lunes, 11 de marzo de 2013

LAS VIDAS ROTAS DE LA CARRETERA. (I) Accidentes de tráfico en España. Década de 1920.



     El mundo estaba poco preparado para la llegada del automóvil, a principios del siglo XX, y su posterior expansión en las décadas siguientes. Sin duda fue el invento más revolucionario y transformador que se hubiera concebido nunca, mucho más de lo que supuso la invención de la máquina de vapor dos siglos antes y que traería como consecuencia inmediata la revolución industrial y el progreso acelerado de la humanidad, anclada hasta entonces en valores y usos casi medievales que habían lastrado su evolución social e histórica. Pero España, a comienzos de la centuria del XX, estaba aún menos preparada que la mayoría de los países occidentales desarrollados para la aceptación del automóvil como elemento de transformación económica, social y cultural. Su ancestral atraso no era secular, sino milenario, en todos los órdenes nacionales, como milenarias eran la mejores vías de comunicación que aún poseía, siquiera en ruinas, las calzadas romanas, pues las restantes que formaban parte de la red viaria eran por lo menos de origen medieval, y aquellas otras que habían empezado a ser objeto de construcción y mejora a partir del siglo XVIII apenas si habían conseguido modernizar un país que se resistía ferozmente a cambiar sus viejos corsés y la atrasada mentalidad que le caracterizaba. El que inventen otros unamuniano sería pronunciado algo más tarde, pero ya describía a la perfección la idiosincrasia nacional española desde sus orígenes más remotos, y nos presentaba ante el mundo como un pueblo poco menos que troglodita y reacio a cualquier acercamiento a toda forma de conocimiento, sabiduría e innovación. Visto lo cual, desde luego era mejor que inventasen otros, porque los españoles bastante tenían con entretenerse en sus supersticciones heredadas de marcado carácter religioso y con no morirse de hambre, cosa esta última que habitualmente ni siquiera conseguían. Y fueron otros, por supuesto, quienes inventaron el automóvil y quienes lo trajeron a España bien temprano. En el año 1900 se matriculó el primer automóvil nacional, en Palma de Mallorca, y a partir de 1906 la matriculación reglamentada y sistemática se extendería a todas las provincias del país.


     Los orígenes de la automoción en España no fueron fáciles y se encontraron habitualmente con el rechazo generalizado de la población hacia los automóviles, tanto del pueblo llano y mayormente analfabeto, como de muchos de los intelectuales y eminencias de la época, uno de los cuales llegaría a afirmar con aplomo que el invento del automóvil no tenía ningún futuro, salvo efímeramente como entretenimiento deportivo y máquina diabólica para pasatiempo de algunos excéntricos acaudalados, pero en ningún caso como medio de transporte. Visionario no era este individuo, eso por descontado. Los primeros automóviles que circularon por España recién iniciado el siglo XX suscitaron más rechazo y odio que admiración, y en esto coincidían tanto las clases populares como la más reputadas autoridades culturales, como se ha dicho, pues tanto unos como otros sólo veían en estos incipientes vehículos a motor unos artefactos ruidosos, grasientos y humeantes que se desplazaban a velocidades disparatadas levantando tremendas polvaredas y espantando animales y personas por donde quiera que circulasen. Y la animadversión era tal, que en muchos lugares las gentes les arrojaban piedras a su paso. Culturalmente nuestro país no estaba preparado para aceptar otro medio de transporte terrestre -con la salvedad del ferrocarril, que dos siglos antes había producido el mismo rechazo- que no fuese el de tracción de sangre, es decir, las caballerías. Pero tampoco el país disponía de las infraestructuras adecuadas para la circulación de vehículos con motor de explosión, lo cual evidenciaba aún más su intrusismo y su carácter extemporáneo.

     Pero el progreso era imparable, y a finales de 1919 ya se habían matriculado en España 20.000 vehículos automóviles, entre turismos, camiones, autobuses y motocicletas, y sería a partir de 1920 cuando el parque móvil nacional se multiplicaría por doce, sobrepasándose el cuarto de millón de matriculaciones totales a finales de 1929. Y como consecuencia de ello, en esta década se incrementó severamente el problema de los accidentes de tráfico, que hasta entonces sólo había sido un fenómeno aislado y de escasa relevancia social. Pero a partir de aquí, la cifra de muertos y heridos en calles y carreteras españolas como consecuencia de los percances circulatorios empezó a aumentar en la misma proporción que crecía el parque móvil, hasta el punto de que incluso los periódicos ya contaban con secciones fijas en sus páginas para informar diariamente de las víctimas que provocaban estos accidentes. No existían entonces estadísticas de tales siniestros, que se sepa, pero es de temer que el número total de accidentes y de víctimas sería, lamentablemente, mucho mayor que el reseñado por la prensa, que no disponía de la capacidad informativa necesaria como para hacerse eco de todos ellos.


     Por cuestiones técnicas hemos consultado solamente un periódico, la hemeroteca digital del diario ABC en todas sus ediciones, tanto la de Madrid como la de Sevilla y el suplemento Blanco y Negro, por tratarse de la de mejor manejo y accesibilidad de la información facilitada. Por otra parte, como este reportaje no pretende ser exhaustivo en absoluto en cuanto a los detalles del tema tratado, a título ilustrativo son más que suficientes las noticias de accidentes ofrecidas por el diario ABC, y cabe suponer que otros periódicos de la época reflejarían igualmente los mismos y otros sucesos con semejante rigor informativo, y por lo tanto no es necesario duplicar la documentación. Deliberadamente omitiremos los nombres de las víctimas en estas reseñas, sustituyéndolos por sus iniciales, pues las identidades de personas fallecidas o heridas en accidentes de tráfico hace casi noventa años no tienen la menor relevancia a los efectos de este reportaje. Tan sólo haremos una excepción con aquellas personas que fueron famosas o conocidas por algún motivo en aquellos años. Y comenzamos hoy con esta revista de prensa de la década de 1920, con la idea previa de seguir haciéndola extensiva en sucesivas entregas a las décadas posteriores del siglo XX, por lo menos, en todo caso, hasta la de los años 60 ó 70.  

