, avanza a trompicones también la oveja, exhausta y sanguinolenta después del parto. Llegan a la gasolinera y el hombre nos mira, y probablemente nos da educadamente las buenas tardes, y nos mira la oveja con sus pequeños ojos cargados de mansedumbre ovina, y nos mira el cordero, seguramente asustado y ciego todavía en sus primeros minutos de vida.
Este pobre animal tampoco sabe que va a morir, muy pronto, además, a la vuelta de pocas semanas, todavía a tiempo para servir de festín en alguna mesa navideña, o en algún asador de carretera, como El Faisán Dorado, lo que son las cosas, porque ese es su destino y la única razón (o sinrazón) de su efímera existencia.
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HISTORIAS DE LA CARRETERA
viernes, 28 de diciembre de 2012
TÚ TIENES LA LLAVE (II). LA ANGUSTIA EXISTENCIAL DE LA CARRETERA
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| JOTAUVE y la Honda CB-750 en la carretera. Década de los noventa. |
Serían
alrededor de las cuatro de la tarde del domingo 2 de Octubre de 1994, cuando
algunos de los más allegados me encontraron por fin tirado en la cama de una
habitación escondida después de buscarme largo rato por todo el albergue. La
paella del almuerzo había sido espantosa, me contaron, y nadie fue capaz de
acabar su plato, no digamos ya de repetir, pese a lo cual, y a la espera de la
digestión, casi todos empezaban a tener muy mal cuerpo. Y sin embargo, fuese en
las condiciones que fuese, había que salir de allí, subirse en las motos y
echarse a la carretera de nuevo. Desde la habitación ya se escuchaba el sonido
de los motores de los primeros grupos que abandonaban Benicassim poniendo rumbo
hacia los cuatro puntos cardinales del país. La expedición que partía para
Madrid todavía no había salido, andaban de momento buscándose los unos a los
otros y despidiéndose de terceros, según se les oía por los pasillos del
albergue. Yo no regresaba con ellos. En realidad, como tenía un día libre más,
ni siquiera regresaba a Madrid hasta la jornada siguiente, lunes.
Premeditadamente me había buscado un destino mejor, en compañía de los íntimos,
el entonces Bóxer Manuel (hoy Hachegé, o Aguirre, son sus nombres de guerra) y
de su inseparable Julia. Casi siempre viajábamos juntos a todas partes. Adonde
iban ellos, iba yo. Adonde iba yo, venían ellos.
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| JOTAUVE y AGUIRRE, inseparables camaradas en los 90, los años locos de la carretera |
Me levanté de
la cama casi a rastras, y casi a rastras llevando el equipaje llegué hasta la
explanada trasera en donde estaban aparcadas las motos. Yo también tenía muy
mal cuerpo, aunque prudentemente no hubiese probado la paella venenosa del
albergue. Los excesos alcohólicos de la víspera y la falta de sueño y de
alimento seguían causándome estragos. Pese a todo, mientras colocaba el
equipaje en la moto se me ocurrió pensar que me estaba labrando una biografía
meritoria de la que algún día podría sentirme orgulloso, que estaba haciendo
algo grande en la vida, que mi existencia cobraba una dimensión extraordinaria cada
vez que me arrojaba a la carretera para emprender un nuevo viaje y me dejaba
poseer por ella. Y a la vuelta de setecientos kilómetros y poco más de
veinticuatro horas, ya de regreso en casa, me sentaría a escribir acerca de
todas estas últimas vivencias que acababa de experimentar, que todavía estaba experimentando,
y que tanto pensaba que me engrandecían, aunque seguramente muchas de ellas
sólo me estuviesen encanallando. Y lo mejor de todo es que ni siquiera era
feliz, ni necesitaba serlo. Para mí, la carretera y los viajes en moto
constituían una especie de sublimación intensa de la angustia existencial, una
sobredosis abrumadora de realidad que, paradójicamente, sólo a través de este
mecanismo de exaltación enajenada se volvía soportable y me permitía seguir
descubriendo sus posibilidades creativas y redentoras. La carretera como liberación. Por eso, aparte de otras razones más
elementales y obvias, era fundamental no matarse en la carretera, ni tan
siquiera sufrir un accidente, por leve que fuese, porque había que seguir en
ruta mientras la ruta constituyese todo mi mundo, o por lo menos la parte primordial
del mismo. Evita los accidentes de
tráfico, evita els accidents de tránsit, tú tienes la llave, tú tens la cláu. Sólo era un lema, un hallazgo más
o menos afortunado de un publicista profesional contratado por la Generalitat
Valenciana para su campaña de seguridad vial. Pero todo era muy engañoso, o
como mucho todo era una verdad a medias, o menos. En la carretera, tu vida no
dependía sólo de ti. Nadie era estrictamente dueño de su destino. Los demás
conductores también tenían su llave maestra, y podían abrir puertas indeseables.
