Mostrando entradas con la etiqueta EN RUTA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EN RUTA. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de enero de 2013

TÚ TIENES LA LLAVE (y III). EL TRACTOR ASESINO DE CAUDETE DE LAS FUENTES. Octubre de 1994.




   El hombre es el único animal que sabe que va a morir. Eso es al menos lo que afirman los etólogos, zoólogos y otros estudiosos y especialistas en seres vivos de toda condición, quienes conceden que, ciertamente, los animales superiores sí son conocedores de los riesgos y peligros que conlleva la superviviencia diaria, pero carecen de la conciencia y consciencia necesarias para comprender que su destino final es la muerte. Nosotros sí sabemos lo que nos espera, pero ese conocimiento cierto no nos hace necesariamente más prudentes. O no por lo menos todo lo prudentes que deberíamos ser en todas las ocasiones, y particularmente en aquellas que llevan aparejado un mayor riesgo, como puede ser un viaje por carretera. 

   A mediodía del 3 de Octubre de 1994 ya estamos otra vez de vuelta en la autopista camino de Valencia. Por una vez, y sin que sirva de precedente, hemos conseguido dormir profundamente un buen número de horas en Denia, y eso nos produce la extrañeza de las sensaciones infrecuentes, como tener el cuerpo descansado, la mente despejada y los reflejos en condiciones óptimas para conducir nuestras motos quinientos kilómetros de un tirón, si fuera preciso. Ya habíamos olvidado estas excelencias después de someternos a todo tipo de excesos en la carretera durante algún tiempo. La única contrariedad, por el momento, proviene del hecho de que no vamos a poder entretenernos ni un minuto en desayunar si queremos alcanzar Madrid antes del anochecer, y conducir con el estómago vacío (o demasiado lleno) sí que forma parte de nuestras experiencias consolidadas y poco saludables, es decir, la verdadera condición habitual de la mayoría de nuestros viajes.

   Claro que esto también tiene una ventaja, y es que si no hemos desayunado antes de partir, por lo menos nos daremos el gusto de parar a comer por el camino, aunque la parada sea breve y no haya lugar a una comida copiosa ni a la adecuada sobremesa posterior. Y tal vez sea esta la idea que va rumiando Aguirre por dentro del casco mientras devoramos kilómetros a buen ritmo en la autopista AP-7 con rumbo a Valencia. Si no nos apuramos, se nos va a echar encima esa hora delicada y fronteriza en la que te juegas a una sola carta el que te den de comer, o no, en los establecimientos de carretera, en cuyo caso ya sólo queda la opción paupérrima de un sandwich reseco y una lata de refresco abollada en las tiendas de las gasolineras. Pero ese plan está descartado, según nos comunica Aguirre a Julia y a mí cuando hacemos la tradicional parada para fumar y cambiar impresiones después de pagar el peaje de la autopista: hoy vamos a comer como Dios manda, y donde nos gusta. Hay que darse prisa, eso sí, así es que abreviaremos los cigarrillos y las conversaciones, y el propio Aguirre prescindirá esta vez de la rutina habitual de tirarse al suelo en este punto para verificar el nivel de aceite de su R-65, una moto muy derrochadora de lubricante.


 Aguirre verificando el nivel de aceite de la R-65 en el peaje de la AP-7 en Silla. Años 90.


   Poco más de una hora y cien kilómetros después, hacemos la parada clásica en San Antonio de Requena para comer en el mesón-jamonería El Faisán Dorado, hace tiempo desaparecido, un establecimiento sencillo a pie de carretera al que nosotros profesábamos cierta devoción en la época (aunque sólo llegamos a visitarlo dos o tres veces), cuando aún no existía la autovía y la N-III cruzaba frente a su puerta. Por aquel entonces todavía sobrevivían muchos restaurantes de carretera en la zona, siempre frecuentados por legiones de camioneros, viajantes, domingueros, veraneantes camino o de vuelta de la playa e incluso guardias civiles de Tráfico, pero curiosamente El Faisán Dorado acostumbraba a estar vacío, seguramente por el escaso espacio que había para aparcar en sus proximidades, o tal vez por lo discreto de su presencia, que le hacía pasar desapercibido en el fragor constante de la carretera nacional y ante el reclamo de mayor relumbrón de los locales de la competencia. Sin embargo, nosotros lo descubrimos por casualidad en un viaje de ida a la costa y nos sorprendió muy gratamente tanto por la calidad de la comida como por la amabilidad de los dueños y lo razonable de sus precios, así es que por lo menos en dos o tres ocasiones subimos las motos a la estrecha acera de la travesía de San Antonio y nos dejamos cautivar, sobre todo, por sus exquisitas chuletas a la brasa en horno de leña, aromatizadas por el humo de los sarmientos, una de esas sencillas pero entrañables sensaciones de la vida que, todavía casi veinte años después, recuerdo que me produjeron una felicidad más o menos intensa, pero por lo menos perdurable en la memoria.