 
     Así, el 13 de Julio de 1920, los lectores del ABC pudieron desayunarse con la noticia Muerto por un auto, según la cual un señor de Cartagena, de sesenta y cinco años de edad, fue arrollado por un automóvil en un camino. En el mismo automóvil fue conducido al hospital, en donde se le apreció conmoción cerebral y fractura del brazo derecho, que le sería amputado, falleciendo poco después. No se comprende que una fractura del brazo, sin otras lesiones añadidas, llevase a su amputación, pero no constan más detalles. Y a continuación Otro muerto por un auto, en este caso en Guadalajara, camino de la estación, en donde un automóvil guiado por un chico de dieciséis años atropelló y mató al obrero auxiliar de Obras Públicas S.T., de sesenta y nueve años. Lo que no se comprende aquí es cómo podía conducir impunemente un chaval de dieciséis años, menor de edad, por lo tanto. Y no menos chocante resulta un obrero auxiliar en activo con sesenta y nueve años, edad sobrada para jubilarse. Tampoco hay más detalles.

     El 24 de Agosto de 1924 se informa de que en la carretera de Chiva (Valencia), se espantó la caballería de un carro al paso de un automóvil, volcando aquél, y cogiendo debajo al matrimonio que ocupaba el vehículo. El hombre fue sacado muerto y la mujer trasladada moribunda al hospital provincial. Este tipo de accidentes era desgraciadamente muy frecuente en la época, cuando caballerías y automóviles compartían carreteras, caminos y vías urbanas en igualdad de condiciones y derechos, y no existía aún una reglamentación lo suficientemente precisa como para determinar unas pautas de seguridad, o de existir se incumplía sistemáticamente por ambas partes, tanto carreteros como automovilistas, enemigos irreconciliables en la circulación. Los vehículos de motor eran todavía escasos, ruidosos y humeantes, lo que provocaba a menudo el espanto de las caballerías, con consecuencias siempre imprevisibles.

El 22 de Febrero de 1925 la página de sucesos viene generosamente surtida de accidentes de tráfico en Madrid, aunque en este caso sin víctimas mortales. El autobús de la línea 77 saltó sobre un bache en la calle de San Bernardo, y la viajera J.M.S. salió despedida del vehículo produciéndose al caer lesiones de pronóstico reservado. Las ciudades españolas no eran más seguras que los caminos y carreteras. Pavimentos irregulares de adoquines, baches y autobuses descubiertos, sin puertas, o atestados de viajeros colgados de sus estribos fuera de la caja del vehículo, como también sucedía en los tranvías, provocaban numerosos accidentes, la mayoría de ellos fatales. En la calle de Torrijos sufrió igualmente heridas de pronóstico reservado, al apearse de un tranvía en marcha, el guardia civil de la Comandancia del Sur, M.B. Los automóviles M-15255 y M-6374 chocaron en el Paseo de Recoletos esquina a la calle de Olózaga, resultando heridos leves tres ocupantes de los vehículos. En la calle de Alcalá, frente al Palacio de Comunicaciones, fue atropellada I.E.P., de sesenta y dos años, residente en la calle Eloy Gonzalo 17, por el automóvil M-9847, que conducía M.V.G. La víctima sufrió lesiones graves, de las que fue atendida en la Casa de Socorro del distrito. En el Paseo de la Florida fue atropellado F.G.I., de cincuenta y cuatro años y domiciliado en la calle de Las Peñuelas 1, por la camioneta matrícula M-1020, conducida por A.G.G., que le produjo lesiones de pronóstico reservado. El automóvil M-15342, conducido por J.U.M. atropelló en la calle de la Puebla al soldado del Centro Electrotécnico P.C.C., que resultó con varias lesiones de pronóstico reservado. 

     Los atropellos eran también demasiado habituales en las grandes ciudades españolas, y la mayoría de las veces el culpable era el peatón, atolondrado, distraído, o simplemente temerario al cruzar las calles, hubiera o no semáforos, que se instalaron por aquellos años, al menos en Madrid. En muchas grabaciones cinematográficas de la época se puede observar cómo se mezclan en la calzada transeúntes y automóviles en peligrosas maniobras tratando de esquivarse mutuamente los unos a los otros como si de un juego se tratase. No existía entonces ni lo más parecido a una concienciación social ni individual del peligro que suponían los automóviles en la vida urbana cotidiana, y muchos viandantes caminaban o cruzaban las calles sin mirar, o sin dejar de leer el periódico, o se detenían en mitad de la calzada a saludar a un conocido, o a encender un cigarrillo, pero tampoco los conductores se mostraban muchas veces lo bastante hábiles, precavidos o diligentes guiando sus vehículos, unos vehículos inseguros e inestables, con precarios sistemas de frenado, iluminación y señales acústicas, lo que unido a su escasa experiencia como conductores en un país que había dado un salto enorme en poco tiempo desde el carro tirado por caballerías -todavía omnipresente- hasta la tracción mecánica, venía a componer un escenario circulatorio verdaderamente caótico y peligroso que se cobró miles de víctimas, como reflejaba la prensa.



