Mostrando entradas con la etiqueta N-301. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta N-301. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de mayo de 2015

CARRETERA N-301 (OCAÑA-CARTAGENA). (II) De Albacete a Cartagena




Ver también la primera parte del reportaje:


Hace varios meses, entre septiembre y noviembre de 2014, realizamos y publicamos un reportaje en nuestra página de Facebook y este blog, recorriendo la carretera  N-301  desde su comienzo en Ocaña, hasta Albacete. Esta fue la primera parte de dicho reportaje, que integramos en este blog y cuyo enlace al artículo aportamos más arriba. 


Ahora, entre el 4 de abril y el 24 de mayo de este año 2015, hemos realizado e ido publicando en Facebook la segunda y última parte de este viaje virtual, recorriendo la nacional entre Albacete y Cartagena (el final de la ruta), lanzando dos posts cada día entre las citadas fechas. Una vez finalizado el reportaje en Facebook, recopilamos todos los contenidos publicados allí en este nuevo artículo.


Comenzamos, pues, este nuevo viaje por la N-301.


lunes, 4 de mayo de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Quinta parte). Bajo el primer sol de la tarde.







Nada más marcharse aquel hombre que me había socorrido en la carretera experimenté una sensación de orfandad inconsolable y un lastimoso desamparo, como si con su reciente marcha pudieran volver a acecharme de nuevo todos los peligros que ya creía conjurados para siempre. Abandonado como un náufrago en aquella recta maldita de la N-301, el sol de Agosto me castigaba sin piedad y no había lugar alguno en donde resguardarse. Me quemaba en las nalgas la chapa metálica del guardarraíl sobre el que me había sentado un momento a fumar un cigarrillo detrás de otro con demorada indolencia, mientras meditaba acerca de mi destino sumido en un enajenado letargo sólo perturbado ocasionalmente por el rumor del tránsito que rasgaba el asfalto con un hiriente silbido camino de Quintanar, o de La Roda, o de Albacete, o de Madrid, o de Alicante, o de Murcia, o de donde cada uno de aquellos conductores estivales tuviese a bien llegar luego de decenas o centenares de kilómetros de viaje.



     Después de llevar aplastadas con las botas (que no eran propias de motorista, sino de soldado de infantería provenientes del servicio militar que había finalizado seis años antes) varias colillas de cigarrillo en un metro cuadrado de arcén, me sacudí el profundo letargo y crucé la carretera. Todavía me temblaban un poco las piernas y temí haber perdido el habla cuando llegué hasta el poste de auxilio de la DGT emplazado a la altura del punto kilométrico 145. Casi veintiséis años más tarde, recopilando fotografías en Internet para ilustrar esta historia, he vuelto a recordar cómo eran aquellos postes SOS de los años 80 (ya desaparecidos, como desaparecidos están también sus sucesores más modernos), porque lo único que había perdurado en mi memoria desde entonces era que incorporaban dos botones de llamada, uno para auxilio sanitario y otro para asistencia mecánica. Pulsé este último con ansiedad temiendo que estuviese averiado, en cuyo caso mi situación volvería a tornarse muy comprometida, pero la suerte había venido para quedarse de mi lado y en pocos segundos me respondió una voz masculina, modulada, amable y solícita, que por esos extraños caprichos del subconsciente asocié enseguida con la voz del hombre que me había ayudado unos minutos antes, como si fuese aquel buen samaritano de la carretera quien me estuviese respondiendo ahora desde el otro lado del interfono, y ya en el paroxismo de mis fantasías imaginé que también habría de ser él quien conduciría la grúa de asistencia que vendría a rescatarme más tarde. Sabía que todo esto era absurdo, desde luego, pero como instintivamente necesitaba humanizar a mi interlocutor invisible, imaginarle físicamente y no como una mera referencia sonora y abstracta, le presté el rostro de aquel hombre cuya fisonomía me resultaba más reciente, y tal vez por ello ambas voces, forzosamente diferentes, se me antojaron una única voz.

  


     Pero más allá de mis desvaríos emocionales y de mis engañosas ilusiones mentales, la cuestión que había que resolver en ese momento entre dos desconocidos invisibles a través de aquel artefacto parlante era mucho más pragmática: ¿Necesitaba asistencia mecánica? ¿Qué me había ocurrido? ¿Exactamente en dónde me encontraba? (aunque cabía suponer que la tecnología de la época ya identificaba automáticamente la ubicación precisa del poste de auxilio desde el que se recibía la llamada). ¿Cuáles eran mis datos y los de mi vehículo? ¿Disponía de algún tipo de seguro de asistencia en viaje, y en caso afirmativo cuál era el número de póliza? Y mis respuestas se fueron sucediendo ordenadamente según las requería mi interlocutor y yo consultaba los documentos adecuados: necesitaba asistencia mecánica, había reventado el neumático trasero de mi Yamaha SR-250 con matrícula de Madrid 5353-…, me encontraba en el kilómetro 145 de la N-301 sentido Cartagena, mi nombre era…, sí disponía de asistencia en viaje con ADA (Ayuda del Automovilista, una veterana asociación recientemente desaparecida), y el número de asociado era…


  
         
     Cordialmente mi interlocutor me rogó que aguardase un momento sin retirarme del poste de auxilio. Pronto volvería a tener noticias suyas, me prometió. Mientras esperaba tuve tiempo de fumar dos o tres cigarrillos más y de imaginarme a aquel hombre en mangas de camisa socorriendo a quienes habíamos caído en desgracia en la carretera desde una gran sala con aire acondicionado y llena de consolas telefónicas y de paneles luminosos en algún edificio de la Dirección General de Tráfico, seguramente en Madrid capital, mientras yo me achicharraba sin remedio a pleno sol en un punto remoto de la provincia de Cuenca a más de treinta grados centígrados, y otros infortunados viajeros corrían tal vez peor suerte a cientos de kilómetros de allí. 