   Desde luego se trataba de un local muy pequeño y modesto, con apenas media docena de mesas y una carta o menú del día muy limitados, pero en aquel contexto viajero de los años noventa nos gustaban este tipo de sitios discretos descubiertos al azar, eran como hallazgos propios de los que nos sentíamos tan orgullosos como si hubiésemos descubierto verdaderos templos de la gastronomía. Este hecho explica por sí solo el que pidiésemos una tarjeta del establecimiento la primera vez que lo visitamos, todavía conservada entre miles de recuerdos de aquellos viajes, pese a que el mesón debió de tener una vida muy efímera, arrastrado a una prematura desaparición, como tantos otros, con la construcción de la autovía y en consecuencia el abandono de la antigua N-III y de sus travesías de los pueblos. Tardamos algún tiempo, sin embargo, en rendirnos a esta evidencia, y como seguíamos viajando a menudo por la primitiva carretera de Madrid a Valencia, solíamos buscar el letrero del Faisán Dorado en las fachadas de las casas de San Antonio, según cruzábamos la población y en el punto en donde lo recordábamos ubicado, tal vez para detenernos a comer allí y recordar viejos tiempos en realidad muy recientes, pero ya nunca pudimos encontrarlo. Era como buscar un sitio fantasma que sólo hubiera sido producto de nuestros delirios. Mientras nosotros seguíamos anclados en nuestras rememoraciones y nostalgias de la ruta de Levante, el implacable progreso de la autovía, con todos sus males (y este era uno de ellos), nos había ganado la partida poniendo al descubierto nuestra ingenuidad y obsolescencia. Porque empezaba a resultar evidente que con el abandono de la N-III las cosas ya nunca volverían a ser como antes. La antigua nacional extinguida arrastraba consigo la mayor parte de los elementos que le habían sido consustanciales durante decenas de años, y así, uno tras otro y en un tiempo muy breve, iban desapareciendo los bares, los restaurantes, los hoteles, las gasolineras y los talleres de carretera. Y no sólo han desaparecido físicamente, sino que tampoco se encuentra la menor referencia actual a los nombres y ubicaciones de la mayoría de ellos. Es como si nunca hubieran existido. Buscando El Faisán Dorado por internet, descubro con sorpresa que la única prueba pública de su pasada existencia remite a este blog, en donde es citado en entradas anteriores relacionadas con el documental sobre la antigua N-III. Y también compruebo, en este caso visualizando las imágenes de Google Earth, que el inmueble que ocupaba aquel mesón-jamonería, aloja ahora otro establecimiento hostelero, como muestra la siguiente imágen. Las estrechas aceras del pasado han sido generosamente ampliadas en detrimento de la carretera sin tránsito.




   Comemos, pues, ya en una hora tardía aquel 3 de Octubre de 1994, unas deliciosas chuletas al sarmiento en el Faisán Dorado, entre otras viandas probables que no constan en las crónicas. Después de bastantes horas de ayuno forzoso, esas chuletas nos devuelven la fe y la confianza en nosotros mismos, que las vamos a necesitar algo más tarde cruzando Caudete de las Fuentes, cuando un tractor asesino con remolque decide atravesarse en mitad de la carretera sin previo aviso de ningún tipo para tomar un desvío a la izquierda, según queda escrito literalmente, esta vez sí, en dichas crónicas. Afortunadamente, para ser honestos y fieles a la verdad, tampoco se omite la circunstancia de que circulábamos por la travesía de Caudete a 100 km/h., estando entonces limitada la velocidad por casco urbano a 60 (actualmente 50 genéricos, o menos, en algunos casos), y la realidad es que casi todos los vehículos sobrepasaban con creces esos límites en aquella época en la que no proliferaban tanto los radares, ni la retirada de puntos del carnet de conducir, ni los abusivos importes de las multas con evidente afán recaudatorio que imperan en la actualidad. E incluso las penas de cárcel, ya en el colmo de los despropósitos. En 1994 el concepto de travesía urbana no existía como tal para los conductores, pues una carretera general que atravesaba decenas o centenares de pueblos en su recorrido nunca dejaba de ser eso, una carretera, independientemente de que su trazado incluyera transitar entre casas de núcleos de población cada pocos kilómetros. Cuando un viaje de 500 kilómetros por una carretera nacional española podía prolongarse durante seis o siete horas, con sus correspondientes atascos, retenciones, imposibilidad de adelantar (y el peligro de hacerlo cuando era posible, con vías de un solo carril por sentido), tráfico pesado y un largo etcétera de inconvenientes, cruzar un pueblo, o cientos de ellos, era un mero trámite anecdótico que había que superar cuanto antes, y encontrándose la travesía despejada, nadie iba a circular a 60. Es comprensible. En cada época impera una mentalidad, generalmente aceptada incluso por las autoridades.



    Todo sucede muy deprisa, inesperadamente, y casi sin tiempo para reaccionar nos encontramos involucrados en un problema muy grave. Probablemente todavía me estaba relamiendo de las chuletas recién ingeridas cuando compruebo que los escasos vehículos que me preceden, incluida la R-65 de Aguirre, empiezan a frenar a la desesperada y la distancia de seguridad decrece instantáneamente. Nos estamos echando unos encima de otros por culpa de ese tractor con remolque que, unos cientos de metros por delante, ha decidido incorporarse a la calzada desde la acera sin avisar, o lo que es aún peor, sin mirar. A 100 km/h. se recorren 28 metros por segundo, y es entonces cuando corroboras que el hombre es el único animal que sabe que va a morir, o por lo menos que es consciente de que se va a abrir la cabeza, o partirse una pierna, o la columna vertebral, y puede precisar el momento en el que esto va a suceder cuando ni sus reflejos ni los frenos del vehículo que conduce pueden responder con la celeridad que necesita para soslayar el peligro. Y en una moto, además, cualquier maniobra brusca y precipitada, como una frenada de emergencia, resulta sumamente comprometida, con el riesgo evidente de bloquear las ruedas e irse al suelo. Como queda escrito en las crónicas, en cuestión de sólo un segundo, veo que se me amontona el trabajo: cerrar gas, bajar marchas y frenar al mismo tiempo la moto cargada a tope, en apenas 30 metros, y por si ello no fuera posible tengo que escoger además si prefiero golpearme contra el tractor, una furgoneta que va detrás, o la Lavadora de Bóxer Manuel (R-65 de Aguirre), por delante de mí, y a la que estoy esperando ver en el suelo de un momento a otro.