     El 14 de Julio de 1925 se informa de otro accidente en la carretera de Piedrabuena a Ciudad Real, con el vuelco del automóvil M-13859, después de chocar contra un árbol. Los cinco ocupantes del vehículo, dos hombres y tres mujeres, resultaron con heridas de diverso pronóstico, siendo una de las tres mujeres lesionada de gravedad. Y otro accidente más a continuación, en las cercanías de Soria, con el vuelco del automóvil M-50331 (matrícula errónea en la información, porque dicha placa es posterior, de Octubre de 1934), resultando heridas de gravedad varias personas.    

     El 10 de Octubre de 1926 el diario publica una información del Gobierno Civil de Madrid en la que se reconoce que, aunque todas las competencias en materia de circulación corresponden al Ayuntamiento, dicho Gobierno Civil ha decidido tomar cartas en el asunto al tener conocimiento de los numerosos taxis que circulaban por la ciudad sin las oportunas licencias reglamentarias, tanto de los vehículos como de sus conductores, obligatorias para la prestación de este servicio público. Hecho extensivo también a otros muchos conductores particulares que circulaban sin estar en posesión del pertinente permiso de conducir, estimando ésta como una de las principales causas de los numerosos accidentes y atropellos que se producían a diario en las calles y carreteras de la capital de España y su extrarradio. Y como consecuencia obvia de todo ello se instaba a los agentes municipales a extremar su celo en la persecución y denuncia de los infractores, así como se planteaba también la conveniencia inmediata de limitar la velocidad de los automóviles por las calles céntricas.

     El 23 de Febrero de 1927 es el taxi matrícula M-16646 el que sufre un vuelco cerca de Valmojado (Toledo), cuando regresaba de Talavera a Madrid conducido por su propietario F.A., de treinta y dos años, acompañado por el chauffeur (sic) F.F, de treinta y cuatro. Por intentar evitar el atropello de un perro que se cruzó en la carretera, el conductor efectuó un brusco viraje que lanzó el coche a la cuneta dando vueltas de campana. Los ocupantes fueron extraídos de los bajos del vehículo por varias personas que acudieron al lugar del accidente y trasladados con urgencia a Valmojado, en donde el chauffeur falleció al poco tiempo como consecuencia de la fractura craneal sufrida. La otra víctima sufrió a su vez lesiones tan graves que también se temía por su vida. El vocablo francés chauffeur, muy empleado en la época y que posteriormente derivaría al castellano "chófer", designaba explícitamente a los profesionales de la conducción de automóviles, que no solían ser los propietarios de los vehículos, sino empleados a sueldo de los mismos. En los orígenes de la automoción española, y durante muchas décadas posteriores, los automóviles eran un artículo de lujo elitista sólo accesible para las clases pudientes (algunos profesionales liberales, empresarios, burgueses y aristócratas), que no necesariamente sabían o querían conducir sus propios vehículos, encomendándole esta tarea a los chóferes y mecánicos, personal asalariado de extracción popular, generalmente. Sin embargo, la atracción de la velocidad, la ostentación de riqueza y poder y el glamour erótico de los automóviles pondrían muy pronto al volante a buena parte de sus propietarios ociosos y acaudalados, ávidos de nuevas sensaciones y aventuras viajeras. Como refieren las crónicas monárquicas y los testimonios de personas particulares que vivieron aquella época, el propio rey Alfonso XIII, gran aficionado a los automóviles y que disponía siempre del último modelo de alta gama fabricado, como es fácil suponer (y a menudo de carácter deportivo), se dejaba ver con frecuencia por las calles de Madrid a los mandos de estas máquinas sin séquito, escoltas ni miembros de seguridad de ningún tipo. 


     Y seguimos en el día 23 de Febrero de 1927. En San Sebastián muere una niña de siete años, A.U., arrollada por el autobús del servicio de viajeros a Ventaberri. En Castellón, un automóvil que volvía de Valencia conducido por E.F.LL., frenó bruscamente ante un paso a nivel cuando pasaba el tren, dando una vuelta de campana, con el resultado de tres heridos graves. En Cartagena, un autobús que viajaba desde Alicante sufrió la rotura de la dirección y se salió de la carretera. El gerente de la sociedad concesionaria del servicio, que iba junto al conductor, se arrojó al exterior, siendo atropellado y sufriendo la fractura de la pierna izquierda. Los demás viajeros sólo sufrieron ligeras contusiones. La verdad es que hay que ser un tanto imprudente, o ignorante, para arrojarse desde un autobús en marcha por mucho que este estuviera saliéndose de la carretera o fuera a estrellarse. Y con respecto al siniestro anterior, mencionar que los pasos a nivel, la mayoría de ellos sin barreras, escasamente señalizados y sin empleados ferroviarios que los custodiasen, se cobraron innumerables víctimas mortales en aquellos años y en los sucesivos. El Circuito Nacional de Firmes Especiales, cuyo Patronato empezó a gestionar la mejora de las carreteras españolas en la década de los años veinte, suprimió algunos, pero la mayoría siguieron existiendo hasta los años 60 ó 70. En Jerez de la Frontera (Cádiz), ese mismo día, un auto del servicio público (sic) atropelló al niño M.G.J., causándole lesiones graves. 

