lunes, 5 de enero de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Segunda parte). Dios y el diablo jugando a los dados en la carretera.






De improviso, la moto sufrió una sacudida trasera, violenta y seca como un trallazo, comenzó a derrapar sin control, y en consecuencia, perdió su trayectoria rectilínea paralela a la del Simca 1200 objeto del adelantamiento. Y entonces, una extraña y poderosa fuerza de succión empezó a atraer la moto hacia el coche como si se hubiese generado un formidable campo magnético entre ambos vehículos. Sujeté con energía el manillar tratando de buscar una escapatoria que evitase la colisión lateral, y fue en ese momento cuando comprobé aterrado que acababa de perder cualquier posibilidad de intervenir en mi destino, ya fuese para bien, ya fuese para mal. Ahora mi suerte estaba ligada irremediablemente a unas leyes mecánicas y físicas ante las que, en mi humano desvalimiento, no podía oponer resistencia ni defensa alguna. Durante unas décimas de segundo pude ver todavía la mirada estupefacta del conductor del Simca, y sus brazos agarrotados sobre el volante con esa tensión propia de quienes enfrentan un peligro sabiendo que cuentan con escasas probabilidades de salir indemnes de él. Y es que, si no se alteraba la trayectoria de la moto en el último instante, el impacto era inevitable.


 


Sin embargo, lo que sucedió fue otra cosa,  y no menos providencial, y es que la Yamaha perdió ligeramente velocidad, no demasiada, pero sí al menos la suficiente como para que el coche pudiera rebasarme mientras yo me quedaba a solas tratando de gobernar una máquina ingobernable que me llevaba sin remisión al desastre.
 
Una larga recta despejada de la N-301 era cuanto tenía ante mí en aquel delicado trance. He pisado una mancha de aceite, fue lo primero que pensé cuando recuperé mis capacidades cognitivas después del shock inicial. Pero había recorrido ya varias decenas de metros con la moto dando bandazos en la carretera fuera de todo control y mi situación empeoraba con cada segundo transcurrido. No podía tratarse de una mancha de aceite tan extensa. En cambio, lo que había sucedido, para mi desgracia -y fui consciente de ello a continuación- es que acababa de reventar el neumático trasero a más de 100 km/h. mientras estaba adelantando al Simca 1200.


Como llevaba apenas dieciséis meses montando en moto y tenía por tanto sólo unos pocos miles de kilómetros de experiencia, las probabilidades de matarme en la carretera en cuanto surgiese un contratiempo lo bastante propicio para ello eran mucho más elevadas en mi caso que en el de un motorista bien bregado y curtido en los riesgos del gremio. Tenía casi veintiséis años y en la vida me había visto en otra igual. Era esa edad difusa y fronteriza entre el fracaso y la gloria en la que muchas jóvenes promesas o celebridades ya casi consagradas del rock, el cine o el deporte se malograban para siempre porque morían accidentadas o se mataban por su propia mano para dejar un legado póstumo de leyenda y mitología. Pero yo era sólo un anónimo ciudadano español, semejante a otros miles de compatriotas desconocidos que iban a perder la vida en la nacional 301 y en el resto de las carreteras del país aquel año de 1989. Salvo para familiares, amigos y conocidos, por todo legado para la posteridad yo iba a dejar sólo un montón de hierros retorcidos y algunos jirones abrasados de ropa y de piel sobre el asfalto ardiente de la 301. Y después sólo sería un número, un dato, una estadística. O todo lo más, un macabro recuerdo más o menos indeleble en la memoria de los circunstanciales testigos de mi tragedia, porque sabía que quienes habían contemplado alguna vez de cerca un accidente de tráfico con víctimas mortales tardaban mucho tiempo en olvidarlo, o acaso no eran capaces de olvidarlo nunca. 






Era un día obsceno para morir. El primero del puente festivo de las mil vírgenes de Agosto en España, cuando tanta gente se quedaba por el camino. Cuando tanta gente se marchaba al campo, o a la playa, y nunca llegaba a su destino, o nunca regresaba de vuelta a su punto de partida, y los cementerios municipales se iban llenando de difuntos, y los cementerios de automóviles se iban llenando de chatarra. Según información adjunta del diario ABC con fecha del 16 de Agosto de 1989, en aquel largo puente festivo de hace veinticinco años murieron en las carreteras españolas 106 personas, de las cuales 25 lo hicieron el mismo día en el que yo estuve a punto de convertirme también en un número, en un dato, o en una estadística de la crónica negra del tráfico. Y por desgracia es también muy probable que algún infortunado de aquel largo centenar de víctimas mortales perdiera la vida en la propia N-301 (Madrid-Cartagena), una de las carreteras más transitadas que llevaba -y sigue llevando- del interior a la costa.


Pero el lugar tampoco dignificaba mi propia muerte. Bajo aquella cegadora luz estival del mediodía y en el vasto escenario de esa inmensa recta manchega flanqueada de viñedos y de campos de labor, un paisaje vulgar y visualmente monótono todavía a centenares de kilómetros del mar, perder la vida por el reventón de un neumático en una humilde moto urbana de veinte caballos resultaba particularmente insultante y mezquino en mi precipitada biografía. Una existencia tan breve como la mía merecía un desenlace más elegante y épico en un escenario más hermoso o tal vez más exótico. Pero estas cosas no podían elegirse. El cómo, el cuándo y el dónde escapaban completamente a nuestro deseo y a nuestra voluntad.



Como escapó completamente a mi deseo y a mi voluntad lo que sucedió a continuación durante más de un minuto y cerca de un kilómetro de recorrido. O tal vez puede que fuese durante más tiempo y mayor distancia. Imposible saberlo ahora. Con el neumático trasero reventado, la Yamaha empezó a comportarse como los caballos salvajes de los rodeos americanos, esos animales absolutamente demoníacos que son cabalgados por intrépidos cowboys cuyo mérito y destreza consisten no tanto en amansar a la fiera como en evitar ser derribados. Sin embargo, y aunque las sensaciones fueran acaso semejantes, a diferencia de los jinetes americanos que ejecutaban sus grotescas cabriolas en la confortable seguridad de los recintos cerrados de los ranchos y pistas de los circos, yo las estaba ejecutando en una carretera general española abierta al tráfico y lanzado a toda velocidad a bordo de una máquina suicida que no iba a detenerse hasta caer al suelo, salirse de la calzada o estrellarse contra cualquier obstáculo, estático o móvil, que se interpusiera en su camino. Por puro instinto comprendí enseguida que no podía hacer mucho más que cerrar el puño del acelerador, aferrarme firmemente al manillar, mantener el equilibrio y esperar que la suerte volviera de mi lado. Ni siquiera intenté bajar marchas para aprovechar la retención del motor, porque toda mi concentración en esos momentos estaba dedicada a evitar la caída y no podía tampoco mover los pies un milímetro de los estribos para buscar el pedal del cambio. Una lectura instántanea de la grave situación ante la que me encontraba me hizo entender en el acto que no debía tocar los frenos por nada del mundo (ambos de tambor en esta moto), pues eso hubiera supuesto el desastre inmediato. A 100 km/h. un vehículo recorre casi 28 metros por segundo y necesita, en condiciones óptimas, por lo menos 127 metros para detenerse totalmente, pero con un neumático reventado estas cifras pierden todo su significado práctico y el comportamiento del vehículo se vuelve completamente imprevisible.

Durante un tiempo que se me antojó una eternidad, la moto continuó derrapando de lado a lado de la carretera invadiendo incluso el carril contrario en un errática trayectoria de barrido en zig-zag, impulsada por unas violentas inercias de fuerzas y masas incontrolables. Con el acelerador cerrado y la dispersión de la trayectoria, la Yamaha iba perdiendo velocidad e impulso, aunque muy lentamente, como lo haría el péndulo de un reloj que parece que nunca va a detenerse por completo. Pero la pérdida de velocidad no sólo no mejoraba la situación, sino que la volvía más crítica, si cabe, porque a las violentas inercias anteriores se sumaban ahora unas intensas trepidaciones que alteraban nuevamente la trayectoria en zig-zag de manera mucho más peligrosa: la moto permanecía durante más tiempo en el carril izquierdo de la carretera antes de regresar al derecho, y venían vehículos de frente, y la mayoría de estos vehículos eran camiones y autobuses que me avisaban con nerviosas ráfagas para que me apartase. Seguramente sus conductores no podían dar crédito a lo que estaban viendo. ¿Qué hace ese motorista loco de lado a lado de la carretera? ¿Está jugando a la ruleta rusa?


 
Exactamente era eso lo que estaba haciendo, jugar a la ruleta rusa, en contra de mi voluntad, porque yo ya no era dueño de mi destino, que desde hacía un momento había quedado por entero en manos de las leyes de la física o de la casuística de los milagros, suponiendo que éstos existieran. Y entonces mudé del terror al pánico, que como es bien sabido puede producir la parálisis completa del individuo o bien su predisposición a la huida, es decir, a la estampida. Pero en mi situación la huida no era posible (no digamos ya la estampida), y la parálisis completa me conducía a una muerte segura, porque si me abandonaba con resignación al desenlace anunciado, de un momento a otro iba a terminar bajo las ruedas de un camión o de un autobús. Probablemente moriría de un modo u otro, hiciese lo que hiciese, y poco o nada podía hacer, pero tenía que intentar por lo menos evitar la colisión frontal con otro vehículo -cualquier cosa, por mala que sea, es preferible a esto-, de modo que ahora se trataba de soltar la moto y forzar la caída cuando me encontrase por ventura en el carril derecho, aún a riesgo de romperme el alma contra el cortante guardarraíl de acero de afilados perfiles, aún a riesgo de que la moto se me viniera encima y me partiese la columna vertebral y me condenase para siempre a una silla de ruedas, aún a riesgo de rodar por el asfalto como un muñeco de trapo y acabar arrollado igualmente por otro vehículo.


Estos, y otros muchos de semejante naturaleza, fueron mis negros pensamientos durante aquellos instantes de pánico insuperable en los que me vi morir a cámara lenta, porque ni se consumaba la tragedia ni se obraba mi salvación, porque todo sucedía a velocidad de vértigo pero al mismo tiempo con una demorada cadencia de una crueldad infinita que dejaba todavía abierta la posibilidad de cualquier desenlace. Dios y el diablo se estaban jugando a los dados mi porvenir en aquel tablero maldito de la nacional 301. 



   


viernes, 2 de enero de 2015

II CONCURSO "DESCUBRE LA CARRETERA". Enero 2015.



DOS HITOS KILOMÉTRICOS EN BARRO, A ESCALA 1:10, DE PREMIO. COMPLETAMENTE ARTESANALES, ÚNICOS E IRREPETIBLES, MODELADOS Y PINTADOS A MANO (no se trata de los dos ejemplares de muestra que aparecen en la imagen superior).

Después de visualizar el video, puedes obtener las Bases completas del Concurso AQUÍ.



sábado, 20 de diciembre de 2014

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Primera parte). Vertiginoso mal de altura.



Está usted ahí sentado esperando la muerte, me dijo un día el psicólogo argentino de la Seguridad Social que me atendía durante un breve período de tiempo allá a mediados de los años noventa del pasado siglo. Y a continuación, observando mi casco de motorista que reposaba en la silla contigua, y como si quisiera restarle brutalidad a la frase anterior, añadió con un punto de cordialidad: ¿ha venido usted con su moto?

La pregunta era del todo absurda, desde luego, porque no iba a haber venido a la consulta en una moto robada, pero no estaba yo de humor para intentar una interpretación correcta de la sintaxis peculiar de un psicólogo argentino de cierto prestigio (todavía recuerdo su nombre), eventualmente contratado por la Seguridad Social española. Pero sí, había venido con mi moto, porque a pesar de que sufría con frecuencia mareos, vértigos y paralizantes crisis de ansiedad como consecuencia de una somatización de mi angustia existencial, precisamente el poder seguir montando en moto -y aunque mis trastornos y el consumo de fármacos lo desaconsejaran absolutamente-, era la única manera de sentirme vivo y de aplazar esa muerte esperada que me había pronosticado el psicólogo. Y por supuesto no utilizaba la moto sólo para mis habituales desplazamientos urbanos al consultorio de la Seguridad Social, sino que con alguna asiduidad viajaba también por carretera centenares o miles de kilómetros pese a encontrarme de baja laboral en mi trabajo ferroviario. Quizá no estuviese esperando la muerte, pero por si acaso se presentaba de repente, había decidido vivir deprisa y peligrosamente, casi con una obstinación rebelde y transgresora, apurando cada experiencia vital como si fuese la última, y de este modo la carretera me causaba una especie de vertiginoso mal de altura y me transmitía un aluvión de sensaciones tan tóxicas y desconcertantes como los efectos de una droga. Pero esta es otra historia, a la que ya nos acercamos de pasada y con anterioridad en este blog:




Y sin embargo, un día de verano de seis años antes, cuando aún no tenía la cabeza enturbiada por ningún conflicto existencial ni estaba sentado en la consulta de un psicólogo esperando pasiva y resignadamente mi propia muerte, ésta se me presentó de improviso en la carretera, y fue entonces cuando verdaderamente la estuve esperando y temiendo como una terrible consumación, porque dada la situación y la gravedad del probable desenlace que durante interminables segundos se anunció ante mis ojos, no podía esperarse otra cosa, salvo que se esperase únicamente un milagro.


 
Era el mediodía del 12 de Agosto de 1989, y viajaba desde Madrid en solitario por la N-301 de camino a la costa mediterránea a bordo de una modesta Yamaha SR-250 con motor monocilíndrico de cuatro tiempos y 20 cv. de potencia, un modelo muy popular en la época entre los mensajeros españoles, al tratarse de una moto urbana y económica por excelencia. Sin embargo, sus humildes prestaciones, la limitada calidad de sus componentes mecánicos y el escaso confort de marcha y seguridad que ofrecía no hacían de ella la máquina ideal para largos desplazamientos por carretera, pero aún así muchos motoristas neófitos que no éramos mensajeros nos iniciábamos en el mundo de las dos ruedas con este modelo. Y a mí estuvo a punto de costarme la vida apenas año y medio después de haberla estrenado.

Hasta el momento del percance, el viaje no había presentado ninguna incidencia destacable, y a velocidades de crucero de 80-100 kms/h., que eran las que desarrollaba esta moto, los kilómetros iban cayendo con un promedio razonable para una carretera nacional española de los años ochenta. Tampoco los turismos viajaban mucho más deprisa entonces por este tipo de vías. Los 10 litros del depósito de combustible de la Yamaha y su ajustado consumo permitían una muy aceptable autonomía de 200 kms., de modo que tenía previsto hacer la primera parada en las proximidades de Minaya (Albacete). Sin novedad había ido dejando atrás las tediosas travesías de Villatobas, Corral de Almaguer y Quintanar de la Orden, pero disfrutaba rodando de forma tan demorada y un tanto indolente por esta carretera que formaba parte esencial de mi biografía viajera de la infancia. Era la nostalgia, por encima de todo, la que me empujaba a recorrer la N-301 una y otra vez en un continuo periplo meridional de ida y vuelta al Mediterráneo. Incluso he vuelto a hacerlo ocasionalmente en fechas muy recientes, porque el imperativo de la nostalgia es recurrente y no puede ser desobedecido sin incurrir en imperdonable traición a uno mismo. 

Crucé Mota del Cuervo, y en la primera recta interminable que buscaba el horizonte en suave descenso fui abriendo el acelerador y dejé que la moto se embalase impulsada por un ligero viento de cola. Caía un sol de plomo sobre la carretera. La escala del velocímetro estaba graduada de 0 a 160 km/h., una velocidad absolutamente impensable para esta moto, pero la aguja fue subiendo muy lentamente hasta los 110, 120 y 130 mientras el motor monocilíndrico vibraba con una trepidación catastrófica y la aguja del cuentavueltas entraba en la zona roja de las 8.500 revoluciones por minuto (de manera también testimonial esta escala estaba graduada hasta las 10.000, porque a ese sobrerrégimen el motor sin duda reventaría). Un Simca 1200 se interponía en mi camino apenas cincuenta metros por delante, pero la carretera aparecía despejada al frente, de modo que miré por los espejos, accioné el intermitente y salí al carril izquierdo para proceder a la maniobra de adelantamiento sin cortar gas. Le alcancé y empecé a rebasarle con holgura, pero antes de poder finalizar la maniobra y regresar al carril derecho se me abrieron de golpe las puertas del infierno. Veinticinco años después todavía recuerdo la cara de espanto del conductor del Simca. Pero sobre todo no he conseguido olvidar mi propia sensación de angustia sabiendo que aquellos eran mis últimos segundos de vida.




jueves, 6 de noviembre de 2014

CARRETERA N-301 (OCAÑA-CARTAGENA). (I) De Ocaña a Albacete



Ver también la segunda parte del reportaje:


En febrero de 2013, cuando el alcance que teníamos en nuestra página de Facebook apenas llegaba a los 60-70 seguidores, comenzamos a elaborar un reportaje sobre la carretera  N-301  (Ocaña-Cartagena), recuperando y mostrando todos los vestigios de otras épocas, lugares interesantes y demás curiosidades que pudiéramos encontrarnos en la ruta, a través de los ojos de la herramienta Google Street View. Aunque nos quedamos a mitad de la provincia de Cuenca; nunca se llegó a terminar.

Bien, dado que a principios de septiembre del año 2014 superamos la increíble cifra de 2000 seguidores en la página, decidimos recuperar este reportaje para la ocasión, entre otras celebraciones, y volvimos a recorrer virtualmente esta carretera. No solo rescatamos los antiguos posts que ya se publicaron entre febrero y mayo de 2013; además, continuamos el reportaje a partir de donde lo dejamos, tratando de llegar lo más lejos posible. Nuestro objetivo ha sido llegar hasta Albacete, que fue hasta donde lo estuvimos preparando, sin descartar en absoluto continuar y llegar hasta la misma Cartagena en un futuro, que en principio, habría de ser parte de otro reportaje diferente, el cual ya se ha realizado.

Entre los días 12 de septiembre y 6 de noviembre, fuimos publicando en nuestra página de Facebook dos posts diarios de forma ininterrumpida, a las 8:00 y 20:00, recorriendo la nacional. Ahora que ya hemos terminado nuestro reportaje en Facebook, hemos decidido reunir de nuevo todos los datos que hemos publicado estos meses, tanto los que ya teníamos como los que nos han ido aportando los seguidores, para crear este artículo: un reportaje con el que viajaremos por la nacional.

jueves, 30 de octubre de 2014

N-332. Límite de provincias Alicante-Valencia y hallazgos y curiosidades en Vergel y Ondara.



Una tarde de Junio tórrida en la provincia de Alicante, me aburría, me había quedado sin provisiones para la cena y era necesario bajar al súper más cercano para solventar la situación. Cogí la moto, llené la maleta trasera o top case de víveres no perecederos y decidí que era un crimen volver a meterse en casa sin dar una vuelta por las carreteras cercanas. No iba a ciegas, desde luego. Sabía dónde buscar, aunque al final encontré mucho más, y más interesante, de lo que esperaba en un principio.


Este hito lo llevaba viendo toda la vida, pero completamente mudo y descascarillado. Sin embargo, el otro día, me llevé la grata sorpresa de que había sido restaurado y pintado con la nueva denominación de la carretera. Meses después, gracias a las investigaciones de mis colaboradores, hemos conseguido averiguar la nomenclatura primitiva a la que correspondió. Se trataba de la A-P-1323, y se encuentra en Las Rotas (Denia). Es una carretera local muy corta que muere en el mar. Es curioso que los caracteres del cajetín estén pintados en negro, en lugar del blanco preceptivo de los hitos del Plan Peña, pero es que para que destaquen sobre el amarillo tiene que ser un blanco especial, muy intenso, y naturalmente a estas alturas de la Historia no se van a complicar la vida los responsables del asunto. Bastante es que se haya salvado el hito, porque el del km. 1 ya es metálico, y la carretera termina antes del km.3. Muy corta, como digo.


Por aquí había ya poco que hacer en cuanto a descubrimientos de vestigios carreteriles, así es que lo obligado era acercarse hasta la N-332, muy cerca, en el límite de provincias de Alicante y Valencia, una frontera que siempre me ha resultado excitante. Hasta hace poco tiempo en este límite existía un cruce muy peligroso hacia Denia y sus playas regulado por un stop. Pero ese cruce se cobró tantas vidas que decidieron suprimirlo sobreelevando la N-332 y estableciendo una rotonda debajo. Como consecuencia de ello quedó sin servicio un breve tramo de carretera de apenas 100 metros, aunque en realidad todavía da acceso a alguna finca colindante.





El río Racons, o Molinell, marca el límite entre las dos provincias. Hace años, entrando desde la de Valencia a la de Alicante se veía un cartel con una cita del escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez: Alicante, la casa de la primavera. Lamentablemente ese cartel ya no existe, porque este país se vuelve cada vez más prosaico.

Vista del tramo en sentido Alicante, con la silueta prominente del Montgó al fondo:


 Y desgraciadamente nos encontramos también con esto:


No sabemos si la víctima, al parecer de nacionalidad alemana, perdió la vida antes o después de la rectificación del peligroso cruce. Pero lo cierto es que sobrecoge seguir encontrando estas cosas en la carretera.

Regresamos al municipio de El Verger, primera localidad alicantina que encontramos en esta carretera viniendo de Valencia. La nacional ha sido circunvalada, pero el pueblo conserva milagrosamente tres hitos del Plan Peña en un aceptable estado de conservación y además correlativos. Corresponden a los primitivos kilómetros 174, 175 y 176 de la N-332, antes de que se variase su kilometraje, que ya quedaría reflejado en hitos metálicos.






Dos tomas del 175. Es curioso que ha existido movimiento de tierras en las cunetas y sin embargo el hito ha sobrevivido, afortunadamente. No es lo habitual, como tampoco es habitual que lo dejen degradarse sin más, perdiendo la pintura como consecuencia de los años y de la intemperie. Otros que todavía sobreviven en esta carretera han sido repintados, pero borrando la numeración kilométrica y dejando sólo el cajetín con el rótulo de N-332.




El 174. Este es quizá el que mejor se conserva, y además, al encontrarse en una amplia zona ajardinada y enterrada su base, pienso que tiene más probabilidades de sobrevivir definitivamente e incluso de ser restaurado de pintura, aunque le borren el punto kilométrico. Lo cual es una lástima, por otra parte, porque lo suyo sería respetar su estado original, caracteres incluidos, aunque no reflejen el kilometraje real de la carretera en la actualidad.

Seguí buscando más hitos correlativos, quizá el 173 y sucesivos en orden descendente, pero la travesía de El Verger a partir de este punto ya se encontraba completamente urbanizada, con aceras y edificios, y en estas circunstancias los viejos hitos tienen a desaparecer inexorablemente. Sin embargo, entre el hito 176 y el 174 todavía encontré cosas dignas de interés, como veremos a continuación.


Este coche (al parecer, un Rover) se quemó completamente en algún lugar no muy lejano y lo trajeron a este desguace que existe a la entrada de El Verger. Todavía no lo han llevado al interior del recinto del desguace, que es perfectamente visible desde la carretera y cuyo interior fotografié en alguna ocasión anterior. Para mí no tiene un interés excesivo, porque todos los vehículos que alberga son bastante modernos, o por lo menos demasiado contemporáneos. Sin embargo, teniendo en cuenta que la mayoría de los desguaces a la intemperie han desaparecido, para convertirse en plantas de reciclado de chatarra completamente asépticas e invisibles desde el exterior, este de El Verger puede considerarse una excepción y una singularidad notable.

¿Y qué decir de este reclamo comercial que se encuentra un poco más adelante? Ocupa todo el arcén y casi invade la propia carretera. Completamente inadmisible. Sin embargo es una costumbre en esta zona que los anunciantes de negocios particulares invadan con su publicidad las vías públicas. Apenas un kilómetro más allá se ubica el cuartel de la Guardia Civil.


Otra costumbre muy frecuente en El Verger es que los tejados de casas y edificios exhiban vehículos de todo tipo, bien como reclamo comercial de sus actividades, en este caso un negocio de motos, o por puro misterio y abandono, como veremos más adelante.











Sin embargo, nada mejor que este reclamo de la tienda/taller a pie de carretera. Se trata de una Ural con sidecar muy aparente y vistosa. Una moto rusa que no puede competir con productos europeos occidentales y asiáticos mucho más evolucionados. Sólo con detectar los arcaicos frenos de tambor ya podemos hacernos una idea de las pretensiones de esta moto. No obstante, en la primera imagen, se puede observar un detalle gracioso: lleva un anagrama con la hoz y el martillo en la parte inferior trasera del sidecar. Vamos a recortar la fotografía para que se vea mejor:


Y volvemos a los tejados. Casi saliendo ya de El Verger, nos encontramos con este Seat 1400 convertido en un acordeón, que es imposible saber cómo ha llegado ahí arriba. Lo llevo viendo durante varios años y está claro que alguien lo ha tenido que subir al tejado de porque sí. Además, el local comercial no tiene nada que ver con actividad de automoción alguna, pues es, o era, de una empresa de elementos de riego o similar. Supongo que no existirá ninguna normativa municipal que te obligue a bajar del tejado de tu casa o negocio un pedazo de chatarra. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Y me parece bien. Pero por lo menos desconcertante no podemos negar que resulta.


Seguimos viaje por la N-332 en dirección Alicante, y la siguiente localidad que nos encontramos es la de Ondara. Sin ser demasiado exhaustivo en mi búsqueda de antiguos elementos y sin salirme del entorno de la carretera encuentro por lo menos dos vestigios muy interesantes. Este no lo conocía, el segundo sí.




Esta señal de prohibición de señales acústicas es toda una reliquia de otros tiempos. ¿Tendrá fecha de fabricación por detrás? Cuando me bajo de la moto para hacerle un par de fotografías e indagar en su reverso para encontrar una fecha, los peatones que transitan por la calle me miran alucinados como si se encontrasen ante un extraterrestre. Pero yo a lo mío, sin inmutarme. No encuentro ninguna fecha, y aparentemente no la tiene, aunque es difícil saberlo, porque puede encontrarse en la parte derecha más pegada a la pared. Pero no me atrevo a mover la placa ligeramente para salir de dudas, porque la gente a lo mejor se hubiera mosqueado.

Y por último, este cartel direccional que llevo viendo toda la vida en plena travesía de la N-332 por Ondara (es decir, medio siglo), que siempre quise fotografiar y que por fin lo conseguí esa tarde de mediados de Junio de 2014. Aunque mi deseo secreto es llevarme el cartel, por supuesto, cosa que se antoja demasiado complicada. El edificio está que se cae a pedazos, pero el cartel resiste y se encuentra a demasiada altura como para intentar acceder a él. Y además, ¿en dónde diablos tiene el anclaje a la pared? ¿Por detrás? ¿Pero cómo? Me quedaré con las ganas de averiguarlo. Como curiosidad chapucera de su colocación destacar que la punta de flecha sobresale sobre la arista del edificio. Pero ahí sobrevive, impertérrito, indicando un destino que sigue siendo correcto aunque ya no se utilice esa carretera (antigua C-3311) para llegar a Denia ni a sus playas.


jueves, 25 de septiembre de 2014

LUNES ARDIENTE EN LA CARRETERA. 1ª Parte. Minglanilla-Alcalá del Júcar





La implacable ruta de la sed
1ª Parte. Minglanilla-Alcalá del Júcar



      A menudo lo mejor es improvisar, tomar decisiones sobre la marcha, elegir los caminos según se vayan presentando las alternativas. Estoy hablando de un viaje por carretera, no de la vida. Las metáforas quizá las deje para más adelante, si surgen, como surgen las alternativas. De momento voy rodando por la autovía A-3 tratando de escapar de Madrid hacia el Mediterráneo. Puede ser un viaje de rutina de poco menos de quinientos kilómetros y poco más de cuatro horas, o puede ser lo que yo quiera, incluso un viaje de poco más de quinientos kilómetros y poco menos de ocho horas. Puedo atravesar sólo cuatro provincias, o atravesar incluso cinco, si lo deseo. Atravesar más de cinco ya supondría dar un largo rodeo que dispararía excesivamente la distancia y el tiempo de viaje, y tampoco se trata de esto, aunque acabe de inaugurar mis vacaciones. Me esperan al otro lado del mapa y no comprenderían una excesiva demora por mi parte.



Estoy improvisando tanto, que ni siquiera he mostrado interés en llenar el depósito de combustible de la moto antes de partir. En consecuencia, la luz naranja del testigo de la reserva se enciende apenas superada la primera veintena de kilómetros del trayecto. Me desvío en la primera gasolinera que me sale al paso y cargo el tanque de gasolina sin plomo de 95 octanos casi hasta rebosar. Más de 20 litros y cerca de 30 euros, o 30 euros exactos por aquello de redondear la cifra y evitar monedas de vuelta, que ahora ni lo recuerdo, ni quiero recordarlo. Me retiro de los surtidores y me dedico a fumar un momento ensimismado, meditando acerca de lo que quiero hacer exactamente en este viaje. Es el mediodía del 1 de Septiembre de 2014, Lunes.  El verano de este año ha sido hasta la fecha irregular y discontinuo, y amenaza con manifestarse en toda su tórrida crudeza durante el mes de Septiembre. El mes comienza fuerte, desde luego, y el calor aprieta sin clemencia. La indumentaria de motorista, como de costumbre, no hace sino agravar la situación térmica. La chaqueta de Gore-Tex, los pantalones de cuero, las botas cortas, el pañuelo de cuello y el casco son de color negro, y absorben maravillosamente bien la radiación solar, forzando al cuerpo a romper a sudar de inmediato, transmitiéndote una permanente y desagradable sensación de asfixia que ya no cesará hasta que llegues a destino y puedas reconciliarte con el mundo bajo el chorro helado de una ducha.
 

Regreso a la autovía. He decidido continuar por la A-3 hasta Honrubia, en donde me desviaré, como suele ser habitual, por la primitiva N-III. Una vez en Minglanilla ya pensaré si viro hacia el sur por carreteras comarcales en dirección Almansa o continúo camino hasta Valencia. Mi decisión dependerá del calor, de la hora y del estado de ánimo. Quizá tenga que detenerme a comer, quizá no, y pueda mantenerme activo durante centenares de kilómetros con alguna bebida isotónica y un par de galletas energéticas que llevo entre el escueto equipaje. Muchas veces ha sucedido así, me he alimentado durante horas sólo a base de recorrer distancias, como si el viaje en sí me aportase todo el sustento vital necesario. Pero por el momento, los 166 kilómetros de autovía entre Madrid y Honrubia son insufribles debido al calor y al intenso tránsito de salida de vacaciones. No olvidemos que Septiembre sigue siendo un mes de vacaciones estivales para muchas personas, aunque no genere el mismo volumen de desplazamientos de los meses de Julio y Agosto.



 

Hacia la una y media de la tarde llego al desvío de Honrubia, tomo la N-III, y me dejo acoger amistosamente por la vieja carretera a lo largo de los 68 kilómetros que me separan de Minglanilla. Con la visera del casco completamente levantada, a punta de gas, suavemente, como meciéndome a través de las curvas y de las ondulaciones del terreno, voy dando cuenta demorada de un trayecto que podría recorrer hasta con los ojos cerrados. En los alrededores del embalse de Alarcón el sofocante calor estival se mitiga en contacto con la abundante vegetación y el agua remansada. Pero el alivio es efímero, y al regresar a las inmensas rectas que llevan hasta Motilla del Palancar y Minglanilla, el verano extremo de estas comarcas manchegas vuelve a manifestarse en todo su esplendor sofocante. A las dos de la tarde asoma la extensa silueta del casco urbano de Minglanilla en el horizonte. Es el momento obligado de tomar una decisión: seguir hacia el este o virar hacia el sur. 








Casas Ibáñez 40. Carretera autonómica CM-3201. Instintivamente he tomado la derrota del sur para volver a recorrer unos ásperos territorios por los que transité en el pasado. La carretera ha sido mejorada muy ligeramente, pero los territorios siguen siendo tan desolados como cuando los recorrí por última vez, en unas condiciones atmosféricas muy diferentes a las de hoy, pero no menos desagradables, con lluvia, con viento y con frío extremo. Esta es la ruta de enlace entre la N-III y la antigua N-430, actual autovía A-31, y cruza de norte a sur la vasta franja oriental de la inmensa provincia de Albacete, la novena más extensa de España. El sol de las primeras horas de la tarde cae a plomo sobre las resecas llanuras apenas jalonadas por pequeños y dispersos pueblos que pasan inadvertidos al viajero, deslumbrado por la intensa luz estival. El límite de provincias entre Cuenca y Albacete, en las proximidades de Villamalea, señalado con un escueto cartel, también me hubiera pasado completamente desapercibido, de no ser porque lo andaba buscando, y lo encontré. De aquí a Casas Ibáñez todavía 16 kilómetros interminables que bien podrían pasar por 50 ó 60. Cuando llego por fin a esta importante población albaceteña, en el cruce con la N-322, me asalta por primera vez en el viaje la tentación de pararme a comer en condiciones, esto es, quizá en la terraza de algún restaurante de carretera para degustar unas excelentes chuletas de cordero a la brasa, tan típicas de la zona. Para entonces llevo ya recorridos alrededor de 260 kilómetros sin parar, la moto va a pedir gasolina muy pronto, la temperatura ambiente supera seguramente los 35 grados centígrados y yo empiezo a experimentar los primeros síntomas de la deshidratación, uno de los cuales, y de los más peligrosos cuando vas conduciendo, es el de la vista nublada.
 


 


Entro pues en el casco urbano de Casas Ibáñez y completamente desorientado consigo desembocar en un frondoso parque con un bar y un quiosco de helados. Los paisanos que toman el aperitivo sentados en las terrazas de ambos establecimientos alzan los ojos para observarme con curiosidad cuando aparco la moto en sus proximidades y empiezo a despojarme de mi pesada indumentaria, que seguramente me asemeja más a un astronauta que a un simple y cotidiano viajero terrestre que recorre la provincia. Supone todo un alivio desprenderse del casco, de los guantes -trabajosamente, porque tengo las manos sudadas y se resisten a salir-, del pañuelo de cuello y de la agobiante chaqueta de Gore-Tex, que no fue diseñada en absoluto para recorrer estas latitudes en verano. Respiro profundamente y enciendo un cigarrillo, y después otro, y quizá un tercero antes de hacer otra cosa, pues las ganas de fumar, después de casi tres horas consecutivas de viaje, son insoportables incluso por encima de la necesidad apremiante de comer o de beber. Veo un extraño automóvil marca Spartan con matrícula histórica aparcado junto a mi moto. Realmente no parece muy antiguo, ni muy histórico, pero esto es lo que hay, y le saco una foto con el teléfono móvil, que de inmediato envío por whatsApp al grupo EN LA CARRETERA, homónimo de este blog y de la página de Facebook, en donde los otros dos miembros del equipo, Antonio Teruel y Escorpio10, van a ir subiendo más o menos en directo las imágenes que les vaya enviando de mi viaje, según habíamos convenido el día anterior. Y a las 14´25 horas tiene lugar la siguiente conversación (extractada) escrita entre nosotros:



-Route1963: Casas Ibáñez, en directo.
-Antonio Teruel: Vaya, nos enviamos fotos a la vez.  (Él acaba de subir una fotografía de la portada del diario Levante de Valencia en la que se lee que el segundo tablero del viaducto de la A-3, en Contreras, también deberá repararse).
-Route1963: Pero yo estoy en ruta!   
-Antonio Teruel: Qué coche histórico más chulo.    
-Route1963: Mando fotos para que Escorpio las suba a la página en vivo. Ahora tiraré para Alcalá del Júcar.
-Antonio Teruel: Por Jorquera o directo?
-Route1963: Directo. Luego tiro para Jorquera.
-Antonio Teruel: Entonces darás más vuelta. Cómo volverás desde allí hacia Almansa?
-Route1963: Pero hace un calor criminal. Jorquera-Casas de Juan Núñez-Alpera-Almansa.
-Escorpio10: Dónde está ese coche histórico?
-Antonio Teruel: (…) Yo lo haría al revés, primero a Jorquera y de allí a Alcalá. Uff, qué vuelta.
-Route1963: El coche está en Casas Ibáñez, Escorpio. Un paseo.
-Escorpio10: Vale, lo habías puesto antes y no lo vi.
-Route1963: Tranqui.
-Escorpio10: Si subes a Jorquera y un pelín más arriba, encontrarás hitos y señales antiguas con cajetines amarillos impertérritos y todo.
-Antonio Teruel: De Casas de Juan Núñez a Higueruela, y de ahí a Alpera… Así tocas menos A-31. Aunque MENUDA VUELTAAAAA.
-Escorpio10: Ey, que lo que importa es el viaje, es el fin en sí mismo. En un rato publico el coche.
-Route1963: Os sigo informando, socios.
-Escorpio10: Ok.

  

Compro una botella de litro y medio de agua helada en el quiosco. Pregunto por la gasolinera más cercana de camino a Alcalá del Júcar y me informan amablemente de que hay una en Las Eras, casi llegando a esta localidad turística. Me bebo media botella de agua de un trago, guardo el resto en la maleta trasera o top-case, en el argot, y reanudo la marcha. Son las tres menos diez de la tarde. Ahora comienza de verdad lo interesante de mi improvisada e implacable ruta de la sed. Las chuletas de cordero a la brasa pueden esperar. O tal vez en Alcalá del Júcar, media hora más tarde, sea llegado el momento. O nunca. El agua y el tabaco me han saciado bastante. Soy un tipo duro, un viejo lobo solitario de la carretera curtido en mil y una batallas mucho peores que esta. Aunque cuando alcanzo de nuevo el cruce de la N-322, Albacete a la izquierda, Requena a la derecha, bajo un sol despiadado, me vuelven a asaltar de nuevo todos los terrores posibles e imposibles. Desprende fuego el asfalto de la carretera nacional y el motor cansado de mi vieja Honda Varadero del 99 arroja, a su vez, ardientes turbonadas ascendentes que me queman las piernas, los brazos, las manos y la cabeza. La aguja blanca del reloj de la temperatura se ha disparado hacia la derecha, muy cerca de la escala roja de peligro, y el ventilador ruge endemoniadamente tratando de disipar en vano este calor apocalíptico. Si en verdad existe el infierno, los condenados al suplicio eterno deben experimentar sensaciones muy similares a las que padezco yo en estos momentos. Incapacitado para orientarme correctamente, no puedo por menos que equivocar el camino dos veces, pero rectifico a tiempo y enderezo el rumbo. Podía haber sido peor: apenas si he perdido cinco minutos.





Me encuentro de nuevo en la CM-3201, camino de Alcalá del Júcar, como tenía previsto. En mitad de la nada, en un cruce de carreteras vecinales que llevan a Zulema y Casas de Ves, aparece la gasolinera de Las Eras. En muchos mapas ni siquiera figura rotulado este lugar. Es como si no existiera. Vuelvo a llenar el depósito de combustible y hago una visita a los lavabos para aliviar la vejiga. Esto significa que aún no he sudado lo bastante, pues de lo contrario no necesitaría orinar. Y de hecho no volveré a hacerlo durante el resto del viaje, porque es a partir de aquí cuando voy a romper a sudar copiosamente hasta agotar todas mis reservas corporales y las de la botella, de agua ya recalentada, que guardo en la maleta trasera. 





A las tres y cinco de la tarde tomo tres fotografías de este lugar con el teléfono móvil y las envío de inmediato al grupo, con el siguiente mensaje: Las Eras (AB). Camino de Alcalá del Júcar. Pero no obtengo respuesta. Mis socios están comiendo, se han echado la siesta o han silenciado sus teléfonos móviles y se han desentendido momentáneamente de mi aventura. El reportaje en directo en la página de Facebook, como tal, no se está llevando a cabo de la forma que habíamos previsto la víspera, pero parte de la culpa es mía, por viajar a unas horas tan intempestivas en las que a nadie se le ocurriría ni asomarse a la calle, no digamos ya lanzarse a la carretera en el 1 de Septiembre más tórrido de la historia de España desde que existen registros meteorológicos. Lejos de contrariarme por estas adversidades, yo sigo a lo mío, y aún tengo muchas cosas que hacer. Estoy pasando más calor del que he acumulado en todos los días de mi vida juntos, pero no puede decirse que me esté aburriendo en absoluto, sino todo lo contrario. Ha llegado el momento de relegar las fotografías a un segundo plano y prepararse para grabar video en marcha desde la moto. Los parajes que voy a recorrer a continuación lo merecen, de modo que preparo el soporte de la cámara, la propia cámara de video y su mando a distancia, que a veces funciona correctamente y a veces, la mayoría de ellas, falla con estrépito. Yo mismo me sorprendo de la ensimismada laboriosidad con que me ocupo de estas tareas técnicas, sometido a una temperatura cercana a los cuarenta grados centígrados, sudando a mares, deslumbrado por una luz solar insoportable en mitad de estos páramos salvajes, acuciado por una sed insaciable que a duras penas consigo atenuar mediante largos sorbos de la botella de agua ya recalentada. Y sin embargo mi actividad es frenética, la lucidez de mi cabeza ejemplar y la estabilidad de mi cuerpo asombrosa en unas condiciones ambientales tan hostiles. 

 

Pero lo mejor de todo es que puedo seguir conduciendo y tengo combustible para hacerlo por lo menos durante otros 300 kilómetros por estas carreteras lentas y demoradas de mi particular ruta de la sed. El paisaje va a cambiar enseguida, provocando una ruptura geográfica inesperada en la inmensa llanura manchega. El río Júcar abre un vasto y abrupto cañón en su curso que obliga a la carretera a precipitarse hacia el abismo de su ribera. Se suceden las curvas y revueltas inverosímiles en pronunciada pendiente que llevan hasta Alcalá del Júcar, tres kilómetros más abajo, un pueblo hermoso y singular como pocos. Hacía algunos años que no volvía por aquí, a este lugar desconcertante y contradictorio en donde puedes degustar las mejores chuletas de cordero a la brasa del universo conocido y al mismo tiempo alojarte en el peor hostal del mundo, con las sábanas sucias, el mobiliario desvencijado y las ventanas rotas. En donde puedes guardar tu moto una noche de invierno en la pista de baile de una discoteca de verano cerrada, entre cajas de refrescos vacías y bafles llenos de telarañas, o subirte en un viejo tractor Barreiros abandonado junto a la carretera en plena travesía urbana. Un lugar desconcertante, contradictorio y extremo, en donde puedes congestionarte por el calor o entrar en una tiritona perpetua de frío y humedad dependiendo de la estación del año. Pero un lugar al que nunca te importa regresar, aunque sea un momento, de paso, de camino hacia otro sitio. Como ahora, porque aunque la tentación de detenerme a comer ha vuelto a asaltarme varias veces mientras cruzo parte del pueblo olfateando con deleite la carne a la brasa que crepita en las parrillas de leña al aire libre, finalmente he decidido continuar sin pausa con el itinerario previsto.