sábado, 19 de mayo de 2012

LA PARADA DE LOS MONSTRUOS

   En la primavera de 1997 jubilé mi astrosa Honda CB-750 del 93, a la que ya le había hecho más kilómetros que los que debió de tener el baúl de la Concha Piquer en su época gloriosa de cuando hacía las Américas, y me compré una brutal Honda CBR-1100-XX de 164 caballos. Me duró un año. Antes de que cumpliera mil kilómetros, los preceptivos e inaugurales mil kilómetros previos a la primera revisión gratuita, me apreté una señora hostia en Moraira (Alicante), tratando de esquivar a un seiscientos antediluviano conducido por un no menos antediluviano abuelo nórdico, o alemán, que se tiró la intimerata de kilómetros a paso de tortuga y haciendo gilipolleces diversas en la carretera que venía de Calpe. Al final le pude adelantar, ya entrando en Moraira, pero al abrir el puño de la XX (léase “equis equis”, no “veinte”), le debí de meter al motor más caballos de los convenientes (seguramente varias cuadras de auténticos ejemplares pura sangre), y me marqué un recto de acera, con salto de bordillo alto incluido, de tres pares de cojones. Milagrosamente no maté a ningún peatón ni me maté yo mismo contra una farola a la que literalmente afeité en mi caída. Total, nada: una hermosa fractura limpia de la clavícula derecha. Fractura de un tercio distal de la clavícula derecha, dijeron los partes médicos de la época. Y a partir de ese momento vinieron para mí tiempos de gran sufrimiento, claro. Vivencias con las que, si no eres un hombre ya de antes, acabas de formarte como macho ibérico para siempre. Yo ya lo era (no ibérico, como el jamón, sino hombre, a secas), pero me hice más. Los pelos del pecho empezaron a crecerme con inusitadas fuerzas. Lo del tercio distal nunca he sabido exactamente lo que es, ni he tenido curiosidad por mirarlo en algún libro de medicina, pero en aquel momento a mí me sonaba un poco entre cosa taurina y cosa cervecera, así es que, aprovechando la larga convalecencia de los casi tres meses de baja laboral que vinieron a continuación, aproveché para tomar por las tardes, no tercios, sino abundantes litros de cerveza fresquita con limón en las terrazas de los alrededores de la Monumental, esto es, de la Plaza de toros de las Ventas, mi barrio de toda la vida, en la compañía siempre grata de mi amigo Hachegé. El no tenía nada roto, por lo menos a simple vista, pero tampoco bebía Fanta, precisamente. Pero todo esto es otra historia que contaré otro día, con más tiempo, porque tiene miga.
    Estaba diciendo que la CBR-1100-XX me duró sólo un año, y no fue por  culpa de esta caída, sino porque me la robaron del garaje una noche infausta, y nunca más se supo. Pese a todo, en ese año que la tuve, conseguí hacerle 23.000 kms. y mi vida sexual mejoró notablemente. No está mal, pero esto también es otra historia, y no sé si la contaré aquí algún día. El porno se paga. Pero lo cierto es que una tarde que andaba dando tumbos por el centro de Madrid, ya recuperado de mis lesiones y con la moto hecha un brazo de mar después de pasar por el taller, me ocurrió la anécdota curiosa que da título a este breve relato veraniego. Al llegar a la intersección de la calle de Alcalá con la Plaza de Cibeles me pilló el semáforo en rojo y me detuve. A mi izquierda se detuvo al tiempo una CBR-600 un tanto arcaica con dos chavales jóvenes a bordo. Los chicos se pusieron a mirar mi moto de arriba abajo con verdadero interés, curiosidad, o sana envidia, no lo sé, hasta que el conductor se levantó la visera del casco y me preguntó, literalmente y de buen rollito, sin quitar sus ojos de la XX:
    -¿Qué? ¿Qué tal va el monstruo?
   Yo me levanté también la visera para responderle. Al hacerlo me pegó un chasquido la clavícula derecha, todavía dolorida después de la fractura de su tercio distal de los cojones, lo que quiera que fuese aquello del tercio, que fijo que no era de Mahou, ni de la fiesta taurina, ni de la Legión, y entonces me salió del alma:
   -La moto va de cine, tío, pero el monstruo anda todavía un poco jodido.
    Ni siquiera tuve tiempo de ver la cara qué ponían aquellos chicos, ni de comprobar si me habían escuchado, porque en ese momento el semáforo cambió a verde y le metí un viaje tal al acelerador de la XX que me planté en la Plaza de la Independencia (Puerta de Alcalá, para los profanos), volando en solitario y sin saber cómo.
    Y es que, aquí entre nosotros, para qué nos vamos a engañar: la vida se alimenta de monstruosidades.

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