     El 24 de Julio de 1928 la crónica de sucesos relacionados con el tráfico viene también repleta de malas noticias. En la carretera de Chamartín, un muchacho de dieciocho años, A.V.D.P., domiciliado en el Puente de Vallecas, se cayó de su bicicleta sufriendo lesiones de pronóstico reservado. La mujer de setenta y cuatro años, A.L.F., con domicilio en la calle de la Paloma 8, fue atropellada en la calle de la Ventosa por un carro conducido por F.D.M., de veintiún años de edad, siendo atendida de heridas de pronóstico reservado. En la Cuesta de las Perdices una motocicleta chocó contra el automóvil M-22891. Los dos ocupantes de la motocicleta, un hombre y una mujer, sufrieron heridas de pronóstico reservado. También con pronóstico reservado resultó herido E.S., de veinticinco años, vecino de Pueblo Nuevo, atropellado por el automóvil M-8209 en la carretera de Aragón. Mismo pronóstico para M.M.C., de cuarenta y nueve años, en este caso atropellado por el tranvía 477 en la calle Bailén, frente a la Almudena. Más atropellos, este en San Sebastián, siendo la víctima M.A.M., empleado en el Real Palacio de Miramar, y atropellado por un automóvil con matrícula de Navarra, resultando del mismo con heridas graves. Tres heridos graves en el choque de dos motocicletas, una de ellas con sidecar, sucedido en las afueras de Oviedo. La motocicleta con sidecar fue embestida por otra, que se dio a la fuga. Los tres heridos viajaban en la primera. Y en Tarragona, otro herido grave como consecuencia del vuelco en la cuneta de la camioneta que conducía J.C.S., que se fracturó el brazo derecho, aparte de otras lesiones mayores no citadas. Lamentablemente, esta crónica del 24 de Julio de 1928 se completa con varios fallecidos en distintos lugares del país. En Gijón, un autobús de la línea del Musel atropelló en el muelle de Oriente al niño de ocho años J.L.D.A., que iba montado en un triciclo. El cronista no nos ahorra esta vez los desagradables detalles del accidente, refiriendo que el autobús pasó por encima de la cabeza y el pecho del niño, matándole en el acto. También aporta el detalle de que la víctima era hijo de un chauffeur (sic) que se encontraba circunstancialmente en León prestando un servicio de turismo. En la carretera de Hospitalet a Barcelona falleció M.LL. atropellado por un camión, y también en Barcelona, en la carretera del Port, fueron atropelladas por un automóvil dos muchachas de veinte años, C.M. y E.C., siendo conducidas al dispensario del distrito, en donde poco después falleció la primera de ellas. 

      
     El 7 de Agosto de 1928 un automóvil chocó contra un tranvía en Gijón. El auto quedó destrozado y sus ocupantes salieron despedidos, pero resultaron ilesos. En Tarragona, el tren 1521 procedente de Barcelona arrolló en un paso a nivel a un automóvil, causando la muerte a tres personas. En Cáceres, un automóvil que se dirigía a Avila volcó por exceso de velocidad en el kilómetro 170 de la carretera de Salamanca, dando dos vueltas de campana, como consecuencia de las cuales sus tres ocupantes sufrieron graves heridas, falleciendo uno de ellos poco después. En Castellón, el obrero J.G.P. perdió la vida al salir despedido en una curva de la camioneta de la Junta de Obras del puerto en la que viajaba, que circulaba a gran velocidad.
     
     El 5 de Septiembre de 1928 se informa de un choque de tranvías en la Puerta del Sol de Madrid, con numerosos heridos de diversa consideración y un caos circulatorio generalizado, lo que obligó a cortar el tráfico en la zona. Una camioneta atropelló en la calle General Ricardos a M.O.H., de cincuenta y ocho años, causándole heridas graves y dándose a la fuga. En Colmenar Viejo (Madrid), el automóvil M-28485, conducido por B.L., atropelló a la mujer de sesenta y cinco años M.G.M., produciéndole graves lesiones. Y en la carretera de Arganda a Chinchón, también en Madrid, una camioneta con matrícula de Segovia volcó después de haber chocado contra un árbol, resultando heridos sus dos ocupantes. En la Glorieta de Atocha, en Madrid, el automóvil M-26452, conducido por E.R., atropelló a A.R.A., residente en la calle de Augusto Figueroa número 3, ocasionándole lesiones de pronóstico reservado. En Valencia, en el camino del Grao, chocó contra un árbol un automóvil, resultando heridos sus tres ocupantes. También en Valencia, en la carretera de Gandía, una camioneta conducida por una mujer (algo muy infrecuente en la época), E.M., atropelló al ciclista F.G., hiriéndole de gravedad. Otro ciclista de trece años atropellado en Valencia, en la carretera de Casa Campillo, por una camioneta conducida por J.M., causándole graves heridas en la cabeza. En Granada, A.M., conductor de tranvía, murió bajo las ruedas de su vehículo ferroviario al caer del mismo mientras se desplazaba a la jardinera que llevaba remolcada. En la carretera de Córdoba a Granada chocó con un carro un automóvil, con el resultado de un muerto y dos heridos. Y en Castellón, en la carretera de Tarragona, cerca de Alcalá de Xivert, un automóvil con matrícula de Granada volcó al salir de una curva, resultando heridas de distinta consideración tres personas.