Frente al discurso didáctico oficial, plano y simplista, yo podía oponer mi filosofía de la carretera, mucho más
reflexiva y consistente, que tampoco salvaba vidas necesariamente, es cierto,
pero que acaso las engrandecía y les otorgaba un nuevo valor de dignidad y
trascendencia. O al menos eso era lo que yo creía entonces. Ahora ya no estoy
seguro de seguir creyéndolo.
Tercer y último capítulo:
Una vez subido
en la moto y con el motor en marcha en el momento previo de partir, comprendías
que ni la dignidad ni la trascendencia eran buenas compañeras para andar por el
mundo cuando tus fuerzas físicas no podían corresponder a lo que se demandaba
de ellas. Si el cuerpo no te seguía y era tu cerebro (también sustancia
corpórea, al fin y al cabo) el que tenía que tirar de él y someterlo por la
fuerza, cualquier viaje, por breve que fuese, podía volverse muy comprometido.
Y el nuestro era ambas cosas, breve y comprometido, pues aunque sólo teníamos
que recorrer doscientos kilómetros por autopista y autovía, habíamos calculado
previamente que tardaríamos no menos de tres horas en hacerlo, en tal mal
estado nos encontrábamos. Y además, por supuesto, también contábamos de antemano
con que tendríamos que parar varias veces, y no importaba cuántas ni durante
cuánto tiempo en cada una. Bóxer Manuel (a partir de aquí Hachegé, o Aguirre,
según convenga), había descrito un momento antes de salir muy expresivamente
cómo íbamos a viajar: al tran tran.
Hace calor,
demasiado calor para esta época del año cuando salimos de Benicassim después de
despedirnos de la gente y desearles buen viaje adonde quiera que vayan.
Enseguida tomamos la autopista rumbo sur y rodamos un rato a humildes cruceros
de 100/110 kilómetros por hora antes de efectuar la primera parada para cargar
combustible. Como curiosidad para los aficionados a los detalles del pasado,
decir que el litro de gasolina súper de 96 octanos costaba entonces 107
pesetas, esto es, 64 céntimos de euro actuales, menos de la mitad de lo que
cuesta hoy (227 pesetas ó 1´37 euros en las gasolineras más baratas), pero
proclamar aquí y ahora que cualquier tiempo pasado fue mejor es hacer apología
de la nostalgia y caer en el derrotismo absoluto.
