jueves, 28 de agosto de 2014

UNA INCREÍBLE AVENTURA EN LA ITV (Inspección Técnica de Vehículos).



Cuando eres poseedor de un vehículo antiguo, sin que llegue a ser todavía un clásico, para tu desgracia, ya estás sumamente resignado al trámite bianual de la Inspección Técnica de Vehículos (ITV). Para muchas personas, y en especial para algunas mujeres conductoras, el momento de llevar su automóvil a esta revisión oficial obligatoria supone una especie de trauma insuperable o cuando menos la certeza de ir a pasar un mal rato que podría ser evitable. Sobre todo colocar el coche sobre el foso para la inspección de los bajos es lo que mayor pavor les produce a las féminas, temerosas de no situar bien las ruedas en los carriles de la plataforma y precipitarse al abismo. Naturalmente es demasiado improbable que esto llegue a ocurrir nunca, pues los propios operarios de la estación de la ITV son los primeros interesados en que tal cosa no suceda, pero el miedo escénico permanece en el subconsciente de algunas señoras.  Para evitar ésta, y otras molestias derivadas, siempre se puede recurrir a empresas especializadas que se encargan de recoger el vehículo a la puerta de tu domicilio, llevarlo a pasar la ITV y devolvértelo tan pronto como ha finalizado la gestión, previo pago de una cantidad más o menos módica que mucha gente -mujeres y hombres- paga encantada con tal de evitarse el viaje hasta un más que probablemente lejano polígono industrial, sitios estos en donde suelen ubicarse las estaciones prestadoras del servicio, al menos en las grandes ciudades.

En mi caso, como propietario de una vetusta motocicleta con quince años a sus espaldas, y sin haber sufrido nunca los terribles terrores que inspira la ITV a tantos conductores, siempre he acudido en persona a llevarla a cabo. Incluso en una ocasión he ido a pasar la ITV de la motocicleta de un amigo, que por motivos laborales no podía realizar él. 

Nunca he tenido incidencias destacables, hasta el pasado 19 de Agosto (la validez de la ITV me caducaba el 20), cuando bajé al garaje antes de partir hasta el lejano polígono industrial pertinente, arranqué la moto y me puse a hacer algunas comprobaciones elementales que en otras circunstancias jamás habría hecho: cláxon y funcionamiento del alumbrado, largas, ráfagas y luces de freno, básicamente. Ni siquiera me acordé esta vez de verificar la luz de la placa de matrícula, que en una ocasión me supuso una infracción leve en la revisión, pues no funcionaba. Pero esta vez el problema era más serio, porque lo que había dejado de funcionar, sin previo aviso, y a saber desde cuándo, era la luz de freno delantero. Simplemente, al apretar la maneta derecha, que es la que corresponde al freno delantero en las motos, la lámpara indicada no lucía. Con esta deficiencia, desde luego, no pasas la ITV a la primera en ningún caso, lo que te obliga a volver a una segunda revisión ya con la incidencia solucionada.

Sin embargo, como disponía de tiempo de sobra aunque tuviese luego que comer a las cinco de la tarde, se me ocurrió la idea oportuna de acercarme por mi taller habitual, de donde, por cierto, había retirado la moto sólo unas semanas antes después de una costosa revisión y reemplazo de algunos elementos (kit de transimisión, rodamientos de la dirección, bujías, aceites, filtros...) por un importe superior a los 800 €. Me aseguraron que no cerraban en Agosto, pero me engañaron, porque cuando llegué al taller lo encontré cerrado a cal y canto. 

Así las cosas, tenía, pues, dos opciones: volver al garaje y olvidarme de la ITV hasta una ocasión más favorable, o al menos hacer acto de presencia en la estación correspondiente para soslayar el hecho de que al día siguiente vencía su período de validez. Opté por lo segundo y me lancé a la carretera dispuesto a cubrir la veintena larga de kilómetros que me separaban del lugar habitual en donde realizo desde hace años estas revisiones obligatorias. Sabía de antemano que me iba a perder, pues jamás había conseguido dar con la estación a la primera, tan enrevesado era el camino y tan escasa la información para llegar hasta ella. Pero esta vez, además, aunque permanecía en el mismo municipio, había cambiado de ubicación, de modo que ya daba por hecho resignadamente que me iba a perder de forma apoteósica.