     En el año 1929, la crónica de los accidentes de tráfico nacionales sufre un considerable incremento. Para no extendernos demasiado, los resumiremos. Un vuelco en Barcelona, en la carretera de Cornellá a Fogás de Tordera, con varios heridos graves. En la provincia de Córdoba, en el paso a nivel de la estación de Alcolea, carretera de Madrid a Cádiz, un automóvil chocó contra la barrera que estaba echada, resultando herido grave su conductor. Un ciclista de dieciocho años muerto en Valencia, en la carretera de Mogente, al chocar contra una camioneta. En Barcelona un automóvil atropella y hiere gravemente a un niño de seis años, dándose a la fuga. En la carretera de Madrid a La Coruña, en la provincia de Segovia, volcó un automóvil con matrícula de Madrid que circulaba a gran velocidad, con el resultado de un muerto y varios heridos graves. Otros dos muertos y cinco heridos graves en la provincia de Cuenca, cuando un automóvil con matrícula de Albacete saltó el pretil del puente sobre el río Mariana. En Barcelona, un muerto y dos heridos como consecuencia del choque de un automóvil contra un árbol, cuyo conductor iba ebrio. En Madrid, cerca de Barajas, carretera de Barcelona, el automóvil M-25041 se detuvo en la cuneta y fue arrollado por el M-7427, con el resultado de un muerto y varios heridos de distinta consideración. Otro ciclista herido grave en Madrid al ser arrollado por el vehículo M-31025. Una niña de nueve años muerta en Madrid al ser atropellada por el automóvil matrícula M-17905, y una familia completa atropellada, también en Madrid, por el M-14800, que causó heridas leves y de pronóstico reservado a varios miembros de la misma. En Jerez de la Frontera, el 7 de Mayo de 1929, sufrió un accidente de circulación la famosa cantante y actriz Pastora Imperio, cuando se dirigía desde Cádiz a Madrid, al chocar contra otro automóvil. Varios heridos leves, alguno grave, y otros de pronóstico reservado. El automóvil M-25422 sufrió la rotura de la dirección cuando circulaba por la Carrera de San Jerónimo de Madrid y se estrelló contra una columna del alumbrado, sufriendo heridas graves su conductor. Una mujer sufrió heridas graves en Madrid, carretera de Fuenlabrada, al ser atropellada por el automóvil M-31817, y un joven motorista de veintidós años chocó con su motocicleta M-34175 contra el automóvil M-15946 en el Paseo de la Castellana de la misma ciudad, sufriendo lesiones de pronóstico reservado. También con lesiones de pronóstico reservado otra persona de veintiún años atropellada en el Paseo del Prado madrileño por un camión militar. En Sevilla, un camión atropelló a un niño de cinco años, causándole graves heridas. Otra víctima fue recogida en estado de coma en Sevilla por el conductor de un tranvía, como consecuencia del atropello previo que había sufrido por un camión que se dio a la fuga. En la provincia de Tarragona un ciclista sufrió heridas graves al ser arrollado por un automóvil en el km. 369 de la carretera de Alcover. En Vigo, varias personas resultaron atropelladas por una camioneta, con varios heridos graves y otros de pronóstico reservado. En Madrid, un hombre sufrió heridas de pronóstico reservado al ser arrollado por un carro que se dio a la fuga. Igualmente con pronóstico reservado un guardia de tráfico atropellado por el automóvil M-11455 en la calle de Alcalá de Madrid, frente al ministerio del Ejército, y un niño de diez años atropellado por el camión M-33376 en la carretera de Andalucía, a la altura de Villaverde, con lesiones de pronóstico reservado. Y otro atropello en Barcelona, Prat de Llobregat, este con resultado de muerte, siendo la víctima un hombre de treinta años. En Tenerife, otro fallecido por pulmonía traumática y fractura de dos costillas al volcar un automóvil. Otro muerto y un herido leve en Navarra, en la carretera de Estella a Guipúzcoa, al perder la cubierta de una rueda delantera y volcar un automóvil.



     Más siniestros, ahora en la provincia de Guadalajara, en donde el automóvil M-27081 rompió los frenos y volcó en las proximidades de Talamanca del Jarama, con el resultado de varios heridos de carácter leve, reservado y grave. Y en el km. 7 de la carretera de Loeches a Morata de Tajuña, provincia de Madrid, volcó una camioneta propiedad de la Asociación de Vecinos de Arganda, sufriendo heridas graves un hombre de treinta años. También en la provincia de Madrid, y en este caso en la carretera de Aragón (y Barcelona), el automóvil M-7062 chocó contra un carro que se encontraba estacionado en la cuneta y se disponía a encender sus luces, resultando de este impacto dos heridos con pronóstico reservado. Dos muertos, un herido grave y otra persona ilesa en Valencia, en las proximidades de Requena, al chocar un automóvil contra un árbol. Dos niñas atropelladas en Madrid, una de nueve años víctima de un carro, de nuevo en la carretera de Aragón, al espantarse la caballería, sin que quedase constancia de sus heridas, y otra de seis años fallecida al intentar cruzar la carretera de La Coruña y ser alcanzada por el automóvil M-34534. Otro herido grave por atropello del vehículo TO-2169 en la calle Alberto Aguilera de Madrid, un anciano atropellado en Segorbe (Castellón), con fractura del fémur derecho y otras heridas, y una niña de cuatro años fallecida después de ser atropellada por el autobús de línea entre Ayerbe y Biel, en la provincia de Huesca. La crónica negra prosigue en San Sebastián, con dos heridos de consideración al chocar su automóvil contra un árbol, y otro herido grave de veinticuatro años al chocar su motocicleta contra un autobús. En El Molar (Madrid), km.43 de la carretera de Francia, vuelca el automóvil M-10717 por despiste de su conductor, resultando con heridas leves y graves varias personas. Cerca de Montoro (Córdoba) vuelca y se incendia un omnibús, si bien parece ser que este accidente sucedió nueve años atrás, sin que consten las víctimas, cuyas familias van a recibir ahora una idemnización oficial por parte de las autoridades de la provincia. 