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| Precios del combustible a finales del año 2012 |
No bien hubo
terminado de llenar el depósito de su BMW R-65 del 86, Aguirre se sintió
indispuesto. Quizá muy indispuesto, pues salió corriendo hacia los servicios de
la gasolinera, él, que nunca corría por nada ni por nadie. Alejé las motos de
los surtidores, primero la suya, luego la mía, y nos retiramos Julia y yo a una
zona apartada para poder fumar. A ella también le había sentado mal la paella
del albergue, pero de momento resistía, me confesó. Estuvimos fumando largo
rato mientras contemplábamos en silencio el intenso tránsito del domingo que
corría por la autopista. En la carretera, Julia era una mujer de muy pocas
palabras. Este no era su ámbito natural, y terminaría retirándose para siempre
de las motos y de los viajes seis años después, pero con decenas de miles de
kilómetros en el cuerpo. Empezamos a preocuparnos ante la tardanza de Aguirre,
de modo que decidí ir a buscarle a los aseos de la estación de servicio. Sus
tirantes y los pantalones de cuero colgaban en lo alto del tabique de uno de
los retretes sin techar, y apenas si pudo contestarme con un hilo de voz cuando
le llamé. Todo había ido bien, y en cuanto se vistiese reanudaríamos el viaje. Puta paella, dijo al salir, todavía
pálido y tembloroso. La caridad no se encontraba entre las virtudes que yo
practicaba en aquellos años, tampoco la misericordia ni la discrección, pero sí
que me prodigaba, en cambio, en la ironía, el humor negro y el sarcasmo brutal,
así es que no tuve demasiados escrúpulos en escribir aquel episodio y titularlo
escatológicamente (aunque debidamente sajonizado, para quitarle crudeza) como Highway Defecator, y como tal lo leyeron
en el boletín oficial de la peña motorista y supieron de sus desdichados
pormenores todos sus miembros. Yo era incorregible, y me temo que sigo siéndolo.
![]() | ||
| AGUIRRE y su BMW R-65 del 86. Años 90 |
Volvimos a la
autopista con la incertidumbre de no saber quién sería el siguiente en
indisponerse, incluso si no repetiría el propio Aguirre, puesto que Julia
parecía más entera y yo llevaba bastantes horas sin ingerir alimentos. Habíamos
considerado la posibilidad de comer algo en la primera parada, pero
inmediatamente lo habíamos descartado para evitar que nos invadiese el sueño,
es decir, que se incrementase el sueño que ya teníamos de antemano, porque en
aquel momento cualquiera de nuestras circunstancias era susceptible de empeorar
al menor descuido. Con todo, el sueño no era lo peor, sino más bien la fatiga,
el cansancio, el abotargamiento y el bajo tono muscular que me hacía sentir el
manillar de la moto flotante y esponjoso bajo las manos. Y además, como
viajábamos al tran tran, despacio y sin tensión en la monotonía de la autopista, bajo
un cielo plomizo, viscoso y caliente, el nivel de concentración se encontraba
muy por debajo del umbral de seguridad necesario para conducir. Todos los manuales
de seguridad vial recomendaban con sensatez detenerse ante la menor señal de
fatiga, sueño o cansancio, porque aunque uno estuviese convencido de poder
sobreponerse a ellos, era una lucha estéril, pues al final siempre te
derrotaban. Lo sabíamos, y sin embargo seguíamos conduciendo, y los kilómetros
se iban restando, y la distancia hasta el destino final del viaje se acortaba
poco a poco ante nuestro asombro. ¡Nos movíamos!
En algún punto
del camino nos llovió copiosamente, en otro sopló el viento inclemente de la
costa, que era húmedo y salobre, y en un tercero asomó un sol crepuscular que
ya no nos abandonaría en toda la jornada, y la tarde se volvió sobredorada,
apacible y dulce en las interminables rectas de la autopista dominical, que
eran como inmensos canales de asfalto reluciente que corrían hacia el sur
paralelos al Mediterráneo. Bien pensado, aquel viaje, como tantos otros,
representaba la sustancia misma de la vida, en donde todo era posible y
necesario para que no se alterase el orden del mundo, desde el dolor al placer,
pasando por la felicidad y la angustia, y terminando en la esperanza y el
desasosiego, y todos los estímulos y todas las sensaciones adquirían de repente
una intensidad tan extraordinaria y luminosa que yo no conseguía sobreponerme a
mi propio desconcierto ni a mi ansiedad de viajero alucinado.