   Por culpa del pánico (pisotón al pedal de freno trasero) he bloqueado un poco de atrás y la moto ha insinuado un breve latigazo hasta que he levantado el pie y me he aplicado a fondo con la maneta (freno delantero) apretando y soltando rítmicamente, con buenos resultados. Y mientras esto sucedía, el tramo final de la travesía de Caudete ha pasado ante mis ojos a cámara lenta, y un instante de apenas unos segundos se ha dilatado exageradamente en el tiempo, o al menos estas han sido mis percepciones del momento, y he llegado a maldecir nuestra imprudencia de circular tan deprisa por una travesía, y la imprudencia homicida del tractor, sobre todo, y mi propia incapacidad para conservar la sangre fría y no dejarme dominar por el pánico en una situación tan comprometida.




   Pero al final, sólo la suerte o tal vez un milagro, suponiendo que existan, ha evitado la colisión múltiple cuando yo ya había elegido chocar contra la trasera de la furgoneta Ford Transit, de chapa seguramente más blanda que la del remolque del tractor asesino. Aguirre, por su parte, como consta en las crónicas, se ha detenido a tiempo y con muchos apuros también, y nunca entenderé cómo ha podido hacerlo con un solo disco de freno delantero, un tambor trasero y algunos metros menos de distancia en la frenada, pero ahí estamos parados a dos dedos de la furgoneta y con el corazón al galope. Y el tractor asesino, por otra parte, una vez cometida con absoluta impunidad su fechoría, toma un desvío lateral a la izquierda sin inmutarse lo más mínimo ante los bocinazos furiosos de la furgoneta y nuestras propias imprecaciones, que incluyen gran despliegue gestual de brazos y manos alzadas al aire con algún dedo extendido.

   Nada más salir de Caudete de las Fuentes nos paramos en el arcén de la carretera para evaluar la situación y templar los nervios. Aguirre sostiene un cigarrillo con la mano temblorosa, Julia está inusualmente pálida por encima de su palidez habitual, y yo siento calambres en las piernas y apenas si me sale la voz de la garganta. Y no es para menos. Hemos estado a punto de tener un aparatoso accidente, seguramente no de consecuencias muy graves, pero sí lo bastante perturbador como para sufrir algunos daños físicos y mecánicos y comprometer la continuidad del viaje. Pero bueno, al menos por esta vez nos hemos salvado, ha sido sólo un aviso, un toque de atención, una invitación a la prudencia, y ahora es menester tranquilizarse antes de retomar el camino. 


  Travesía de Caudete de las Fuentes (Valencia). Imágen contemporánea de Google Earth.


   Continuamos viaje al cabo de largo rato, todavía con el miedo en el cuerpo, a velocidades muy moderadas, y recurriendo a las crónicas de la época de nuevo, a medida que nos vamos acercando a Madrid así se nos va acercando también un cansancio provisionalmente engañado con esas milagrosas horas de sueño reparador de la víspera, que parecían suficientes para que este viaje no se nos complicase demasiado, pero la crispación causada por una carretera siempre en obras como esta N-III, con sempiternas tareas de asfaltado, retenciones, sobresaltos, camiones y conductores suicidas, vuelve las cosas del revés, no te salen los promedios y cuando quieres darte cuenta ya estás luchando otra vez para que no se te haga de noche en la carretera, y esto sí que lo vamos a conseguir a costa de sacrificarlo en paradas (...) Unicamente a las puertas de Madrid nos detenemos para fumar un cigarro y despedirnos, y acaso también para insinuar que este puede haber sido el último viaje de 1994, cosa que ahora mismo nos parece incluso muy deseable. Pero estamos absolutamente equivocados.

   En la última gasolinera de esta ruta, a las mismas puertas de Madrid, entre escombreras y desmontes y ya con la silueta de los primeros edificios de la ciudad divisándose en el horizonte brumoso de la tarde de otoño, contemplamos una escena tan sorprendente, como anacrónica, como bíblica: un hombre vestido con un mono azul de faena viene caminando campo a través con un cordero recién parido echado sobre sus hombros. A su lado, avanza a trompicones también la oveja, exhausta y sanguinolenta después del parto. Llegan a la gasolinera y el hombre nos mira, y probablemente nos da educadamente las buenas tardes, y nos mira la oveja con sus pequeños ojos cargados de mansedumbre ovina, y nos mira el cordero, seguramente asustado y ciego todavía en sus primeros minutos de vida. 

 Este pobre animal tampoco sabe que va a morir, muy pronto, además, a la vuelta de pocas semanas, todavía a tiempo para servir de festín en alguna mesa navideña, o en algún asador de carretera, como El Faisán Dorado, lo que son las cosas, porque ese es su destino y la única razón (o sinrazón) de su efímera existencia.  

  

 

viernes, 28 de diciembre de 2012

TÚ TIENES LA LLAVE (II). LA ANGUSTIA EXISTENCIAL DE LA CARRETERA


JOTAUVE y la Honda CB-750 en la carretera. Década de los noventa.





Serían alrededor de las cuatro de la tarde del domingo 2 de Octubre de 1994, cuando algunos de los más allegados me encontraron por fin tirado en la cama de una habitación escondida después de buscarme largo rato por todo el albergue. La paella del almuerzo había sido espantosa, me contaron, y nadie fue capaz de acabar su plato, no digamos ya de repetir, pese a lo cual, y a la espera de la digestión, casi todos empezaban a tener muy mal cuerpo. Y sin embargo, fuese en las condiciones que fuese, había que salir de allí, subirse en las motos y echarse a la carretera de nuevo. Desde la habitación ya se escuchaba el sonido de los motores de los primeros grupos que abandonaban Benicassim poniendo rumbo hacia los cuatro puntos cardinales del país. La expedición que partía para Madrid todavía no había salido, andaban de momento buscándose los unos a los otros y despidiéndose de terceros, según se les oía por los pasillos del albergue. Yo no regresaba con ellos. En realidad, como tenía un día libre más, ni siquiera regresaba a Madrid hasta la jornada siguiente, lunes. Premeditadamente me había buscado un destino mejor, en compañía de los íntimos, el entonces Bóxer Manuel (hoy Hachegé, o Aguirre, son sus nombres de guerra) y de su inseparable Julia. Casi siempre viajábamos juntos a todas partes. Adonde iban ellos, iba yo. Adonde iba yo, venían ellos.