     Aquel hombre me habló de nuevo pasados unos minutos. La grúa de asistencia en carretera, procedente de Quintanar de la Orden, ya había sido avisada, pero tardaría en llegar en mi ayuda, porque antes debía prestar otros servicios en la zona. Mucha gente tenía problemas en la carretera ese mediodía ya fronterizo con la tarde del 12 de Agosto de 1989, y el país no estaba preparado para ello. Esto último no me lo dijo él, a fin de cuentas un abnegado funcionario de Tráfico, sino que lo pensé yo, un motorista desdichado siempre predispuesto a ponerse en lo peor. Así es que tocaba esperar, no se sabía cuánto. Agradecí la ayuda a mi interlocutor y volví a cruzar la N-301, y volví a sentarme en el ardiente guardarraíl junto a mi moto inservible, y volví a encender una interminable sucesión de cigarrillos, y volví a caer en un prolongado letargo que tenía ciertas similitudes con el sueño eterno, es decir, probablemente con la propia muerte que yo seguía esperando en la N-301. Transcurrido un tiempo impreciso tuve la sensación de que el poste de socorro emitía algún tipo de señal que tal vez iba dirigida a mí, y crucé nuevamente la carretera corriendo para llegar a escuchar la inesperada llamada de mi interlocutor: ¿Sigue usted ahí? La asistencia acaba de salir de Quintanar y ya va en su busca.



     Entre Quintanar de la Orden, provincia de Toledo, y Santa María de los Llanos, provincia de Cuenca, en cuyas proximidades yo me había quedado tirado, había una distancia de 25 kilómetros, de modo que la asistencia todavía se hizo esperar un rato que a mí se me antojó insoportable. Esta impaciencia vino motivada sobre todo por el hecho de que algunas grúas similares a la que yo esperaba acertaron a pasar de vacío por la carretera en aquel momento, pero ninguna se detuvo, a pesar de mis señas desesperadas, respondidas con movimientos negativos de cabeza de sus conductores, que se dirigían a atender otros servicios o acaso regresaban a sus bases para comer. Finalmente, uno de aquellos vehículos aminoró la velocidad, hizo parpadear levemente su intermitente derecho y estacionó en el arcén delante de la moto. Un hombre de aspecto risueño, que tendría aproximadamente mi edad, descendió de la cabina del camión y vino a mi encuentro sin dejar de observar el neumático destrozado de la moto mientras se acercaba. Vaya faena, amigo, dijo sonriendo. ¿Puedes darme agua?, le respondí a bocajarro, seguramente sin el menor atisbo de sonrisa, porque a alguien que se muere de sed en el infierno de La Mancha no le obligan mayores cortesías. Faltaría más, hombre, para eso estamos, y regresó a la cabina un instante para volver con una botella de agua helada de la que bebí copiosamente casi hasta atragantarme.




     Talleres San Valentín, podía leerse en los laterales de la plataforma de la grúa de asistencia. Dicha plataforma no era basculante, sino rígida, de modo que para subir cualquier vehículo hasta ella era necesario extraer del bastidor dos rampas metálicas (bastaba con una en el caso de las motos), y a esta tarea se aplicó enseguida el patrullero, provisto de unos viejos guantes de trabajo que algún día debieron de ser amarillos pero que ahora lucían impecablemente renegridos y llenos de agujeros. Retiré mi escueto equipaje, que iba atado en el trasportín trasero de la Yamaha con pulpos elásticos, y lo llevé a la cabina de la grúa. El patrullero puso en marcha el motor eléctrico del cable de arrastre y enganchó el extremo, que tenía forma de garfio, en la horquilla de la moto. Ahora, muy despacio, vamos a ir subiéndola por la rampa, empezó a explicarme, pero no se había expresado con propiedad, porque como comprendí enseguida la operación consistía en que yo tenía que sujetar la moto y acompañarla por la rampa mientras él se limitaba a gobernar la tracción del cable. La Yamaha SR-250 no era una moto muy pesada, apenas 130 kilos en vacío, pero a cambio mi torpeza sí resultaba manifiesta y se me resbalaban las botas en la rampa grasienta, y se me escurría el manillar entre las manos sudorosas según subíamos a trompicones por aquel plano inclinado, y sospechaba que en cualquier momento la moto o yo, o ambos, nos íbamos a caer al suelo aparatosamente. Viéndome en problemas, el patrullero abandonaba su posición y acudía en mi auxilio un momento corrigiendo la dirección de la moto y apuntalándola desde el lado contrario al mío, pisa aquí, pisa allá, me decía, pero no había en donde pisar sin riesgo de resbalar o caer, porque la rampa era tan estrecha y deslizante que cualquier maniobra sobre ella se antojaba imposible. 



 




     En la vida me había visto en otra igual (pero como perseveré, con los años me vería en otras peores de semejante naturaleza, y además con motos de casi 300 kilos), y un sudor gélido empezó a bajarme por la espalda desde la nuca hasta los riñones, y en algún momento pensé que me iba a desmayar. Cuando al fin vencimos la inclinación de la rampa y alcanzamos el plano horizontal de la plataforma de la grúa arrastrados por el cable de acero, la situación no mejoró en absoluto, porque dicha plataforma, diseñada para llevar automóviles, tampoco era tal, sino que consistía sólo en dos largueros paralelos del mismo ancho de la rampa, y entre ambos se abría un inmenso hueco que mostraba algunas interioridades mecánicas de la transmisión del camión y oscuras parcelas de asfalto. El patrullero volvió en mi ayuda y continuamos hombro con hombro con las esforzadas maniobras para colocar la moto en la posición más segura -y acaso reglamentaria- para su transporte posterior. Hay que cruzarla y arrimarla a la cabina, me dijo, y yo debí devolverle una mirada de incredulidad absoluta al escuchar esto, porque añadió: no te preocupes, alguna vez he tenido que hacerlo con una Goldwing de 400 kilos, así es que con esta moto será coser y cantar.