A cincuenta
kilómetros del destino final del viaje hicimos una nueva parada en un área de
servicio para evaluar el estado de nuestros cuerpos y de nuestras almas, porque
en aquel tiempo todavía estábamos convencidos de que teníamos alma. Se nos
había ido la tarde atravesando al tran
tran las provincias de Castellón y Valencia y estábamos a punto de entrar
en la de Alicante. Animados por la cercana conclusión de la ruta nos atrevimos a
llenar por fin el estómago con unos bocadillos y unos refrescos cuyo precio nos
supuso una verdadera crucifixión económica, como antes ya lo había sido el
peaje de Sagunto y enseguida lo sería el de Ondara. Por aquel entonces la
gasolina era relativamente asequible, pero el precio de los peajes de las
autopistas resultaba sencillamente disparatado. Ahora da la impresión,
seguramente engañosa, de que se han invertido los términos y el combustible es
más caro en relación a las tarifas de peaje de las autopistas. Aguirre parecía
haberse sobrepuesto a sus problemas intestinales y el organismo se le iba
asentando con las horas de carretera, porque para él la carretera también era
una verdadera liberación, aunque fuese por motivos muy diferentes a los míos,
pero por eso la carretera nos acercaba tanto, nos convocaba y suponía nuestro
mayor punto de encuentro, mientras iba repitiendo, una y otra vez, como de
costumbre, ya no queda nada, ya no queda
nada, esto está hecho, y Julia,
desmadejada y meditabunda, pero aún muy digna, le miraba con indiferencia y
fumaba en silencio, y yo sentía el cuerpo desbaratado y denso como si me pesara
miles de toneladas, pese a lo cual me encontraba casi eufórico y dispuesto de
nuevo a conquistar el mundo, o por lo menos la carretera, que eran las
conquistas que uno se proponía entonces con treinta años de edad, o treinta y
uno, exactamente los que cumpliría tres días después.
Tal y como
había pronosticado Aguirre, aquello estaba hecho, y entramos en Denia con las
últimas luces, o las primeras sombras, de la tarde del domingo. Habíamos
recorrido alrededor de doscientos kilómetros, apenas una insignificante muesca
en el mapa, aunque parecíamos recién llegados desde el otro extremo del país.
Mal comidos, mal dormidos, mal aseados e intoxicados por todo tipo de alcoholes
criminales, estábamos cansados, sucios y rotos, pero también increíblemente
lúcidos, quizá como nunca lo habíamos estado hasta entonces. Tanto, que hicimos
firmes propósitos de acostarnos temprano esa noche para recuperarnos en
condiciones y afrontar descansados el viaje de regreso a Madrid, al día
siguiente. Animada por esta sensata resolución y para resarcirnos de todas las
calamidades sufridas en Benicassim, Julia nos invitó a cenar una exquisita
caldereta de lenguado a la zarzuela, el plato estrella de uno de nuestros
restaurantes favoritos de aquella época, un establecimiento emblemático,
situado en la playa, que luego caería en desgracia, como tantos otros. Casi
veinte años después no recuerdo nada de esa cena ni de la invitación de Julia,
pero así debió de suceder, puesto que así quedó escrito en su día en la crónica
del viaje.
Sin embargo,
sí que recuerdo perfectamente que no nos acostamos temprano ni sobrios tampoco
esa noche, pese a los buenos propósitos iniciales. Como verdaderos seres
nocturnos que éramos (y seguimos siendo), después de la copiosa cena volvimos a
tomar adecuada y auténtica posesión de nosotros mismos. Sobrepuestos al
cansancio, al sueño, al dolor y a todos los demás males corporales que nos habían
aquejado horas antes, decidimos una vez más que los buenos propósitos previos declarados en un momento de suma debilidad estaban hechos para ser transgredidos sin contemplaciones, porque de lo que se trataba era de dejar que las cosas siguieran su curso, fuese para bien o para mal, y que el mundo loco se hiciera cargo de nosotros, nos llevara y nos trajera al albur, tal y como había venido sucediendo desde que teníamos memoria.
Y esta vez nos llevó hasta más allá de las cuatro de la madrugada, apaciblemente sentados en la terraza otoñal del Jamaica Inn, frente al Puerto, mirando las estrellas que se reflejaban en las copas de cristal y hablando de la vida.
Tercer y último capítulo:
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sábado, 8 de diciembre de 2012
TÚ TIENES LA LLAVE (I). EL ALBERGUE DE LOS HORRORES. Benicassim, octubre de 1994.