JOTAUVE y AGUIRRE, inseparables camaradas en los 90, los años locos de la carretera

 

Me levanté de la cama casi a rastras, y casi a rastras llevando el equipaje llegué hasta la explanada trasera en donde estaban aparcadas las motos. Yo también tenía muy mal cuerpo, aunque prudentemente no hubiese probado la paella venenosa del albergue. Los excesos alcohólicos de la víspera y la falta de sueño y de alimento seguían causándome estragos. Pese a todo, mientras colocaba el equipaje en la moto se me ocurrió pensar que me estaba labrando una biografía meritoria de la que algún día podría sentirme orgulloso, que estaba haciendo algo grande en la vida, que mi existencia cobraba una dimensión extraordinaria cada vez que me arrojaba a la carretera para emprender un nuevo viaje y me dejaba poseer por ella. Y a la vuelta de setecientos kilómetros y poco más de veinticuatro horas, ya de regreso en casa, me sentaría a escribir acerca de todas estas últimas vivencias que acababa de experimentar, que todavía estaba experimentando, y que tanto pensaba que me engrandecían, aunque seguramente muchas de ellas sólo me estuviesen encanallando. Y lo mejor de todo es que ni siquiera era feliz, ni necesitaba serlo. Para mí, la carretera y los viajes en moto constituían una especie de sublimación intensa de la angustia existencial, una sobredosis abrumadora de realidad que, paradójicamente, sólo a través de este mecanismo de exaltación enajenada se volvía soportable y me permitía seguir descubriendo sus posibilidades creativas y redentoras. La carretera como liberación. Por eso, aparte de otras razones más elementales y obvias, era fundamental no matarse en la carretera, ni tan siquiera sufrir un accidente, por leve que fuese, porque había que seguir en ruta mientras la ruta constituyese todo mi mundo, o por lo menos la parte primordial del mismo. Evita los accidentes de tráfico, evita els accidents de tránsit, tú tienes la llave, tú tens la cláu. Sólo era un lema, un hallazgo más o menos afortunado de un publicista profesional contratado por la Generalitat Valenciana para su campaña de seguridad vial. Pero todo era muy engañoso, o como mucho todo era una verdad a medias, o menos. En la carretera, tu vida no dependía sólo de ti. Nadie era estrictamente dueño de su destino. Los demás conductores también tenían su llave maestra, y podían abrir puertas indeseables. Frente al discurso didáctico oficial, plano y simplista, yo podía oponer mi filosofía de la carretera, mucho más reflexiva y consistente, que tampoco salvaba vidas necesariamente, es cierto, pero que acaso las engrandecía y les otorgaba un nuevo valor de dignidad y trascendencia. O al menos eso era lo que yo creía entonces. Ahora ya no estoy seguro de seguir creyéndolo.

 


Una vez subido en la moto y con el motor en marcha en el momento previo de partir, comprendías que ni la dignidad ni la trascendencia eran buenas compañeras para andar por el mundo cuando tus fuerzas físicas no podían corresponder a lo que se demandaba de ellas. Si el cuerpo no te seguía y era tu cerebro (también sustancia corpórea, al fin y al cabo) el que tenía que tirar de él y someterlo por la fuerza, cualquier viaje, por breve que fuese, podía volverse muy comprometido. Y el nuestro era ambas cosas, breve y comprometido, pues aunque sólo teníamos que recorrer doscientos kilómetros por autopista y autovía, habíamos calculado previamente que tardaríamos no menos de tres horas en hacerlo, en tal mal estado nos encontrábamos. Y además, por supuesto, también contábamos de antemano con que tendríamos que parar varias veces, y no importaba cuántas ni durante cuánto tiempo en cada una. Bóxer Manuel (a partir de aquí Hachegé, o Aguirre, según convenga), había descrito un momento antes de salir muy expresivamente cómo íbamos a viajar: al tran tran.
 

Hace calor, demasiado calor para esta época del año cuando salimos de Benicassim después de despedirnos de la gente y desearles buen viaje adonde quiera que vayan. Enseguida tomamos la autopista rumbo sur y rodamos un rato a humildes cruceros de 100/110 kilómetros por hora antes de efectuar la primera parada para cargar combustible. Como curiosidad para los aficionados a los detalles del pasado, decir que el litro de gasolina súper de 96 octanos costaba entonces 107 pesetas, esto es, 64 céntimos de euro actuales, menos de la mitad de lo que cuesta hoy (227 pesetas ó 1´37 euros en las gasolineras más baratas), pero proclamar aquí y ahora que cualquier tiempo pasado fue mejor es hacer apología de la nostalgia y caer en el derrotismo absoluto.

Precios del combustible a finales del año 2012



 

No bien hubo terminado de llenar el depósito de su BMW R-65 del 86, Aguirre se sintió indispuesto. Quizá muy indispuesto, pues salió corriendo hacia los servicios de la gasolinera, él, que nunca corría por nada ni por nadie. Alejé las motos de los surtidores, primero la suya, luego la mía, y nos retiramos Julia y yo a una zona apartada para poder fumar. A ella también le había sentado mal la paella del albergue, pero de momento resistía, me confesó. Estuvimos fumando largo rato mientras contemplábamos en silencio el intenso tránsito del domingo que corría por la autopista. En la carretera, Julia era una mujer de muy pocas palabras. Este no era su ámbito natural, y terminaría retirándose para siempre de las motos y de los viajes seis años después, pero con decenas de miles de kilómetros en el cuerpo. Empezamos a preocuparnos ante la tardanza de Aguirre, de modo que decidí ir a buscarle a los aseos de la estación de servicio. Sus tirantes y los pantalones de cuero colgaban en lo alto del tabique de uno de los retretes sin techar, y apenas si pudo contestarme con un hilo de voz cuando le llamé. Todo había ido bien, y en cuanto se vistiese reanudaríamos el viaje. Puta paella, dijo al salir, todavía pálido y tembloroso. La caridad no se encontraba entre las virtudes que yo practicaba en aquellos años, tampoco la misericordia ni la discrección, pero sí que me prodigaba, en cambio, en la ironía, el humor negro y el sarcasmo brutal, así es que no tuve demasiados escrúpulos en escribir aquel episodio y titularlo escatológicamente (aunque debidamente sajonizado, para quitarle crudeza) como Highway Defecator, y como tal lo leyeron en el boletín oficial de la peña motorista y supieron de sus desdichados pormenores todos sus miembros. Yo era incorregible, y me temo que sigo siéndolo. 