     Para finalizar con la luctuosa nómina de vidas rotas en las carreteras españolas en la década de 1920, y concretamente en el año 1929, otro accidente con una víctima mortal y una mujer herida grave al precipitarse por un precipicio un automóvil en el puerto de la Carrasqueta, entre Alcoy y Jijona (Alicante). Un muerto y un herido con pronóstico reservado en la carretera de Extremadura, en las cercanías de Madrid, al romperse la rueda de una camioneta, y varios heridos de pronóstico reservado al volcar un automóvil en la carretera de San Martín de Valdeiglesias, provincia de Madrid. En esta misma provincia, y en las proximidades de Cuatro Vientos, carretera de Extremadura, muere atropellado un niño de nueve años por un automóvil que se dio a la fuga, aunque algunos testigos presenciales anotaron su matrícula, M-26766, y el Juzgado estaba practicando las diligencias oportunas. En Barcelona muere una niña de cuatro años y resultan con heridas muy graves tres personas más como consecuencia de un accidente producido en la carretera de Camprodón a Vich, cuando un automóvil deslumbrado por los faros de otro que circulaba en dirección contraria se precipitó a gran velocidad contra una tartana. En San Ildefonso (Segovia), se producen varios heridos al chocar un automóvil contra un autobús, y en Guipúzcoa, cerca de Rentería, un automóvil arrolló a una motocicleta con sidecar, resultando las tres personas que viajaban en la misma gravemente heridas.
 

viernes, 18 de enero de 2013

TÚ TIENES LA LLAVE (y III). EL TRACTOR ASESINO DE CAUDETE DE LAS FUENTES. Octubre de 1994.




   El hombre es el único animal que sabe que va a morir. Eso es al menos lo que afirman los etólogos, zoólogos y otros estudiosos y especialistas en seres vivos de toda condición, quienes conceden que, ciertamente, los animales superiores sí son conocedores de los riesgos y peligros que conlleva la superviviencia diaria, pero carecen de la conciencia y consciencia necesarias para comprender que su destino final es la muerte. Nosotros sí sabemos lo que nos espera, pero ese conocimiento cierto no nos hace necesariamente más prudentes. O no por lo menos todo lo prudentes que deberíamos ser en todas las ocasiones, y particularmente en aquellas que llevan aparejado un mayor riesgo, como puede ser un viaje por carretera. 

   A mediodía del 3 de Octubre de 1994 ya estamos otra vez de vuelta en la autopista camino de Valencia. Por una vez, y sin que sirva de precedente, hemos conseguido dormir profundamente un buen número de horas en Denia, y eso nos produce la extrañeza de las sensaciones infrecuentes, como tener el cuerpo descansado, la mente despejada y los reflejos en condiciones óptimas para conducir nuestras motos quinientos kilómetros de un tirón, si fuera preciso. Ya habíamos olvidado estas excelencias después de someternos a todo tipo de excesos en la carretera durante algún tiempo. La única contrariedad, por el momento, proviene del hecho de que no vamos a poder entretenernos ni un minuto en desayunar si queremos alcanzar Madrid antes del anochecer, y conducir con el estómago vacío (o demasiado lleno) sí que forma parte de nuestras experiencias consolidadas y poco saludables, es decir, la verdadera condición habitual de la mayoría de nuestros viajes.

   Claro que esto también tiene una ventaja, y es que si no hemos desayunado antes de partir, por lo menos nos daremos el gusto de parar a comer por el camino, aunque la parada sea breve y no haya lugar a una comida copiosa ni a la adecuada sobremesa posterior. Y tal vez sea esta la idea que va rumiando Aguirre por dentro del casco mientras devoramos kilómetros a buen ritmo en la autopista AP-7 con rumbo a Valencia. Si no nos apuramos, se nos va a echar encima esa hora delicada y fronteriza en la que te juegas a una sola carta el que te den de comer, o no, en los establecimientos de carretera, en cuyo caso ya sólo queda la opción paupérrima de un sandwich reseco y una lata de refresco abollada en las tiendas de las gasolineras. Pero ese plan está descartado, según nos comunica Aguirre a Julia y a mí cuando hacemos la tradicional parada para fumar y cambiar impresiones después de pagar el peaje de la autopista: hoy vamos a comer como Dios manda, y donde nos gusta. Hay que darse prisa, eso sí, así es que abreviaremos los cigarrillos y las conversaciones, y el propio Aguirre prescindirá esta vez de la rutina habitual de tirarse al suelo en este punto para verificar el nivel de aceite de su R-65, una moto muy derrochadora de lubricante.


 Aguirre verificando el nivel de aceite de la R-65 en el peaje de la AP-7 en Silla. Años 90.


   Poco más de una hora y cien kilómetros después, hacemos la parada clásica en San Antonio de Requena para comer en el mesón-jamonería El Faisán Dorado, hace tiempo desaparecido, un establecimiento sencillo a pie de carretera al que nosotros profesábamos cierta devoción en la época (aunque sólo llegamos a visitarlo dos o tres veces), cuando aún no existía la autovía y la N-III cruzaba frente a su puerta. Por aquel entonces todavía sobrevivían muchos restaurantes de carretera en la zona, siempre frecuentados por legiones de camioneros, viajantes, domingueros, veraneantes camino o de vuelta de la playa e incluso guardias civiles de Tráfico, pero curiosamente El Faisán Dorado acostumbraba a estar vacío, seguramente por el escaso espacio que había para aparcar en sus proximidades, o tal vez por lo discreto de su presencia, que le hacía pasar desapercibido en el fragor constante de la carretera nacional y ante el reclamo de mayor relumbrón de los locales de la competencia. Sin embargo, nosotros lo descubrimos por casualidad en un viaje de ida a la costa y nos sorprendió muy gratamente tanto por la calidad de la comida como por la amabilidad de los dueños y lo razonable de sus precios, así es que por lo menos en dos o tres ocasiones subimos las motos a la estrecha acera de la travesía de San Antonio y nos dejamos cautivar, sobre todo, por sus exquisitas chuletas a la brasa en horno de leña, aromatizadas por el humo de los sarmientos, una de esas sencillas pero entrañables sensaciones de la vida que, todavía casi veinte años después, recuerdo que me produjeron una felicidad más o menos intensa, pero por lo menos perdurable en la memoria.