En la década de los noventa del
pasado siglo XX tuvimos nuestros años locos de la carretera. Motos, carreteras
y viajes interminables por toda España, siempre de un lado a otro casi sin
descanso, cargados de equipajes que nunca se deshacían, un mes sí y otro
también, unas veces a visitar a unos, y otras veces a visitar a otros, de salto
en salto de una concentración a un encuentro motorista o a una simple excursión
particular, sin importar si llovía, nevaba o lucía un sol abrasador, decenas de
miles de kilómetros sin apenas solución de continuidad en un interminable
vagabundeo por todas las rutas posibles e imposibles del país. No había euros
(funcionábamos con la ahora tan añorada peseta), ni teléfonos móviles, ni
apenas ordenadores, internet estaba en pañales y el mundo era muy diferente al
que hoy conocemos, aunque sólo hayan transcurrido dos décadas desde entonces.
Durante esos años hicimos tantos
viajes que ahora es imposible acordarse de todos ellos, pese a que quedaron
escritas las crónicas con las vicisitudes de cada uno y se tiraron miles de
fotografías de carreteras, lugares, gentes y paisajes. Otros viajes, en cambio,
no se han borrado del todo de la memoria por unas u otras razones, son los
viajes memorables, por así decirlo, aunque esto no implique necesariamente que
fueron buenos viajes, estrictamente hablando. Algunos fueron incluso
verdaderamente deplorables y dignos de caer en el olvido absoluto. O quizá no
tanto, porque la perspectiva del tiempo nos concede una cierta rehabilitación
emocional con respecto a ellos.
A las diez horas del sábado 1 de
Octubre de 1994 nos pusimos en marcha doce motos y veintiuna personas, y
salimos de Madrid camino de Benicassim (Castellón), por la autovía de Madrid a
Valencia, que entonces conservaba todavía más de la mitad de su trazado sin
desdoblar, esto es, carretera general española a la vieja usanza, un carril por
sentido y travesías urbanas de casi todos los pueblos del camino. Asistíamos
a unas jornadas de seguridad vial organizadas por la Generalitat Valenciana con
el auspicio de la DGT y de AUMAR, la sociedad concesionaria de las autopistas
de la franja mediterránea. Su título Evita los accidentes de tráfico. Tú tienes
la llave, también traducido al valenciano en algunos folletos como Evita els
accidents de tránsit. Tú tens la clau. La peña motorista a la que pertenecíamos
entonces estaba muy involucrada en aquella época en este tipo de eventos
relacionados con la seguridad en la conducción, y de hecho buena parte de su
filosofía fundacional se inspiraba en este aspecto cívico para diferenciarse de
otros colectivos motoristas nacionales para los que primaban las sensaciones
fuertes de la velocidad, el riesgo y la temeridad permanentes como estilo de
vida y forma de diversión en unos años en los que los graves accidentes de moto
estaban a la orden del día. Pero por mucho que asistiésemos aquel día a unas
jornadas de seguridad vial, nosotros tampoco estábamos hechos de una pasta muy
diferente a la de los demás. A la mayoría de nosotros estas jornadas didácticas
no nos interesaban lo más mínimo, lo único que nos estimulaba era salir de
viaje con la moto y divertirnos, fuese a donde fuese y sin importar el motivo.
Incluso mejor si no había ningún motivo. Por el camino se nos fueron añadiendo
otros compañeros procedentes de diferentes lugares de España hasta completar un
grupo heterogéneo de diecisiete motos de distintos modelos, marcas y
cilindradas.