AGUIRRE y su BMW R-65 del 86. Años 90

 

Volvimos a la autopista con la incertidumbre de no saber quién sería el siguiente en indisponerse, incluso si no repetiría el propio Aguirre, puesto que Julia parecía más entera y yo llevaba bastantes horas sin ingerir alimentos. Habíamos considerado la posibilidad de comer algo en la primera parada, pero inmediatamente lo habíamos descartado para evitar que nos invadiese el sueño, es decir, que se incrementase el sueño que ya teníamos de antemano, porque en aquel momento cualquiera de nuestras circunstancias era susceptible de empeorar al menor descuido. Con todo, el sueño no era lo peor, sino más bien la fatiga, el cansancio, el abotargamiento y el bajo tono muscular que me hacía sentir el manillar de la moto flotante y esponjoso bajo las manos. Y además, como viajábamos al tran tran, despacio y sin tensión en la monotonía de la autopista, bajo un cielo plomizo, viscoso y caliente, el nivel de concentración se encontraba muy por debajo del umbral de seguridad necesario para conducir. Todos los manuales de seguridad vial recomendaban con sensatez detenerse ante la menor señal de fatiga, sueño o cansancio, porque aunque uno estuviese convencido de poder sobreponerse a ellos, era una lucha estéril, pues al final siempre te derrotaban. Lo sabíamos, y sin embargo seguíamos conduciendo, y los kilómetros se iban restando, y la distancia hasta el destino final del viaje se acortaba poco a poco ante nuestro asombro. ¡Nos movíamos!


En algún punto del camino nos llovió copiosamente, en otro sopló el viento inclemente de la costa, que era húmedo y salobre, y en un tercero asomó un sol crepuscular que ya no nos abandonaría en toda la jornada, y la tarde se volvió sobredorada, apacible y dulce en las interminables rectas de la autopista dominical, que eran como inmensos canales de asfalto reluciente que corrían hacia el sur paralelos al Mediterráneo. Bien pensado, aquel viaje, como tantos otros, representaba la sustancia misma de la vida, en donde todo era posible y necesario para que no se alterase el orden del mundo, desde el dolor al placer, pasando por la felicidad y la angustia, y terminando en la esperanza y el desasosiego, y todos los estímulos y todas las sensaciones adquirían de repente una intensidad tan extraordinaria y luminosa que yo no conseguía sobreponerme a mi propio desconcierto ni a mi ansiedad de viajero alucinado.
 

A cincuenta kilómetros del destino final del viaje hicimos una nueva parada en un área de servicio para evaluar el estado de nuestros cuerpos y de nuestras almas, porque en aquel tiempo todavía estábamos convencidos de que teníamos alma. Se nos había ido la tarde atravesando al tran tran las provincias de Castellón y Valencia y estábamos a punto de entrar en la de Alicante. Animados por la cercana conclusión de la ruta nos atrevimos a llenar por fin el estómago con unos bocadillos y unos refrescos cuyo precio nos supuso una verdadera crucifixión económica, como antes ya lo había sido el peaje de Sagunto y enseguida lo sería el de Ondara. Por aquel entonces la gasolina era relativamente asequible, pero el precio de los peajes de las autopistas resultaba sencillamente disparatado. Ahora da la impresión, seguramente engañosa, de que se han invertido los términos y el combustible es más caro en relación a las tarifas de peaje de las autopistas. Aguirre parecía haberse sobrepuesto a sus problemas intestinales y el organismo se le iba asentando con las horas de carretera, porque para él la carretera también era una verdadera liberación, aunque fuese por motivos muy diferentes a los míos, pero por eso la carretera nos acercaba tanto, nos convocaba y suponía nuestro mayor punto de encuentro, mientras iba repitiendo, una y otra vez, como de costumbre, ya no queda nada, ya no queda nada, esto está hecho, y Julia, desmadejada y meditabunda, pero aún muy digna, le miraba con indiferencia y fumaba en silencio, y yo sentía el cuerpo desbaratado y denso como si me pesara miles de toneladas, pese a lo cual me encontraba casi eufórico y dispuesto de nuevo a conquistar el mundo, o por lo menos la carretera, que eran las conquistas que uno se proponía entonces con treinta años de edad, o treinta y uno, exactamente los que cumpliría tres días después.




Tal y como había pronosticado Aguirre, aquello estaba hecho, y entramos en Denia con las últimas luces, o las primeras sombras, de la tarde del domingo. Habíamos recorrido alrededor de doscientos kilómetros, apenas una insignificante muesca en el mapa, aunque parecíamos recién llegados desde el otro extremo del país. Mal comidos, mal dormidos, mal aseados e intoxicados por todo tipo de alcoholes criminales, estábamos cansados, sucios y rotos, pero también increíblemente lúcidos, quizá como nunca lo habíamos estado hasta entonces. Tanto, que hicimos firmes propósitos de acostarnos temprano esa noche para recuperarnos en condiciones y afrontar descansados el viaje de regreso a Madrid, al día siguiente. Animada por esta sensata resolución y para resarcirnos de todas las calamidades sufridas en Benicassim, Julia nos invitó a cenar una exquisita caldereta de lenguado a la zarzuela, el plato estrella de uno de nuestros restaurantes favoritos de aquella época, un establecimiento emblemático, situado en la playa, que luego caería en desgracia, como tantos otros. Casi veinte años después no recuerdo nada de esa cena ni de la invitación de Julia, pero así debió de suceder, puesto que así quedó escrito en su día en la crónica del viaje. 
 

