martes, 11 de diciembre de 2012

RUTA Y MANTEL. La gastronomía de la carretera. RESTAURANTE LOS PARRALES. Cifuentes (Guadalajara).



Saltamos geográficamente de las cálidas tierras alicantinas hasta la fría y dura Alcarria de Guadalajara, un territorio que, no por harto explorado en nuestras andanzas motoristas y gastronómicas, ha conseguido dejar de sorprendernos nunca, y casi siempre muy gratamente en todos los aspectos.

En esta ocasión, el azar, la fortuna o la casualidad nos pusieron en el buen camino para descubrir un establecimiento muy interesante que no nos era del todo desconocido, pues en varias ocasiones anteriores habíamos tomado algún aperitivo rápido en su terraza exterior, hoy perfectamente acondicionada para el invierno con un cerramiento de lona y plástico y grandes estufas de intemperie, por aquello de facilitar el confort a los fumadores, tan injustamente demonizados en estos tiempos por la tiránica y absurda ley antitabaco. Sin embargo, por unas u otras razones, nunca nos habíamos quedado a comer allí, sino frecuentemente en otro buen restaurante situado justo enfrente de este, al que dedicaremos también una próxima entrada del blog en esta sección de Ruta y Mantel, pues sin duda lo merece igualmente.


Estamos, como queda escrito en el título de esta entrada, en la atractiva Villa de Cifuentes, en el corazón de la Alcarria. El pueblo, aseado y pulcro, cuenta con algunos interesantes vestigios arquitectónicos y arqueológicos del pasado sobre los que no vamos a extendernos aquí, dedicados como estamos a hablar estrictamente de cuestiones gastronómicas y culinarias. El mesón-restaurante Los Parrales se encuentra ubicado en una plaza recoleta cercana al centro de la localidad, y por lo tanto tampoco se trata de un restaurante de carretera como tal. Sin embargo, muchos y variados son los caminos y carreteras que llevan hasta él, y que suelen estar muy frecuentados los fines de semana, sobre todo por motoristas madrileños ávidos de rutas de curvas y de una buena ración de paletilla de lechal al horno. Tentadora combinación. 

El aspecto exterior de su fachada no destaca por nada en particular, porque lo pintoresco y hasta cierto punto insólito se encuentra en su interior, en sus entrañas, propiamente dichas, al tratarse de unas cuevas excavadas en tiempos de los árabes y que ahora se utilizan como mesón, y he aquí el mayor encanto del establecimiento. Existen otros muchos restaurantes y mesones similares por toda España, que disponen igualmente de cuevas, sótanos, mazmorras, túneles, pasadizos o grutas en donde es posible disfrutar o padecer la cocina autóctona de cada lugar en concreto, y en este sentido Los Parrales es un sitio insólito y original, pero sólo hasta cierto punto, como decíamos.


En la planta superior, a nivel de la calle, dispone de un típico comedor rústico con chimenea de leña, algo muy de agradecer en invierno en estas tierras tan frías, y a través de un acceso practicado en la pared se desciende a las cuevas, que bien podrían pasar por un sótano o almacén, situadas a muy poca profundidad. Se trata de dos galerías paralelas de unos diez metros de longitud comunicadas entre sí por un angosto y corto pasadizo, como puede apreciarse en las fotografías.




En el interior de estas cuevas se ha dispuesto de un escueto mobiliario más adecuado para un ligero tapeo a base de raciones que para una más consistente comida convencional, y de hecho parece ser que aquel es el verdadero y único uso que se hace de las mismas, si bien nosotros pudimos comer a mesa y mantel en la primera galería de la cueva, siendo los únicos cuatro ocupantes de tan singulares estancias, pese a ser día festivo en toda España. Podemos achacarlo al frío, a la crisis, al puente laboral de esos días, o a lo que se nos ocurra, pero es bastante probable que en otras épocas del año el establecimiento esté mucho más concurrido y pierda buena parte de su encanto.




La oferta gastronómica de Los Parrales es bastante previsible y no se desmarca en absoluto de los tradicionales patrones de la recia cocina castellana en general y de la alcarreña en particular, pero era precisamente eso lo que habíamos venido a buscar y nadie puede pretender encontrar aquí otra cosa. No ha lugar a experimentos, mixturas ni componendas modernistas, y todos los platos se conocen por su nombre estricto y clásico, sin etiquetas rimbombantes ni deficiones pretenciosas, y así no hay engaño posible, ni trampa ni cartón. Y además, comes en condiciones, sin sentirte estafado.

La carta es breve pero interesante, y como siempre en este tipo de restaurantes los asados constituyen toda una tentación más allá de lo desaconsejable, o no, de su relación calidad-precio, pero tendremos que probarlos en otra ocasión, porque en esta nos decantamos finalmente por un básico y contundente menú de 21 euros precedido de unos muy aceptables entrantes, de los que cabe destacar las magníficas croquetas caseras, para continuar, ya metidos en faena, con la obligada sopa castellana, generosa y potente como en pocos sitios y bien provista de huevo y jamón. Buenas chuletitas de lechal con guarnición, o un muy digno lomo de bacalao al horno sobre una cama de verduritas asadas, de segundo, todo ello regado con un Ribera del Duero sencillo pero cordial, terminaron de convencernos de las bondades del establecimiento antes de llegar a los deliciosos postres caseros, en especial el flan de huevo, pero también muy conseguidos y sin alardes innecesarios el pudding y las tartas. 

  

Y por último, como mandan los cánones, cafés y licores (orujo blanco, hierbas...), para rematar una estupenda y agradable comida en un entorno tan poco habitual como pueden serlo unas cuevas árabes con varios siglos de antigüedad. Unas cuevas en las que, por cierto, la temperatura se encontraba un poco por debajo de lo deseado y confortable para sentarse a la mesa a comer, algo que las primeras cucharadas de sopa castellana caliente y los primeros tragos de vino rojo del Duero se encargaron de mitigar, entonando de inmediato los cuerpos de los comensales.

  

Por lo demás, la cuenta fue bastante razonable y el personal de servicio que nos atendió resultó muy simpático, distendido y amable con nosotros, como si nos conocieran de toda la vida, dispensándonos un trato abierto y cercano siempre muy de agradecer y que te anima a volver a visitar el restaurante. Les facilité la dirección del blog y les prometí este reportaje, y como lo prometido es deuda, aquí lo tenemos publicado sin mucha demora. En resúmen, un día bien aprovechado y un descubrimiento gastronómico que merece ser considerado de antemano para otras ocasiones en las que la carretera nos lleve hasta la Alcarria. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

TÚ TIENES LA LLAVE (I). EL ALBERGUE DE LOS HORRORES. Benicassim, octubre de 1994.



En la década de los noventa del pasado siglo XX tuvimos nuestros años locos de la carretera. Motos, carreteras y viajes interminables por toda España, siempre de un lado a otro casi sin descanso, cargados de equipajes que nunca se deshacían, un mes sí y otro también, unas veces a visitar a unos, y otras veces a visitar a otros, de salto en salto de una concentración a un encuentro motorista o a una simple excursión particular, sin importar si llovía, nevaba o lucía un sol abrasador, decenas de miles de kilómetros sin apenas solución de continuidad en un interminable vagabundeo por todas las rutas posibles e imposibles del país. No había euros (funcionábamos con la ahora tan añorada peseta), ni teléfonos móviles, ni apenas ordenadores, internet estaba en pañales y el mundo era muy diferente al que hoy conocemos, aunque sólo hayan transcurrido dos décadas desde entonces.


Durante esos años hicimos tantos viajes que ahora es imposible acordarse de todos ellos, pese a que quedaron escritas las crónicas con las vicisitudes de cada uno y se tiraron miles de fotografías de carreteras, lugares, gentes y paisajes. Otros viajes, en cambio, no se han borrado del todo de la memoria por unas u otras razones, son los viajes memorables, por así decirlo, aunque esto no implique necesariamente que fueron buenos viajes, estrictamente hablando. Algunos fueron incluso verdaderamente deplorables y dignos de caer en el olvido absoluto. O quizá no tanto, porque la perspectiva del tiempo nos concede una cierta rehabilitación emocional con respecto a ellos.
 

A las diez horas del sábado 1 de Octubre de 1994 nos pusimos en marcha doce motos y veintiuna personas, y salimos de Madrid camino de Benicassim (Castellón), por la autovía de Madrid a Valencia, que entonces conservaba todavía más de la mitad de su trazado sin desdoblar, esto es, carretera general española a la vieja usanza, un carril por sentido y travesías urbanas de casi todos los pueblos del camino. Asistíamos a unas jornadas de seguridad vial organizadas por la Generalitat Valenciana con el auspicio de la DGT y de AUMAR, la sociedad concesionaria de las autopistas de la franja mediterránea. Su título Evita los accidentes de tráfico. Tú tienes la llave, también traducido al valenciano en algunos folletos como Evita els accidents de tránsit. Tú tens la clau. La peña motorista a la que pertenecíamos entonces estaba muy involucrada en aquella época en este tipo de eventos relacionados con la seguridad en la conducción, y de hecho buena parte de su filosofía fundacional se inspiraba en este aspecto cívico para diferenciarse de otros colectivos motoristas nacionales para los que primaban las sensaciones fuertes de la velocidad, el riesgo y la temeridad permanentes como estilo de vida y forma de diversión en unos años en los que los graves accidentes de moto estaban a la orden del día. Pero por mucho que asistiésemos aquel día a unas jornadas de seguridad vial, nosotros tampoco estábamos hechos de una pasta muy diferente a la de los demás. A la mayoría de nosotros estas jornadas didácticas no nos interesaban lo más mínimo, lo único que nos estimulaba era salir de viaje con la moto y divertirnos, fuese a donde fuese y sin importar el motivo. Incluso mejor si no había ningún motivo. Por el camino se nos fueron añadiendo otros compañeros procedentes de diferentes lugares de España hasta completar un grupo heterogéneo de diecisiete motos de distintos modelos, marcas y cilindradas. 

Un parque móvil heterodoxo para una peña motorista no menos heterodoxa


Nos diluvió a ratos por la provincia de Cuenca, el grupo se disgregó y recompuso varias veces y tuvimos todo tipo de peripecias, y no todas muy agradables. Por lo general se impuso la anarquía más absoluta, y cada uno hacía lo que le daba la gana sin tener en cuenta a los demás, de modo que los más jovencitos iban intercambiándose entre ellos las motos y los pasajeros cada pocos kilómetros, pues querían conducirlas todas y llevar de paquete a todas las chicas (algunas de las cuales también conducían), otros se paraban a su antojo para cambiarse los calcetines mojados por unos secos de recambio o ponerse o quitarse el mono de lluvia cuando estimaban una mínima variación en las condiciones meterológicas, cada cual y cada quien repostaba combustible o se detenía a tomar el aperitivo en donde le placía, y no una vez, sino varias, con la consiguiente ingesta copiosa de vinos, cervezas y vermús (y yo el primero, no lo negaré, pues me apunté a todos los aperitivos etílicos que se me pusieron a tiro), de modo que ni los límites de velocidad ni otras normas del Código de la Circulación eran convenientemente respetadas por la mayoría del grupo, y se cometieron todo tipo de tropelías e imprudencias que luego comentadas en parado nos hacían mucha gracia y nos parecían divertidas. Eramos una pandilla de inconscientes y descerebrados a quienes habían invitado a participar en unas jornadas de seguridad vial, obsérvese la desconcertante paradoja de la cuestión.

 

Al llegar a Valencia el tiempo mejoró notablemente y empezó a lucir un sol agradable y tibio, lo que provocó nuevas detenciones individuales e intempestivas, pues la gente tenía calor y le sobraba ropa de la que era necesario desprenderse. En una de estas paradas, uno de los jefes de la peña y de la expedición nos informó solemnemente de que si volvía a llover se volvería a parar a ponerse el mono de lluvia, y si reaparecía el sol, para quitárselo, y así sucesivamente todas las veces que fuera preciso. Aquello era el cuento de nunca acabar, de modo que tomamos la autopista AP-7 en dirección Castellón completamente fragmentados, dispersos y descontrolados, hasta que en algún punto intermedio entre Sagunto y Benicassim se produjo un enésimo reagrupamiento parcial y espontáneo, y repentinamente todo el mundo se puso a frenar sin motivo aparente alguno. Pero sí que había un motivo, bastante estúpido e innecesario, por cierto, tal y como escribí en su día en la crónica del viaje: O me estoy volviendo loco, o vive Dios que aquello que se divisa en la mediana de la autopista no es sino un gran hato de cabras inmóviles que pastan a su libre albedrío. Cerrar gas y acariciar la maneta de freno y esperar que los animales no se espanten y nos pongan en un compromiso, pero no, resulta que las condenadas cabras son de fundición, metálicas, y alguna mente preclara las ha colocado allí a título ornamental y para acojonamiento de motoristas. Sin comentarios.
 

Un conjunto escultórico de cabras de hierro o acero colocado en la mediana de una autopista, que vistas desde la distancia parecían reales, a pesar de su inmovilidad, es algo que sólo puede suceder en España, un país de chiste y chirigota. Dieciocho años después he buscado por internet qué ha sido de esas (putas) cabras, si siguen existiendo o no, y en dónde estaban exactamente colocadas, pero no he encontrado la menor información al respecto. Incluso, en un alarde de paciencia, he navegado virtualmente con Google Earth kilómetro a kilómetro entre Valencia y Benicassim observando todas las imágenes de la autopista, sin encontrar tampoco el menor rastro de aquel rebaño caprino de ferralla. Tal vez lo hayan quitado, con buen criterio, porque era un peligro para todos los conductores, y no sólo para los motoristas. Unas esculturas de dinosaurios no habrían causado tanto pavor.*(Ver postdata al final de la entrada). 


 

Debimos de llegar a Benicassim ya un tanto pasada la hora de comer, pero a muchos se nos quitó el apetito en cuanto vimos el lugar en donde la organización había decidido que teníamos que pernoctar, el albergue juvenil Argentina, un enorme caserón de estilo marinero construido en los años cuarenta y lleno de escaleras, salas, patios, pasillos sin fin y habitaciones cuarteleras de distintas formas y capacidades, que en su conjunto bien podía recordarnos a una cárcel, un frenopático o un hospital militar de campaña, aunque ninguno de nosotros, presuntamente, hubiese estado nunca en tales establecimientos. Y nuestros peores presagios acerca del escaso confort del sitio empezaron a confirmarse enseguida, cuando los más sedientos nos pusimos a buscar cerveza por todas partes, sin encontrarla. Sólo había refrescos sin alcohol en una máquina de bebidas junto a las cocinas. Esto ya era un mal detalle, porque a los motoristas no se les puede privar del contacto con la cerveza una vez llegados a destino. Sin embargo, la exhibición del extenso catálogo de los horrores de aquel albergue juvenil no había hecho sino comenzar, y tuvo su adecuada continuidad cuando vimos las habitaciones adjudicadas a nuestra expedición y las escasas condiciones higiénicas que reunían. Las parejas tenían derecho a un aposento privado con dos camas, igualmente cochambroso, pero a los que viajábamos en solitario nos amontonaban en grupos de cuatro o cinco personas en enormes y desangeladas habitaciones llenas de camas viejas con los somieres desvencijados y los colchones y las sábanas dudosamente limpios. Los más avispados todavía tuvieron ocasión de escaparse y conseguir alojamiento en algún hotel cercano, pero los más lentos de reflejos nos quedamos atrapados en el albergue juvenil sin posibilidad de escapatoria, es decir, atrapados en el tiempo, un tiempo tan lejano, quizá, como los propios años cuarenta en los que se construyó el edificio. Personalmente, además, no me hizo ninguna gracia compartir barracón con los compañeros que me tocaron en suerte, uno de los cuales ni siquiera había traido ropa para cambiarse (sólo llevaba lo puesto), y que además rehusó ducharse en todo momento bajo el chorro helado de la cañería que teníamos por ducha en una estancia contigua con el suelo de cemento, a la antigua usanza de los cuarteles.

Fachada principal del albergue "Argentina".


Y por fin, la comida y la cena comunal en un inmenso comedor de mesas corridas no hizo sino acabar de empeorar las cosas. Ciertamente, en casi todos los cuarteles conocidos durante mi servicio militar, del que me había licenciado once años antes, había comido bastante mejor que en este triste albergue juvenil, pero desde luego esto tampoco me sorprendió. Apenas probé bocado, y por la tarde la organización nos hizo sacar las motos para que nos diésemos una vuelta por el paseo marítimo, nos dejáramos ver y entregásemos folletos de promoción de la campaña de seguridad vial promovida por la Generalitat Valenciana. Algunos manifestaron públicamente después haberse sentido tratados como hombres anuncio, pero en todo caso siempre era mejor andar en moto por las calles y parar de vez en cuando a tomar una cerveza en una terraza (el tiempo acompañaba) que regresar al albergue de los horrores, que alguien bastante maledicente definió como un retorno a la época del auxilio social de la posguerra.
 
La cena, ya se ha dicho, fue para olvidar, y además muy temprana, y yo volví a apuntarme al ayuno voluntario, o casi, y con el estómago vacío me lancé otra vez a las calles junto a los más allegados y disidentes, esta vez a pie, mientras el grueso de la expedición partía en moto con entusiasmo hacia Castellón capital para seguir impartiendo la doctrina de la seguridad vial y repartiendo folletos por las calles. Tal vez nosotros pudimos cenar algo decente en algún sitio, que ahora no lo recuerdo y tampoco está escrito, pero sí que recuerdo que casi todos los establecimientos estaban ya cerrados recién finalizada la temporada de verano, y sobre todo recuerdo, también con pavor, que en uno de los escasos que quedaban abiertos tomamos un montón de copas rematadas por unos chupitos criminales de aguardiente casero por expresa invitación del dueño de la casa, que no pudimos rechazar, y que nos dejaron el cuerpo maltrecho durante las siguientes veinticuatro horas. Y esa noche, en consecuencia, fue también digna del mayor olvido en aquella habitación compartida con cuatro durmientes, ya roncadores cuando llegué de madrugada, y que olía a calcetines sudados, a sobaco y a ropa sucia. Me acosté vestido y sin encender la luz para no molestar, y a duras penas si conseguí enhebrar un sueño turbio de tres horas envuelto en las brumas del alcohol. El despertar fue terrorífico, desde luego, y comprobé que no había nadie  en la habitación, y los pocos que quedaban en el albergue seguían tirados en sus camastros mugrientos, solos o en pareja, aquejados de una resaca monumental. Parece ser que los más enteros, la mayoría, se habían ido a ver una carrera de motocross al cercano desierto de Las Palmas. No sé cómo, pero logré reunir las fuerzas justas para subirme en la moto y encontrar un sitio en donde desayunar un café y una ensaimada en el paseo marítimo.

El fin de fiesta de aquellas dos jornadas disparatadas consistió, como no podía ser de otro modo, en una especie de rueda de prensa en la sala más decente del albergue a cargo, entre otros, del alcalde de Benicassim, el director del Instituto Valenciano de la Juventud, la responsable de AUMAR (Autopistas del Mare Nostrum), y un par de jerifaltes de nuestra peña motera, que actuaron como meros comparsas en aquella representación. No recuerdo apenas nada de tal evento, que no fue sino una especie de monólogo autocomplaciente o diálogo de sordos celebrado a mediodía, salvo que me dormía en la silla y estaba deseando largarme, y que uno de los nuestros preguntó por qué demonios las motos pagaban la misma tarifa de peaje que los automóviles en la autopista, cuando ocupaban menor espacio y desgastaban menos el firme, a lo que la responsable de AUMAR respondió muy incómoda con evasivas o no respondió en absoluto, que viene a ser lo mismo. Varios periódicos levantinos se hicieron eco de este acto y de las celebraciones preliminares en sus ediciones de aquellos días como si se hubiera tratado de una gran noticia.

 

Terminada esta farsa institucional a mayor gloria de los dirigentes implicados, se hizo la hora de comer, todavía en el infausto albergue, por supuesto, y lejos de cundir el pánico, vistos los antecedentes gastronómicos del establecimiento, la gente pareció animada ante la perspectiva de que servían paella, con el argumento peregrino de que era imposible comerse una mala paella en esta tierra arrocera por excelencia, y que en todo caso, puesto que a continuación había que recoger el equipaje y marcharse de allí, mejor era hacerlo con algo en el estómago, aunque fuese bazofia. Pobres incautos. Entre comer bazofia o echarse a dormir un rato en un camastro desvencijado y sucio a la espera de la hora de partir, la segunda era con diferencia la mejor opción. El sueño nunca puede hacerte daño, pero una mala comida, sí. Y a algunos se lo hizo, y considerable.


Guiado, pues, por el más elemental instinto de supervivencia, dejé recogido mi equipaje para ganar tiempo y me busqué un cuartucho discreto y apartado en donde tumbarme vestido, lejos de los olores poco amistosos de las cocinas, que ya delataban la naturaleza perversa de la paella que se avecinaba. Y así fue que cabeceé un buen rato con un sueño trompicado e irregular que, sin embargo, tuvo la virtud de aplacar un poco los desórdenes de mi cuerpo y proveerme de la suficiente dosis de energía como para poder salir huyendo de aquel lugar tan terrorífico al que nadie deseaba volver. Una huida que, como podrá leerse en la siguiente entrega, tampoco estuvo exenta de aventuras, peripecias y sobresaltos, y que sintetizaba muy bien nuestras andanzas interminables en aquellos años locos de la carretera. 

LEER SEGUNDA PARTE

*POSTDATA:
Aparecieron las famosas cabras metálicas mencionadas, o por lo menos otro rebaño de cabras acompañado de algún ejemplar vacuno en un lateral de la autopista, gracias a las certeras indicaciones de MILIAR (ver abajo su comentario). Las que vimos en 1994 yo las recordaba con toda certeza en la mediana de la autopista y bastante más al norte, por lo menos en Sagunto o incluso ya en la provincia de Castellón. Sin embargo, es bastante probable que fueran estas mismas, posteriormente reubicadas en este nuevo emplazamiento menos intimidante para los conductores, como se aprecia en la imágen obtenida de Google Maps:

martes, 13 de noviembre de 2012

ASALTOS Y ROBOS A CAMIONES EN MARCHA. Película "Surcos". (España, 1951)


De entre las muchas modalidades de la delincuencia y sus distintas actividades punibles realizadas en el pasado negro de nuestro país, hay varias que tienen una relación muy directa y especial con la carretera, precisamente en unos años y una época -la posguerra- en los que las carreteras españolas estaban devastadas y apenas si soportaban un tránsito mínimo de vehículos, ya que el parque móvil nacional también había resultado considerablemente mermado como consecuencia de la guerra civil. El contrabando y el estraperlo eran los delitos económicos más practicados y conocidos (e incluso consentidos, o por lo menos no lo suficientemente perseguidos por las autoridades, que se beneficiaban indirectamente de ellos, especialmente de este último), y para su práctica eficaz se recurría una y otra vez al típico ingenio y picaresca españolas con el fin de burlar la vigilancia y persecución, por mínimas que fuesen, a que estaban sometidos. Estas actividades delictivas hacían necesario muchas veces modificar, trucar o alterar las características originales de los vehículos a motor para transportar las mercancías clandestinas, sólidas o líquidas, en camiones sobre todo, improvisando en ellos dobles fondos, falsos depósitos de combustible, compartimentos escamoteables en las cajas, cabinas y remolques, y un largo etcétera de trampas y engaños dignos del mejor prestidigitador para poder trapichear con unos cuantos litros de aceite o unos kilos de harina, productos éstos, junto con otros muchos de primera necesidad, sometidos a férreos controles de racionamiento por parte del Estado. Con ser muy interesante este tema y encontrarse relativamente bien documentado en libros y estudios recientes, si bien escasos, no es el objeto de nuestra atención en esta entrada del blog. Tal vez más adelante nos ocupemos de él, pues el asunto lo merece.

En cambio, de lo que vamos a hablar hoy es de otra forma de robo menos ingeniosa y más pedestre que se produjo con cierta frecuencia en aquellos años y que llegó incluso a reflejarse en alguna película, como la relativamente poco conocida para el gran público, Surcos (1951), del director José Antonio Nieves Conde, probablemente una de las mejores producciones cinematográficas españolas de todos los tiempos: los asaltos y robos de mercancía en camiones en marcha. Al margen de la recreación ficticia de estos hechos que ofrece la película, no existe demasiada documentación sobre este tema, o al menos yo no he conseguido encontrarla, con la salvedad de una breve reseña en el diario ABC, curiosamente también con fecha de 1951 (7 de Febrero), en donde se informa de la detención de una banda de ladrones de camiones en Lérida, cuyo modus operandi coincide exactamente con el desarrollado por los personajes de Surcos.


Cabe preguntarse ahora si fueron los delincuentes reales quienes se inspiraron en la película a la hora de planear sus delitos, o bien fueron los guionistas de ésta quienes se basaron en las andanzas de aquéllos para recrear los asaltos y robos a camiones que aparecen en algunas escenas del filme. Pues parece ser que ni una cosa ni otra, porque los hechos reales y los ficticios se solapan en el tiempo, son casi simultáneos, lo que nos lleva a la conclusión de que estas prácticas delictivas venían realizándose ya desde tiempo atrás, probablemente desde el mismo final de la guerra.

Con nocturnidad y alevosía, aprovechando la oscuridad, bandas de delincuentes organizados se apostaban en las cunetas de las carreteras españolas a la espera del paso de los camiones, que en aquella época solían viajar juntos en convoy. Por lo que se insinúa en la película, estas bandas tenían sus informadores en los puntos de origen de los convoyes, de modo que sabían cuándo y cuántos camiones salían, cuándo iban a llegar a destino y cuál era la mercancía transportada. Para perpetrar los robos elegían zonas de las carreteras con pronunciadas subidas o repechos, en donde los camiones cargados, ya muy lentos de por sí, debían reducir aún más su velocidad. Después, varios hombres corrían y se encaramaban a las cajas de los vehículos sin ser vistos y arrojaban las mercancías a la calzada, en donde sus compinches las iban retirando. Bastaban unos pocos sacos de trigo o unos bidones de aceite sustraidos de cada camión para que el negocio fuera rentable. Estraperlistas y mafiosos de todo pelaje se encargaban luego de colocar esas mercancías en el mercado negro obteniendo sustanciosos beneficios, mientras las autoridades, como se ha dicho antes, a menudo solían hacer la vista gorda, pues no sólo se beneficiaban también de tales prácticas a título individual, sino que además eran conscientes de que este comercio ilícito constituía con frecuencia el único sistema para evitar el desabastecimiento de bienes de primera necesidad que el Estado era incapaz de garantizar, aunque fuese a precios prohibitivos para la mayoría de la población.


Los asaltos a camiones no constituyen el eje narrativo central de la película Surcos (cuyo título original iba a ser Surcos sobre el asfalto), sino que son una pieza más del preciso engranaje estructural de la película, pero le aportan a la misma, por una parte, una acertada dosis de acción y violencia muy en consonancia con el gusto por el cine negro, de evidente inspiración norteamericana, y por otra representan un nítido reflejo del neorralismo italiano, tendencias cinematográficas ambas muy en boga en aquella época. Un elenco de artistas de primera fila, constantes pinceladas costumbristas, bien urdidos retazos de desgarrada denuncia social y una indisimulada crítica del sistema y de las miserables condiciones de vida imperantes, que a duras penas pudieron superar la brutal censura franquista, le aportan el genuino toque nacional a esta película, a decir de los expertos toda una obra maestra del cine clásico español, y en mi opinión sin duda la mejor de su repertorio.


Para ilustrar este reportaje he realizado un breve video con una recopilación de todas las escenas de asaltos a camiones que aparecen en la película.



 
   
Una película española imprescindible, en resumen, para poder comprender aquella terrible realidad de la posguerra y las dificultades cotidianas que exigía la supervivencia a nuestros sufridos antepasados. Cine de muchos quilates y en estado puro.

sábado, 27 de octubre de 2012

LAS SIETE REVUELTAS (Antigua N-601, Segovia)



Un tramo de carretera mítico e interesante como pocos este de las popularmente conocidas como  Siete Revueltas, situado en la antigua carretera nacional 601, de Madrid a León por Segovia, (hoy CL-601) y ubicado precisamente en dicha provincia. Se trata de siete curvas cerradas en herradura, también conocidas como horquillas o paellas, que van salvando las estribaciones de la sierra de Guadarrama a una altitud comprendida entre los 1.700 y los 1.400 metros. He pasado desde niño infinidad de veces por esta carretera y siempre he contado las revueltas una a una, pero las cuentas nunca me salían, porque yo sólo era capaz de distinguir cinco revueltas. Las dos restantes para mí eran un misterio, o bien es que había que echarle mucha imaginación para verlas.


Posteriormente, ya de adulto, he vuelto a recorrer este trazado muchas veces en moto y haciéndome la misma pregunta de mi infancia: ¿dónde están las dos revueltas que me faltan? Después de analizar detenidamente los mapas y observar imágenes aéreas, como esta tomada de Google Earth, he encontrado una respuesta, que si bien no me parece demasiado satisfactoria, hay que darla por buena. Las dos últimas revueltas, la sexta y la séptima en dirección Segovia (o la primera y la segunda en dirección Madrid) son curvas cerradas pero mucho más amplias que los otros cinco exagerados giros en herradura en donde la velocidad aconsejada son los 30 km/h. De hecho hay otras curvas como estas en el trazado y no son consideradas como tales revueltas. 


Pero en todo caso no tiene ningún sentido discutir la ancestral denominación popular de este tramo de carretera, que seguramente se remonta a épocas muy antiguas anteriores a la circulación de vehículos de motor, cuando la ruta de Madrid a Segovia sería tal vez un camino de piedras frecuentado por caballerías y carros de arrieros, quienes acuñarían el término siete revueltas. Y por lo demás, para quienes no hayan transitado nunca por estos parajes de alta montaña, destacar la belleza de los mismos, la increíble pureza del aire, que casi quema en los pulmones, y sus terribles rigores invernales que no pocas veces obligan a mantener la carretera cerrada al tráfico o hacer uso de cadenas. Hoy en día ha perdido la importancia que tuvo en el pasado, al existir vías alternativas de comunicación entre Madrid y Segovia, pero sigue siendo el camino obligado para llegar hasta el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso y visitar sus jardines y el famoso Palacio de inspiración versallesca, así como otros parajes de interés natural ubicados en la sierra de Guadarrama.

Recientemente tuve la oportunidad de grabar en video el recorrido por las Siete Revueltas, algo que siempre quise hacer, y este es el resultado.

 

miércoles, 3 de octubre de 2012

NEONES DE CARRETERA



     Los anuncios de neones luminosos en las carreteras de todo el mundo, sobre todo en los Estados Unidos, han representado durante décadas un determinado estilo de vida asociado a la cultura industrial de masas y al desarrollo automovilístico, y se han constituido incluso como un icono muy representativo del denominado "pop art".  En las carreteras españolas su relevancia y proliferación ha sido menor, pero aún así estos neones luminosos se han prodigado y aún subsisten a lo largo de nuestra geografía viaria como vistoso reclamo de clubes de alterne, hoteles, gasolineras y otros establecimientos nocturnos asociados a la propia carretera. En este video se recrean virtualmente algunos de ellos de manera ficticia e imaginaria, o casi, y cualquier parecido con la realidad de estas animaciones debe considerarse en todo caso como muy cercano a la pura coincidencia.