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| Un parque móvil heterodoxo para una peña motorista no menos heterodoxa |
Nos diluvió a ratos por la
provincia de Cuenca, el grupo se disgregó y recompuso varias veces y tuvimos
todo tipo de peripecias, y no todas muy agradables. Por lo general se impuso la
anarquía más absoluta, y cada uno hacía lo que le daba la gana sin tener en
cuenta a los demás, de modo que los más jovencitos iban intercambiándose entre
ellos las motos y los pasajeros cada pocos kilómetros, pues querían conducirlas
todas y llevar de paquete a todas las chicas (algunas de las cuales también
conducían), otros se paraban a su antojo para cambiarse los calcetines mojados
por unos secos de recambio o ponerse o quitarse el mono de lluvia cuando
estimaban una mínima variación en las condiciones meterológicas, cada cual y
cada quien repostaba combustible o se detenía a tomar el aperitivo en donde le
placía, y no una vez, sino varias, con la consiguiente ingesta copiosa de
vinos, cervezas y vermús (y yo el primero, no lo negaré, pues me apunté a todos
los aperitivos etílicos que se me pusieron a tiro), de modo que ni los límites
de velocidad ni otras normas del Código de la Circulación eran convenientemente
respetadas por la mayoría del grupo, y se cometieron todo tipo de tropelías e
imprudencias que luego comentadas en parado nos hacían mucha gracia y nos
parecían divertidas. Eramos una pandilla de inconscientes y descerebrados a
quienes habían invitado a participar en unas jornadas de seguridad vial,
obsérvese la desconcertante paradoja de la cuestión.
Al llegar a Valencia el tiempo
mejoró notablemente y empezó a lucir un sol agradable y tibio, lo que provocó
nuevas detenciones individuales e intempestivas, pues la gente tenía calor y le
sobraba ropa de la que era necesario desprenderse. En una de estas paradas, uno
de los jefes de la peña y de la expedición nos informó solemnemente de que si
volvía a llover se volvería a parar a ponerse el mono de lluvia, y si
reaparecía el sol, para quitárselo, y así sucesivamente todas las veces que
fuera preciso. Aquello era el cuento de nunca acabar, de modo que tomamos la
autopista AP-7 en dirección Castellón completamente fragmentados, dispersos y
descontrolados, hasta que en algún punto intermedio entre Sagunto y Benicassim
se produjo un enésimo reagrupamiento parcial y espontáneo, y repentinamente
todo el mundo se puso a frenar sin motivo aparente alguno. Pero sí que
había un motivo, bastante estúpido e innecesario, por cierto, tal y como
escribí en su día en la crónica del viaje: O me estoy volviendo loco, o vive
Dios que aquello que se divisa en la mediana de la autopista no es sino un gran
hato de cabras inmóviles que pastan a su libre albedrío. Cerrar gas y acariciar
la maneta de freno y esperar que los animales no se espanten y nos pongan en un
compromiso, pero no, resulta que las condenadas cabras son de fundición,
metálicas, y alguna mente preclara las ha colocado allí a título ornamental y
para acojonamiento de motoristas. Sin comentarios.
Un conjunto escultórico de cabras
de hierro o acero colocado en la mediana de una autopista, que vistas desde la
distancia parecían reales, a pesar de su inmovilidad, es algo que sólo puede
suceder en España, un país de chiste y chirigota. Dieciocho años después he
buscado por internet qué ha sido de esas (putas) cabras, si siguen existiendo o
no, y en dónde estaban exactamente colocadas, pero no he encontrado la menor
información al respecto. Incluso, en un alarde de paciencia, he navegado
virtualmente con Google Earth kilómetro a kilómetro entre Valencia y Benicassim
observando todas las imágenes de la autopista, sin encontrar tampoco el menor
rastro de aquel rebaño caprino de ferralla. Tal vez lo hayan quitado, con buen
criterio, porque era un peligro para todos los conductores, y no sólo para los
motoristas. Unas esculturas de dinosaurios no habrían causado tanto pavor.*(Ver postdata al final de la entrada).
