lunes, 27 de febrero de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 3ª Entrega


Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.



Un relato de Route 1963

LUCHANDO A BRAZO PARTIDO EN EL ALTO DEL TOSSAL

El número se puso a escudriñar la carretera en la dirección que le señalaba el sargento y pronto lo vio. El espeso tránsito que apenas un rato antes saturaba la 296 se había ido disolviendo poco a poco con la hora del almuerzo y se abrían grandes claros en la larga recta de asfalto que tenían ante ellos. A trescientos metros se acercaba lo que parecía un desvencijado camión Mercedes con la cabina de color verde salpicada de barro y una caja trasera que, en efecto, bien podía pasar por un furgón frigorífico. Cuando lo tuvieron un poco más cerca observaron, no obstante, que su matrícula era española y no rusa, pero para entonces Nogueras ya había tomado la decisión de darle el alto de todos modos, así es que sacó medio cuerpo fuera del arcén y se puso a hacerle señas con el brazo. Fue en ese momento cuando Briongos pudo fijarse en que la placa de matrícula delantera iba sujeta rústicamente al paragolpes con un trozo de alambre retorcido de aspecto muy reciente. Y enseguida sucedió algo tan increíble como inesperado: aquel camión sospechoso, en lugar de obedecer la orden de detención que le había dado Nogueras, pegó un brusco volantazo a la izquierda y empezó a acelerar por el carril contrario adelantando a los vehículos que le precedían. Los dos guardias se miraron embargados por una confusa mezcla es estupor y de miedo.

¡Será fill de puta! —saltó el sargento furioso—. ¡A las motos, Briongos, a las motos!

lunes, 20 de febrero de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 2ª Entrega


Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.



Un relato de Route 1963

LUCHANDO A BRAZO PARTIDO EN EL ALTO DEL TOSSAL

Nogueras entró en el motel con paso decidido mientras se quitaba el casco. Tenía la cabeza empapada de sudor. En realidad, el agua le importaba una mierda. De hecho, ni siquiera tenía sed. Sin embargo, el charlar un rato con la camarera sí que le apetecía. Le apetecía mucho. La chica no sólo era extraordinariamente hermosa, sino también amable, locuaz y muy simpática. Quizá demasiado. El sargento se derretía con ella. El sargento y todo el mundo. Habitualmente tenía Mónica una nutrida corte de moscones a su alrededor, todos con la boca abierta y la baba a punto de caerles por las comisuras de los labios. La conocía desde hacía mucho tiempo. Pero hoy estaba sola detrás del mostrador, y al verle llegar le sonrió.

Buenos días, sargento.

miércoles, 15 de febrero de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 1ª Entrega


Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.


Un relato de Route 1963

LUCHANDO A BRAZO PARTIDO EN EL ALTO DEL TOSSAL

El sargento Nogueras y el número Briongos eran motoristas de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil adscritos al puesto de Ventolana, un municipio de mediano tamaño perdido en el corazón continental de la España profunda. Nogueras era valenciano y Briongos aragonés, y aunque ambos llevaban ya varios años destinados en esta árida comarca tan alejada de sus lugares de origen, todavía conservaban esos peculiares acentos que tanto delataban sus respectivas procedencias. Y no sólo sus acentos, sino también las frecuentes apelaciones a sus vírgenes autóctonas (Nogueras a la de los Desamparados, Briongos a la del Pilar), a las que acostumbraban a mentar inconscientemente, a modo de exclamación, sin ningún propósito irreverente ni piadoso. Pero aquí terminaban las semejanzas entre ellos. Porque, en efecto, en todo lo demás eran completamente diferentes y hasta opuestos el uno del otro. Nogueras impulsivo, tenaz, aguerrido y echado para adelante. Briongos reposado, reflexivo, manso y un punto apocado. Y sin embargo a pesar de esto, o precisamente por ello, ambos formaban la mejor patrulla de motoristas del puesto de Ventolana y sus mandos les tenían en gran consideración. Eran los mejores en todos los cometidos que llevaban a cabo. Habitualmente estos cometidos no iban mucho más allá de meras actividades de rutina en la carretera nacional 296 a su paso por la comarca de las Tierras Grises, a la que pertenecía Ventolana, esto es, regulación del tránsito, asistencia en averías y accidentes, comprobación de documentaciones y, llegado el caso, sanción de las infracciones cometidas por los conductores. Pero a veces también se tenían que enfrentar a situaciones más comprometidas, bien fuera la persecución de vehículos sospechosos que no respetaban la señal de alto, atracos en gasolineras, altercados y reyertas en establecimientos públicos, o catástrofes naturales en las que ineludiblemente eran llamados a intervenir en auxilio de las víctimas y a veces con riesgo considerable para sus propias vidas.

domingo, 13 de noviembre de 2016

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 14ª Entrega




Un relato de Route 1963



Pero él no pareció escucharme porque, absorto como estaba en la contemplación de aquella masacre, descendió unos metros por el terraplén y se dedicó a iluminar uno por uno con la linterna todos los cadáveres que teníamos a la vista con una aplicación casi judicial, como si pretendiera identificarlos, descubrir la causa de su muerte o encontrar entre ellos a alguien conocido. Esta operación le llevó unos minutos que a mí se me hicieron interminables, y cuando regresó por fin traía el rostro descompuesto y la mirada tan perdida como deben de tenerla quienes vuelven de una visita al infierno.

Esta noche Caín el maldito se ha paseado por aquí a sus anchas —fue todo lo que se le ocurrió decir.

¿Conoces a alguno?

No he podido verles la cara a todos. No me atrevo a moverlos, pero creo que no conozco a ninguno. Hay tres mujeres. Lo de siempre: un tiro en la nuca.

¿Y a qué esperamos para marcharnos? ¿Es que nos vamos a quedar aquí toda la noche para que nos pase lo mismo que a esos infelices?

Tengo una pistola —me soltó Juan de repente.

¿Una pistola? ¿De dónde la has sacado?

domingo, 6 de noviembre de 2016

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 13ª Entrega




Un relato de Route 1963



Bájate de la moto muy despacio y levanta las manos para que vean que vamos desarmados —me ordenó Juan.

Eso hice, y estuve a punto de perder el equilibrio y caerme al suelo. Mi hermano se bajó también, colocó la moto en el caballete y levantó las manos. Y entonces ocurrió algo increíble: el auto arrancó de improviso y sin encender los faros pegó un acelerón precipitado para marcharse camino abajo a toda velocidad levantando una espesa polvareda. Ni siquiera tuvimos tiempo de ver cuántos ocupantes llevaba el vehículo. Juan respiró profundamente aliviado.

Lo sabía —dijo.

¿El qué?

Que iba a pasar esto. Alguien tenía que tomar la iniciativa y facilitarle las cosas al otro. De lo contrario nos habríamos podido pasar aquí toda la noche sin que nadie se atreviera a moverse.

Sí, pero menudo susto. ¿Quién iría en ese auto? —pregunté con viva curiosidad.

domingo, 30 de octubre de 2016

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 12ª Entrega




Un relato de Route 1963



Eran las cero horas del sábado 1 de agosto de 1936 cuando llegamos a los bosques de la Dehesa de la Villa. Para nuestra desgracia tampoco era este un paraje especialmente seguro. Casi todas las mañanas aparecían entre los árboles decenas de cadáveres de civiles tiroteados. A veces los asesinaban en el lugar, otras los traían ya muertos sus verdugos en camionetas o en autos particulares y los abandonaban sobre el terreno sin darles sepultura. Pero en todo caso era mejor esconderse aquí que seguir dando vueltas por las calles expuestos a cualquier percance. Mientras subíamos por un camino de tierra que se adentraba en lo más espeso de la fronda yo caí en la ilusión óptica de ver cuerpos abatidos y cañones de fusiles que nos apuntaban en donde tal vez sólo había sombras y siluetas naturales. Las pistonadas del motor bicilíndrico de la Brough Superior sonaban acompasadas en el silencio de la noche, apenas respondidas por el canto de los grillos y el rumor del agua de alguna fuente que manaba en la oscuridad. El olor de las plantas y el frescor grato del bosque nos hicieron sentir de improviso un bienestar largo tiempo olvidado después de tantas privaciones y riesgos, y fue entonces, y sólo entonces, cuando por primera vez empecé a creer que podríamos escapar y salvarnos, pero mi esperanza duró apenas unos minutos, hasta que nos encontramos con los faros deslumbrantes de un automóvil que bajaba en dirección contraria.

domingo, 23 de octubre de 2016

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 11ª Entrega




Un relato de Route 1963



Me puse en cuclillas en un rincón y me bajé los pantalones y los calzoncillos torpemente. En mi vida había sentido un miedo y una humillación semejantes. Tampoco había imaginado nunca que yo pudiera llegar a ser tan cobarde. Pero lo era, y esto ya no tenía remedio.

Como no nos marchemos ahora mismo, no te lo perdonaré en la vida, Mariano.

Desde la oscuridad del portal podía ver su silueta nítida recortándose contra el resplandor de las luces de la calle. Mi hermano Juan deambulaba impaciente de un lado a otro de la entrada con las manos en los bolsillos de los pantalones sin perder de vista ni un instante el bar en donde estaban reunidos los milicianos. Ambos sabíamos que en cualquier momento podrían salir al exterior y montarse en sus vehículos, y cuando eso sucediera todas nuestras oportunidades de huir a Valencia esa noche se habrían desvanecido para siempre. No habíamos llegado tan lejos sorteando tantos peligros como para rendirnos ahora, en el último minuto. En eso Juan llevaba razón, y probablemente de no ser por mi inoportuna cobardía que me tenía ahora miserablemente indispuesto y humillado en aquel portal, ya llevaríamos un rato a bordo de la inglesita escapando de una muerte segura.

¿Has terminado ya? ¿Te falta mucho? —me preguntó con angustia.

—musité—, pero no tengo con qué limpiarme.

Ahora vengo —dijo, y salió del portal.

domingo, 16 de octubre de 2016

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 10ª Entrega




Un relato de Route 1963



Tú déjame a mí —me susurró Juan con un tono de preocupación—. Creo que podremos salir también de esta.

¡A ver, documentación! —pidió el otro guardia.

Buenas noches —saludó mi hermano mientras sacaba nuestras documentaciones falsas de un bolsillo exterior de la mochila y se las entregaba a los agentes.

Los guardias miraron los papeles con cierto detenimiento profesional. Sobre todo los dos carnets oficiales de la CNT. Si por algún motivo no les convencían nuestras identidades y nos llevaban detenidos para hacer averiguaciones posteriores, podíamos darlo todo por perdido. A decir verdad, mientras no consiguiéramos salir de Madrid con cada minuto transcurrido menguaban notablemente las probabilidades que teníamos de ponernos a salvo. Uno de los guardias nos observó entonces de arriba abajo con exagerada curiosidad, tal vez oliendo nuestro miedo, porque, al igual que la gasolina que transportábamos, ese miedo que nos dominaba en cuerpo y alma también podía olerse.