     Se trataba, ni más ni menos, de arrastrar la moto hasta la cabina y luego atravesarla en sentido perpendicular a la marcha apoyando cada una de sus ruedas en uno de los largueros de la falsa plataforma antes de inmovilizarla con robustos tirantes de sujeción.  Los largueros de acero, impregnados de una resbaladiza pátina de grasa inmemorial que brillaba obscenamente bajo el primer sol de la tarde, no resultaban menos amenazantes que el oscuro hueco que se abría entre ellos y por donde yo temía caerme cada vez que hacía el menor movimiento siguiendo las precisas instrucciones del patrullero, pisa aquí, pisa allá, sin miedo, no sueltes la moto, sujeta de este lado, ahora del otro, suelta un momento, levanta de atrás, déjala caer, gira el manillar, que no se te escape, aguanta ahí, con cuidado, no te preocupes, ya la tengo, puedes soltar, falta muy poco… 



     Cuando volví a poner los dos pies en la tierra firme del arcén de la N-301 me encontraba tan exhausto y desmadejado que incluso me costaba respirar y se me nublaba la vista. Bebí más agua de la botella, ya ligeramente recalentada, y observé con la mirada perdida las últimas maniobras del patrullero afianzando la Yamaha sobre la grúa con unos fuertes tirantes de nylon. Luego, minutos u horas después, habría que bajarla de allí, y se haría obligado repetir a la inversa las extenuantes operaciones que acabábamos de ejecutar, y sólo de imaginarlo ya me invadía una angustia premonitoria y desconsoladora. Aquel día prometía ser interminable y pródigo en sufrimientos de todo tipo. Casi era mejor no pensar en ello.


     Nos vamos, socio, dijo aquel hombre sonriendo de nuevo, indudablemente satisfecho del resultado de su tarea. Subimos a la cabina de la grúa y el patrullero puso en marcha el motor y sintonizó una emisora de radio en el instante casual en que sonaban unas señales horarias, que ahora no recuerdo si anunciaban las dos o las tres de la tarde. Vaya, se ha echado encima la hora de comer, advirtió mi acompañante, y el almuerzo es sagrado. Volvemos a Quintanar y luego ya buscaremos con calma un sitio en donde puedan reparar el neumático, si no te importa. Asentí. En realidad no tenía otra alternativa y a los profesionales de la carretera había que dejarles hacer su trabajo libre de interferencias e imposiciones impertinentes. Resultó un tanto expuesto cambiar de sentido en aquella recta de la N-301 en la que el tránsito crecía por momentos, pero con las debidas precauciones y unas atinadas vueltas de volante el vehículo de asistencia tomó nuevo rumbo hacia el oeste dándole la espalda al sol sin el menor contratiempo.



 



Nunca he creído en estas cosas, pero viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos en aquella jornada de Agosto, traicioné mis convicciones y caí en la debilidad de pensar que acaso fuese cierto que algunos seres de naturaleza sagrada, celestial o sobrenatural protegían nuestros pasos, velaban por nuestras vidas y ahuyentaban los peligros a los que nos exponíamos indefensos desde nuestra débil condición humana, y tal vez era San Valentín uno de ellos (bajo cuyo patrocinio onomástico operaba aquella grúa de auxilio en carretera), o preferiblemente con mejor atribución genérica San Cristóbal, patrón de los automovilistas, o quizá con mayor competencia geográfica Santa María de los Llanos, que daba nombre al pueblo en cuyas proximidades yo había sufrido mi particular percance y posterior penitencia (no demasiado lejos de allí se encontraba también la localidad de San Clemente), y bien podía ser que todas estas santidades bienhechoras -y muchas más que no hemos mencionado- multiplicaran sus oficios milagrosos para llegar hasta donde no podían alcanzar los abnegados esfuerzos terrenales de los hombres de la Dirección General de Tráfico que trabajaban en mangas de camisa en las salas de operaciones o los conductores de los servicios de asistencia en viaje que lo hacían con los guantes rotos en los arcenes de las carreteras.
 

      Hoy es un mal día para que te pase algo en cualquier sitio, me habló de nuevo el patrullero, desbaratando de golpe las reflexiones místicas en las que me había sumido durante unos instantes, un mal día para casi todo, y con este calor…. Alcé la vista y escruté la carretera a través del parabrisas del vehículo, que estaba cubierto de polvo y moteado de salpicaduras de insectos. Cruzábamos Mota del Cuervo y en la radio sonaba la canción del verano, de aquel lejano verano de 1989, pero ahora mismo no recuerdo qué canción era y tampoco me mueve tanto la curiosidad como para ponerme a buscarla. Tal vez si alguien me lee pueda hacerme ese favor, y si así sucede, vaya por adelantado desde aquí mi gratitud.

CONTINUARÁ


viernes, 6 de marzo de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Cuarta parte). Si todavía vives, ¿cómo podría encontrarte?








Si todavía vives, ¿cómo podría encontrarte, buen samaritano? Han transcurrido más de veinticinco años desde entonces. Desde Agosto de 1989 hasta Marzo de 2015, en el momento en que escribo la cuarta entrega de aquella odisea, se han sucedido sin interrupción exactamente veinticinco años y siete meses. Eso es mucho tiempo. Algo más de un cuarto de siglo. Una enormidad. Nuestras vidas apenas si se cruzaron azarosamente durante diez minutos, tal vez menos, en aquella recta terrible de la N-301. No recuerdo tu rostro, y es casi seguro que tú tampoco recuerdas el mío. No es que esto pudiera servir de mucho, después de veinticinco años, la verdad, cuando mi aspecto físico, y el tuyo, si todavía vives, habrán cambiado tanto inevitablemente. Tampoco recuerdo la matrícula del coche que conducías ese día, y nunca llegué a memorizarla, y es raro, porque siempre he sido infalible recordando matrículas. Claro es que en aquel momento me encontraba en estado de shock, y esto puede explicar mi desmemoria.  Sólo sé que tu vehículo llevaba placas de Madrid con dos letras de serie de una antigüedad imprecisa entre cuatro, cinco, seis años... o a saber. Lo que es tanto como no decir nada. Una probabilidad entre varios millones de poder encontrarte apelando a estas vaguedades. Ni la policía lo intentaría por este camino, y menos aún después de veinticinco años. Con estos indicios tan poco alentadores, es como si tú y tu automóvil nunca hubiérais existido.

Y sin embargo, si hubiera recordado con precisión tu número de matrícula, ahora podría buscarte, si es que todavía vives. Pero aunque no vivas, al menos podría llegar a conocer tu identidad, saber cómo te llamas, o cómo te llamaste, y tal vez con esa información encontrar a alguien que pudiera darme razón de ti, alguien a quien seguro referiste el testimonio de mi desventura de aquel día, y cómo salvé la vida, y lo que tú hiciste para ayudarme a que la salvara, que fue todo lo que podías hacer mientras esperabas un desenlace, y fue mucho, y por ello contraje contigo una deuda de gratitud intemporal que ahora, por extravagancias del destino, me incita a buscarte desde las líneas recónditas de este blog.




No eras una siniestra dama vestida de negro que caminaba por el arcén a mi encuentro, como había temido al principio, cuando sentí tu misteriosa presencia a mi espalda. Tampoco te bajaste de un furgón fúnebre, sino de un elegante Mercedes ya un tanto viajado, creo recordar, ¿o tal vez era un BMW? Vestías ropa de verano, una camiseta, un pantalón corto, sandalias o chancletas de playa, quizá, pero pese a esto tenías un porte adusto y distinguido, de hombre notable de buena posición social. O esa es la impresión que obtuve de aquel encuentro. El automóvil te delataba, pero también te delataron enseguida tu forma de caminar, tus ademanes, tu manera de hablar cuando me dirijiste las primeras palabras, que estaban afectadas de estupor y de espanto, que no era sino un reflejo del mismo estupor y espanto que sentía yo en ese momento, después de lo que acababa de suceder. Aquel lejano 12 de Agosto de 1989 yo tenía veintiséis años menos dos meses, y calculé a ojo que tú podrías tener unos diez o quince años más que yo, veinte, a lo sumo. O al menos eso es lo que supongo ahora. Por lo tanto, si mis apreciaciones fueron correctas entonces, y todavía vives, es probable que tengas una edad comprendida entre los sesenta y los setenta años. Con esa edad, si no ha mediado un trágico accidente o una enfermedad irreparable en tu biografía, es muy razonable suponerte vivo y lo bastante lúcido como para que aún recuerdes todo lo ocurrido aquel mediodía de Agosto de 1989 en el kilómetro 145 de la nacional 301, entre Mota del Cuervo y Santa María de los Llanos, provincia de Cuenca.

Y es que, como testigo avanzado de mi desventura que fuiste, estoy convencido de que nunca habrás podido olvidar aquellos hechos. También supuse entonces, y sigo suponiendo ahora, que habías salido de Madrid aquella mañana para emprender viaje hacia la costa aprovechando el puente festivo de las mil vírgenes de Agosto, como yo y otros tantos millones de compatriotas por las carreteras de todo el país. Seguramente te esperaba la familia en alguno de los muchos destinos mediterráneos de la nacional 301, y ellos fueron los primeros en escuchar tu testimonio de la epopeya de ese atribulado motorista al que socorriste en el arcén bajo el implacable sol del mediodía. Porque desde luego te detuviste a socorrerme, no cabe duda del noble altruismo de tu gesto, pero también lo hiciste para aliviar la insoportable angustia que te había producido el suceso, y porque no pudiste vencer la curiosidad y admiración casi reverencial que sentiste hacia ese hombre que acababa de escapar a un trágico final: acercarte a mí fue como acercarse a un resucitado, y quisiste comprobar si mi naturaleza seguía consistiendo en la misma carne mortal en la que consistía la tuya.

Y había algo de ansiedad, de excitación nerviosa y hasta de apresuramiento en tus pasos y en tus gestos mientras caminabas hacia mí por el arcén de la carretera y preguntabas sin cesar, ¿estás bien, estás bien?, y yo apenas si asentía en silencio y entonces tú añadías sin salir de tu asombro ¡ha sido increíble, increíble, no sabes lo que has hecho, no sabes lo que has hecho, nunca había visto una cosa igual! Y ya cuando me tuviste frente a frente y pudimos confrontar nuestras miradas comprendiste que yo no era un héroe, ni un personaje mitológico, ni un ser sobrenatural, sino un tipo vulgar y acojonado que ni siquiera podía articular palabra, porque tenía la boca seca y la lengua se me pegaba al paladar y temía que si intentaba hablar descubrieses el temblor de mi voz, y quería disimularlo y aparentar una entereza de la que carecía en ese momento, pero el hombre es una animal tan estúpido que incluso en su mayor desvalimiento es capaz de sentir pudor y vergüenza delante de otro hombre desconocido. Joder, macho, estás blanco como la cera -me hablaste coloquialmente-, pero no me extraña, ¿de verdad que te encuentras bien?, ¡ha sido increíble, increíble, y no te has caído, y no te has caído!

Tus palabras me devolvían la certeza implacable de que lo que acababa de ocurrirme había sido exactamente tan terrible como yo lo suponía, o incluso peor, por más que tratase de tranquilizarme, una vez que había salido ileso del percance, imaginando que tal vez la cosa no habría sido para tanto. ¿Necesitas algo, quieres que te lleve a algún sitio, puedo hacer algo por ti?, fue tu inmediato ofrecimiento, como buen samaritano que eras. Agua, te pedí con un hilo de voz, sin saber si mi angustiosa petición iba a poder ser atendida. ¿Agua? Claro que sí, llevo una botella de agua fresca en el coche.

Nos acercamos al coche, que se encontraba apenas cinco o seis metros por detrás de mi moto. Como he dicho antes, creo recordar que se trataba de un Mercedes ya con algunos años de antigüedad, aunque ahora mismo no estoy absolutamente seguro de esto. Me invitaste a sentarme en el asiento del copiloto, me diste un vaso de plástico y me animaste a beber todo el agua que quisiera, que en efecto estaba bastante fresca, tanto como el propio habitáculo del coche, pues viajabas con el aire acondicionado encendido, algo perfectamente comprensible en aquella tórrida jornada de Agosto. Bebí un par de vasos que tuvieron la virtud de acelerar mi proceso de resucitación y hacerme recuperar el habla, y tal vez hubiera bebido un tercero, y un cuarto y un quinto, pero no quise abusar de tu amabilidad y dejarte sin agua para el resto de tu viaje, que nunca me dijiste en donde concluía, seguramente porque nunca te lo pregunté. Volvimos a la moto y te expliqué que había sido un reventón del neumático trasero, pero tú ya lo sabías, lo habías visto y comprendido todo desde el principio: cuando vi lo que pasaba levanté el pie del acelerador para dejarte distancia y saqué el brazo por la ventanilla para avisar a los que venían por detrás para que no se acercasen hasta ver en qué quedaba la cosa. Has vuelto a nacer, ¿lo sabes?

Sí, lo sabía, o lo suponía, pero tu cercano testimonio, una vez más, me devolvía la certeza incontestable de que no me había matado de milagro. Y de que tu prodigiosa contribución, buen samaritano, había ayudado decisivamente a que me salvase, primero en la carretera mientras iba dando bandazos de un carril a otro, y luego en el arcén, cuando te detuviste a socorreme y a interesarte por mi estado. Hubo más testigos, me lo dijiste, pero sólo tú mostraste la necesaria humanidad y el altruismo que una víctima como yo podía demandar en esta situación. Ha sido increíble -repetías admirado-, jamás he visto una cosa igual y no creo que vuelva a verla. Tú no sabes lo que has hecho, no lo sabes, no puedes saberlo porque no te has visto. Es que ni te lo imaginas. ¡Y no te has caído, no, no te has caído! Tienes mucha experiencia montando en moto, ¿verdad? 



Te confesé que no la tenía. Aquella humilde Yamaha SR-250, apartada e inservible en el arcén con el neumático trasero reventado, era mi primera moto, y la había comprado sólo dieciséis meses antes. Toda mi experiencia motociclista se resumía en poco más de 10.000 kilómetros, los que había recorrido en esos meses, lo que te produjo cierta perplejidad. ¿Vas muy lejos? -preguntaste entonces, dando por hecho que repararían mi neumático y todavía sería capaz de alcanzar mi destino en aquella jornada, algo que yo ya había descartado por completo, porque me faltaban más de 300 kilómetros y prefería regresar a Madrid, si se daban las circunstancias favorables, y cubrir la mitad de esa distancia. Este viaje ya se ha jodido para siempre, te dije sin poder disimular mi amarga desilusión. Bueno, no te preocupes -respondiste-, habrá más viajes. No se te olvide que has vuelto a nacer. ¿Te llevo a algún sitio, llamo en el siguiente pueblo a una grúa, necesitas que haga algo por ti?

En 1989 no existían los teléfonos móviles. Si te quedabas tirado en la carretera dependías siempre de agentes externos para recibir ayuda. Casualmente había un poste de auxilio de la DGT en el mismo kilómetro 145 de la N-301, sentido Madrid. Creo recordar que estaba pintado de color rojo, o tal vez fuese naranja, o amarillo. Ya no estoy seguro de eso. Y entonces te despedí, buen samaritano, con un apretón de manos, y te vi montarte en tu coche y reanudar tu viaje, y perderte en el horizonte, y nunca más volví a tener razón de tu existencia. Fuiste solidario en mi infortunio, y por eso hoy, veinticinco años más tarde (casi veintiséis), cuando estoy escribiendo esta historia, en algunos momentos con un nudo en la garganta, me gustaría encontrarte. ¿Y sabes una cosa? Tengo el presentimiento de que vives y de que voy a volver a encontrarte o al menos a tener noticias tuyas. Me lo dice el corazón, que no dejó de latir aquel día.







martes, 10 de febrero de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Tercera parte). No era una siniestra dama vestida de negro.




LEER SEGUNDA PARTE


¿Está determinada nuestra suerte en alguna parte y estamos predestinados a su estricto cumplimiento en los términos precisos en los que nos ha sido prescrita? O por el contrario, ¿existe realmente el libre albedrío y podemos intervenir, positiva o negativamente, en los diferentes episodios de nuestra biografía sin que estos nos vengan impuestos por instancias desconocidas y acaso de procedencia sobrenatural? Pero en cualquier caso, ¿tiene algún sentido o significado el hecho de que hoy estés vivo todavía, y un día concreto de hace veinticinco años hubieras tenido noventa y nueve probabilidades sobre cien de morir, para salvarte finalmente en el último momento, contra todo pronóstico y evidencia?

Mientras la moto seguía derrapando de un carril a otro de la carretera en aquella recta interminable de la N-301, comprendí que resultaba demasiado verosímil el hecho de que iba a morir con veintiséis años en aquel accidente de tráfico. Todos los ingredientes sustanciales de las tragedias, aunque ninguna tragedia necesitase de ellos para consumarse, se daban cita en ese instante: un joven que se mataba en moto un día de verano mientras bajaba a la playa a ver a su familia, dejando una novia que no había querido acompañarle en el viaje, y un trabajo estable y bien remunerado. Tenía toda la vida por delante, frase tópica, típica y engañosa donde las haya, porque toda la vida que tienes por delante es sólo el espacio de tiempo comprendido entre tu nacimiento y tu defunción, así vivas un año, o un siglo, y nada impide que puedas morir en cualquier momento sin que se hayan cumplido todas o alguna de tus expectativas, cualesquiera que sean. Pero esta tragedia ya había sido representada muchas veces en la carretera, con diferentes e involuntarios actores secundarios y con malogrados protagonistas estelares, y se iba a seguir representando por los siglos de los siglos sin que se alterase por ello lo más mínimo el inmutable orden del mundo.

Y esta vez era yo el desdichado protagonista, ya lo había asumido con inevitable resignación, pero sobre todo me resultaba insoportablemente verosímil el realismo brutal de mi tragedia y el fatalismo que llevaba implícita por los agentes externos que intervenían en ella accidentalmente y que, sin embargo, eran los que podían precipitarla a su temible desenlace. El pánico no me había paralizado por completo, no al menos hasta el punto de hacerme perder el equilibrio sobre la moto desbocada, que seguía haciendo eses en la carretera obligando a los vehículos que venían de frente a apartarse al arcén para no arrollarme, porque el diablo y Dios, suponiendo que uno de ellos, o ambos, existieran, seguían jugando conmigo a los dados en la N-301, y el primero me arrojaba violentamente al carril contrario a escasos metros de los camiones y autobuses que se acercaban, y el segundo me devolvía en volandas al carril derecho con proporcionada violencia escasos segundos antes de producirse la colisión fatal, quizá porque en algún sitio estaba escrito que yo tenía que seguir viviendo, quizá porque alguien había decidido que no merecía morir obscenamente aquel día tórrido de Agosto en mitad de La Mancha entre viñedos y campos de labor. 




La Yamaha SR-250, esa humilde moto de mensajero que no estaba diseñada para explorar el país más allá del perímetro de sus ciudades, seguía perdiendo velocidad gradualmente sin cesar en su errática trayectoria de un lado a otro de la carretera con un brusco pero rítmico balanceo que parecía medido con precisión casi absoluta, ni un metro de más, ni un metro de menos, del carril derecho al carril izquierdo, y vuelta a empezar, sin osar siquiera invadir los arcenes o salirse de la calzada, algo que yo andaba buscando a la desesperada ante el riesgo terrible de empotrarme contra un camión, o un autobús, e incluso algún turismo, pues varios de estos vehículos los tuve tan cerca que pude observar sin dificultad los gestos de espanto o de indignación de sus conductores mientras se arrimaban al arcén para esquivarme. Y como no podía ser de otro modo, cayó sobre mí una furiosa amonestación de bocinazos y de ráfagas luminosas que llegaron a parecerme tan deslumbrantes como el mismo sol de aquel aciago mediodía de Agosto. Esto me consternó profundamente, porque significaba que aquellos involuntarios actores secundarios de mi tragedia no sólo eran incapaces de comprender o interpretar correctamente lo que me estaba sucediendo, sino que además me consideraban culpable de ello, o aún peor, me tomaban incluso por un motorista suicida y enajenado que se divertía jugando a la ruleta rusa con su propia vida y con las vidas de terceros.   

Pero una vez que había asumido que iba a morir irremediablemente de un momento a otro, lo que se me antojó intolerable y obsceno fue que iba a hacerlo en público, delante de decenas de viajeros con los que me cruzaba en la carretera, pero también en presencia de quienes seguramente circulaban por detrás de mí,  como espectadores aventajados del drama, y de quienes suponía, porque no podía verlos, que habrían levantado el pie de los aceleradores de sus vehículos para dejarme distancia de seguridad y protegerse de cualquier entrometimiento en mi peripecia, a la espera de su desenlace, ya fuese con una caída y posterior arrastrón por la calzada, ya fuese con una salida de la vía, ya fuese con una colisión frontal con otro vehículo o contra alguno de los afilados guardarraíles de acero que delimitaban ambos carriles de la nacional 301 en aquel paraje manchego. Morir en público, desprovisto de toda intimidad, a la vista de aquellos desconocidos que probablemente observaban impotentes mi errática trayectoria con un nudo en la garganta y un golpe de ansiedad en sus corazones, me pareció el final más indigno e ignominioso al que podía enfrentarse un individuo. Tan extraño y repentino pudor, que ya era como la confirmación inapelable de la desnudez del alma -suponiendo que ésta existiese- me hizo comprender que el final se acercaba. 

Con el neumático trasero reventado, la moto parecía deslizarse a trompicones, no a través de una suave carretera asfaltada, sino a lo largo de una abrupta superficie nudosa formada por sogas marineras, gruesas redes y aparejos de pesca, tal y como eran frecuentes de ver estos útiles secándose al sol en los muelles de los puertos. La velocidad de la Yamaha seguía disminuyendo lentamente y su trayectoria se iba volviendo más cerrada por momentos, lo que me hizo concebir por primera vez esperanzas de salvación. Pero a menor velocidad, el baile trasero era todavía más atropellado y trepidante, y ya podía percibir con precisión cómo la cubierta, la cámara y la llanta se iban enredando y superponiendo unas sobre otras en diferentes capas alternas y rotativas que al posarse sobre el asfalto transmitían una desalentadora sensación de tren descarrilado. Sin embargo, y aunque no había descartado en absoluto una caída inminente, por lo menos la moto había regresado al carril derecho y ya no volvía a aventurarse en el izquierdo, lo cual mejoraba notablemente mis expectativas.  Ahora ya no debía angustiarme con los vehículos que venían de frente y podía concentrarme exclusivamente en seguir manteniendo el equilibrio a  sangre fría practicando instintivamente la técnica del contramanillar (lo que en un automóvil equivaldría al contravolante, es decir, mover la dirección en sentido inverso a la trayectoria del vehículo para corregirla), situando el peso del cuerpo más adelantado para liberar el tren trasero y cargando mayor fuerza de brazos sobre la dirección, pues sólo a ella me podía encomendar para contrarrestar la deriva trasera (por este motivo, un reventón del neumático delantero habría supuesto la pérdida de equilibrio inmediata). Desde luego era la ejecución de todas estas maniobras consecuencia del instinto o del sentido del equilibrio, que en este caso viene a ser lo mismo, más que resultado de decisiones conscientes racionalmente aplicadas. Y es que cuando la amenaza inmediata del peligro extremo y la aparición consiguiente del pánico nos anulan toda posibilidad de raciocinio, ya sólo nos queda la salvaguarda del instinto y el recurso de nuestras capacidades evolutivas. Y apelar a la suerte, eso por descontado.



Tuve suerte, y mucha. Quizá exactamente toda la que necesitaba para sobrevivir. Lo pensé entonces, y lo sigo pensando ahora, veinticinco años después. Conseguí llevar la moto al arcén y detenerme. Muy cerca estaba la placa del kilómetro 145 de la N-301. Todavía en el último instante, ya casi parado, estuve a punto de caerme. Me bajé de la moto mareado y temblando de miedo. Estrés postraumático, imagino. No sentía las piernas, ni los brazos, pues había perdido por completo el tono muscular en las extremidades. El corazón me golpeaba furiosamente dentro del pecho y sudaba a mares, pero era un sudor helado y escalofriante, un sudor de muerto vuelto a la vida, quiero creer, suponiendo que los muertos vuelvan a la vida y sean capaces de producir algún tipo de sudoración. En aquella recta manchega abrasada por el sol del mediodía de Agosto la temperatura rondaba los 35 grados centígrados, pero yo estaba tiritando de frío como si me hallase desnudo en invierno en mitad de una llanura siberiana. Tenía la vista nublada y cierta desorientación temporal, lo que unido a los síntomas anteriores ya descritos me asemejaba bastante a un astronauta que acabase de regresar a la Tierra desde el espacio exterior. 




Había cesado por completo el tránsito en la carretera y el silencio era sobrecogedor. Parecía que se hubiera detenido el tiempo, el mundo, la realidad. Yo quizá me había salvado, pero todo a mi alrededor acababa de extinguirse. O acaso es que no me había salvado y me encontraba en una nueva dimensión desconocida. En otro mundo, pero con la apariencia del mundo que acababa de abandonar. Y entonces escuché a mi espalda el sonido del motor de un automóvil que se detenía unos pocos metros detrás de mí. El motor se apagó enseguida y a continuación sonó el crujido enérgico del freno de mano y el ruido de una puerta que se abría y se cerraba con un rumor suave. Alguien se acababa de bajar del vehículo y venía hacia mí, pero no me atreví a volverme para mirar. Absolutamente paralizado por el terror, imaginé que era un coche fúnebre lo que me aguardaba y una siniestra dama vestida de negro y calzada con zapatos de alto tacón de aguja la que caminaba a mi encuentro para llevarme con ella. La atracción fatal del erotismo y de la muerte convocados en aquella recta luminosa de la N-301 un mediodía cualquiera de Agosto. Eros y Tanatos. Pero los pasos que sonaban a mi espalda eran blandos y firmes sobre el asfalto del arcén, y no se correspondían con el taconeo trabajoso y un tanto desarticulado que yo había imaginado en mi precipitada fantasía.

Y entonces, venciendo el pánico que me paralizaba, me volví lentamente acuciado por la curiosidad: no era una siniestra dama vestida de negro quien venía a mi encuentro.










    

lunes, 5 de enero de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Segunda parte). Dios y el diablo jugando a los dados en la carretera.






De improviso, la moto sufrió una sacudida trasera, violenta y seca como un trallazo, comenzó a derrapar sin control, y en consecuencia, perdió su trayectoria rectilínea paralela a la del Simca 1200 objeto del adelantamiento. Y entonces, una extraña y poderosa fuerza de succión empezó a atraer la moto hacia el coche como si se hubiese generado un formidable campo magnético entre ambos vehículos. Sujeté con energía el manillar tratando de buscar una escapatoria que evitase la colisión lateral, y fue en ese momento cuando comprobé aterrado que acababa de perder cualquier posibilidad de intervenir en mi destino, ya fuese para bien, ya fuese para mal. Ahora mi suerte estaba ligada irremediablemente a unas leyes mecánicas y físicas ante las que, en mi humano desvalimiento, no podía oponer resistencia ni defensa alguna. Durante unas décimas de segundo pude ver todavía la mirada estupefacta del conductor del Simca, y sus brazos agarrotados sobre el volante con esa tensión propia de quienes enfrentan un peligro sabiendo que cuentan con escasas probabilidades de salir indemnes de él. Y es que, si no se alteraba la trayectoria de la moto en el último instante, el impacto era inevitable.


 


Sin embargo, lo que sucedió fue otra cosa,  y no menos providencial, y es que la Yamaha perdió ligeramente velocidad, no demasiada, pero sí al menos la suficiente como para que el coche pudiera rebasarme mientras yo me quedaba a solas tratando de gobernar una máquina ingobernable que me llevaba sin remisión al desastre.
 
Una larga recta despejada de la N-301 era cuanto tenía ante mí en aquel delicado trance. He pisado una mancha de aceite, fue lo primero que pensé cuando recuperé mis capacidades cognitivas después del shock inicial. Pero había recorrido ya varias decenas de metros con la moto dando bandazos en la carretera fuera de todo control y mi situación empeoraba con cada segundo transcurrido. No podía tratarse de una mancha de aceite tan extensa. En cambio, lo que había sucedido, para mi desgracia -y fui consciente de ello a continuación- es que acababa de reventar el neumático trasero a más de 100 km/h. mientras estaba adelantando al Simca 1200.


Como llevaba apenas dieciséis meses montando en moto y tenía por tanto sólo unos pocos miles de kilómetros de experiencia, las probabilidades de matarme en la carretera en cuanto surgiese un contratiempo lo bastante propicio para ello eran mucho más elevadas en mi caso que en el de un motorista bien bregado y curtido en los riesgos del gremio. Tenía casi veintiséis años y en la vida me había visto en otra igual. Era esa edad difusa y fronteriza entre el fracaso y la gloria en la que muchas jóvenes promesas o celebridades ya casi consagradas del rock, el cine o el deporte se malograban para siempre porque morían accidentadas o se mataban por su propia mano para dejar un legado póstumo de leyenda y mitología. Pero yo era sólo un anónimo ciudadano español, semejante a otros miles de compatriotas desconocidos que iban a perder la vida en la nacional 301 y en el resto de las carreteras del país aquel año de 1989. Salvo para familiares, amigos y conocidos, por todo legado para la posteridad yo iba a dejar sólo un montón de hierros retorcidos y algunos jirones abrasados de ropa y de piel sobre el asfalto ardiente de la 301. Y después sólo sería un número, un dato, una estadística. O todo lo más, un macabro recuerdo más o menos indeleble en la memoria de los circunstanciales testigos de mi tragedia, porque sabía que quienes habían contemplado alguna vez de cerca un accidente de tráfico con víctimas mortales tardaban mucho tiempo en olvidarlo, o acaso no eran capaces de olvidarlo nunca. 






Era un día obsceno para morir. El primero del puente festivo de las mil vírgenes de Agosto en España, cuando tanta gente se quedaba por el camino. Cuando tanta gente se marchaba al campo, o a la playa, y nunca llegaba a su destino, o nunca regresaba de vuelta a su punto de partida, y los cementerios municipales se iban llenando de difuntos, y los cementerios de automóviles se iban llenando de chatarra. Según información adjunta del diario ABC con fecha del 16 de Agosto de 1989, en aquel largo puente festivo de hace veinticinco años murieron en las carreteras españolas 106 personas, de las cuales 25 lo hicieron el mismo día en el que yo estuve a punto de convertirme también en un número, en un dato, o en una estadística de la crónica negra del tráfico. Y por desgracia es también muy probable que algún infortunado de aquel largo centenar de víctimas mortales perdiera la vida en la propia N-301 (Madrid-Cartagena), una de las carreteras más transitadas que llevaba -y sigue llevando- del interior a la costa.


Pero el lugar tampoco dignificaba mi propia muerte. Bajo aquella cegadora luz estival del mediodía y en el vasto escenario de esa inmensa recta manchega flanqueada de viñedos y de campos de labor, un paisaje vulgar y visualmente monótono todavía a centenares de kilómetros del mar, perder la vida por el reventón de un neumático en una humilde moto urbana de veinte caballos resultaba particularmente insultante y mezquino en mi precipitada biografía. Una existencia tan breve como la mía merecía un desenlace más elegante y épico en un escenario más hermoso o tal vez más exótico. Pero estas cosas no podían elegirse. El cómo, el cuándo y el dónde escapaban completamente a nuestro deseo y a nuestra voluntad.



Como escapó completamente a mi deseo y a mi voluntad lo que sucedió a continuación durante más de un minuto y cerca de un kilómetro de recorrido. O tal vez puede que fuese durante más tiempo y mayor distancia. Imposible saberlo ahora. Con el neumático trasero reventado, la Yamaha empezó a comportarse como los caballos salvajes de los rodeos americanos, esos animales absolutamente demoníacos que son cabalgados por intrépidos cowboys cuyo mérito y destreza consisten no tanto en amansar a la fiera como en evitar ser derribados. Sin embargo, y aunque las sensaciones fueran acaso semejantes, a diferencia de los jinetes americanos que ejecutaban sus grotescas cabriolas en la confortable seguridad de los recintos cerrados de los ranchos y pistas de los circos, yo las estaba ejecutando en una carretera general española abierta al tráfico y lanzado a toda velocidad a bordo de una máquina suicida que no iba a detenerse hasta caer al suelo, salirse de la calzada o estrellarse contra cualquier obstáculo, estático o móvil, que se interpusiera en su camino. Por puro instinto comprendí enseguida que no podía hacer mucho más que cerrar el puño del acelerador, aferrarme firmemente al manillar, mantener el equilibrio y esperar que la suerte volviera de mi lado. Ni siquiera intenté bajar marchas para aprovechar la retención del motor, porque toda mi concentración en esos momentos estaba dedicada a evitar la caída y no podía tampoco mover los pies un milímetro de los estribos para buscar el pedal del cambio. Una lectura instántanea de la grave situación ante la que me encontraba me hizo entender en el acto que no debía tocar los frenos por nada del mundo (ambos de tambor en esta moto), pues eso hubiera supuesto el desastre inmediato. A 100 km/h. un vehículo recorre casi 28 metros por segundo y necesita, en condiciones óptimas, por lo menos 127 metros para detenerse totalmente, pero con un neumático reventado estas cifras pierden todo su significado práctico y el comportamiento del vehículo se vuelve completamente imprevisible.

Durante un tiempo que se me antojó una eternidad, la moto continuó derrapando de lado a lado de la carretera invadiendo incluso el carril contrario en un errática trayectoria de barrido en zig-zag, impulsada por unas violentas inercias de fuerzas y masas incontrolables. Con el acelerador cerrado y la dispersión de la trayectoria, la Yamaha iba perdiendo velocidad e impulso, aunque muy lentamente, como lo haría el péndulo de un reloj que parece que nunca va a detenerse por completo. Pero la pérdida de velocidad no sólo no mejoraba la situación, sino que la volvía más crítica, si cabe, porque a las violentas inercias anteriores se sumaban ahora unas intensas trepidaciones que alteraban nuevamente la trayectoria en zig-zag de manera mucho más peligrosa: la moto permanecía durante más tiempo en el carril izquierdo de la carretera antes de regresar al derecho, y venían vehículos de frente, y la mayoría de estos vehículos eran camiones y autobuses que me avisaban con nerviosas ráfagas para que me apartase. Seguramente sus conductores no podían dar crédito a lo que estaban viendo. ¿Qué hace ese motorista loco de lado a lado de la carretera? ¿Está jugando a la ruleta rusa?


 
Exactamente era eso lo que estaba haciendo, jugar a la ruleta rusa, en contra de mi voluntad, porque yo ya no era dueño de mi destino, que desde hacía un momento había quedado por entero en manos de las leyes de la física o de la casuística de los milagros, suponiendo que éstos existieran. Y entonces mudé del terror al pánico, que como es bien sabido puede producir la parálisis completa del individuo o bien su predisposición a la huida, es decir, a la estampida. Pero en mi situación la huida no era posible (no digamos ya la estampida), y la parálisis completa me conducía a una muerte segura, porque si me abandonaba con resignación al desenlace anunciado, de un momento a otro iba a terminar bajo las ruedas de un camión o de un autobús. Probablemente moriría de un modo u otro, hiciese lo que hiciese, y poco o nada podía hacer, pero tenía que intentar por lo menos evitar la colisión frontal con otro vehículo -cualquier cosa, por mala que sea, es preferible a esto-, de modo que ahora se trataba de soltar la moto y forzar la caída cuando me encontrase por ventura en el carril derecho, aún a riesgo de romperme el alma contra el cortante guardarraíl de acero de afilados perfiles, aún a riesgo de que la moto se me viniera encima y me partiese la columna vertebral y me condenase para siempre a una silla de ruedas, aún a riesgo de rodar por el asfalto como un muñeco de trapo y acabar arrollado igualmente por otro vehículo.


Estos, y otros muchos de semejante naturaleza, fueron mis negros pensamientos durante aquellos instantes de pánico insuperable en los que me vi morir a cámara lenta, porque ni se consumaba la tragedia ni se obraba mi salvación, porque todo sucedía a velocidad de vértigo pero al mismo tiempo con una demorada cadencia de una crueldad infinita que dejaba todavía abierta la posibilidad de cualquier desenlace. Dios y el diablo se estaban jugando a los dados mi porvenir en aquel tablero maldito de la nacional 301.