Mis oscuros presagios se cumplieron y me perdí. Y apoteósicamente, además, porque sin poder remediarlo mi atolondrado deambular por las calles del extenso municipio me devolvió de nuevo a la autovía y en dirección contraria al destino que buscaba, sin poder encontrar un cambio de sentido en decenas de kilómetros. Conseguí dar la vuelta al cabo de largo rato y regresar al punto de partida sudando a chorros por dentro del casco y maldiciendo cada piedra del camino. Anduve perdido todavía mucho tiempo hasta que, casualmente, encontré un cartel que indicaba a la ITV. No estaba en un polígono industrial, sino en mitad de la nada, en lo alto de un cerro desértico castigado por el sol de Agosto de manera inclemente. Una larga avenida con mediana y con aceras acababa de ser construida en medio del campo para dar acceso al establecimiento. No había un árbol, ni una sola sombra de naturaleza vegetal o artificial en varios kilómetros a la redonda, y con cerca de 40 grados centígrados a las dos de la tarde, ya sólo por el hecho de conseguir llegar hasta allí, superases o no la ITV después, deberían darte un premio o al menos otorgarte una mención honorífica. Un hangar de reparación de platillos volantes en la superficie del planeta Marte no habría ofrecido un aspecto muy diferente al que presentaba este lugar infausto. 




Pero no, nadie te iba a premiar por tu proeza, sino todo lo contrario, porque la primera fase del trámite consiste en hacerte aflojar 37 € de la cartera previa presentación de la tarjeta de inspección técnica y del permiso de circulación de tu vehículo. Bueno, qué caramba, esta gente hace su trabajo y también tiene que comer, es lo que piensas mientras tramita tus papeles una chica con cara de pocos amigos, enclaustrada en una minúscula cabina prefabricada que seguramente carece de aire acondicionado en verano y de calefacción en invierno, lo que unido a un más que probable salario inframileurista justifica sin duda su sombrío semblante y su escasa vocación profesional de atención al público.




Arranco de nuevo y accedo a la plataforma exterior de las instalaciones con la esperanza de poder encontrar una máquina de agua fría para mitigar la sed y tomarme un respiro mientras me fumo un cigarrillo después de mi larga odisea por el desierto. Pero esto tampoco va a ser posible, porque un operario me sale al encuentro de inmediato y me invita amablemente a acceder al interior del hangar. Que no me quite el casco si no quiero, me dice, a lo que le respondo que me lo voy a quitar enseguida, y no tanto para que me vea la cara desencajada de pocos amigos, similar a la de su compañera de la entrada, como para evitar una hipertermia severa. El sudor me cae a chorros desde la cabeza hasta las rodillas dejando un rastro húmedo en la camiseta y en los pantalones. Me seco la frente como puedo con el pañuelo de cuello y escucho en boca de mi anfitrión la frase sensata que cabe esperar en estos casos: en verano se pasa mucho calor en la moto.

Por lo menos este sabe de lo que habla. Tendrá unos treinta y tantos años y probablemente sea motero. La mayoría de la gente, en su inmensa ignorancia, piensa todo lo contrario, algo tópico y típico (y rigurosamente falso): que en verano en moto se va muy fresquito. Fresquito se va en el interior de un coche, en pantalón corto y en camiseta con el aire acondicionado a pleno rendimiento. En una moto, forrado de ropa desde la cabeza hasta los pies, recibiendo en el cuerpo el calor abrasador de la atmósfera, el desprendido del asfalto y el generado por el propio motor, la temperatura de tu organismo puede dispararse hasta valores cercanos a los de la fiebre. Sirva de ejemplo el hecho de que en un largo viaje estival en moto, con temperatura ambiente en torno a los 30 grados centígrados, la evaporación de líquidos del cuerpo (deshidratación) es tan elevada que no necesitas orinar durante horas, incluso aunque ingieras bebidas abundantes y frecuentes (lo que por otra parte es absolutamente necesario en estas circunstancias).