Sin embargo, sí que recuerdo perfectamente que no nos acostamos temprano ni sobrios tampoco esa noche, pese a los buenos propósitos iniciales. Como verdaderos seres nocturnos que éramos (y seguimos siendo), después de la copiosa cena volvimos a tomar adecuada y auténtica posesión de nosotros mismos. Sobrepuestos al cansancio, al sueño, al dolor y a todos los demás males corporales que nos habían aquejado horas antes, decidimos una vez más que los buenos propósitos previos declarados en un momento de suma debilidad estaban hechos para ser transgredidos sin contemplaciones, porque de lo que se trataba era de dejar que las cosas siguieran su curso, fuese para bien o para mal, y que el mundo loco se hiciera cargo de nosotros, nos llevara y nos trajera al albur, tal y como había venido sucediendo desde que teníamos memoria.

Y esta vez nos llevó hasta más allá de las cuatro de la madrugada, apaciblemente sentados en la terraza otoñal del Jamaica Inn, frente al Puerto, mirando las estrellas que se reflejaban en las copas de cristal y hablando de la vida.


Tercer y último capítulo:

 

 


sábado, 8 de diciembre de 2012

TÚ TIENES LA LLAVE (I). EL ALBERGUE DE LOS HORRORES. Benicassim, octubre de 1994.



En la década de los noventa del pasado siglo XX tuvimos nuestros años locos de la carretera. Motos, carreteras y viajes interminables por toda España, siempre de un lado a otro casi sin descanso, cargados de equipajes que nunca se deshacían, un mes sí y otro también, unas veces a visitar a unos, y otras veces a visitar a otros, de salto en salto de una concentración a un encuentro motorista o a una simple excursión particular, sin importar si llovía, nevaba o lucía un sol abrasador, decenas de miles de kilómetros sin apenas solución de continuidad en un interminable vagabundeo por todas las rutas posibles e imposibles del país. No había euros (funcionábamos con la ahora tan añorada peseta), ni teléfonos móviles, ni apenas ordenadores, internet estaba en pañales y el mundo era muy diferente al que hoy conocemos, aunque sólo hayan transcurrido dos décadas desde entonces.


Durante esos años hicimos tantos viajes que ahora es imposible acordarse de todos ellos, pese a que quedaron escritas las crónicas con las vicisitudes de cada uno y se tiraron miles de fotografías de carreteras, lugares, gentes y paisajes. Otros viajes, en cambio, no se han borrado del todo de la memoria por unas u otras razones, son los viajes memorables, por así decirlo, aunque esto no implique necesariamente que fueron buenos viajes, estrictamente hablando. Algunos fueron incluso verdaderamente deplorables y dignos de caer en el olvido absoluto. O quizá no tanto, porque la perspectiva del tiempo nos concede una cierta rehabilitación emocional con respecto a ellos.
 

A las diez horas del sábado 1 de Octubre de 1994 nos pusimos en marcha doce motos y veintiuna personas, y salimos de Madrid camino de Benicassim (Castellón), por la autovía de Madrid a Valencia, que entonces conservaba todavía más de la mitad de su trazado sin desdoblar, esto es, carretera general española a la vieja usanza, un carril por sentido y travesías urbanas de casi todos los pueblos del camino. Asistíamos a unas jornadas de seguridad vial organizadas por la Generalitat Valenciana con el auspicio de la DGT y de AUMAR, la sociedad concesionaria de las autopistas de la franja mediterránea. Su título Evita los accidentes de tráfico. Tú tienes la llave, también traducido al valenciano en algunos folletos como Evita els accidents de tránsit. Tú tens la clau. La peña motorista a la que pertenecíamos entonces estaba muy involucrada en aquella época en este tipo de eventos relacionados con la seguridad en la conducción, y de hecho buena parte de su filosofía fundacional se inspiraba en este aspecto cívico para diferenciarse de otros colectivos motoristas nacionales para los que primaban las sensaciones fuertes de la velocidad, el riesgo y la temeridad permanentes como estilo de vida y forma de diversión en unos años en los que los graves accidentes de moto estaban a la orden del día. Pero por mucho que asistiésemos aquel día a unas jornadas de seguridad vial, nosotros tampoco estábamos hechos de una pasta muy diferente a la de los demás. A la mayoría de nosotros estas jornadas didácticas no nos interesaban lo más mínimo, lo único que nos estimulaba era salir de viaje con la moto y divertirnos, fuese a donde fuese y sin importar el motivo. Incluso mejor si no había ningún motivo. Por el camino se nos fueron añadiendo otros compañeros procedentes de diferentes lugares de España hasta completar un grupo heterogéneo de diecisiete motos de distintos modelos, marcas y cilindradas. 

Un parque móvil heterodoxo para una peña motorista no menos heterodoxa


Nos diluvió a ratos por la provincia de Cuenca, el grupo se disgregó y recompuso varias veces y tuvimos todo tipo de peripecias, y no todas muy agradables. Por lo general se impuso la anarquía más absoluta, y cada uno hacía lo que le daba la gana sin tener en cuenta a los demás, de modo que los más jovencitos iban intercambiándose entre ellos las motos y los pasajeros cada pocos kilómetros, pues querían conducirlas todas y llevar de paquete a todas las chicas (algunas de las cuales también conducían), otros se paraban a su antojo para cambiarse los calcetines mojados por unos secos de recambio o ponerse o quitarse el mono de lluvia cuando estimaban una mínima variación en las condiciones meterológicas, cada cual y cada quien repostaba combustible o se detenía a tomar el aperitivo en donde le placía, y no una vez, sino varias, con la consiguiente ingesta copiosa de vinos, cervezas y vermús (y yo el primero, no lo negaré, pues me apunté a todos los aperitivos etílicos que se me pusieron a tiro), de modo que ni los límites de velocidad ni otras normas del Código de la Circulación eran convenientemente respetadas por la mayoría del grupo, y se cometieron todo tipo de tropelías e imprudencias que luego comentadas en parado nos hacían mucha gracia y nos parecían divertidas. Eramos una pandilla de inconscientes y descerebrados a quienes habían invitado a participar en unas jornadas de seguridad vial, obsérvese la desconcertante paradoja de la cuestión.