   Desde luego se trataba de un local muy pequeño y modesto, con apenas media docena de mesas y una carta o menú del día muy limitados, pero en aquel contexto viajero de los años noventa nos gustaban este tipo de sitios discretos descubiertos al azar, eran como hallazgos propios de los que nos sentíamos tan orgullosos como si hubiésemos descubierto verdaderos templos de la gastronomía. Este hecho explica por sí solo el que pidiésemos una tarjeta del establecimiento la primera vez que lo visitamos, todavía conservada entre miles de recuerdos de aquellos viajes, pese a que el mesón debió de tener una vida muy efímera, arrastrado a una prematura desaparición, como tantos otros, con la construcción de la autovía y en consecuencia el abandono de la antigua N-III y de sus travesías de los pueblos. Tardamos algún tiempo, sin embargo, en rendirnos a esta evidencia, y como seguíamos viajando a menudo por la primitiva carretera de Madrid a Valencia, solíamos buscar el letrero del Faisán Dorado en las fachadas de las casas de San Antonio, según cruzábamos la población y en el punto en donde lo recordábamos ubicado, tal vez para detenernos a comer allí y recordar viejos tiempos en realidad muy recientes, pero ya nunca pudimos encontrarlo. Era como buscar un sitio fantasma que sólo hubiera sido producto de nuestros delirios. Mientras nosotros seguíamos anclados en nuestras rememoraciones y nostalgias de la ruta de Levante, el implacable progreso de la autovía, con todos sus males (y este era uno de ellos), nos había ganado la partida poniendo al descubierto nuestra ingenuidad y obsolescencia. Porque empezaba a resultar evidente que con el abandono de la N-III las cosas ya nunca volverían a ser como antes. La antigua nacional extinguida arrastraba consigo la mayor parte de los elementos que le habían sido consustanciales durante decenas de años, y así, uno tras otro y en un tiempo muy breve, iban desapareciendo los bares, los restaurantes, los hoteles, las gasolineras y los talleres de carretera. Y no sólo han desaparecido físicamente, sino que tampoco se encuentra la menor referencia actual a los nombres y ubicaciones de la mayoría de ellos. Es como si nunca hubieran existido. Buscando El Faisán Dorado por internet, descubro con sorpresa que la única prueba pública de su pasada existencia remite a este blog, en donde es citado en entradas anteriores relacionadas con el documental sobre la antigua N-III. Y también compruebo, en este caso visualizando las imágenes de Google Earth, que el inmueble que ocupaba aquel mesón-jamonería, aloja ahora otro establecimiento hostelero, como muestra la siguiente imágen. Las estrechas aceras del pasado han sido generosamente ampliadas en detrimento de la carretera sin tránsito.




   Comemos, pues, ya en una hora tardía aquel 3 de Octubre de 1994, unas deliciosas chuletas al sarmiento en el Faisán Dorado, entre otras viandas probables que no constan en las crónicas. Después de bastantes horas de ayuno forzoso, esas chuletas nos devuelven la fe y la confianza en nosotros mismos, que las vamos a necesitar algo más tarde cruzando Caudete de las Fuentes, cuando un tractor asesino con remolque decide atravesarse en mitad de la carretera sin previo aviso de ningún tipo para tomar un desvío a la izquierda, según queda escrito literalmente, esta vez sí, en dichas crónicas. Afortunadamente, para ser honestos y fieles a la verdad, tampoco se omite la circunstancia de que circulábamos por la travesía de Caudete a 100 km/h., estando entonces limitada la velocidad por casco urbano a 60 (actualmente 50 genéricos, o menos, en algunos casos), y la realidad es que casi todos los vehículos sobrepasaban con creces esos límites en aquella época en la que no proliferaban tanto los radares, ni la retirada de puntos del carnet de conducir, ni los abusivos importes de las multas con evidente afán recaudatorio que imperan en la actualidad. E incluso las penas de cárcel, ya en el colmo de los despropósitos. En 1994 el concepto de travesía urbana no existía como tal para los conductores, pues una carretera general que atravesaba decenas o centenares de pueblos en su recorrido nunca dejaba de ser eso, una carretera, independientemente de que su trazado incluyera transitar entre casas de núcleos de población cada pocos kilómetros. Cuando un viaje de 500 kilómetros por una carretera nacional española podía prolongarse durante seis o siete horas, con sus correspondientes atascos, retenciones, imposibilidad de adelantar (y el peligro de hacerlo cuando era posible, con vías de un solo carril por sentido), tráfico pesado y un largo etcétera de inconvenientes, cruzar un pueblo, o cientos de ellos, era un mero trámite anecdótico que había que superar cuanto antes, y encontrándose la travesía despejada, nadie iba a circular a 60. Es comprensible. En cada época impera una mentalidad, generalmente aceptada incluso por las autoridades.