Pero volvamos a la increíble aventura de la ITV. Despojado del casco, lo guardo en la funda de tela que he traido para este propósito y me lo cuelgo cruzado sobre la espalda. He decidido bajarme de la moto mientras el operario comprueba concienzudamente el número de bastidor y hace constantes anotaciones en los papeles que lleva consigo. Después me indica que me suba, que vamos a probar las luces. Posición, cruce, largas, ráfagas, intermitentes delanteros y cláxon. Hasta aquí todo va bien. Pero de inmediato le llama la atención una cosa: ¿y esto qué es?  Se refiere a una pieza metálica tubular que sobresale unos pocos centímetros de la parte delantera izquierda del carenado. Es un soporte para la cámara de video, le explico. Pero no le gusta mi explicación, y me amonesta: la próxima vez que vengas quítalo, porque aunque no sobresale mucho del carenado, sobresale lo suficiente como para ser considerado ilegal y peligroso, puesto que puede causar daños. Respiro profundamente antes de contestar: en la ITV anterior de hace dos años, nadie me dijo nada. Y era cierto. Pero este argumento tampoco parece convencerle: bueno, pero tú, por si acaso, la próxima vez lo quitas. 




Por supuesto que lo quitaré, faltaría más. Vamos a comprobar ahora las luces traseras, me dice el operario colocándose a mi espalda. La del freno delantero no funciona, lo acabo de mirar en el garaje, le informo, curándome en salud, y desde ese preciso instante ya soy consciente de que no voy a superar la ITV y tendré que regresar en unos días. A lo mejor se ha soltado algún cable o una clema, es cosa de echarle un vistazo, dice él. Y le echa un vistazo al cableado alrededor de la maneta de freno delantera. Efectivamente, se ha soltado una clema, o bien es que los del taller se olvidaron de colocarla en su sitio cuando la moto pasó su última revisión. Sea como fuere, lo cierto es que la luz de freno delantera vuelve a lucir después de que este operario, hurgando con pericia con los dedos en un espacio incómodo y muy reducido, consiga colocarla en su posición. Sinceramente, a mi jamás se me habría ocurrido andar trasteando en esa clema, y por lo tanto nunca le estaré lo bastante agradecido. Un buen tipo y un verdadero profesional -y seguramente motero, como ya he dicho- que me concede un nuevo margen para superar la ITV en donde probablemente otro, sin tomarse la más mínima molestia, ya la habría echado por tierra. Pero aún hay más:

Ahora déjame que coja yo la moto para pasarle la prueba de frenos, me dice el operario. Esto es una novedad que desconocía. Hasta entonces, era el propio usuario el que pasaba la prueba de los rodillos de freno subido en su moto. Es una prueba bastante delicada, porque los rodillos giran con fuerza y la moto culea y tiende a tumbarse mientras la mantienes en precario equilibrio apretando los frenos con los pies en el suelo, y no es descabellado suponer que más de un motero se habrá caído en esta operación. Un amigo mío corto de estatura, que llega de puntillas al suelo subido en su moto, le tenía verdadero pánico a la prueba de los frenos, y siempre advertía a los de la ITV que si se caía, la responsabilidad de posibles daños físicos y materiales corría por cuenta de ellos. Nunca se cayó, pero el mal rato no se lo quitaba nadie. Ahora ese problema ya no lo tendrá, por lo menos en esta estación de la ITV. Sin embargo, esta es una cuestión que admite una segunda lectura, y es hasta qué punto tienes obligación de dejar tu moto en manos de otra persona, por muy experimentada que sea, si no lo deseas. Yo desde luego no puse ninguna objección -como tampoco la puse con la prueba de humos y decibelios, en donde hay que acelerar en vacío a muchas vueltas-, cosa que a la mayoría de los motoristas no nos gusta que hagan con nuestra moto, y ambas operaciones las llevó a cabo el operario sin mi intervención.


Pero hay un nuevo problema del que me advierte el empleado de la ITV cuando se baja de la moto: el manillar está muy caído, tanto que te pillas los dedos contra el depósito al girar del todo la dirección. De hecho, el propio depósito está un poco marcado al contacto con las piñas de mandos. No salgo de mi asombro. Hace pocas semanas que he sacado la moto del taller después de una onerosa reparación que ha incluído el cambio de los rodamientos de la dirección. Sí es cierto que desde entonces he notado el manillar con un tacto diferente al acostumbrado, pero no he llegado a darle demasiada importancia. Sin embargo, esto ya es más grave. ¿Será posible que los mecánicos no hayan apretado correctamente los tornillos de la tija del manillar?