 

Al llegar a Valencia el tiempo mejoró notablemente y empezó a lucir un sol agradable y tibio, lo que provocó nuevas detenciones individuales e intempestivas, pues la gente tenía calor y le sobraba ropa de la que era necesario desprenderse. En una de estas paradas, uno de los jefes de la peña y de la expedición nos informó solemnemente de que si volvía a llover se volvería a parar a ponerse el mono de lluvia, y si reaparecía el sol, para quitárselo, y así sucesivamente todas las veces que fuera preciso. Aquello era el cuento de nunca acabar, de modo que tomamos la autopista AP-7 en dirección Castellón completamente fragmentados, dispersos y descontrolados, hasta que en algún punto intermedio entre Sagunto y Benicassim se produjo un enésimo reagrupamiento parcial y espontáneo, y repentinamente todo el mundo se puso a frenar sin motivo aparente alguno. Pero sí que había un motivo, bastante estúpido e innecesario, por cierto, tal y como escribí en su día en la crónica del viaje: O me estoy volviendo loco, o vive Dios que aquello que se divisa en la mediana de la autopista no es sino un gran hato de cabras inmóviles que pastan a su libre albedrío. Cerrar gas y acariciar la maneta de freno y esperar que los animales no se espanten y nos pongan en un compromiso, pero no, resulta que las condenadas cabras son de fundición, metálicas, y alguna mente preclara las ha colocado allí a título ornamental y para acojonamiento de motoristas. Sin comentarios.
 

Un conjunto escultórico de cabras de hierro o acero colocado en la mediana de una autopista, que vistas desde la distancia parecían reales, a pesar de su inmovilidad, es algo que sólo puede suceder en España, un país de chiste y chirigota. Dieciocho años después he buscado por internet qué ha sido de esas (putas) cabras, si siguen existiendo o no, y en dónde estaban exactamente colocadas, pero no he encontrado la menor información al respecto. Incluso, en un alarde de paciencia, he navegado virtualmente con Google Earth kilómetro a kilómetro entre Valencia y Benicassim observando todas las imágenes de la autopista, sin encontrar tampoco el menor rastro de aquel rebaño caprino de ferralla. Tal vez lo hayan quitado, con buen criterio, porque era un peligro para todos los conductores, y no sólo para los motoristas. Unas esculturas de dinosaurios no habrían causado tanto pavor.*(Ver postdata al final de la entrada). 


 

Debimos de llegar a Benicassim ya un tanto pasada la hora de comer, pero a muchos se nos quitó el apetito en cuanto vimos el lugar en donde la organización había decidido que teníamos que pernoctar, el albergue juvenil Argentina, un enorme caserón de estilo marinero construido en los años cuarenta y lleno de escaleras, salas, patios, pasillos sin fin y habitaciones cuarteleras de distintas formas y capacidades, que en su conjunto bien podía recordarnos a una cárcel, un frenopático o un hospital militar de campaña, aunque ninguno de nosotros, presuntamente, hubiese estado nunca en tales establecimientos. Y nuestros peores presagios acerca del escaso confort del sitio empezaron a confirmarse enseguida, cuando los más sedientos nos pusimos a buscar cerveza por todas partes, sin encontrarla. Sólo había refrescos sin alcohol en una máquina de bebidas junto a las cocinas. Esto ya era un mal detalle, porque a los motoristas no se les puede privar del contacto con la cerveza una vez llegados a destino. Sin embargo, la exhibición del extenso catálogo de los horrores de aquel albergue juvenil no había hecho sino comenzar, y tuvo su adecuada continuidad cuando vimos las habitaciones adjudicadas a nuestra expedición y las escasas condiciones higiénicas que reunían. Las parejas tenían derecho a un aposento privado con dos camas, igualmente cochambroso, pero a los que viajábamos en solitario nos amontonaban en grupos de cuatro o cinco personas en enormes y desangeladas habitaciones llenas de camas viejas con los somieres desvencijados y los colchones y las sábanas dudosamente limpios. Los más avispados todavía tuvieron ocasión de escaparse y conseguir alojamiento en algún hotel cercano, pero los más lentos de reflejos nos quedamos atrapados en el albergue juvenil sin posibilidad de escapatoria, es decir, atrapados en el tiempo, un tiempo tan lejano, quizá, como los propios años cuarenta en los que se construyó el edificio. Personalmente, además, no me hizo ninguna gracia compartir barracón con los compañeros que me tocaron en suerte, uno de los cuales ni siquiera había traido ropa para cambiarse (sólo llevaba lo puesto), y que además rehusó ducharse en todo momento bajo el chorro helado de la cañería que teníamos por ducha en una estancia contigua con el suelo de cemento, a la antigua usanza de los cuarteles.

Fachada principal del albergue "Argentina".


