viernes, 6 de marzo de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Cuarta parte). Si todavía vives, ¿cómo podría encontrarte?








Si todavía vives, ¿cómo podría encontrarte, buen samaritano? Han transcurrido más de veinticinco años desde entonces. Desde Agosto de 1989 hasta Marzo de 2015, en el momento en que escribo la cuarta entrega de aquella odisea, se han sucedido sin interrupción exactamente veinticinco años y siete meses. Eso es mucho tiempo. Algo más de un cuarto de siglo. Una enormidad. Nuestras vidas apenas si se cruzaron azarosamente durante diez minutos, tal vez menos, en aquella recta terrible de la N-301. No recuerdo tu rostro, y es casi seguro que tú tampoco recuerdas el mío. No es que esto pudiera servir de mucho, después de veinticinco años, la verdad, cuando mi aspecto físico, y el tuyo, si todavía vives, habrán cambiado tanto inevitablemente. Tampoco recuerdo la matrícula del coche que conducías ese día, y nunca llegué a memorizarla, y es raro, porque siempre he sido infalible recordando matrículas. Claro es que en aquel momento me encontraba en estado de shock, y esto puede explicar mi desmemoria.  Sólo sé que tu vehículo llevaba placas de Madrid con dos letras de serie de una antigüedad imprecisa entre cuatro, cinco, seis años... o a saber. Lo que es tanto como no decir nada. Una probabilidad entre varios millones de poder encontrarte apelando a estas vaguedades. Ni la policía lo intentaría por este camino, y menos aún después de veinticinco años. Con estos indicios tan poco alentadores, es como si tú y tu automóvil nunca hubiérais existido.

Y sin embargo, si hubiera recordado con precisión tu número de matrícula, ahora podría buscarte, si es que todavía vives. Pero aunque no vivas, al menos podría llegar a conocer tu identidad, saber cómo te llamas, o cómo te llamaste, y tal vez con esa información encontrar a alguien que pudiera darme razón de ti, alguien a quien seguro referiste el testimonio de mi desventura de aquel día, y cómo salvé la vida, y lo que tú hiciste para ayudarme a que la salvara, que fue todo lo que podías hacer mientras esperabas un desenlace, y fue mucho, y por ello contraje contigo una deuda de gratitud intemporal que ahora, por extravagancias del destino, me incita a buscarte desde las líneas recónditas de este blog.




No eras una siniestra dama vestida de negro que caminaba por el arcén a mi encuentro, como había temido al principio, cuando sentí tu misteriosa presencia a mi espalda. Tampoco te bajaste de un furgón fúnebre, sino de un elegante Mercedes ya un tanto viajado, creo recordar, ¿o tal vez era un BMW? Vestías ropa de verano, una camiseta, un pantalón corto, sandalias o chancletas de playa, quizá, pero pese a esto tenías un porte adusto y distinguido, de hombre notable de buena posición social. O esa es la impresión que obtuve de aquel encuentro. El automóvil te delataba, pero también te delataron enseguida tu forma de caminar, tus ademanes, tu manera de hablar cuando me dirijiste las primeras palabras, que estaban afectadas de estupor y de espanto, que no era sino un reflejo del mismo estupor y espanto que sentía yo en ese momento, después de lo que acababa de suceder. Aquel lejano 12 de Agosto de 1989 yo tenía veintiséis años menos dos meses, y calculé a ojo que tú podrías tener unos diez o quince años más que yo, veinte, a lo sumo. O al menos eso es lo que supongo ahora. Por lo tanto, si mis apreciaciones fueron correctas entonces, y todavía vives, es probable que tengas una edad comprendida entre los sesenta y los setenta años. Con esa edad, si no ha mediado un trágico accidente o una enfermedad irreparable en tu biografía, es muy razonable suponerte vivo y lo bastante lúcido como para que aún recuerdes todo lo ocurrido aquel mediodía de Agosto de 1989 en el kilómetro 145 de la nacional 301, entre Mota del Cuervo y Santa María de los Llanos, provincia de Cuenca.

Y es que, como testigo avanzado de mi desventura que fuiste, estoy convencido de que nunca habrás podido olvidar aquellos hechos. También supuse entonces, y sigo suponiendo ahora, que habías salido de Madrid aquella mañana para emprender viaje hacia la costa aprovechando el puente festivo de las mil vírgenes de Agosto, como yo y otros tantos millones de compatriotas por las carreteras de todo el país. Seguramente te esperaba la familia en alguno de los muchos destinos mediterráneos de la nacional 301, y ellos fueron los primeros en escuchar tu testimonio de la epopeya de ese atribulado motorista al que socorriste en el arcén bajo el implacable sol del mediodía. Porque desde luego te detuviste a socorrerme, no cabe duda del noble altruismo de tu gesto, pero también lo hiciste para aliviar la insoportable angustia que te había producido el suceso, y porque no pudiste vencer la curiosidad y admiración casi reverencial que sentiste hacia ese hombre que acababa de escapar a un trágico final: acercarte a mí fue como acercarse a un resucitado, y quisiste comprobar si mi naturaleza seguía consistiendo en la misma carne mortal en la que consistía la tuya.

Y había algo de ansiedad, de excitación nerviosa y hasta de apresuramiento en tus pasos y en tus gestos mientras caminabas hacia mí por el arcén de la carretera y preguntabas sin cesar, ¿estás bien, estás bien?, y yo apenas si asentía en silencio y entonces tú añadías sin salir de tu asombro ¡ha sido increíble, increíble, no sabes lo que has hecho, no sabes lo que has hecho, nunca había visto una cosa igual! Y ya cuando me tuviste frente a frente y pudimos confrontar nuestras miradas comprendiste que yo no era un héroe, ni un personaje mitológico, ni un ser sobrenatural, sino un tipo vulgar y acojonado que ni siquiera podía articular palabra, porque tenía la boca seca y la lengua se me pegaba al paladar y temía que si intentaba hablar descubrieses el temblor de mi voz, y quería disimularlo y aparentar una entereza de la que carecía en ese momento, pero el hombre es una animal tan estúpido que incluso en su mayor desvalimiento es capaz de sentir pudor y vergüenza delante de otro hombre desconocido. Joder, macho, estás blanco como la cera -me hablaste coloquialmente-, pero no me extraña, ¿de verdad que te encuentras bien?, ¡ha sido increíble, increíble, y no te has caído, y no te has caído!

Tus palabras me devolvían la certeza implacable de que lo que acababa de ocurrirme había sido exactamente tan terrible como yo lo suponía, o incluso peor, por más que tratase de tranquilizarme, una vez que había salido ileso del percance, imaginando que tal vez la cosa no habría sido para tanto. ¿Necesitas algo, quieres que te lleve a algún sitio, puedo hacer algo por ti?, fue tu inmediato ofrecimiento, como buen samaritano que eras. Agua, te pedí con un hilo de voz, sin saber si mi angustiosa petición iba a poder ser atendida. ¿Agua? Claro que sí, llevo una botella de agua fresca en el coche.

Nos acercamos al coche, que se encontraba apenas cinco o seis metros por detrás de mi moto. Como he dicho antes, creo recordar que se trataba de un Mercedes ya con algunos años de antigüedad, aunque ahora mismo no estoy absolutamente seguro de esto. Me invitaste a sentarme en el asiento del copiloto, me diste un vaso de plástico y me animaste a beber todo el agua que quisiera, que en efecto estaba bastante fresca, tanto como el propio habitáculo del coche, pues viajabas con el aire acondicionado encendido, algo perfectamente comprensible en aquella tórrida jornada de Agosto. Bebí un par de vasos que tuvieron la virtud de acelerar mi proceso de resucitación y hacerme recuperar el habla, y tal vez hubiera bebido un tercero, y un cuarto y un quinto, pero no quise abusar de tu amabilidad y dejarte sin agua para el resto de tu viaje, que nunca me dijiste en donde concluía, seguramente porque nunca te lo pregunté. Volvimos a la moto y te expliqué que había sido un reventón del neumático trasero, pero tú ya lo sabías, lo habías visto y comprendido todo desde el principio: cuando vi lo que pasaba levanté el pie del acelerador para dejarte distancia y saqué el brazo por la ventanilla para avisar a los que venían por detrás para que no se acercasen hasta ver en qué quedaba la cosa. Has vuelto a nacer, ¿lo sabes?

Sí, lo sabía, o lo suponía, pero tu cercano testimonio, una vez más, me devolvía la certeza incontestable de que no me había matado de milagro. Y de que tu prodigiosa contribución, buen samaritano, había ayudado decisivamente a que me salvase, primero en la carretera mientras iba dando bandazos de un carril a otro, y luego en el arcén, cuando te detuviste a socorreme y a interesarte por mi estado. Hubo más testigos, me lo dijiste, pero sólo tú mostraste la necesaria humanidad y el altruismo que una víctima como yo podía demandar en esta situación. Ha sido increíble -repetías admirado-, jamás he visto una cosa igual y no creo que vuelva a verla. Tú no sabes lo que has hecho, no lo sabes, no puedes saberlo porque no te has visto. Es que ni te lo imaginas. ¡Y no te has caído, no, no te has caído! Tienes mucha experiencia montando en moto, ¿verdad? 