    Todo sucede muy deprisa, inesperadamente, y casi sin tiempo para reaccionar nos encontramos involucrados en un problema muy grave. Probablemente todavía me estaba relamiendo de las chuletas recién ingeridas cuando compruebo que los escasos vehículos que me preceden, incluida la R-65 de Aguirre, empiezan a frenar a la desesperada y la distancia de seguridad decrece instantáneamente. Nos estamos echando unos encima de otros por culpa de ese tractor con remolque que, unos cientos de metros por delante, ha decidido incorporarse a la calzada desde la acera sin avisar, o lo que es aún peor, sin mirar. A 100 km/h. se recorren 28 metros por segundo, y es entonces cuando corroboras que el hombre es el único animal que sabe que va a morir, o por lo menos que es consciente de que se va a abrir la cabeza, o partirse una pierna, o la columna vertebral, y puede precisar el momento en el que esto va a suceder cuando ni sus reflejos ni los frenos del vehículo que conduce pueden responder con la celeridad que necesita para soslayar el peligro. Y en una moto, además, cualquier maniobra brusca y precipitada, como una frenada de emergencia, resulta sumamente comprometida, con el riesgo evidente de bloquear las ruedas e irse al suelo. Como queda escrito en las crónicas, en cuestión de sólo un segundo, veo que se me amontona el trabajo: cerrar gas, bajar marchas y frenar al mismo tiempo la moto cargada a tope, en apenas 30 metros, y por si ello no fuera posible tengo que escoger además si prefiero golpearme contra el tractor, una furgoneta que va detrás, o la Lavadora de Bóxer Manuel (R-65 de Aguirre), por delante de mí, y a la que estoy esperando ver en el suelo de un momento a otro.




   Por culpa del pánico (pisotón al pedal de freno trasero) he bloqueado un poco de atrás y la moto ha insinuado un breve latigazo hasta que he levantado el pie y me he aplicado a fondo con la maneta (freno delantero) apretando y soltando rítmicamente, con buenos resultados. Y mientras esto sucedía, el tramo final de la travesía de Caudete ha pasado ante mis ojos a cámara lenta, y un instante de apenas unos segundos se ha dilatado exageradamente en el tiempo, o al menos estas han sido mis percepciones del momento, y he llegado a maldecir nuestra imprudencia de circular tan deprisa por una travesía, y la imprudencia homicida del tractor, sobre todo, y mi propia incapacidad para conservar la sangre fría y no dejarme dominar por el pánico en una situación tan comprometida.




   Pero al final, sólo la suerte o tal vez un milagro, suponiendo que existan, ha evitado la colisión múltiple cuando yo ya había elegido chocar contra la trasera de la furgoneta Ford Transit, de chapa seguramente más blanda que la del remolque del tractor asesino. Aguirre, por su parte, como consta en las crónicas, se ha detenido a tiempo y con muchos apuros también, y nunca entenderé cómo ha podido hacerlo con un solo disco de freno delantero, un tambor trasero y algunos metros menos de distancia en la frenada, pero ahí estamos parados a dos dedos de la furgoneta y con el corazón al galope. Y el tractor asesino, por otra parte, una vez cometida con absoluta impunidad su fechoría, toma un desvío lateral a la izquierda sin inmutarse lo más mínimo ante los bocinazos furiosos de la furgoneta y nuestras propias imprecaciones, que incluyen gran despliegue gestual de brazos y manos alzadas al aire con algún dedo extendido.

   Nada más salir de Caudete de las Fuentes nos paramos en el arcén de la carretera para evaluar la situación y templar los nervios. Aguirre sostiene un cigarrillo con la mano temblorosa, Julia está inusualmente pálida por encima de su palidez habitual, y yo siento calambres en las piernas y apenas si me sale la voz de la garganta. Y no es para menos. Hemos estado a punto de tener un aparatoso accidente, seguramente no de consecuencias muy graves, pero sí lo bastante perturbador como para sufrir algunos daños físicos y mecánicos y comprometer la continuidad del viaje. Pero bueno, al menos por esta vez nos hemos salvado, ha sido sólo un aviso, un toque de atención, una invitación a la prudencia, y ahora es menester tranquilizarse antes de retomar el camino. 


  Travesía de Caudete de las Fuentes (Valencia). Imágen contemporánea de Google Earth.


   Continuamos viaje al cabo de largo rato, todavía con el miedo en el cuerpo, a velocidades muy moderadas, y recurriendo a las crónicas de la época de nuevo, a medida que nos vamos acercando a Madrid así se nos va acercando también un cansancio provisionalmente engañado con esas milagrosas horas de sueño reparador de la víspera, que parecían suficientes para que este viaje no se nos complicase demasiado, pero la crispación causada por una carretera siempre en obras como esta N-III, con sempiternas tareas de asfaltado, retenciones, sobresaltos, camiones y conductores suicidas, vuelve las cosas del revés, no te salen los promedios y cuando quieres darte cuenta ya estás luchando otra vez para que no se te haga de noche en la carretera, y esto sí que lo vamos a conseguir a costa de sacrificarlo en paradas (...) Unicamente a las puertas de Madrid nos detenemos para fumar un cigarro y despedirnos, y acaso también para insinuar que este puede haber sido el último viaje de 1994, cosa que ahora mismo nos parece incluso muy deseable. Pero estamos absolutamente equivocados.

   En la última gasolinera de esta ruta, a las mismas puertas de Madrid, entre escombreras y desmontes y ya con la silueta de los primeros edificios de la ciudad divisándose en el horizonte brumoso de la tarde de otoño, contemplamos una escena tan sorprendente, como anacrónica, como bíblica: un hombre vestido con un mono azul de faena viene caminando campo a través con un cordero recién parido echado sobre sus hombros. A su lado, avanza a trompicones también la oveja, exhausta y sanguinolenta después del parto. Llegan a la gasolinera y el hombre nos mira, y probablemente nos da educadamente las buenas tardes, y nos mira la oveja con sus pequeños ojos cargados de mansedumbre ovina, y nos mira el cordero, seguramente asustado y ciego todavía en sus primeros minutos de vida. 

 Este pobre animal tampoco sabe que va a morir, muy pronto, además, a la vuelta de pocas semanas, todavía a tiempo para servir de festín en alguna mesa navideña, o en algún asador de carretera, como El Faisán Dorado, lo que son las cosas, porque ese es su destino y la única razón (o sinrazón) de su efímera existencia.