Pues efectivamente, el apriete no ha sido el correcto, de tal manera que cuando me vuelvo a subir en la moto, casi sin mucho esfuerzo veo que es posible desplazar el manillar sobre la tija: los tornillos allen están flojos. Y tanto, que circulando en carretera puedes tener un grave accidente por este motivo. El amable operario me advierte de tal peligro que ya supongo sin demostrar demasiado asombro ante la anomalía, y se ofrece para venir enseguida con una llave y apretarlos. Para entonces ya he superado la ITV con éxito pese a tantas y tan increíbles aventuras, y salgo al exterior del hangar, una explanada desierta abrasada por el sol. Tengo mucha sed y el sudor me vuelve a correr a chorros por el cuerpo, pero ya he descartado toda esperanza de encontrar una fuente de agua fría o una máquina de refrescos y una sombra en la que resguardarme. Enciendo un cigarrillo por fin, para relajarme. No puedo dejar de pensar en el mal oficio y en la imprudencia de los mecánicos de mi taller habitual dejando el manillar de la moto en esas condiciones. Y tal vez la clema suelta de la luz de freno delantera también sea achacable a su desidia o a su descuido. Hasta ahora siempre los había tenido por buenos y eficientes profesionales. Pero la crisis, la maldita crisis que no cesa, lo está destruyendo todo, convirtiendo el bien en mal, y el mal en mal absoluto sin remisión posible. Tal vez me acerque al taller un día de estos, en cuanto abran, a quejarme de su deficiente servicio cobrado a precio de oro. Supondrá discutir con ellos, naturalmente, porque ni los dueños, ni los jefes, ni los mecánicos de los talleres de motos suelen dar nunca su brazo a torcer ni admitir que pueden haberse equivocado. La moto salió perfectamente de aquí, dirán. Se comprobaron las luces y todas funcionaban. La tija del manillar se apretó correctamente, si no la has forzado tú después, no tendría porqué moverse. Es como si ya supiera lo que me van a contar.

Aparece enseguida ese buen tipo empleado de la ITV con una llave allen. Retira las protecciones de plástico y empieza a apretar los tornillos de la tija una vez que he colocado el manillar a mi gusto, y he de reconocer que lo he dejado un poco más alto de lo habitual, pero no me desagrada. Me presta la llave para que acabe de apretarlos yo mientras se marcha a la oficina para terminar de gestionar mis papeles. Los aprieto fuerte, sí, pero no me atrevo a apretarlos demasiado, por miedo a pasar la rosca. Quiero creer que esta operación, como otras muchas en las motos, lleva un par de apriete concreto y exacto, determinado por el fabricante, que ha de llevarse a cabo mediante una llave dinamométrica calibrada. Apretar a pulso y a ciegas conlleva el riesgo inevitable de que te equivoques por exceso o por defecto. ¿Y quién lo sabe?

Le devuelvo la llave al operario salvador con efusivo agradecimiento por todas las deferencias que me ha dispensado, y entro en la oficina. Los administrativos resultan también amables y cordiales. Buena gente. Retiro la documentación y la pegatina reglamentaria de la ITV con validez hasta el mes de Agosto de 2016. Vuelvo a la explanada, al sol abrasador e inclemente. Son las dos y media de la tarde. Tengo por lo menos media hora de camino hasta casa por la autovía y notables probabilidades de llegar deshidratado. Antes de arrancar la moto observo que la pegatina viene con un defecto de fabricación, o tal vez de diseño: el adhesivo, que debería llevarlo en el anverso para poder ser colocada de manera visible desde el exterior dentro del parabrisas de un coche o de la cúpula de una moto, lo lleva en el reverso, como una pegatina convencional. Bueno, pienso, después de todo, nadie es perfecto.


  




martes, 8 de julio de 2014

N-611. PALENCIA-SANTANDER


Un reportaje de Diego Sánchez Utrilla para EN LA CARRETERA.