Te confesé que no la tenía. Aquella humilde Yamaha SR-250, apartada e inservible en el arcén con el neumático trasero reventado, era mi primera moto, y la había comprado sólo dieciséis meses antes. Toda mi experiencia motociclista se resumía en poco más de 10.000 kilómetros, los que había recorrido en esos meses, lo que te produjo cierta perplejidad. ¿Vas muy lejos? -preguntaste entonces, dando por hecho que repararían mi neumático y todavía sería capaz de alcanzar mi destino en aquella jornada, algo que yo ya había descartado por completo, porque me faltaban más de 300 kilómetros y prefería regresar a Madrid, si se daban las circunstancias favorables, y cubrir la mitad de esa distancia. Este viaje ya se ha jodido para siempre, te dije sin poder disimular mi amarga desilusión. Bueno, no te preocupes -respondiste-, habrá más viajes. No se te olvide que has vuelto a nacer. ¿Te llevo a algún sitio, llamo en el siguiente pueblo a una grúa, necesitas que haga algo por ti?

En 1989 no existían los teléfonos móviles. Si te quedabas tirado en la carretera dependías siempre de agentes externos para recibir ayuda. Casualmente había un poste de auxilio de la DGT en el mismo kilómetro 145 de la N-301, sentido Madrid. Creo recordar que estaba pintado de color rojo, o tal vez fuese naranja, o amarillo. Ya no estoy seguro de eso. Y entonces te despedí, buen samaritano, con un apretón de manos, y te vi montarte en tu coche y reanudar tu viaje, y perderte en el horizonte, y nunca más volví a tener razón de tu existencia. Fuiste solidario en mi infortunio, y por eso hoy, veinticinco años más tarde (casi veintiséis), cuando estoy escribiendo esta historia, en algunos momentos con un nudo en la garganta, me gustaría encontrarte. ¿Y sabes una cosa? Tengo el presentimiento de que vives y de que voy a volver a encontrarte o al menos a tener noticias tuyas. Me lo dice el corazón, que no dejó de latir aquel día.


CONTINUARÁ 





martes, 10 de febrero de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Tercera parte). No era una siniestra dama vestida de negro.




LEER SEGUNDA PARTE


¿Está determinada nuestra suerte en alguna parte y estamos predestinados a su estricto cumplimiento en los términos precisos en los que nos ha sido prescrita? O por el contrario, ¿existe realmente el libre albedrío y podemos intervenir, positiva o negativamente, en los diferentes episodios de nuestra biografía sin que estos nos vengan impuestos por instancias desconocidas y acaso de procedencia sobrenatural? Pero en cualquier caso, ¿tiene algún sentido o significado el hecho de que hoy estés vivo todavía, y un día concreto de hace veinticinco años hubieras tenido noventa y nueve probabilidades sobre cien de morir, para salvarte finalmente en el último momento, contra todo pronóstico y evidencia?

Mientras la moto seguía derrapando de un carril a otro de la carretera en aquella recta interminable de la N-301, comprendí que resultaba demasiado verosímil el hecho de que iba a morir con veintiséis años en aquel accidente de tráfico. Todos los ingredientes sustanciales de las tragedias, aunque ninguna tragedia necesitase de ellos para consumarse, se daban cita en ese instante: un joven que se mataba en moto un día de verano mientras bajaba a la playa a ver a su familia, dejando una novia que no había querido acompañarle en el viaje, y un trabajo estable y bien remunerado. Tenía toda la vida por delante, frase tópica, típica y engañosa donde las haya, porque toda la vida que tienes por delante es sólo el espacio de tiempo comprendido entre tu nacimiento y tu defunción, así vivas un año, o un siglo, y nada impide que puedas morir en cualquier momento sin que se hayan cumplido todas o alguna de tus expectativas, cualesquiera que sean. Pero esta tragedia ya había sido representada muchas veces en la carretera, con diferentes e involuntarios actores secundarios y con malogrados protagonistas estelares, y se iba a seguir representando por los siglos de los siglos sin que se alterase por ello lo más mínimo el inmutable orden del mundo.

Y esta vez era yo el desdichado protagonista, ya lo había asumido con inevitable resignación, pero sobre todo me resultaba insoportablemente verosímil el realismo brutal de mi tragedia y el fatalismo que llevaba implícita por los agentes externos que intervenían en ella accidentalmente y que, sin embargo, eran los que podían precipitarla a su temible desenlace. El pánico no me había paralizado por completo, no al menos hasta el punto de hacerme perder el equilibrio sobre la moto desbocada, que seguía haciendo eses en la carretera obligando a los vehículos que venían de frente a apartarse al arcén para no arrollarme, porque el diablo y Dios, suponiendo que uno de ellos, o ambos, existieran, seguían jugando conmigo a los dados en la N-301, y el primero me arrojaba violentamente al carril contrario a escasos metros de los camiones y autobuses que se acercaban, y el segundo me devolvía en volandas al carril derecho con proporcionada violencia escasos segundos antes de producirse la colisión fatal, quizá porque en algún sitio estaba escrito que yo tenía que seguir viviendo, quizá porque alguien había decidido que no merecía morir obscenamente aquel día tórrido de Agosto en mitad de La Mancha entre viñedos y campos de labor. 




La Yamaha SR-250, esa humilde moto de mensajero que no estaba diseñada para explorar el país más allá del perímetro de sus ciudades, seguía perdiendo velocidad gradualmente sin cesar en su errática trayectoria de un lado a otro de la carretera con un brusco pero rítmico balanceo que parecía medido con precisión casi absoluta, ni un metro de más, ni un metro de menos, del carril derecho al carril izquierdo, y vuelta a empezar, sin osar siquiera invadir los arcenes o salirse de la calzada, algo que yo andaba buscando a la desesperada ante el riesgo terrible de empotrarme contra un camión, o un autobús, e incluso algún turismo, pues varios de estos vehículos los tuve tan cerca que pude observar sin dificultad los gestos de espanto o de indignación de sus conductores mientras se arrimaban al arcén para esquivarme. Y como no podía ser de otro modo, cayó sobre mí una furiosa amonestación de bocinazos y de ráfagas luminosas que llegaron a parecerme tan deslumbrantes como el mismo sol de aquel aciago mediodía de Agosto. Esto me consternó profundamente, porque significaba que aquellos involuntarios actores secundarios de mi tragedia no sólo eran incapaces de comprender o interpretar correctamente lo que me estaba sucediendo, sino que además me consideraban culpable de ello, o aún peor, me tomaban incluso por un motorista suicida y enajenado que se divertía jugando a la ruleta rusa con su propia vida y con las vidas de terceros.   

Pero una vez que había asumido que iba a morir irremediablemente de un momento a otro, lo que se me antojó intolerable y obsceno fue que iba a hacerlo en público, delante de decenas de viajeros con los que me cruzaba en la carretera, pero también en presencia de quienes seguramente circulaban por detrás de mí,  como espectadores aventajados del drama, y de quienes suponía, porque no podía verlos, que habrían levantado el pie de los aceleradores de sus vehículos para dejarme distancia de seguridad y protegerse de cualquier entrometimiento en mi peripecia, a la espera de su desenlace, ya fuese con una caída y posterior arrastrón por la calzada, ya fuese con una salida de la vía, ya fuese con una colisión frontal con otro vehículo o contra alguno de los afilados guardarraíles de acero que delimitaban ambos carriles de la nacional 301 en aquel paraje manchego. Morir en público, desprovisto de toda intimidad, a la vista de aquellos desconocidos que probablemente observaban impotentes mi errática trayectoria con un nudo en la garganta y un golpe de ansiedad en sus corazones, me pareció el final más indigno e ignominioso al que podía enfrentarse un individuo. Tan extraño y repentino pudor, que ya era como la confirmación inapelable de la desnudez del alma -suponiendo que ésta existiese- me hizo comprender que el final se acercaba. 

Con el neumático trasero reventado, la moto parecía deslizarse a trompicones, no a través de una suave carretera asfaltada, sino a lo largo de una abrupta superficie nudosa formada por sogas marineras, gruesas redes y aparejos de pesca, tal y como eran frecuentes de ver estos útiles secándose al sol en los muelles de los puertos. La velocidad de la Yamaha seguía disminuyendo lentamente y su trayectoria se iba volviendo más cerrada por momentos, lo que me hizo concebir por primera vez esperanzas de salvación. Pero a menor velocidad, el baile trasero era todavía más atropellado y trepidante, y ya podía percibir con precisión cómo la cubierta, la cámara y la llanta se iban enredando y superponiendo unas sobre otras en diferentes capas alternas y rotativas que al posarse sobre el asfalto transmitían una desalentadora sensación de tren descarrilado. Sin embargo, y aunque no había descartado en absoluto una caída inminente, por lo menos la moto había regresado al carril derecho y ya no volvía a aventurarse en el izquierdo, lo cual mejoraba notablemente mis expectativas.  Ahora ya no debía angustiarme con los vehículos que venían de frente y podía concentrarme exclusivamente en seguir manteniendo el equilibrio a  sangre fría practicando instintivamente la técnica del contramanillar (lo que en un automóvil equivaldría al contravolante, es decir, mover la dirección en sentido inverso a la trayectoria del vehículo para corregirla), situando el peso del cuerpo más adelantado para liberar el tren trasero y cargando mayor fuerza de brazos sobre la dirección, pues sólo a ella me podía encomendar para contrarrestar la deriva trasera (por este motivo, un reventón del neumático delantero habría supuesto la pérdida de equilibrio inmediata). Desde luego era la ejecución de todas estas maniobras consecuencia del instinto o del sentido del equilibrio, que en este caso viene a ser lo mismo, más que resultado de decisiones conscientes racionalmente aplicadas. Y es que cuando la amenaza inmediata del peligro extremo y la aparición consiguiente del pánico nos anulan toda posibilidad de raciocinio, ya sólo nos queda la salvaguarda del instinto y el recurso de nuestras capacidades evolutivas. Y apelar a la suerte, eso por descontado.



Tuve suerte, y mucha. Quizá exactamente toda la que necesitaba para sobrevivir. Lo pensé entonces, y lo sigo pensando ahora, veinticinco años después. Conseguí llevar la moto al arcén y detenerme. Muy cerca estaba la placa del kilómetro 145 de la N-301. Todavía en el último instante, ya casi parado, estuve a punto de caerme. Me bajé de la moto mareado y temblando de miedo. Estrés postraumático, imagino. No sentía las piernas, ni los brazos, pues había perdido por completo el tono muscular en las extremidades. El corazón me golpeaba furiosamente dentro del pecho y sudaba a mares, pero era un sudor helado y escalofriante, un sudor de muerto vuelto a la vida, quiero creer, suponiendo que los muertos vuelvan a la vida y sean capaces de producir algún tipo de sudoración. En aquella recta manchega abrasada por el sol del mediodía de Agosto la temperatura rondaba los 35 grados centígrados, pero yo estaba tiritando de frío como si me hallase desnudo en invierno en mitad de una llanura siberiana. Tenía la vista nublada y cierta desorientación temporal, lo que unido a los síntomas anteriores ya descritos me asemejaba bastante a un astronauta que acabase de regresar a la Tierra desde el espacio exterior. 




Había cesado por completo el tránsito en la carretera y el silencio era sobrecogedor. Parecía que se hubiera detenido el tiempo, el mundo, la realidad. Yo quizá me había salvado, pero todo a mi alrededor acababa de extinguirse. O acaso es que no me había salvado y me encontraba en una nueva dimensión desconocida. En otro mundo, pero con la apariencia del mundo que acababa de abandonar. Y entonces escuché a mi espalda el sonido del motor de un automóvil que se detenía unos pocos metros detrás de mí. El motor se apagó enseguida y a continuación sonó el crujido enérgico del freno de mano y el ruido de una puerta que se abría y se cerraba con un rumor suave. Alguien se acababa de bajar del vehículo y venía hacia mí, pero no me atreví a volverme para mirar. Absolutamente paralizado por el terror, imaginé que era un coche fúnebre lo que me aguardaba y una siniestra dama vestida de negro y calzada con zapatos de alto tacón de aguja la que caminaba a mi encuentro para llevarme con ella. La atracción fatal del erotismo y de la muerte convocados en aquella recta luminosa de la N-301 un mediodía cualquiera de Agosto. Eros y Tanatos. Pero los pasos que sonaban a mi espalda eran blandos y firmes sobre el asfalto del arcén, y no se correspondían con el taconeo trabajoso y un tanto desarticulado que yo había imaginado en mi precipitada fantasía.

Y entonces, venciendo el pánico que me paralizaba, me volví lentamente acuciado por la curiosidad: no era una siniestra dama vestida de negro quien venía a mi encuentro.










    

lunes, 5 de enero de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Segunda parte). Dios y el diablo jugando a los dados en la carretera.






De improviso, la moto sufrió una sacudida trasera, violenta y seca como un trallazo, comenzó a derrapar sin control, y en consecuencia, perdió su trayectoria rectilínea paralela a la del Simca 1200 objeto del adelantamiento. Y entonces, una extraña y poderosa fuerza de succión empezó a atraer la moto hacia el coche como si se hubiese generado un formidable campo magnético entre ambos vehículos. Sujeté con energía el manillar tratando de buscar una escapatoria que evitase la colisión lateral, y fue en ese momento cuando comprobé aterrado que acababa de perder cualquier posibilidad de intervenir en mi destino, ya fuese para bien, ya fuese para mal. Ahora mi suerte estaba ligada irremediablemente a unas leyes mecánicas y físicas ante las que, en mi humano desvalimiento, no podía oponer resistencia ni defensa alguna. Durante unas décimas de segundo pude ver todavía la mirada estupefacta del conductor del Simca, y sus brazos agarrotados sobre el volante con esa tensión propia de quienes enfrentan un peligro sabiendo que cuentan con escasas probabilidades de salir indemnes de él. Y es que, si no se alteraba la trayectoria de la moto en el último instante, el impacto era inevitable.


 


Sin embargo, lo que sucedió fue otra cosa,  y no menos providencial, y es que la Yamaha perdió ligeramente velocidad, no demasiada, pero sí al menos la suficiente como para que el coche pudiera rebasarme mientras yo me quedaba a solas tratando de gobernar una máquina ingobernable que me llevaba sin remisión al desastre.
 
Una larga recta despejada de la N-301 era cuanto tenía ante mí en aquel delicado trance. He pisado una mancha de aceite, fue lo primero que pensé cuando recuperé mis capacidades cognitivas después del shock inicial. Pero había recorrido ya varias decenas de metros con la moto dando bandazos en la carretera fuera de todo control y mi situación empeoraba con cada segundo transcurrido. No podía tratarse de una mancha de aceite tan extensa. En cambio, lo que había sucedido, para mi desgracia -y fui consciente de ello a continuación- es que acababa de reventar el neumático trasero a más de 100 km/h. mientras estaba adelantando al Simca 1200.


Como llevaba apenas dieciséis meses montando en moto y tenía por tanto sólo unos pocos miles de kilómetros de experiencia, las probabilidades de matarme en la carretera en cuanto surgiese un contratiempo lo bastante propicio para ello eran mucho más elevadas en mi caso que en el de un motorista bien bregado y curtido en los riesgos del gremio. Tenía casi veintiséis años y en la vida me había visto en otra igual. Era esa edad difusa y fronteriza entre el fracaso y la gloria en la que muchas jóvenes promesas o celebridades ya casi consagradas del rock, el cine o el deporte se malograban para siempre porque morían accidentadas o se mataban por su propia mano para dejar un legado póstumo de leyenda y mitología. Pero yo era sólo un anónimo ciudadano español, semejante a otros miles de compatriotas desconocidos que iban a perder la vida en la nacional 301 y en el resto de las carreteras del país aquel año de 1989. Salvo para familiares, amigos y conocidos, por todo legado para la posteridad yo iba a dejar sólo un montón de hierros retorcidos y algunos jirones abrasados de ropa y de piel sobre el asfalto ardiente de la 301. Y después sólo sería un número, un dato, una estadística. O todo lo más, un macabro recuerdo más o menos indeleble en la memoria de los circunstanciales testigos de mi tragedia, porque sabía que quienes habían contemplado alguna vez de cerca un accidente de tráfico con víctimas mortales tardaban mucho tiempo en olvidarlo, o acaso no eran capaces de olvidarlo nunca. 






Era un día obsceno para morir. El primero del puente festivo de las mil vírgenes de Agosto en España, cuando tanta gente se quedaba por el camino. Cuando tanta gente se marchaba al campo, o a la playa, y nunca llegaba a su destino, o nunca regresaba de vuelta a su punto de partida, y los cementerios municipales se iban llenando de difuntos, y los cementerios de automóviles se iban llenando de chatarra. Según información adjunta del diario ABC con fecha del 16 de Agosto de 1989, en aquel largo puente festivo de hace veinticinco años murieron en las carreteras españolas 106 personas, de las cuales 25 lo hicieron el mismo día en el que yo estuve a punto de convertirme también en un número, en un dato, o en una estadística de la crónica negra del tráfico. Y por desgracia es también muy probable que algún infortunado de aquel largo centenar de víctimas mortales perdiera la vida en la propia N-301 (Madrid-Cartagena), una de las carreteras más transitadas que llevaba -y sigue llevando- del interior a la costa.


Pero el lugar tampoco dignificaba mi propia muerte. Bajo aquella cegadora luz estival del mediodía y en el vasto escenario de esa inmensa recta manchega flanqueada de viñedos y de campos de labor, un paisaje vulgar y visualmente monótono todavía a centenares de kilómetros del mar, perder la vida por el reventón de un neumático en una humilde moto urbana de veinte caballos resultaba particularmente insultante y mezquino en mi precipitada biografía. Una existencia tan breve como la mía merecía un desenlace más elegante y épico en un escenario más hermoso o tal vez más exótico. Pero estas cosas no podían elegirse. El cómo, el cuándo y el dónde escapaban completamente a nuestro deseo y a nuestra voluntad.



Como escapó completamente a mi deseo y a mi voluntad lo que sucedió a continuación durante más de un minuto y cerca de un kilómetro de recorrido. O tal vez puede que fuese durante más tiempo y mayor distancia. Imposible saberlo ahora. Con el neumático trasero reventado, la Yamaha empezó a comportarse como los caballos salvajes de los rodeos americanos, esos animales absolutamente demoníacos que son cabalgados por intrépidos cowboys cuyo mérito y destreza consisten no tanto en amansar a la fiera como en evitar ser derribados. Sin embargo, y aunque las sensaciones fueran acaso semejantes, a diferencia de los jinetes americanos que ejecutaban sus grotescas cabriolas en la confortable seguridad de los recintos cerrados de los ranchos y pistas de los circos, yo las estaba ejecutando en una carretera general española abierta al tráfico y lanzado a toda velocidad a bordo de una máquina suicida que no iba a detenerse hasta caer al suelo, salirse de la calzada o estrellarse contra cualquier obstáculo, estático o móvil, que se interpusiera en su camino. Por puro instinto comprendí enseguida que no podía hacer mucho más que cerrar el puño del acelerador, aferrarme firmemente al manillar, mantener el equilibrio y esperar que la suerte volviera de mi lado. Ni siquiera intenté bajar marchas para aprovechar la retención del motor, porque toda mi concentración en esos momentos estaba dedicada a evitar la caída y no podía tampoco mover los pies un milímetro de los estribos para buscar el pedal del cambio. Una lectura instántanea de la grave situación ante la que me encontraba me hizo entender en el acto que no debía tocar los frenos por nada del mundo (ambos de tambor en esta moto), pues eso hubiera supuesto el desastre inmediato. A 100 km/h. un vehículo recorre casi 28 metros por segundo y necesita, en condiciones óptimas, por lo menos 127 metros para detenerse totalmente, pero con un neumático reventado estas cifras pierden todo su significado práctico y el comportamiento del vehículo se vuelve completamente imprevisible.

Durante un tiempo que se me antojó una eternidad, la moto continuó derrapando de lado a lado de la carretera invadiendo incluso el carril contrario en un errática trayectoria de barrido en zig-zag, impulsada por unas violentas inercias de fuerzas y masas incontrolables. Con el acelerador cerrado y la dispersión de la trayectoria, la Yamaha iba perdiendo velocidad e impulso, aunque muy lentamente, como lo haría el péndulo de un reloj que parece que nunca va a detenerse por completo. Pero la pérdida de velocidad no sólo no mejoraba la situación, sino que la volvía más crítica, si cabe, porque a las violentas inercias anteriores se sumaban ahora unas intensas trepidaciones que alteraban nuevamente la trayectoria en zig-zag de manera mucho más peligrosa: la moto permanecía durante más tiempo en el carril izquierdo de la carretera antes de regresar al derecho, y venían vehículos de frente, y la mayoría de estos vehículos eran camiones y autobuses que me avisaban con nerviosas ráfagas para que me apartase. Seguramente sus conductores no podían dar crédito a lo que estaban viendo. ¿Qué hace ese motorista loco de lado a lado de la carretera? ¿Está jugando a la ruleta rusa?


 
Exactamente era eso lo que estaba haciendo, jugar a la ruleta rusa, en contra de mi voluntad, porque yo ya no era dueño de mi destino, que desde hacía un momento había quedado por entero en manos de las leyes de la física o de la casuística de los milagros, suponiendo que éstos existieran. Y entonces mudé del terror al pánico, que como es bien sabido puede producir la parálisis completa del individuo o bien su predisposición a la huida, es decir, a la estampida. Pero en mi situación la huida no era posible (no digamos ya la estampida), y la parálisis completa me conducía a una muerte segura, porque si me abandonaba con resignación al desenlace anunciado, de un momento a otro iba a terminar bajo las ruedas de un camión o de un autobús. Probablemente moriría de un modo u otro, hiciese lo que hiciese, y poco o nada podía hacer, pero tenía que intentar por lo menos evitar la colisión frontal con otro vehículo -cualquier cosa, por mala que sea, es preferible a esto-, de modo que ahora se trataba de soltar la moto y forzar la caída cuando me encontrase por ventura en el carril derecho, aún a riesgo de romperme el alma contra el cortante guardarraíl de acero de afilados perfiles, aún a riesgo de que la moto se me viniera encima y me partiese la columna vertebral y me condenase para siempre a una silla de ruedas, aún a riesgo de rodar por el asfalto como un muñeco de trapo y acabar arrollado igualmente por otro vehículo.


Estos, y otros muchos de semejante naturaleza, fueron mis negros pensamientos durante aquellos instantes de pánico insuperable en los que me vi morir a cámara lenta, porque ni se consumaba la tragedia ni se obraba mi salvación, porque todo sucedía a velocidad de vértigo pero al mismo tiempo con una demorada cadencia de una crueldad infinita que dejaba todavía abierta la posibilidad de cualquier desenlace. Dios y el diablo se estaban jugando a los dados mi porvenir en aquel tablero maldito de la nacional 301. 



   


viernes, 2 de enero de 2015

II CONCURSO "DESCUBRE LA CARRETERA". Enero 2015.



DOS HITOS KILOMÉTRICOS EN BARRO, A ESCALA 1:10, DE PREMIO. COMPLETAMENTE ARTESANALES, ÚNICOS E IRREPETIBLES, MODELADOS Y PINTADOS A MANO (no se trata de los dos ejemplares de muestra que aparecen en la imagen superior).

Después de visualizar el video, puedes obtener las Bases completas del Concurso AQUÍ.



sábado, 20 de diciembre de 2014

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Primera parte). Vertiginoso mal de altura.



Está usted ahí sentado esperando la muerte, me dijo un día el psicólogo argentino de la Seguridad Social que me atendía durante un breve período de tiempo allá a mediados de los años noventa del pasado siglo. Y a continuación, observando mi casco de motorista que reposaba en la silla contigua, y como si quisiera restarle brutalidad a la frase anterior, añadió con un punto de cordialidad: ¿ha venido usted con su moto?

La pregunta era del todo absurda, desde luego, porque no iba a haber venido a la consulta en una moto robada, pero no estaba yo de humor para intentar una interpretación correcta de la sintaxis peculiar de un psicólogo argentino de cierto prestigio (todavía recuerdo su nombre), eventualmente contratado por la Seguridad Social española. Pero sí, había venido con mi moto, porque a pesar de que sufría con frecuencia mareos, vértigos y paralizantes crisis de ansiedad como consecuencia de una somatización de mi angustia existencial, precisamente el poder seguir montando en moto -y aunque mis trastornos y el consumo de fármacos lo desaconsejaran absolutamente-, era la única manera de sentirme vivo y de aplazar esa muerte esperada que me había pronosticado el psicólogo. Y por supuesto no utilizaba la moto sólo para mis habituales desplazamientos urbanos al consultorio de la Seguridad Social, sino que con alguna asiduidad viajaba también por carretera centenares o miles de kilómetros pese a encontrarme de baja laboral en mi trabajo ferroviario. Quizá no estuviese esperando la muerte, pero por si acaso se presentaba de repente, había decidido vivir deprisa y peligrosamente, casi con una obstinación rebelde y transgresora, apurando cada experiencia vital como si fuese la última, y de este modo la carretera me causaba una especie de vertiginoso mal de altura y me transmitía un aluvión de sensaciones tan tóxicas y desconcertantes como los efectos de una droga. Pero esta es otra historia, a la que ya nos acercamos de pasada y con anterioridad en este blog:




Y sin embargo, un día de verano de seis años antes, cuando aún no tenía la cabeza enturbiada por ningún conflicto existencial ni estaba sentado en la consulta de un psicólogo esperando pasiva y resignadamente mi propia muerte, ésta se me presentó de improviso en la carretera, y fue entonces cuando verdaderamente la estuve esperando y temiendo como una terrible consumación, porque dada la situación y la gravedad del probable desenlace que durante interminables segundos se anunció ante mis ojos, no podía esperarse otra cosa, salvo que se esperase únicamente un milagro.


 
Era el mediodía del 12 de Agosto de 1989, y viajaba desde Madrid en solitario por la N-301 de camino a la costa mediterránea a bordo de una modesta Yamaha SR-250 con motor monocilíndrico de cuatro tiempos y 20 cv. de potencia, un modelo muy popular en la época entre los mensajeros españoles, al tratarse de una moto urbana y económica por excelencia. Sin embargo, sus humildes prestaciones, la limitada calidad de sus componentes mecánicos y el escaso confort de marcha y seguridad que ofrecía no hacían de ella la máquina ideal para largos desplazamientos por carretera, pero aún así muchos motoristas neófitos que no éramos mensajeros nos iniciábamos en el mundo de las dos ruedas con este modelo. Y a mí estuvo a punto de costarme la vida apenas año y medio después de haberla estrenado.

Hasta el momento del percance, el viaje no había presentado ninguna incidencia destacable, y a velocidades de crucero de 80-100 kms/h., que eran las que desarrollaba esta moto, los kilómetros iban cayendo con un promedio razonable para una carretera nacional española de los años ochenta. Tampoco los turismos viajaban mucho más deprisa entonces por este tipo de vías. Los 10 litros del depósito de combustible de la Yamaha y su ajustado consumo permitían una muy aceptable autonomía de 200 kms., de modo que tenía previsto hacer la primera parada en las proximidades de Minaya (Albacete). Sin novedad había ido dejando atrás las tediosas travesías de Villatobas, Corral de Almaguer y Quintanar de la Orden, pero disfrutaba rodando de forma tan demorada y un tanto indolente por esta carretera que formaba parte esencial de mi biografía viajera de la infancia. Era la nostalgia, por encima de todo, la que me empujaba a recorrer la N-301 una y otra vez en un continuo periplo meridional de ida y vuelta al Mediterráneo. Incluso he vuelto a hacerlo ocasionalmente en fechas muy recientes, porque el imperativo de la nostalgia es recurrente y no puede ser desobedecido sin incurrir en imperdonable traición a uno mismo. 

Crucé Mota del Cuervo, y en la primera recta interminable que buscaba el horizonte en suave descenso fui abriendo el acelerador y dejé que la moto se embalase impulsada por un ligero viento de cola. Caía un sol de plomo sobre la carretera. La escala del velocímetro estaba graduada de 0 a 160 km/h., una velocidad absolutamente impensable para esta moto, pero la aguja fue subiendo muy lentamente hasta los 110, 120 y 130 mientras el motor monocilíndrico vibraba con una trepidación catastrófica y la aguja del cuentavueltas entraba en la zona roja de las 8.500 revoluciones por minuto (de manera también testimonial esta escala estaba graduada hasta las 10.000, porque a ese sobrerrégimen el motor sin duda reventaría). Un Simca 1200 se interponía en mi camino apenas cincuenta metros por delante, pero la carretera aparecía despejada al frente, de modo que miré por los espejos, accioné el intermitente y salí al carril izquierdo para proceder a la maniobra de adelantamiento sin cortar gas. Le alcancé y empecé a rebasarle con holgura, pero antes de poder finalizar la maniobra y regresar al carril derecho se me abrieron de golpe las puertas del infierno. Veinticinco años después todavía recuerdo la cara de espanto del conductor del Simca. Pero sobre todo no he conseguido olvidar mi propia sensación de angustia sabiendo que aquellos eran mis últimos segundos de vida.