Debimos de llegar a Benicassim ya
un tanto pasada la hora de comer, pero a muchos se nos quitó el apetito en
cuanto vimos el lugar en donde la organización había decidido que teníamos que
pernoctar, el albergue juvenil Argentina, un enorme caserón de estilo marinero
construido en los años cuarenta y lleno de escaleras, salas, patios, pasillos
sin fin y habitaciones cuarteleras de distintas formas y capacidades, que en su
conjunto bien podía recordarnos a una cárcel, un frenopático o un hospital
militar de campaña, aunque ninguno de nosotros, presuntamente, hubiese estado
nunca en tales establecimientos. Y nuestros peores presagios acerca del escaso
confort del sitio empezaron a confirmarse enseguida, cuando los más sedientos
nos pusimos a buscar cerveza por todas partes, sin encontrarla. Sólo había
refrescos sin alcohol en una máquina de bebidas junto a las cocinas. Esto ya
era un mal detalle, porque a los motoristas no se les puede privar del contacto
con la cerveza una vez llegados a destino. Sin embargo, la exhibición del
extenso catálogo de los horrores de aquel albergue juvenil no había hecho sino
comenzar, y tuvo su adecuada continuidad cuando vimos las habitaciones
adjudicadas a nuestra expedición y las escasas condiciones higiénicas que
reunían. Las parejas tenían derecho a un aposento privado con dos camas,
igualmente cochambroso, pero a los que viajábamos en solitario nos amontonaban
en grupos de cuatro o cinco personas en enormes y desangeladas habitaciones
llenas de camas viejas con los somieres desvencijados y los colchones y las
sábanas dudosamente limpios. Los más avispados todavía tuvieron ocasión de
escaparse y conseguir alojamiento en algún hotel cercano, pero los más lentos
de reflejos nos quedamos atrapados en el albergue juvenil sin posibilidad de
escapatoria, es decir, atrapados en el tiempo, un tiempo tan lejano, quizá,
como los propios años cuarenta en los que se construyó el edificio. Personalmente,
además, no me hizo ninguna gracia compartir barracón con los compañeros que me
tocaron en suerte, uno de los cuales ni siquiera había traido ropa para
cambiarse (sólo llevaba lo puesto), y que además rehusó ducharse en todo
momento bajo el chorro helado de la cañería que teníamos por ducha en una
estancia contigua con el suelo de cemento, a la antigua usanza de los cuarteles.
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| Fachada principal del albergue "Argentina". |
Y por fin, la comida y la cena
comunal en un inmenso comedor de mesas corridas no hizo sino acabar de empeorar
las cosas. Ciertamente, en casi todos los cuarteles conocidos durante mi
servicio militar, del que me había licenciado once años antes, había comido
bastante mejor que en este triste albergue juvenil, pero desde luego esto
tampoco me sorprendió. Apenas probé bocado, y por la tarde la organización nos
hizo sacar las motos para que nos diésemos una vuelta por el paseo marítimo,
nos dejáramos ver y entregásemos folletos de promoción de la campaña de
seguridad vial promovida por la Generalitat Valenciana. Algunos manifestaron
públicamente después haberse sentido tratados como hombres anuncio, pero en
todo caso siempre era mejor andar en moto por las calles y parar de vez en
cuando a tomar una cerveza en una terraza (el tiempo acompañaba) que regresar
al albergue de los horrores, que alguien bastante maledicente definió como un
retorno a la época del auxilio social de la posguerra.
La cena, ya se ha dicho, fue para
olvidar, y además muy temprana, y yo volví a apuntarme al ayuno voluntario, o
casi, y con el estómago vacío me lancé otra vez a las calles junto a los más
allegados y disidentes, esta vez a pie, mientras el grueso de la expedición partía
en moto con entusiasmo hacia Castellón capital para seguir impartiendo la
doctrina de la seguridad vial y repartiendo folletos por las calles. Tal vez
nosotros pudimos cenar algo decente en algún sitio, que ahora no lo recuerdo y
tampoco está escrito, pero sí que recuerdo que casi todos los establecimientos
estaban ya cerrados recién finalizada la temporada de verano, y sobre todo
recuerdo, también con pavor, que en uno de los escasos que quedaban abiertos
tomamos un montón de copas rematadas por unos chupitos criminales de
aguardiente casero por expresa invitación del dueño de la casa, que no pudimos
rechazar, y que nos dejaron el cuerpo maltrecho durante las siguientes
veinticuatro horas. Y esa noche, en consecuencia, fue también digna del mayor
olvido en aquella habitación compartida con cuatro durmientes, ya roncadores
cuando llegué de madrugada, y que olía a calcetines sudados, a sobaco y a ropa
sucia. Me acosté vestido y sin encender la luz para no molestar, y a duras
penas si conseguí enhebrar un sueño turbio de tres horas envuelto en las brumas
del alcohol. El despertar fue terrorífico, desde luego, y comprobé que no había
nadie en la habitación, y los pocos que quedaban en el albergue seguían
tirados en sus camastros mugrientos, solos o en pareja, aquejados de una resaca
monumental. Parece ser que los más enteros, la mayoría, se habían ido a ver una
carrera de motocross al cercano desierto de Las Palmas. No sé cómo, pero logré
reunir las fuerzas justas para subirme en la moto y encontrar un sitio en donde
desayunar un café y una ensaimada en el paseo marítimo.
El fin de fiesta de aquellas dos
jornadas disparatadas consistió, como no podía ser de otro modo, en una especie
de rueda de prensa en la sala más decente del albergue a cargo, entre otros,
del alcalde de Benicassim, el director del Instituto Valenciano de la Juventud,
la responsable de AUMAR (Autopistas del Mare Nostrum), y un par de jerifaltes
de nuestra peña motera, que actuaron como meros comparsas en aquella
representación. No recuerdo apenas nada de tal evento, que no fue sino una
especie de monólogo autocomplaciente o diálogo de sordos celebrado a mediodía, salvo
que me dormía en la silla y estaba deseando largarme, y que uno de los nuestros
preguntó por qué demonios las motos pagaban la misma tarifa de peaje que los
automóviles en la autopista, cuando ocupaban menor espacio y desgastaban menos
el firme, a lo que la responsable de AUMAR respondió muy incómoda con evasivas
o no respondió en absoluto, que viene a ser lo mismo. Varios periódicos
levantinos se hicieron eco de este acto y de las celebraciones preliminares en
sus ediciones de aquellos días como si se hubiera tratado de una gran noticia.
Terminada esta farsa
institucional a mayor gloria de los dirigentes implicados, se hizo la hora de
comer, todavía en el infausto albergue, por supuesto, y lejos de cundir el
pánico, vistos los antecedentes gastronómicos del establecimiento, la gente
pareció animada ante la perspectiva de que servían paella, con el argumento
peregrino de que era imposible comerse una mala paella en esta tierra arrocera
por excelencia, y que en todo caso, puesto que a continuación había que recoger
el equipaje y marcharse de allí, mejor era hacerlo con algo en el estómago,
aunque fuese bazofia. Pobres incautos. Entre comer bazofia o echarse a dormir
un rato en un camastro desvencijado y sucio a la espera de la hora de partir,
la segunda era con diferencia la mejor opción. El sueño nunca puede hacerte
daño, pero una mala comida, sí. Y a algunos se lo hizo, y considerable.
Guiado, pues, por el más
elemental instinto de supervivencia, dejé recogido mi equipaje para ganar
tiempo y me busqué un cuartucho discreto y apartado en donde tumbarme vestido,
lejos de los olores poco amistosos de las cocinas, que ya delataban la
naturaleza perversa de la paella que se avecinaba. Y así fue que cabeceé un
buen rato con un sueño trompicado e irregular que, sin embargo, tuvo la virtud
de aplacar un poco los desórdenes de mi cuerpo y proveerme de la suficiente
dosis de energía como para poder salir huyendo de aquel lugar tan terrorífico
al que nadie deseaba volver. Una huida que, como podrá leerse en la siguiente
entrega, tampoco estuvo exenta de aventuras, peripecias y sobresaltos, y que
sintetizaba muy bien nuestras andanzas interminables en aquellos años locos de
la carretera.
LEER SEGUNDA PARTE
*POSTDATA:
Aparecieron las famosas cabras metálicas mencionadas, o por lo menos otro rebaño de cabras acompañado de algún ejemplar vacuno en un lateral de la autopista, gracias a las certeras indicaciones de MILIAR (ver abajo su comentario). Las que vimos en 1994 yo las recordaba con toda certeza en la mediana de la autopista y bastante más al norte, por lo menos en Sagunto o incluso ya en la provincia de Castellón. Sin embargo, es bastante probable que fueran estas mismas, posteriormente reubicadas en este nuevo emplazamiento menos intimidante para los conductores, como se aprecia en la imágen obtenida de Google Maps:
Publicado por
ROUTE1963
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