En España hay muchas carreteras, realmente nuestro país tiene una interesante red de carreteras nacionales que hoy día se han visto convertidas (o en el mayor de los casos, sustituidas) por autovías y autopistas. Entre las nacionales españolas, míticas carreteras, como la N-I, N-II, N-III o N-VI (las más antiguas y largas). Pero hoy no voy a ir a ninguna de ellas, me voy a centrar en una carretera más corta, de un recorrido de aproximadamente 200 kilómetros, y una antigüedad de no más de 75 años (que no son pocos), y que en cierto modo supuso una importante rama de comunicación entre la meseta castellana y la costa cantábrica: la  N-611 , hace poco sustituida por la autovía A-67.



Tras la presentación, vamos a salir en nuestro viaje, empezando por el centro de Palencia. A tan solo 850 metros de la Plaza Mayor, este antiguo cartel nos indica la salida:




Es una lástima que actualmente solo sea su estructura lo que queda:




Pasado el túnel, esto es lo que vemos: las afueras atravesadas por una nacional que hoy día puede ser considerada tranquilamente una calle más:




Por fin llegamos a lo que ya parecen ser las afueras:




Pero no sin reparar en ese antiguo cartel, aún en pie:




Talleres mecánicos, que pertenecen a otra época...




Ahora llegamos al punto crucial: la bifurcación entre 
la N-611 (izquierda) y el ramal hacia la A-67 (derecha).



Y llegamos a la primera gasolinera; actualmente ya es poco el servicio que presta, cada vez menos.




Aproximadamente 8 kilómetros después, llegamos al primer desvío de travesía, Fuentes de Valdepero:




De una imagen a otra hay 40 años de diferencia:






Señales de tráfico varias...






La antigua travesía:




Y mientras tanto, en el mismísimo punto de la foto de la travesía, esto es lo que sucede en la variante, más moderna:




Pero volvamos a la antigua travesía, que ya se nos acaba:




Y casi sin darnos cuenta, a unos 10 kilómetros, llegamos al segundo pueblo: Monzón de Campos. Este es el recibimiento:




Un antiguo hostal:




Y poco después llegamos a la segunda gasolinera, y casualmente, si la primera estaba abocada al fracaso, esta ya estaba en él (la gasolinera lleva 10 años abandonada):




Y justo a 2 edificios de la gasolinera, una auténtica joya: un bar antiquísimo, ya abandonado.




Otro viejo cartel:




Ya hemos salido del pueblo, y a 6 kilómetros de él, nos encontramos un pequeño tramo de carretera abandonado:




Y así, en medio de la nada, una gasolinera; y esto empieza a extrañar, pues es la tercera, y está de nuevo, abandonada:




A estas alturas empiezo ya a pensar que menos mal que se llegó al acuerdo de no construir negocios en la A-67 para mantener vivos los antiguos, pues anda que si los llegan a construir, ya no sé que sería de todo...


Rato después nos encontramos con la autovía, la cual toca atravesar, o mejor dicho, que nos atraviese. Aquí el trozo abandonado de la construcción de la autovía, más o menos en 2008:




Al poco de continuar dirección a Santander, nos vamos encontrando alguna que otra señal más:




Y llegamos a Piña de Campos, un pueblo en donde se ve claramente que no explotó el hecho de tener la travesía; es más, en todo el recorrido no vimos ni un negocio:




Ya pasado el pueblo cruzamos el Canal de Castilla...




Y llegamos al desvío de Frómista, entre la variante y la carretera original:




Atención a esta señal: a simple ojo podría asegurar que se trata de una anterior a 1965, quizás de principios de los años 60. ¿Existirá esa gasolinera hoy día?




Y vaya que si existe (y afortunadamente sigue abierta, aunque no sabemos por cuánto):




Luego observamos pequeños bares como este:




También vimos la publicidad de un hostal que actualmente creo que ya no existe:




Y esta muy antigua señal, de cuando no había acera:




Y tras una larga recta nos reincorporamos a la nacional principal, que justo pasa por encima de la autovía:




Con su correspondiente pequeño cacho abandonado (o directamente, destruido):




Y llegamos a Marcilla de Campos (que tiene variante), otro pueblo sin ningún tipo de negocio:




Aquí se puede ver cómo era un tramo normal de nacional en los años 60-70:




Y llegamos ya al fin e incorporación con la actual N-611.