Y por fin, la comida y la cena comunal en un inmenso comedor de mesas corridas no hizo sino acabar de empeorar las cosas. Ciertamente, en casi todos los cuarteles conocidos durante mi servicio militar, del que me había licenciado once años antes, había comido bastante mejor que en este triste albergue juvenil, pero desde luego esto tampoco me sorprendió. Apenas probé bocado, y por la tarde la organización nos hizo sacar las motos para que nos diésemos una vuelta por el paseo marítimo, nos dejáramos ver y entregásemos folletos de promoción de la campaña de seguridad vial promovida por la Generalitat Valenciana. Algunos manifestaron públicamente después haberse sentido tratados como hombres anuncio, pero en todo caso siempre era mejor andar en moto por las calles y parar de vez en cuando a tomar una cerveza en una terraza (el tiempo acompañaba) que regresar al albergue de los horrores, que alguien bastante maledicente definió como un retorno a la época del auxilio social de la posguerra.
 
La cena, ya se ha dicho, fue para olvidar, y además muy temprana, y yo volví a apuntarme al ayuno voluntario, o casi, y con el estómago vacío me lancé otra vez a las calles junto a los más allegados y disidentes, esta vez a pie, mientras el grueso de la expedición partía en moto con entusiasmo hacia Castellón capital para seguir impartiendo la doctrina de la seguridad vial y repartiendo folletos por las calles. Tal vez nosotros pudimos cenar algo decente en algún sitio, que ahora no lo recuerdo y tampoco está escrito, pero sí que recuerdo que casi todos los establecimientos estaban ya cerrados recién finalizada la temporada de verano, y sobre todo recuerdo, también con pavor, que en uno de los escasos que quedaban abiertos tomamos un montón de copas rematadas por unos chupitos criminales de aguardiente casero por expresa invitación del dueño de la casa, que no pudimos rechazar, y que nos dejaron el cuerpo maltrecho durante las siguientes veinticuatro horas. Y esa noche, en consecuencia, fue también digna del mayor olvido en aquella habitación compartida con cuatro durmientes, ya roncadores cuando llegué de madrugada, y que olía a calcetines sudados, a sobaco y a ropa sucia. Me acosté vestido y sin encender la luz para no molestar, y a duras penas si conseguí enhebrar un sueño turbio de tres horas envuelto en las brumas del alcohol. El despertar fue terrorífico, desde luego, y comprobé que no había nadie  en la habitación, y los pocos que quedaban en el albergue seguían tirados en sus camastros mugrientos, solos o en pareja, aquejados de una resaca monumental. Parece ser que los más enteros, la mayoría, se habían ido a ver una carrera de motocross al cercano desierto de Las Palmas. No sé cómo, pero logré reunir las fuerzas justas para subirme en la moto y encontrar un sitio en donde desayunar un café y una ensaimada en el paseo marítimo.

El fin de fiesta de aquellas dos jornadas disparatadas consistió, como no podía ser de otro modo, en una especie de rueda de prensa en la sala más decente del albergue a cargo, entre otros, del alcalde de Benicassim, el director del Instituto Valenciano de la Juventud, la responsable de AUMAR (Autopistas del Mare Nostrum), y un par de jerifaltes de nuestra peña motera, que actuaron como meros comparsas en aquella representación. No recuerdo apenas nada de tal evento, que no fue sino una especie de monólogo autocomplaciente o diálogo de sordos celebrado a mediodía, salvo que me dormía en la silla y estaba deseando largarme, y que uno de los nuestros preguntó por qué demonios las motos pagaban la misma tarifa de peaje que los automóviles en la autopista, cuando ocupaban menor espacio y desgastaban menos el firme, a lo que la responsable de AUMAR respondió muy incómoda con evasivas o no respondió en absoluto, que viene a ser lo mismo. Varios periódicos levantinos se hicieron eco de este acto y de las celebraciones preliminares en sus ediciones de aquellos días como si se hubiera tratado de una gran noticia.

 

Terminada esta farsa institucional a mayor gloria de los dirigentes implicados, se hizo la hora de comer, todavía en el infausto albergue, por supuesto, y lejos de cundir el pánico, vistos los antecedentes gastronómicos del establecimiento, la gente pareció animada ante la perspectiva de que servían paella, con el argumento peregrino de que era imposible comerse una mala paella en esta tierra arrocera por excelencia, y que en todo caso, puesto que a continuación había que recoger el equipaje y marcharse de allí, mejor era hacerlo con algo en el estómago, aunque fuese bazofia. Pobres incautos. Entre comer bazofia o echarse a dormir un rato en un camastro desvencijado y sucio a la espera de la hora de partir, la segunda era con diferencia la mejor opción. El sueño nunca puede hacerte daño, pero una mala comida, sí. Y a algunos se lo hizo, y considerable.


Guiado, pues, por el más elemental instinto de supervivencia, dejé recogido mi equipaje para ganar tiempo y me busqué un cuartucho discreto y apartado en donde tumbarme vestido, lejos de los olores poco amistosos de las cocinas, que ya delataban la naturaleza perversa de la paella que se avecinaba. Y así fue que cabeceé un buen rato con un sueño trompicado e irregular que, sin embargo, tuvo la virtud de aplacar un poco los desórdenes de mi cuerpo y proveerme de la suficiente dosis de energía como para poder salir huyendo de aquel lugar tan terrorífico al que nadie deseaba volver. Una huida que, como podrá leerse en la siguiente entrega, tampoco estuvo exenta de aventuras, peripecias y sobresaltos, y que sintetizaba muy bien nuestras andanzas interminables en aquellos años locos de la carretera. 

LEER SEGUNDA PARTE

*POSTDATA:
Aparecieron las famosas cabras metálicas mencionadas, o por lo menos otro rebaño de cabras acompañado de algún ejemplar vacuno en un lateral de la autopista, gracias a las certeras indicaciones de MILIAR (ver abajo su comentario). Las que vimos en 1994 yo las recordaba con toda certeza en la mediana de la autopista y bastante más al norte, por lo menos en Sagunto o incluso ya en la provincia de Castellón. Sin embargo, es bastante probable que fueran estas mismas, posteriormente reubicadas en este nuevo emplazamiento menos intimidante para los conductores, como se aprecia en la imágen obtenida de Google Maps: