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sábado, 28 de febrero de 2015
martes, 10 de febrero de 2015
ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Tercera parte). No era una siniestra dama vestida de negro.
LEER SEGUNDA PARTE
La Yamaha SR-250, esa humilde moto de mensajero que no estaba diseñada para explorar el país más allá del perímetro de sus ciudades, seguía perdiendo velocidad gradualmente sin cesar en su errática trayectoria de un lado a otro de la carretera con un brusco pero rítmico balanceo que parecía medido con precisión casi absoluta, ni un metro de más, ni un metro de menos, del carril derecho al carril izquierdo, y vuelta a empezar, sin osar siquiera invadir los arcenes o salirse de la calzada, algo que yo andaba buscando a la desesperada ante el riesgo terrible de empotrarme contra un camión, o un autobús, e incluso algún turismo, pues varios de estos vehículos los tuve tan cerca que pude observar sin dificultad los gestos de espanto o de indignación de sus conductores mientras se arrimaban al arcén para esquivarme. Y como no podía ser de otro modo, cayó sobre mí una furiosa amonestación de bocinazos y de ráfagas luminosas que llegaron a parecerme tan deslumbrantes como el mismo sol de aquel aciago mediodía de Agosto. Esto me consternó profundamente, porque significaba que aquellos involuntarios actores secundarios de mi tragedia no sólo eran incapaces de comprender o interpretar correctamente lo que me estaba sucediendo, sino que además me consideraban culpable de ello, o aún peor, me tomaban incluso por un motorista suicida y enajenado que se divertía jugando a la ruleta rusa con su propia vida y con las vidas de terceros.
Pero una vez que había asumido que iba a morir irremediablemente de un momento a otro, lo que se me antojó intolerable y obsceno fue que iba a hacerlo en público, delante de decenas de viajeros con los que me cruzaba en la carretera, pero también en presencia de quienes seguramente circulaban por detrás de mí, como espectadores aventajados del drama, y de quienes suponía, porque no podía verlos, que habrían levantado el pie de los aceleradores de sus vehículos para dejarme distancia de seguridad y protegerse de cualquier entrometimiento en mi peripecia, a la espera de su desenlace, ya fuese con una caída y posterior arrastrón por la calzada, ya fuese con una salida de la vía, ya fuese con una colisión frontal con otro vehículo o contra alguno de los afilados guardarraíles de acero que delimitaban ambos carriles de la nacional 301 en aquel paraje manchego. Morir en público, desprovisto de toda intimidad, a la vista de aquellos desconocidos que probablemente observaban impotentes mi errática trayectoria con un nudo en la garganta y un golpe de ansiedad en sus corazones, me pareció el final más indigno e ignominioso al que podía enfrentarse un individuo. Tan extraño y repentino pudor, que ya era como la confirmación inapelable de la desnudez del alma -suponiendo que ésta existiese- me hizo comprender que el final se acercaba.
Con el neumático trasero reventado, la moto parecía deslizarse a trompicones, no a través de una suave carretera asfaltada, sino a lo largo de una abrupta superficie nudosa formada por sogas marineras, gruesas redes y aparejos de pesca, tal y como eran frecuentes de ver estos útiles secándose al sol en los muelles de los puertos. La velocidad de la Yamaha seguía disminuyendo lentamente y su trayectoria se iba volviendo más cerrada por momentos, lo que me hizo concebir por primera vez esperanzas de salvación. Pero a menor velocidad, el baile trasero era todavía más atropellado y trepidante, y ya podía percibir con precisión cómo la cubierta, la cámara y la llanta se iban enredando y superponiendo unas sobre otras en diferentes capas alternas y rotativas que al posarse sobre el asfalto transmitían una desalentadora sensación de tren descarrilado. Sin embargo, y aunque no había descartado en absoluto una caída inminente, por lo menos la moto había regresado al carril derecho y ya no volvía a aventurarse en el izquierdo, lo cual mejoraba notablemente mis expectativas. Ahora ya no debía angustiarme con los vehículos que venían de frente y podía concentrarme exclusivamente en seguir manteniendo el equilibrio a sangre fría practicando instintivamente la técnica del contramanillar (lo que en un automóvil equivaldría al contravolante, es decir, mover la dirección en sentido inverso a la trayectoria del vehículo para corregirla), situando el peso del cuerpo más adelantado para liberar el tren trasero y cargando mayor fuerza de brazos sobre la dirección, pues sólo a ella me podía encomendar para contrarrestar la deriva trasera (por este motivo, un reventón del neumático delantero habría supuesto la pérdida de equilibrio inmediata). Desde luego era la ejecución de todas estas maniobras consecuencia del instinto o del sentido del equilibrio, que en este caso viene a ser lo mismo, más que resultado de decisiones conscientes racionalmente aplicadas. Y es que cuando la amenaza inmediata del peligro extremo y la aparición consiguiente del pánico nos anulan toda posibilidad de raciocinio, ya sólo nos queda la salvaguarda del instinto y el recurso de nuestras capacidades evolutivas. Y apelar a la suerte, eso por descontado.
Tuve suerte, y mucha. Quizá exactamente toda la que necesitaba para sobrevivir. Lo pensé entonces, y lo sigo pensando ahora, veinticinco años después. Conseguí llevar la moto al arcén y detenerme. Muy cerca estaba la placa del kilómetro 145 de la N-301. Todavía en el último instante, ya casi parado, estuve a punto de caerme. Me bajé de la moto mareado y temblando de miedo. Estrés postraumático, imagino. No sentía las piernas, ni los brazos, pues había perdido por completo el tono muscular en las extremidades. El corazón me golpeaba furiosamente dentro del pecho y sudaba a mares, pero era un sudor helado y escalofriante, un sudor de muerto vuelto a la vida, quiero creer, suponiendo que los muertos vuelvan a la vida y sean capaces de producir algún tipo de sudoración. En aquella recta manchega abrasada por el sol del mediodía de Agosto la temperatura rondaba los 35 grados centígrados, pero yo estaba tiritando de frío como si me hallase desnudo en invierno en mitad de una llanura siberiana. Tenía la vista nublada y cierta desorientación temporal, lo que unido a los síntomas anteriores ya descritos me asemejaba bastante a un astronauta que acabase de regresar a la Tierra desde el espacio exterior.
Había cesado por completo el tránsito en la carretera y el silencio era sobrecogedor. Parecía que se hubiera detenido el tiempo, el mundo, la realidad. Yo quizá me había salvado, pero todo a mi alrededor acababa de extinguirse. O acaso es que no me había salvado y me encontraba en una nueva dimensión desconocida. En otro mundo, pero con la apariencia del mundo que acababa de abandonar. Y entonces escuché a mi espalda el sonido del motor de un automóvil que se detenía unos pocos metros detrás de mí. El motor se apagó enseguida y a continuación sonó el crujido enérgico del freno de mano y el ruido de una puerta que se abría y se cerraba con un rumor suave. Alguien se acababa de bajar del vehículo y venía hacia mí, pero no me atreví a volverme para mirar. Absolutamente paralizado por el terror, imaginé que era un coche fúnebre lo que me aguardaba y una siniestra dama vestida de negro y calzada con zapatos de alto tacón de aguja la que caminaba a mi encuentro para llevarme con ella. La atracción fatal del erotismo y de la muerte convocados en aquella recta luminosa de la N-301 un mediodía cualquiera de Agosto. Eros y Tanatos. Pero los pasos que sonaban a mi espalda eran blandos y firmes sobre el asfalto del arcén, y no se correspondían con el taconeo trabajoso y un tanto desarticulado que yo había imaginado en mi precipitada fantasía.
Y entonces, venciendo el pánico que me paralizaba, me volví lentamente acuciado por la curiosidad: no era una siniestra dama vestida de negro quien venía a mi encuentro.
¿Está determinada nuestra suerte en alguna parte y estamos predestinados a su estricto cumplimiento en los términos precisos en los que nos ha sido prescrita? O por el contrario, ¿existe realmente el libre albedrío y podemos intervenir, positiva o negativamente, en los diferentes episodios de nuestra biografía sin que estos nos vengan impuestos por instancias desconocidas y acaso de procedencia sobrenatural? Pero en cualquier caso, ¿tiene algún sentido o significado el hecho de que hoy estés vivo todavía, y un día concreto de hace veinticinco años hubieras tenido noventa y nueve probabilidades sobre cien de morir, para salvarte finalmente en el último momento, contra todo pronóstico y evidencia?
Mientras la moto seguía derrapando de un carril a otro de la carretera en aquella recta interminable de la N-301, comprendí que resultaba demasiado verosímil el hecho de que iba a morir con veintiséis años en aquel accidente de tráfico. Todos los ingredientes sustanciales de las tragedias, aunque ninguna tragedia necesitase de ellos para consumarse, se daban cita en ese instante: un joven que se mataba en moto un día de verano mientras bajaba a la playa a ver a su familia, dejando una novia que no había querido acompañarle en el viaje, y un trabajo estable y bien remunerado. Tenía toda la vida por delante, frase tópica, típica y engañosa donde las haya, porque toda la vida que tienes por delante es sólo el espacio de tiempo comprendido entre tu nacimiento y tu defunción, así vivas un año, o un siglo, y nada impide que puedas morir en cualquier momento sin que se hayan cumplido todas o alguna de tus expectativas, cualesquiera que sean. Pero esta tragedia ya había sido representada muchas veces en la carretera, con diferentes e involuntarios actores secundarios y con malogrados protagonistas estelares, y se iba a seguir representando por los siglos de los siglos sin que se alterase por ello lo más mínimo el inmutable orden del mundo.
Y esta vez era yo el desdichado protagonista, ya lo había asumido con inevitable resignación, pero sobre todo me resultaba insoportablemente verosímil el realismo brutal de mi tragedia y el fatalismo que llevaba implícita por los agentes externos que intervenían en ella accidentalmente y que, sin embargo, eran los que podían precipitarla a su temible desenlace. El pánico no me había paralizado por completo, no al menos hasta el punto de hacerme perder el equilibrio sobre la moto desbocada, que seguía haciendo eses en la carretera obligando a los vehículos que venían de frente a apartarse al arcén para no arrollarme, porque el diablo y Dios, suponiendo que uno de ellos, o ambos, existieran, seguían jugando conmigo a los dados en la N-301, y el primero me arrojaba violentamente al carril contrario a escasos metros de los camiones y autobuses que se acercaban, y el segundo me devolvía en volandas al carril derecho con proporcionada violencia escasos segundos antes de producirse la colisión fatal, quizá porque en algún sitio estaba escrito que yo tenía que seguir viviendo, quizá porque alguien había decidido que no merecía morir obscenamente aquel día tórrido de Agosto en mitad de La Mancha entre viñedos y campos de labor.
La Yamaha SR-250, esa humilde moto de mensajero que no estaba diseñada para explorar el país más allá del perímetro de sus ciudades, seguía perdiendo velocidad gradualmente sin cesar en su errática trayectoria de un lado a otro de la carretera con un brusco pero rítmico balanceo que parecía medido con precisión casi absoluta, ni un metro de más, ni un metro de menos, del carril derecho al carril izquierdo, y vuelta a empezar, sin osar siquiera invadir los arcenes o salirse de la calzada, algo que yo andaba buscando a la desesperada ante el riesgo terrible de empotrarme contra un camión, o un autobús, e incluso algún turismo, pues varios de estos vehículos los tuve tan cerca que pude observar sin dificultad los gestos de espanto o de indignación de sus conductores mientras se arrimaban al arcén para esquivarme. Y como no podía ser de otro modo, cayó sobre mí una furiosa amonestación de bocinazos y de ráfagas luminosas que llegaron a parecerme tan deslumbrantes como el mismo sol de aquel aciago mediodía de Agosto. Esto me consternó profundamente, porque significaba que aquellos involuntarios actores secundarios de mi tragedia no sólo eran incapaces de comprender o interpretar correctamente lo que me estaba sucediendo, sino que además me consideraban culpable de ello, o aún peor, me tomaban incluso por un motorista suicida y enajenado que se divertía jugando a la ruleta rusa con su propia vida y con las vidas de terceros.
Pero una vez que había asumido que iba a morir irremediablemente de un momento a otro, lo que se me antojó intolerable y obsceno fue que iba a hacerlo en público, delante de decenas de viajeros con los que me cruzaba en la carretera, pero también en presencia de quienes seguramente circulaban por detrás de mí, como espectadores aventajados del drama, y de quienes suponía, porque no podía verlos, que habrían levantado el pie de los aceleradores de sus vehículos para dejarme distancia de seguridad y protegerse de cualquier entrometimiento en mi peripecia, a la espera de su desenlace, ya fuese con una caída y posterior arrastrón por la calzada, ya fuese con una salida de la vía, ya fuese con una colisión frontal con otro vehículo o contra alguno de los afilados guardarraíles de acero que delimitaban ambos carriles de la nacional 301 en aquel paraje manchego. Morir en público, desprovisto de toda intimidad, a la vista de aquellos desconocidos que probablemente observaban impotentes mi errática trayectoria con un nudo en la garganta y un golpe de ansiedad en sus corazones, me pareció el final más indigno e ignominioso al que podía enfrentarse un individuo. Tan extraño y repentino pudor, que ya era como la confirmación inapelable de la desnudez del alma -suponiendo que ésta existiese- me hizo comprender que el final se acercaba.
Con el neumático trasero reventado, la moto parecía deslizarse a trompicones, no a través de una suave carretera asfaltada, sino a lo largo de una abrupta superficie nudosa formada por sogas marineras, gruesas redes y aparejos de pesca, tal y como eran frecuentes de ver estos útiles secándose al sol en los muelles de los puertos. La velocidad de la Yamaha seguía disminuyendo lentamente y su trayectoria se iba volviendo más cerrada por momentos, lo que me hizo concebir por primera vez esperanzas de salvación. Pero a menor velocidad, el baile trasero era todavía más atropellado y trepidante, y ya podía percibir con precisión cómo la cubierta, la cámara y la llanta se iban enredando y superponiendo unas sobre otras en diferentes capas alternas y rotativas que al posarse sobre el asfalto transmitían una desalentadora sensación de tren descarrilado. Sin embargo, y aunque no había descartado en absoluto una caída inminente, por lo menos la moto había regresado al carril derecho y ya no volvía a aventurarse en el izquierdo, lo cual mejoraba notablemente mis expectativas. Ahora ya no debía angustiarme con los vehículos que venían de frente y podía concentrarme exclusivamente en seguir manteniendo el equilibrio a sangre fría practicando instintivamente la técnica del contramanillar (lo que en un automóvil equivaldría al contravolante, es decir, mover la dirección en sentido inverso a la trayectoria del vehículo para corregirla), situando el peso del cuerpo más adelantado para liberar el tren trasero y cargando mayor fuerza de brazos sobre la dirección, pues sólo a ella me podía encomendar para contrarrestar la deriva trasera (por este motivo, un reventón del neumático delantero habría supuesto la pérdida de equilibrio inmediata). Desde luego era la ejecución de todas estas maniobras consecuencia del instinto o del sentido del equilibrio, que en este caso viene a ser lo mismo, más que resultado de decisiones conscientes racionalmente aplicadas. Y es que cuando la amenaza inmediata del peligro extremo y la aparición consiguiente del pánico nos anulan toda posibilidad de raciocinio, ya sólo nos queda la salvaguarda del instinto y el recurso de nuestras capacidades evolutivas. Y apelar a la suerte, eso por descontado.
Tuve suerte, y mucha. Quizá exactamente toda la que necesitaba para sobrevivir. Lo pensé entonces, y lo sigo pensando ahora, veinticinco años después. Conseguí llevar la moto al arcén y detenerme. Muy cerca estaba la placa del kilómetro 145 de la N-301. Todavía en el último instante, ya casi parado, estuve a punto de caerme. Me bajé de la moto mareado y temblando de miedo. Estrés postraumático, imagino. No sentía las piernas, ni los brazos, pues había perdido por completo el tono muscular en las extremidades. El corazón me golpeaba furiosamente dentro del pecho y sudaba a mares, pero era un sudor helado y escalofriante, un sudor de muerto vuelto a la vida, quiero creer, suponiendo que los muertos vuelvan a la vida y sean capaces de producir algún tipo de sudoración. En aquella recta manchega abrasada por el sol del mediodía de Agosto la temperatura rondaba los 35 grados centígrados, pero yo estaba tiritando de frío como si me hallase desnudo en invierno en mitad de una llanura siberiana. Tenía la vista nublada y cierta desorientación temporal, lo que unido a los síntomas anteriores ya descritos me asemejaba bastante a un astronauta que acabase de regresar a la Tierra desde el espacio exterior.
Había cesado por completo el tránsito en la carretera y el silencio era sobrecogedor. Parecía que se hubiera detenido el tiempo, el mundo, la realidad. Yo quizá me había salvado, pero todo a mi alrededor acababa de extinguirse. O acaso es que no me había salvado y me encontraba en una nueva dimensión desconocida. En otro mundo, pero con la apariencia del mundo que acababa de abandonar. Y entonces escuché a mi espalda el sonido del motor de un automóvil que se detenía unos pocos metros detrás de mí. El motor se apagó enseguida y a continuación sonó el crujido enérgico del freno de mano y el ruido de una puerta que se abría y se cerraba con un rumor suave. Alguien se acababa de bajar del vehículo y venía hacia mí, pero no me atreví a volverme para mirar. Absolutamente paralizado por el terror, imaginé que era un coche fúnebre lo que me aguardaba y una siniestra dama vestida de negro y calzada con zapatos de alto tacón de aguja la que caminaba a mi encuentro para llevarme con ella. La atracción fatal del erotismo y de la muerte convocados en aquella recta luminosa de la N-301 un mediodía cualquiera de Agosto. Eros y Tanatos. Pero los pasos que sonaban a mi espalda eran blandos y firmes sobre el asfalto del arcén, y no se correspondían con el taconeo trabajoso y un tanto desarticulado que yo había imaginado en mi precipitada fantasía.
Y entonces, venciendo el pánico que me paralizaba, me volví lentamente acuciado por la curiosidad: no era una siniestra dama vestida de negro quien venía a mi encuentro.
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N-301
lunes, 5 de enero de 2015
ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Segunda parte). Dios y el diablo jugando a los dados en la carretera.
De improviso, la moto sufrió una sacudida trasera,
violenta y seca como un trallazo, comenzó a derrapar sin control, y en
consecuencia, perdió su trayectoria rectilínea paralela a la del Simca 1200
objeto del adelantamiento. Y entonces, una extraña y poderosa fuerza de succión
empezó a atraer la moto hacia el coche como si se hubiese generado un
formidable campo magnético entre ambos vehículos. Sujeté con energía el
manillar tratando de buscar una escapatoria que evitase la colisión lateral, y
fue en ese momento cuando comprobé aterrado que acababa de perder cualquier
posibilidad de intervenir en mi destino, ya fuese para bien, ya fuese para mal. Ahora mi suerte
estaba ligada irremediablemente a unas leyes mecánicas y físicas ante las que, en
mi humano desvalimiento, no podía oponer resistencia ni defensa alguna. Durante
unas décimas de segundo pude ver todavía la mirada estupefacta del conductor
del Simca, y sus brazos agarrotados sobre el volante con esa tensión propia de
quienes enfrentan un peligro sabiendo que cuentan con escasas probabilidades de
salir indemnes de él. Y es que, si no se alteraba la trayectoria de la moto en
el último instante, el impacto era inevitable.
Sin embargo, lo que sucedió fue otra cosa, y
no menos providencial, y es que la Yamaha perdió ligeramente velocidad, no
demasiada, pero sí al menos la suficiente como para que el coche pudiera
rebasarme mientras yo me quedaba a solas tratando de
gobernar una máquina ingobernable que me llevaba sin remisión al desastre.
Una larga recta despejada de la N-301 era cuanto
tenía ante mí en aquel delicado trance. He pisado una mancha de aceite, fue lo
primero que pensé cuando recuperé mis capacidades cognitivas después del shock
inicial. Pero había recorrido ya varias decenas de metros con la moto dando
bandazos en la carretera fuera de todo control y mi situación empeoraba con
cada segundo transcurrido. No podía tratarse de una mancha de aceite tan
extensa. En cambio, lo que había sucedido, para mi desgracia -y fui consciente
de ello a continuación- es que acababa de reventar el neumático trasero a más
de 100 km/h.
mientras estaba adelantando al Simca 1200.
Como llevaba apenas dieciséis meses montando en
moto y tenía por tanto sólo unos pocos miles de kilómetros de experiencia, las
probabilidades de matarme en la carretera en cuanto surgiese un contratiempo lo
bastante propicio para ello eran mucho más elevadas en mi caso que en el de un
motorista bien bregado y curtido en los riesgos del gremio. Tenía casi veintiséis
años y en la vida me había visto en otra igual. Era esa edad difusa y
fronteriza entre el fracaso y la gloria en la que muchas jóvenes promesas
o celebridades ya casi consagradas del rock, el cine o el deporte se malograban para
siempre porque morían accidentadas o se mataban por su propia mano para dejar
un legado póstumo de leyenda y mitología. Pero yo era sólo un anónimo ciudadano
español, semejante a otros miles de compatriotas desconocidos que iban a perder la vida en la nacional 301 y en el resto de las carreteras del país aquel
año de 1989. Salvo para familiares, amigos y conocidos, por todo legado para la posteridad yo iba a dejar sólo un montón
de hierros retorcidos y algunos jirones abrasados de ropa y de piel sobre el
asfalto ardiente de la 301. Y después sólo sería un número, un dato, una
estadística. O todo lo más, un
macabro recuerdo más o menos indeleble en la memoria de los
circunstanciales testigos de mi tragedia, porque sabía que quienes habían contemplado alguna vez de cerca un accidente de tráfico con víctimas mortales tardaban mucho tiempo en olvidarlo, o acaso no eran capaces de olvidarlo nunca.
Era un día obsceno para morir. El primero del puente festivo de las mil vírgenes de Agosto en España, cuando tanta gente se quedaba por el camino. Cuando tanta gente se marchaba al campo, o a la playa, y nunca llegaba a su destino, o nunca regresaba de vuelta a su punto de partida, y los cementerios municipales se iban llenando de difuntos, y los cementerios de automóviles se iban llenando de chatarra. Según información adjunta del diario ABC con fecha del 16 de Agosto de 1989, en aquel largo puente festivo de hace veinticinco años murieron en las carreteras españolas 106 personas, de las cuales 25 lo hicieron el mismo día en el que yo estuve a punto de convertirme también en un número, en un dato, o en una estadística de la crónica negra del tráfico. Y por desgracia es también muy probable que algún infortunado de aquel largo centenar de víctimas mortales perdiera la vida en la propia N-301 (Madrid-Cartagena), una de las carreteras más transitadas que llevaba -y sigue llevando- del interior a la costa.
Pero el lugar tampoco dignificaba mi propia muerte. Bajo aquella cegadora luz estival del mediodía y en el vasto escenario de esa inmensa recta manchega flanqueada de viñedos y de campos de labor, un paisaje vulgar y visualmente monótono todavía a centenares de kilómetros del mar, perder la vida por el reventón de un neumático en una humilde moto urbana de veinte caballos resultaba particularmente insultante y mezquino en mi precipitada biografía. Una existencia tan breve como la mía merecía un desenlace más elegante y épico en un escenario más hermoso o tal vez más exótico. Pero estas cosas no podían elegirse. El cómo, el cuándo y el dónde escapaban completamente a nuestro deseo y a nuestra voluntad.
Como escapó completamente a mi deseo y a mi voluntad lo que sucedió a continuación durante más de un minuto y cerca de un kilómetro de recorrido. O tal vez puede que fuese durante más tiempo y mayor distancia. Imposible saberlo ahora. Con el neumático trasero reventado, la Yamaha empezó a comportarse como los caballos salvajes de los rodeos americanos, esos animales absolutamente demoníacos que son cabalgados por intrépidos cowboys cuyo mérito y destreza consisten no tanto en amansar a la fiera como en evitar ser derribados. Sin embargo, y aunque las sensaciones fueran acaso semejantes, a diferencia de los jinetes americanos que ejecutaban sus grotescas cabriolas en la confortable seguridad de los recintos cerrados de los ranchos y pistas de los circos, yo las estaba ejecutando en una carretera general española abierta al tráfico y lanzado a toda velocidad a bordo de una máquina suicida que no iba a detenerse hasta caer al suelo, salirse de la calzada o estrellarse contra cualquier obstáculo, estático o móvil, que se interpusiera en su camino. Por puro instinto comprendí enseguida que no podía hacer mucho más que cerrar el puño del acelerador, aferrarme firmemente al manillar, mantener el equilibrio y esperar que la suerte volviera de mi lado. Ni siquiera intenté bajar marchas para aprovechar la retención del motor, porque toda mi concentración en esos momentos estaba dedicada a evitar la caída y no podía tampoco mover los pies un milímetro de los estribos para buscar el pedal del cambio. Una lectura instántanea de la grave situación ante la que me encontraba me hizo entender en el acto que no debía tocar los frenos por nada del mundo (ambos de tambor en esta moto), pues eso hubiera supuesto el desastre inmediato. A 100 km/h. un vehículo recorre casi 28 metros por segundo y necesita, en condiciones óptimas, por lo menos 127 metros para detenerse totalmente, pero con un neumático reventado estas cifras pierden todo su significado práctico y el comportamiento del vehículo se vuelve completamente imprevisible.
Durante un tiempo que se me antojó una eternidad, la moto continuó derrapando de lado a lado de la carretera invadiendo incluso el carril contrario en un errática trayectoria de barrido en zig-zag, impulsada por unas violentas inercias de fuerzas y masas incontrolables. Con el acelerador cerrado y la dispersión de la trayectoria, la Yamaha iba perdiendo velocidad e impulso, aunque muy lentamente, como lo haría el péndulo de un reloj que parece que nunca va a detenerse por completo. Pero la pérdida de velocidad no sólo no mejoraba la situación, sino que la volvía más crítica, si cabe, porque a las violentas inercias anteriores se sumaban ahora unas intensas trepidaciones que alteraban nuevamente la trayectoria en zig-zag de manera mucho más peligrosa: la moto permanecía durante más tiempo en el carril izquierdo de la carretera antes de regresar al derecho, y venían vehículos de frente, y la mayoría de estos vehículos eran camiones y autobuses que me avisaban con nerviosas ráfagas para que me apartase. Seguramente sus conductores no podían dar crédito a lo que estaban viendo. ¿Qué hace ese motorista loco de lado a lado de la carretera? ¿Está jugando a la ruleta rusa?
Exactamente era eso lo que estaba haciendo, jugar a la ruleta rusa, en contra de mi voluntad, porque yo ya no era dueño de mi destino, que desde hacía un momento había quedado por entero en manos de las leyes de la física o de la casuística de los milagros, suponiendo que éstos existieran. Y entonces mudé del terror al pánico, que como es bien sabido puede producir la parálisis completa del individuo o bien su predisposición a la huida, es decir, a la estampida. Pero en mi situación la huida no era posible (no digamos ya la estampida), y la parálisis completa me conducía a una muerte segura, porque si me abandonaba con resignación al desenlace anunciado, de un momento a otro iba a terminar bajo las ruedas de un camión o de un autobús. Probablemente moriría de un modo u otro, hiciese lo que hiciese, y poco o nada podía hacer, pero tenía que intentar por lo menos evitar la colisión frontal con otro vehículo -cualquier cosa, por mala que sea, es preferible a esto-, de modo que ahora se trataba de soltar la moto y forzar la caída cuando me encontrase por ventura en el carril derecho, aún a riesgo de romperme el alma contra el cortante guardarraíl de acero de afilados perfiles, aún a riesgo de que la moto se me viniera encima y me partiese la columna vertebral y me condenase para siempre a una silla de ruedas, aún a riesgo de rodar por el asfalto como un muñeco de trapo y acabar arrollado igualmente por otro vehículo.
Estos, y otros muchos de semejante naturaleza, fueron mis negros pensamientos durante aquellos instantes de pánico insuperable en los que me vi morir a cámara lenta, porque ni se consumaba la tragedia ni se obraba mi salvación, porque todo sucedía a velocidad de vértigo pero al mismo tiempo con una demorada cadencia de una crueldad infinita que dejaba todavía abierta la posibilidad de cualquier desenlace. Dios y el diablo se estaban jugando a los dados mi porvenir en aquel tablero maldito de la nacional 301.
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viernes, 2 de enero de 2015
II CONCURSO "DESCUBRE LA CARRETERA". Enero 2015.
DOS HITOS KILOMÉTRICOS EN BARRO, A ESCALA 1:10, DE PREMIO. COMPLETAMENTE ARTESANALES, ÚNICOS E IRREPETIBLES, MODELADOS Y PINTADOS A MANO (no se trata de los dos ejemplares de muestra que aparecen en la imagen superior).
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sábado, 20 de diciembre de 2014
ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Primera parte). Vertiginoso mal de altura.
Está usted ahí sentado esperando la muerte, me dijo un día el psicólogo argentino de la Seguridad Social que me atendía durante un breve período de tiempo allá a mediados de los años noventa del pasado siglo. Y a continuación, observando mi casco de motorista que reposaba en la silla contigua, y como si quisiera restarle brutalidad a la frase anterior, añadió con un punto de cordialidad: ¿ha venido usted con su moto?
La pregunta era del todo absurda, desde luego, porque no iba a haber venido a la consulta en una moto robada, pero no estaba yo de humor para intentar una interpretación correcta de la sintaxis peculiar de un psicólogo argentino de cierto prestigio (todavía recuerdo su nombre), eventualmente contratado por la Seguridad Social española. Pero sí, había venido con mi moto, porque a pesar de que sufría con frecuencia mareos, vértigos y paralizantes crisis de ansiedad como consecuencia de una somatización de mi angustia existencial, precisamente el poder seguir montando en moto -y aunque mis trastornos y el consumo de fármacos lo desaconsejaran absolutamente-, era la única manera de sentirme vivo y de aplazar esa muerte esperada que me había pronosticado el psicólogo. Y por supuesto no utilizaba la moto sólo para mis habituales desplazamientos urbanos al consultorio de la Seguridad Social, sino que con alguna asiduidad viajaba también por carretera centenares o miles de kilómetros pese a encontrarme de baja laboral en mi trabajo ferroviario. Quizá no estuviese esperando la muerte, pero por si acaso se presentaba de repente, había decidido vivir deprisa y peligrosamente, casi con una obstinación rebelde y transgresora, apurando cada experiencia vital como si fuese la última, y de este modo la carretera me causaba una especie de vertiginoso mal de altura y me transmitía un aluvión de sensaciones tan tóxicas y desconcertantes como los efectos de una droga. Pero esta es otra historia, a la que ya nos acercamos de pasada y con anterioridad en este blog:
Y sin embargo, un día de verano de seis años antes, cuando aún no tenía la cabeza enturbiada por ningún conflicto existencial ni estaba sentado en la consulta de un psicólogo esperando pasiva y resignadamente mi propia muerte, ésta se me presentó de improviso en la carretera, y fue entonces cuando verdaderamente la estuve esperando y temiendo como una terrible consumación, porque dada la situación y la gravedad del probable desenlace que durante interminables segundos se anunció ante mis ojos, no podía esperarse otra cosa, salvo que se esperase únicamente un milagro.
Era el mediodía del 12 de Agosto de 1989, y viajaba desde Madrid en solitario por la N-301 de camino a la costa mediterránea a bordo de una modesta Yamaha SR-250 con motor monocilíndrico de cuatro tiempos y 20 cv. de potencia, un modelo muy popular en la época entre los mensajeros españoles, al tratarse de una moto urbana y económica por excelencia. Sin embargo, sus humildes prestaciones, la limitada calidad de sus componentes mecánicos y el escaso confort de marcha y seguridad que ofrecía no hacían de ella la máquina ideal para largos desplazamientos por carretera, pero aún así muchos motoristas neófitos que no éramos mensajeros nos iniciábamos en el mundo de las dos ruedas con este modelo. Y a mí estuvo a punto de costarme la vida apenas año y medio después de haberla estrenado.
Hasta el momento del percance, el viaje no había presentado ninguna incidencia destacable, y a velocidades de crucero de 80-100 kms/h., que eran las que desarrollaba esta moto, los kilómetros iban cayendo con un promedio razonable para una carretera nacional española de los años ochenta. Tampoco los turismos viajaban mucho más deprisa entonces por este tipo de vías. Los 10 litros del depósito de combustible de la Yamaha y su ajustado consumo permitían una muy aceptable autonomía de 200 kms., de modo que tenía previsto hacer la primera parada en las proximidades de Minaya (Albacete). Sin novedad había ido dejando atrás las tediosas travesías de Villatobas, Corral de Almaguer y Quintanar de la Orden, pero disfrutaba rodando de forma tan demorada y un tanto indolente por esta carretera que formaba parte esencial de mi biografía viajera de la infancia. Era la nostalgia, por encima de todo, la que me empujaba a recorrer la N-301 una y otra vez en un continuo periplo meridional de ida y vuelta al Mediterráneo. Incluso he vuelto a hacerlo ocasionalmente en fechas muy recientes, porque el imperativo de la nostalgia es recurrente y no puede ser desobedecido sin incurrir en imperdonable traición a uno mismo.
Crucé Mota del Cuervo, y en la primera recta interminable que buscaba el horizonte en suave descenso fui abriendo el acelerador y dejé que la moto se embalase impulsada por un ligero viento de cola. Caía un sol de plomo sobre la carretera. La escala del velocímetro estaba graduada de 0 a 160 km/h., una velocidad absolutamente impensable para esta moto, pero la aguja fue subiendo muy lentamente hasta los 110, 120 y 130 mientras el motor monocilíndrico vibraba con una trepidación catastrófica y la aguja del cuentavueltas entraba en la zona roja de las 8.500 revoluciones por minuto (de manera también testimonial esta escala estaba graduada hasta las 10.000, porque a ese sobrerrégimen el motor sin duda reventaría). Un Simca 1200 se interponía en mi camino apenas cincuenta metros por delante, pero la carretera aparecía despejada al frente, de modo que miré por los espejos, accioné el intermitente y salí al carril izquierdo para proceder a la maniobra de adelantamiento sin cortar gas. Le alcancé y empecé a rebasarle con holgura, pero antes de poder finalizar la maniobra y regresar al carril derecho se me abrieron de golpe las puertas del infierno. Veinticinco años después todavía recuerdo la cara de espanto del conductor del Simca. Pero sobre todo no he conseguido olvidar mi propia sensación de angustia sabiendo que aquellos eran mis últimos segundos de vida.
domingo, 30 de noviembre de 2014
jueves, 6 de noviembre de 2014
CARRETERA N-301 (OCAÑA-CARTAGENA). (I) De Ocaña a Albacete
Ver también la segunda parte del reportaje:
En febrero de 2013, cuando el alcance que teníamos en nuestra página de Facebook apenas llegaba a los 60-70 seguidores, comenzamos a elaborar un reportaje sobre la carretera N-301 (Ocaña-Cartagena), recuperando y mostrando todos los vestigios de otras épocas, lugares interesantes y demás curiosidades que pudiéramos encontrarnos en la ruta, a través de los ojos de la herramienta Google Street View. Aunque nos quedamos a mitad de la provincia de Cuenca; nunca se llegó a terminar.
Bien, dado que a principios de septiembre del año 2014 superamos la increíble cifra de 2000 seguidores en la página, decidimos recuperar este reportaje para la ocasión, entre otras celebraciones, y volvimos a recorrer virtualmente esta carretera. No solo rescatamos los antiguos posts que ya se publicaron entre febrero y mayo de 2013; además, continuamos el reportaje a partir de donde lo dejamos, tratando de llegar lo más lejos posible. Nuestro objetivo ha sido llegar hasta Albacete, que fue hasta donde lo estuvimos preparando, sin descartar en absoluto continuar y llegar hasta la misma Cartagena en un futuro, que en principio, habría de ser parte de otro reportaje diferente, el cual ya se ha realizado.
Entre los días 12 de septiembre y 6 de noviembre, fuimos publicando en nuestra página de Facebook dos posts diarios de forma ininterrumpida, a las 8:00 y 20:00, recorriendo la nacional. Ahora que ya hemos terminado nuestro reportaje en Facebook, hemos decidido reunir de nuevo todos los datos que hemos publicado estos meses, tanto los que ya teníamos como los que nos han ido aportando los seguidores, para crear este artículo: un reportaje con el que viajaremos por la nacional.
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J. Pozuelo
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jueves, 30 de octubre de 2014
N-332. Límite de provincias Alicante-Valencia y hallazgos y curiosidades en Vergel y Ondara.
Una tarde de Junio tórrida en la provincia de Alicante, me aburría, me había
quedado sin provisiones para la cena y era necesario bajar al súper más
cercano para solventar la situación. Cogí la moto, llené la maleta
trasera o top case de víveres no perecederos y decidí que era un
crimen volver a meterse en casa sin dar una vuelta por las carreteras cercanas. No iba a ciegas,
desde luego. Sabía dónde buscar, aunque al final encontré mucho más, y
más interesante, de lo que esperaba en un principio.
Este hito lo llevaba viendo toda la vida, pero completamente mudo y
descascarillado. Sin embargo, el otro día, me llevé la grata sorpresa de
que había sido restaurado y pintado con la nueva denominación de la
carretera. Meses después, gracias a las investigaciones de mis colaboradores, hemos conseguido averiguar la nomenclatura primitiva a
la que correspondió. Se trataba de la A-P-1323, y se encuentra en Las Rotas (Denia). Es una
carretera local muy corta que muere en el mar. Es curioso que los
caracteres del cajetín estén pintados en negro, en lugar del blanco
preceptivo de los hitos del Plan Peña, pero es que para que destaquen
sobre el amarillo tiene que ser un blanco especial, muy intenso, y
naturalmente a estas alturas de la Historia no se van a complicar la
vida los responsables del asunto. Bastante es que se haya salvado el
hito, porque el del km. 1 ya es metálico, y la carretera termina antes
del km.3. Muy corta, como digo.
Por aquí había ya poco que hacer en cuanto a descubrimientos de
vestigios carreteriles, así es que lo obligado era acercarse hasta la
N-332, muy cerca, en el límite de provincias de Alicante y Valencia, una
frontera que siempre me ha resultado excitante. Hasta hace poco tiempo en este límite existía un cruce muy peligroso
hacia Denia y sus playas regulado por un stop. Pero ese cruce se cobró
tantas vidas que decidieron suprimirlo sobreelevando la N-332 y
estableciendo una rotonda debajo. Como consecuencia de ello quedó sin
servicio un breve tramo de carretera de apenas 100 metros, aunque en
realidad todavía da acceso a alguna finca colindante.
El río Racons, o Molinell, marca el límite entre las dos provincias.
Hace años, entrando desde la de Valencia a la de Alicante se veía un
cartel con una cita del escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez: Alicante, la casa de la primavera. Lamentablemente ese cartel ya no
existe, porque este país se vuelve cada vez más prosaico.
Vista del tramo en sentido Alicante, con la silueta prominente del Montgó al fondo:
Y desgraciadamente nos encontramos también con esto:
No sabemos si la víctima, al parecer de nacionalidad alemana, perdió la
vida antes o después de la rectificación del peligroso cruce. Pero lo
cierto es que sobrecoge seguir encontrando estas cosas en la carretera.
Regresamos al municipio de El Verger, primera localidad alicantina que
encontramos en esta carretera viniendo de Valencia. La nacional ha sido
circunvalada, pero el pueblo conserva milagrosamente tres hitos del Plan
Peña en un aceptable estado de conservación y además correlativos.
Corresponden a los primitivos kilómetros 174, 175 y 176 de la N-332,
antes de que se variase su kilometraje, que ya quedaría reflejado en
hitos metálicos.
Dos tomas del 175. Es curioso que ha existido movimiento de tierras en
las cunetas y sin embargo el hito ha sobrevivido, afortunadamente. No es
lo habitual, como tampoco es habitual que lo dejen degradarse sin más,
perdiendo la pintura como consecuencia de los años y de la intemperie.
Otros que todavía sobreviven en esta carretera han sido repintados, pero
borrando la numeración kilométrica y dejando sólo el cajetín con el
rótulo de N-332.
El 174. Este es quizá el que mejor se conserva, y además, al encontrarse
en una amplia zona ajardinada y enterrada su base, pienso que tiene más
probabilidades de sobrevivir definitivamente e incluso de ser
restaurado de pintura, aunque le borren el punto kilométrico. Lo cual es
una lástima, por otra parte, porque lo suyo sería respetar su estado
original, caracteres incluidos, aunque no reflejen el kilometraje real
de la carretera en la actualidad.
Seguí buscando más hitos correlativos, quizá el 173 y sucesivos en orden
descendente, pero la travesía de El Verger a partir de este punto ya se
encontraba completamente urbanizada, con aceras y edificios, y en estas
circunstancias los viejos hitos tienen a desaparecer inexorablemente.
Sin embargo, entre el hito 176 y el 174 todavía encontré cosas dignas de
interés, como veremos a continuación.
Este coche (al parecer, un Rover) se quemó completamente en algún lugar no muy
lejano y lo trajeron a este desguace que existe a la entrada de El
Verger. Todavía no lo han llevado al interior del recinto del desguace,
que es perfectamente visible desde la carretera y cuyo interior
fotografié en alguna ocasión anterior. Para mí no tiene un interés
excesivo, porque todos los vehículos que alberga son bastante modernos, o
por lo menos demasiado contemporáneos. Sin embargo, teniendo en cuenta
que la mayoría de los desguaces a la intemperie han desaparecido, para
convertirse en plantas de reciclado de chatarra completamente asépticas e
invisibles desde el exterior, este de El Verger puede considerarse una
excepción y una singularidad notable.
¿Y qué decir de este reclamo comercial que se encuentra un poco más
adelante? Ocupa todo el arcén y casi invade la propia carretera.
Completamente inadmisible.
Sin embargo es una costumbre en esta zona que los anunciantes de
negocios particulares invadan con su publicidad las vías públicas.
Apenas un kilómetro más allá se ubica el cuartel de la Guardia Civil.
Otra costumbre muy frecuente en El Verger es que los tejados de casas y
edificios exhiban vehículos de todo tipo, bien como reclamo comercial de
sus actividades, en este caso un negocio de motos, o por puro misterio y
abandono, como veremos más adelante.
Sin embargo, nada mejor que este reclamo de la tienda/taller a pie de
carretera. Se trata de una Ural con sidecar muy aparente y vistosa. Una
moto rusa que no puede competir con productos europeos occidentales y
asiáticos mucho más evolucionados. Sólo con detectar los arcaicos frenos
de tambor ya podemos hacernos una idea de las pretensiones de esta
moto. No obstante, en la primera imagen, se puede observar un detalle
gracioso: lleva un anagrama con la hoz y el martillo en la parte
inferior trasera del sidecar. Vamos a recortar la fotografía para que se vea mejor:
Y volvemos a los tejados. Casi saliendo ya de El Verger, nos encontramos
con este Seat 1400 convertido en un acordeón, que es imposible saber
cómo ha llegado ahí arriba. Lo llevo viendo durante varios años y está
claro que alguien lo ha tenido que subir al tejado de porque sí.
Además, el local comercial no tiene nada que ver con actividad de
automoción alguna, pues es, o era, de una empresa de elementos de riego o
similar. Supongo que no existirá ninguna normativa municipal que te
obligue a bajar del tejado de tu casa o negocio un pedazo de chatarra.
¡Hasta ahí podíamos llegar! Y me parece bien. Pero por lo menos
desconcertante no podemos negar que resulta.
Seguimos viaje por la N-332 en dirección Alicante, y la siguiente
localidad que nos encontramos es la de Ondara. Sin ser demasiado
exhaustivo en mi búsqueda de antiguos elementos y sin salirme del
entorno de la carretera encuentro por lo menos dos vestigios muy
interesantes. Este no lo conocía, el segundo sí.
Esta señal de prohibición de señales acústicas es toda una reliquia de
otros tiempos. ¿Tendrá fecha de fabricación por detrás? Cuando me bajo
de la moto para hacerle un par de fotografías e indagar en su reverso
para encontrar una fecha, los peatones que transitan por la calle me
miran alucinados como si se encontrasen ante un extraterrestre. Pero yo a
lo mío, sin inmutarme. No encuentro ninguna fecha, y aparentemente no
la tiene, aunque es difícil saberlo, porque puede encontrarse en la
parte derecha más pegada a la pared. Pero no me atrevo a mover la placa
ligeramente para salir de dudas, porque la gente a lo mejor se hubiera
mosqueado.
Y por último, este cartel direccional que llevo viendo toda la vida en
plena travesía de la N-332 por Ondara (es decir, medio siglo), que
siempre quise fotografiar y que por fin lo conseguí esa tarde de
mediados de Junio de 2014. Aunque mi deseo secreto es llevarme el cartel, por
supuesto, cosa que se antoja demasiado complicada. El edificio está que
se cae a pedazos, pero el cartel resiste y se encuentra a demasiada
altura como para intentar acceder a él. Y además, ¿en dónde diablos
tiene el anclaje a la pared? ¿Por detrás? ¿Pero cómo? Me quedaré con las
ganas de averiguarlo. Como curiosidad chapucera de su colocación
destacar que la punta de flecha sobresale sobre la arista del edificio.
Pero ahí sobrevive, impertérrito, indicando un destino que sigue siendo
correcto aunque ya no se utilice esa carretera (antigua C-3311) para
llegar a Denia ni a sus playas.
martes, 30 de septiembre de 2014
jueves, 25 de septiembre de 2014
LUNES ARDIENTE EN LA CARRETERA. 1ª Parte. Minglanilla-Alcalá del Júcar
La implacable ruta de
la sed
1ª Parte. Minglanilla-Alcalá del Júcar
A menudo lo mejor es improvisar,
tomar decisiones sobre la marcha, elegir los caminos según se vayan presentando
las alternativas. Estoy hablando de un viaje por carretera, no de la vida. Las
metáforas quizá las deje para más adelante, si surgen, como surgen las
alternativas. De momento voy rodando por la autovía A-3 tratando de escapar de
Madrid hacia el Mediterráneo. Puede ser un viaje de rutina de poco menos de
quinientos kilómetros y poco más de cuatro horas, o puede ser lo que yo quiera,
incluso un viaje de poco más de quinientos kilómetros y poco menos de ocho
horas. Puedo atravesar sólo cuatro provincias, o atravesar incluso cinco, si lo
deseo. Atravesar más de cinco ya supondría dar un largo rodeo que dispararía
excesivamente la distancia y el tiempo de viaje, y tampoco se trata de esto,
aunque acabe de inaugurar mis vacaciones. Me esperan al otro lado del mapa y no
comprenderían una excesiva demora por mi parte.
Estoy
improvisando tanto, que ni siquiera he mostrado interés en llenar el depósito
de combustible de la moto antes de partir. En consecuencia, la luz naranja del
testigo de la reserva se enciende apenas superada la primera veintena de kilómetros
del trayecto. Me desvío en la primera gasolinera que me sale al paso y cargo el
tanque de gasolina sin plomo de 95 octanos casi hasta rebosar. Más de 20 litros y cerca de 30
euros, o 30 euros exactos por aquello de redondear la cifra y evitar monedas de
vuelta, que ahora ni lo recuerdo, ni quiero recordarlo. Me retiro de los
surtidores y me dedico a fumar un momento ensimismado, meditando acerca de lo
que quiero hacer exactamente en este viaje. Es el mediodía del 1 de Septiembre
de 2014, Lunes. El verano de este año ha
sido hasta la fecha irregular y discontinuo, y amenaza con manifestarse en toda
su tórrida crudeza durante el mes de Septiembre. El mes comienza fuerte, desde
luego, y el calor aprieta sin clemencia. La indumentaria de motorista, como de
costumbre, no hace sino agravar la situación térmica. La chaqueta de Gore-Tex, los pantalones de cuero, las
botas cortas, el pañuelo de cuello y el casco son de color negro, y absorben
maravillosamente bien la radiación solar, forzando al cuerpo a romper a sudar
de inmediato, transmitiéndote una permanente y desagradable sensación de
asfixia que ya no cesará hasta que llegues a destino y puedas reconciliarte con
el mundo bajo el chorro helado de una ducha.
Regreso a la
autovía. He decidido continuar por la A-3 hasta Honrubia, en donde me desviaré,
como suele ser habitual, por la primitiva N-III. Una vez en Minglanilla ya
pensaré si viro hacia el sur por carreteras comarcales en dirección Almansa o
continúo camino hasta Valencia. Mi decisión dependerá del calor, de la hora y
del estado de ánimo. Quizá tenga que detenerme a comer, quizá no, y pueda
mantenerme activo durante centenares de kilómetros con alguna bebida isotónica
y un par de galletas energéticas que llevo entre el escueto equipaje. Muchas veces
ha sucedido así, me he alimentado durante horas sólo a base de recorrer
distancias, como si el viaje en sí me aportase todo el sustento vital
necesario. Pero por el momento, los 166 kilómetros de
autovía entre Madrid y Honrubia son insufribles debido al calor y al intenso
tránsito de salida de vacaciones. No olvidemos que Septiembre sigue siendo un
mes de vacaciones estivales para muchas personas, aunque no genere el mismo volumen
de desplazamientos de los meses de Julio y Agosto.
Hacia la una y
media de la tarde llego al desvío de Honrubia, tomo la N-III, y me dejo acoger
amistosamente por la vieja carretera a lo largo de los 68 kilómetros que me
separan de Minglanilla. Con la visera del casco completamente levantada, a
punta de gas, suavemente, como meciéndome a través de las curvas y de las
ondulaciones del terreno, voy dando cuenta demorada de un trayecto que podría
recorrer hasta con los ojos cerrados. En los alrededores del embalse de Alarcón
el sofocante calor estival se mitiga en contacto con la abundante vegetación y
el agua remansada. Pero el alivio es efímero, y al regresar a las inmensas
rectas que llevan hasta Motilla del Palancar y Minglanilla, el verano extremo
de estas comarcas manchegas vuelve a manifestarse en todo su esplendor
sofocante. A las dos de la tarde asoma la extensa silueta del casco urbano de
Minglanilla en el horizonte. Es el momento obligado de tomar una decisión:
seguir hacia el este o virar hacia el sur.
Casas Ibáñez
40. Carretera autonómica CM-3201. Instintivamente he tomado la derrota del sur
para volver a recorrer unos ásperos territorios por los que transité en el
pasado. La carretera ha sido mejorada muy ligeramente, pero los territorios
siguen siendo tan desolados como cuando los recorrí por última vez, en unas
condiciones atmosféricas muy diferentes a las de hoy, pero no menos
desagradables, con lluvia, con viento y con frío extremo. Esta es la ruta de
enlace entre la N-III y la antigua N-430, actual autovía A-31, y cruza de norte
a sur la vasta franja oriental de la inmensa provincia de Albacete, la novena
más extensa de España. El sol de las primeras horas de la tarde cae a plomo
sobre las resecas llanuras apenas jalonadas por pequeños y dispersos pueblos
que pasan inadvertidos al viajero, deslumbrado por la intensa luz estival. El
límite de provincias entre Cuenca y Albacete, en las proximidades de Villamalea,
señalado con un escueto cartel, también me hubiera pasado completamente
desapercibido, de no ser porque lo andaba buscando, y lo encontré. De aquí a
Casas Ibáñez todavía 16
kilómetros interminables que bien podrían pasar por 50 ó
60. Cuando llego por fin a esta importante población albaceteña, en el cruce
con la N-322, me asalta por primera vez en el viaje la tentación de pararme a
comer en condiciones, esto es, quizá en la terraza de algún restaurante de
carretera para degustar unas excelentes chuletas de cordero a la brasa, tan
típicas de la zona. Para entonces llevo ya recorridos alrededor de 260 kilómetros sin
parar, la moto va a pedir gasolina muy pronto, la temperatura ambiente supera
seguramente los 35 grados centígrados y yo empiezo a experimentar los primeros
síntomas de la deshidratación, uno de los cuales, y de los más peligrosos
cuando vas conduciendo, es el de la vista nublada.
Entro pues en
el casco urbano de Casas Ibáñez y completamente desorientado consigo desembocar
en un frondoso parque con un bar y un quiosco de helados. Los paisanos que
toman el aperitivo sentados en las terrazas de ambos establecimientos alzan los
ojos para observarme con curiosidad cuando aparco la moto en sus proximidades y
empiezo a despojarme de mi pesada indumentaria, que seguramente me asemeja más
a un astronauta que a un simple y cotidiano viajero terrestre que recorre la
provincia. Supone todo un alivio desprenderse del casco, de los guantes -trabajosamente,
porque tengo las manos sudadas y se resisten a salir-, del pañuelo de cuello y
de la agobiante chaqueta de Gore-Tex,
que no fue diseñada en absoluto para recorrer estas latitudes en verano. Respiro
profundamente y enciendo un cigarrillo, y después otro, y quizá un tercero
antes de hacer otra cosa, pues las ganas de fumar, después de casi tres horas
consecutivas de viaje, son insoportables incluso por encima de la necesidad
apremiante de comer o de beber. Veo un extraño automóvil marca Spartan con matrícula histórica aparcado
junto a mi moto. Realmente no parece muy antiguo, ni muy histórico, pero esto
es lo que hay, y le saco una foto con el teléfono móvil, que de inmediato envío
por whatsApp al grupo EN LA CARRETERA, homónimo de este blog y
de la página de Facebook, en donde los otros dos miembros del equipo, Antonio
Teruel y Escorpio10, van a ir subiendo más o menos en directo las imágenes que
les vaya enviando de mi viaje, según habíamos convenido el día anterior. Y a
las 14´25 horas tiene lugar la siguiente conversación (extractada) escrita
entre nosotros:
-Route1963: Casas Ibáñez, en directo.
-Antonio Teruel: Vaya, nos enviamos fotos a la vez. (Él acaba de subir una fotografía de la portada
del diario Levante de Valencia en la que se lee que el segundo tablero del
viaducto de la A-3, en Contreras, también deberá repararse).
-Route1963: Pero yo estoy en ruta!
-Antonio
Teruel: Qué coche histórico más chulo.
-Route1963: Mando fotos para que Escorpio las suba a la
página en vivo. Ahora tiraré para Alcalá del Júcar.
-Antonio
Teruel: Por Jorquera o directo?
-Route1963: Directo. Luego tiro para Jorquera.
-Antonio
Teruel: Entonces darás más vuelta. Cómo
volverás desde allí hacia Almansa?
-Route1963: Pero hace un calor criminal. Jorquera-Casas
de Juan Núñez-Alpera-Almansa.
-Escorpio10: Dónde está ese coche histórico?
-Antonio
Teruel: (…) Yo lo haría al revés, primero
a Jorquera y de allí a Alcalá. Uff, qué vuelta.
-Route1963: El coche está en Casas Ibáñez, Escorpio. Un
paseo.
-Escorpio10: Vale, lo habías puesto antes y no lo vi.
-Route1963: Tranqui.
-Escorpio10: Si subes a Jorquera y un pelín más arriba,
encontrarás hitos y señales antiguas con cajetines amarillos impertérritos y
todo.
-Antonio
Teruel: De Casas de Juan Núñez a
Higueruela, y de ahí a Alpera… Así tocas menos A-31. Aunque MENUDA VUELTAAAAA.
-Escorpio10: Ey, que lo que importa es el viaje, es el
fin en sí mismo. En un rato publico el coche.
-Route1963: Os sigo informando, socios.
-Escorpio10: Ok.
Compro una
botella de litro y medio de agua helada en el quiosco. Pregunto por la
gasolinera más cercana de camino a Alcalá del Júcar y me informan amablemente
de que hay una en Las Eras, casi llegando a esta localidad turística. Me bebo
media botella de agua de un trago, guardo el resto en la maleta trasera o top-case, en el argot, y reanudo la
marcha. Son las tres menos diez de la tarde. Ahora comienza de verdad lo
interesante de mi improvisada e implacable ruta de la sed. Las chuletas de cordero
a la brasa pueden esperar. O tal vez en Alcalá del Júcar, media hora más tarde,
sea llegado el momento. O nunca. El agua y el tabaco me han saciado bastante.
Soy un tipo duro, un viejo lobo solitario de la carretera curtido en mil y una
batallas mucho peores que esta. Aunque cuando alcanzo de nuevo el cruce de la
N-322, Albacete a la izquierda, Requena a la derecha, bajo un sol despiadado, me
vuelven a asaltar de nuevo todos los terrores posibles e imposibles. Desprende
fuego el asfalto de la carretera nacional y el motor cansado de mi vieja Honda Varadero del 99 arroja, a su vez,
ardientes turbonadas ascendentes que me queman las piernas, los brazos, las
manos y la cabeza. La aguja blanca del reloj de la temperatura se ha disparado
hacia la derecha, muy cerca de la escala roja de peligro, y el ventilador ruge
endemoniadamente tratando de disipar en vano este calor apocalíptico. Si en
verdad existe el infierno, los condenados al suplicio eterno deben experimentar
sensaciones muy similares a las que padezco yo en estos momentos. Incapacitado
para orientarme correctamente, no puedo por menos que equivocar el camino dos
veces, pero rectifico a tiempo y enderezo el rumbo. Podía haber sido peor:
apenas si he perdido cinco minutos.
Me encuentro
de nuevo en la CM-3201, camino de Alcalá del Júcar, como tenía previsto. En
mitad de la nada, en un cruce de carreteras vecinales que llevan a Zulema y
Casas de Ves, aparece la gasolinera de Las Eras. En muchos mapas ni siquiera figura
rotulado este lugar. Es como si no existiera. Vuelvo a llenar el depósito de
combustible y hago una visita a los lavabos para aliviar la vejiga. Esto
significa que aún no he sudado lo bastante, pues de lo contrario no necesitaría
orinar. Y de hecho no volveré a hacerlo durante el resto del viaje, porque es a
partir de aquí cuando voy a romper a sudar copiosamente hasta agotar todas mis
reservas corporales y las de la botella, de agua ya recalentada, que guardo en
la maleta trasera.
A las tres y
cinco de la tarde tomo tres fotografías de este lugar con el teléfono móvil y
las envío de inmediato al grupo, con el siguiente mensaje: Las Eras (AB). Camino de Alcalá del Júcar. Pero no obtengo
respuesta. Mis socios están comiendo, se han echado la siesta o han silenciado
sus teléfonos móviles y se han desentendido momentáneamente de mi aventura. El
reportaje en directo en la página de Facebook, como tal, no se está llevando a
cabo de la forma que habíamos previsto la víspera, pero parte de la culpa es
mía, por viajar a unas horas tan intempestivas en las que a nadie se le
ocurriría ni asomarse a la calle, no digamos ya lanzarse a la carretera en el 1
de Septiembre más tórrido de la historia de España desde que existen registros
meteorológicos. Lejos de contrariarme por estas adversidades, yo sigo a lo mío,
y aún tengo muchas cosas que hacer. Estoy pasando más calor del que he
acumulado en todos los días de mi vida juntos, pero no puede decirse que me
esté aburriendo en absoluto, sino todo lo contrario. Ha llegado el momento de
relegar las fotografías a un segundo plano y prepararse para grabar video en
marcha desde la moto. Los parajes que voy a recorrer a continuación lo merecen,
de modo que preparo el soporte de la cámara, la propia cámara de video y su
mando a distancia, que a veces funciona correctamente y a veces, la mayoría de
ellas, falla con estrépito. Yo mismo me sorprendo de la ensimismada
laboriosidad con que me ocupo de estas tareas técnicas, sometido a una
temperatura cercana a los cuarenta grados centígrados, sudando a mares,
deslumbrado por una luz solar insoportable en mitad de estos páramos salvajes,
acuciado por una sed insaciable que a duras penas consigo atenuar mediante
largos sorbos de la botella de agua ya recalentada. Y sin embargo mi actividad
es frenética, la lucidez de mi cabeza ejemplar y la estabilidad de mi cuerpo
asombrosa en unas condiciones ambientales tan hostiles.
Pero lo mejor
de todo es que puedo seguir conduciendo y tengo combustible para hacerlo por lo
menos durante otros 300
kilómetros por estas carreteras lentas y demoradas de mi
particular ruta de la sed. El paisaje va a cambiar enseguida, provocando una
ruptura geográfica inesperada en la inmensa llanura manchega. El río Júcar abre
un vasto y abrupto cañón en su curso que obliga a la carretera a precipitarse
hacia el abismo de su ribera. Se suceden las curvas y revueltas inverosímiles
en pronunciada pendiente que llevan hasta Alcalá del Júcar, tres kilómetros más
abajo, un pueblo hermoso y singular como pocos. Hacía algunos años que no
volvía por aquí, a este lugar desconcertante y contradictorio en donde puedes
degustar las mejores chuletas de cordero a la brasa del universo conocido y al
mismo tiempo alojarte en el peor hostal del mundo, con las sábanas sucias, el
mobiliario desvencijado y las ventanas rotas. En donde puedes guardar tu moto
una noche de invierno en la pista de baile de una discoteca de verano cerrada,
entre cajas de refrescos vacías y bafles llenos de telarañas, o subirte en un
viejo tractor Barreiros abandonado junto a la carretera en plena travesía urbana.
Un lugar desconcertante, contradictorio y extremo, en donde puedes
congestionarte por el calor o entrar en una tiritona perpetua de frío y humedad
dependiendo de la estación del año. Pero un lugar al que nunca te importa
regresar, aunque sea un momento, de paso, de camino hacia otro sitio. Como
ahora, porque aunque la tentación de detenerme a comer ha vuelto a asaltarme
varias veces mientras cruzo parte del pueblo olfateando con deleite la carne a
la brasa que crepita en las parrillas de leña al aire libre, finalmente he
decidido continuar sin pausa con el itinerario previsto.
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ROUTE1963
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CASAS IBÁÑEZ,
CM-3201,
HONRUBIA,
MINGLANILLA,
PROVINCIA DE ALBACETE
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