Y aquí, un tramo abandonado importante:




Aquí vemos a la derecha el camino hacia la autovía, en medio la nueva gasolinera (con mucha estrategia su posición), y a la izquierda el tramo abandonado sin salida:




Y un 2x1 en señales antiguas:




La travesía de Santillana es como las últimas que hemos visto: sin negocios.




Salimos de Santillana, y nos incorporamos a la carretera principal:




Ya, poco después, llegamos a la población de Osorno:




Aquí tenéis un plano aéreo sobre la travesía antigua y la variante, solo que en este particular caso, la variante es más interesante de ver puesto que la travesía se cerró al tráfico allá por 1961, por lo que lo importante se centra en lo "nuevo", que ya tiene sus años:




De todas formas, he aquí la travesía.




Y en lo "nuevo", este pequeño puesto de la Cruz Roja:




Y estas 2 gasolineras que en su día han sido lo máximo, ahora solo funciona una:




Un poco más adelante, está este hostal, típico de los años 70:




Y en la otra travesía, este restaurante:





Aquí empieza lo bueno: grandes tramos de montaña con curvas antiguas, en su estado original...




Y en medio de la nada, una nueva gasolinera abandonada que yo creo que ya constituye el récord de gasolineras abandonadas en una carretera:




Aquí tenéis diversos tramos abandonados de esta zona; el más espectacular, el de la derecha:




Google Street View no nos da imágenes de los tramos, pero por esta instantánea hecha en la desembocadura del tramo de la derecha, nos imaginamos el resto; no parece una nacional:




Ese mismo tramo fue sustituido en 1975 por esta larga pendiente:




Poco después llegamos a Herrera de Pisuerga, donde la bienvenida es este antiguo puente de piedra:




Con sus vallas protectoras originales de mallas:



Al igual que en Osorno, aquí hubo una travesía, pero su temprano cierre en los años 60 hizo que lo más famoso sea la variante:




He aquí la travesía con su restaurante-pensión típico antiguo:



Ya hemos salido de Herrera de Pisuerga y recorrido 8 kilómetros, hasta Alar del Rey, donde encontramos unos antiguos vestigios, empezando por este cartel de kilometrajes que se puede comparar con los modernos:



Estos, a la salida, en mejor estado:



Y aquí, esta antigua publicidad pintada que por el trazado de la carretera en el plano nos indica su antigüedad, y el bar que anuncia es efectivamente antiguo, pero por su fama se conserva abierto:



Y a pocos metros aparece esta gasolinera, muy importante en su época, y (afortunadamente) abierta:



Luego nos encontramos alguna cosa más, como esta señal:




Tres épocas desarrolladas en 100 años de historia y en solo una foto: la autovía (por donde va el camión), la nacional principal (en medio), y la nacional antigua que ahora hace las veces de área de servicio (por donde vamos):



Y en el centro de la actual vía de servicio nos encontramos este hostal, ahora abandonado y vandalizado:



Aquí observamos una nueva curva abandonada:




Y aquí, lo que fue una pequeña gasolinera abocada al fracaso, que al aprovechar su estratégica situación frente a la autovía, se ha triplicado en tamaño, siendo la mas importante de la ruta:



Podemos observar en la imagen como era la carretera y la modificación de trazado que ha sufrido por la autovía:




Ahí se ve más claramente en vivo:




Y el superviviente hito kilométrico 106:



Acceso a Aguilar de Campoo por la travesía antigua o por la variante, nos metemos en el pueblo:



Así era una travesía hace 50 años (detalle del pequeño surtidor):




Y de nuevo, en plena travesía, un hito kilométrico más (km 108):



Justo es salir del pueblo y...



Nos unimos con la carretera principal.



Tras esto proseguimos, ya acercándonos al hasta hace poco temible puerto del Pozazal:



Y conforme nos acercamos al norte, empiezan a aparecer más hitos kilométricos:




Incluso varios consecutivos:




También, según entramos más al norte, la calidad de la carretera baja bestialmente, y es que la A-67 empezó a construirse en Santander en 1985 y terminó en Palencia en 2010 (excluyendo el puerto del Pozazal que tuvo que saltarse durante muchos años para conseguir una solución que no se encontraba). Por lo tanto, en Santander y alrededores, la N-611 quedó anclada en 1985; en Pozazal, está adaptada a 2010 puesto que tuvo más años de servicio, luego hasta Aguilar de Campoo vuelve a anclarse en 1985 y, mientras te acercas a Palencia, más ancha y asfaltada es, pues tuvo tráfico hasta hace apenas 3 años.



Aquí empieza Pozazal, en donde como veis aumenta la calidad, y un tramo abandonado, pero que no es de N-611 sino que era una unión provisional con la autovía cuando esta estaba en obras:



Encontrarse señales de altitud de nieve de hormigón es algo muy escaso por su antigüedad y porque no cumplen las normativas de señalización, y las mandaron quitar (como los hitos kilométricos, las vallas de protección de mallas o cualquier otra señal de hormigón), pero sin embargo, en este puerto hay a pares, que aunque ya no sirven al existir las modernas, han sido respetadas y actualizadas con adhesivo reflectante:



Al rato nos encontramos una gasolinera, que como ya es típico por aquí, está abandonada:



Y apenas pasados 2 kilómetros nos encontramos una nueva señal, ¿estará también abandonada? Se admiten apuestas:




Esta otra señal tan antigua nos hace parecer ver que la gasolinera tendrá ya sus años, pero sin embargo, aquí no habla de gasolineras:



Llegamos al pueblo y esto es lo que la señal marcaba: el mesón sigue abierto, y la cafetería... pues no.




Y claro es que la gasolinera no debía estar aquí, en realidad estaban más adelante, una abierta...



...pero la otra ya no tanto... 



Y al entrar en puerto, empiezan a aparecer largos tramos abandonados:



Observad cómo la antigua carretera tenía tantas curvas y cuán fácil ha sido resolverlo en la actualidad, es un claro reflejo de los avances de los últimos años:


Y pasado esto, a muy poca distancia, aparece en mitad de la nada este pequeño bar restaurante con un aspecto ya antiguo, abandonado:



Las autovías, por su trazado, normalmente "fastidian" a las nacionales, y aquí, debido al poco espacio y exceso de carreteras, la N-611 desaparece durante un pequeño tramo de apenas 150 metros, que permanece intacto y perfectamente señalizado:


Ya de nuevo en la nacional, observamos pequeñas correcciones en el trazado y también empezamos a ver que el puerto empieza:


Poco después, en una pequeña travesía aparece este restaurante antiguo, también abandonado:


Y después de mucho tiempo sin travesías debido a la urbanización dispersa típica del norte, nos encontramos con un pueblo "de travesía y variante":


Así esta ahora la travesía:


Nos incorporamos a la carretera principal:


Este pequeño restaurante estaba abocado al abandono al igual que el otro que hemos visto antes; sin embargo, a pesar de haber quedado totalmente dentro del antiguo puerto, su buena fama y difusión le ha dado una nueva vida:


Y ya mas cerca de Torrelavega, nos encontramos esta gasolinera que ha quedado dentro de un tramo abandonado, y que en esas condiciones no sabemos cómo sobrevive, aunque nos hacemos una idea al ver su proximidad y buen acceso con la autovía:


Aquí se ve un pequeño intento de autovía simple, cosa extraña y sin mucho sentido, la verdad:


Y prosiguiendo el camino, vemos esta gasolinera que con solo echar un vistazo ya observamos que su edad probablemente ascienda de los 40 años:


Y terminado Pozazal, como os dije antes, empieza ya la calidad anclada en 1985...


Por la carretera continuamos hasta un nuevo pueblo, con sus bares de carretera:


Y a 2 kilómetros aparece esta gasolinera a la que basta un simple vistazo para dar por evidente su edad:


Echábamos en falta verdaderas travesías. Aquí tenemos una de ellas que, por lo dicho antes de que en esta zona la A-67 lleva trabajando desde 1985, no llegó a tener nunca variante:


Y al salir del pueblo, una nueva gasolinera que también tiene ya sus años y que sigue abierta:


Y finalmente, en Santander capital, tras 208 kilómetros de recorrido (aproximadamente), la N-611 se termina aquí, en esa rotonda que anuncian los carteles al fondo de la imagen: