domingo, 19 de marzo de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 6ª Entrega


Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.



Un relato de Route 1963

AGOSTO ARDIENTE

La heroica proeza del sargento Nogueras y de su compañero Briongos en el Alto del Tossal dio mucho de que hablar en los días siguientes. Por supuesto los periódicos locales se ocuparon de la noticia otorgándole enorme eco y relevancia, relatando con todo lujo de detalles cómo se había desarrollado el suceso y sin escatimar lo más mínimo los merecidos elogios a que los guardias se habían hecho acreedores con su valiente intervención. Asimismo, gentes de toda la comarca de las Tierras Grises hablaban y opinaban sin cesar del tema, engrandeciendo involuntariamente las figuras del sargento valenciano y del número aragonés hasta dotarlas de una excelencia casi mítica que les elevaba por encima de los simples mortales. Extraña actitud esta de las gentes, sin embargo, pues hasta aquel día ambos guardias habían sido notablemente impopulares entre la población autóctona a causa de su estricto celo profesional en la carretera cumpliendo su cometido de imponer sanciones de tráfico y verificar documentaciones y permisos. Y eran tan inflexibles con las infracciones, sobre todo Nogueras, que muchos automovilistas y camioneros conocidos de los contornos ni siquiera se habían dignado saludarles hasta ese mismo momento en que fueron elevados a la condición de héroes. Esto al sargento no podía por menos que sacarle de quicio:

Che, hay que ver cómo es la gente, Briongos. Si por ellos fuera, deberíamos andar a tiros todos los días con los delincuentes para que nos tuvieran un poco en considerasión.

Diga usté que sí, mi sargento. Con lo malamente que se pasa a veces patrullando, pues, y que nadie nos lo reconozca... Somos unos incomprendidos y unos pobrecicos.

No tanto, Briongos, no tanto. Tampoco hay que exagerar.

La primera consecuencia de aquella actuación brillante y arriesgada fue el desmantelamiento de una poderosa red mafiosa de origen ruso dedicada a la trata de blancas, tráfico de drogas y blanqueo de capitales. Y es que, en efecto, los dos hombres abatidos en el puerto por la mano precisa de Briongos —uno muerto, el otro herido de gravedad—, resultaron ser apenas un pequeño eslabón en la larga cadena de transmisión de una organización tan peligrosa como bien ramificada que llevaba meses operando en la comarca y en el resto de España. Lo que encontraron los agentes enviados en auxilio de Nogueras y Briongos en el camión frigorífico tiroteado en el Alto del Tossal, no por sospechoso o intuido, dejó de sorprenderles. En realidad, como también sospechaban, no se trataba de un furgón frigorífico, sino de una caja especialmente adaptada para el transporte de personas, con dos filas de bancos de madera dispuestos longitudinalmente. Y de allí dentro, cuando al cabo de un rato los agentes recién llegados consiguieron forzar el candado que protegía el portón trasero, empezaron a desfilar una detrás de otra hasta media docena de mujeres jóvenes —alguna incluso menor de edad, probablemente—, que se tapaban la cara con las manos no se sabía bien si por vergüenza o por miedo.

Esto fue lo último, y de pasada, que vieron los dos guardias allá arriba, porque enseguida se les acercó un hombre de paisano y se los llevó aparte.

Buen trabajo, Nogueras —dijo.

Grasias, mi comandante, pero el mérito en realitat es de Briongos.

Entonces aquel hombre se aproximó a Briongos y le puso la mano en el hombro.

Enhorabuena, Briongos. En el Cuerpo estamos orgullosos de tener servidores del orden tan ejemplares como usted.

Briongos se cuadró y saludó con marcialidad:

¡A la orden, mi comandante!

A continuación les ofrecieron unas mantas para protegerse del intenso frío, les montaron en un Nissan Patrol oficial en compañía de otros tres agentes y comenzaron el descenso del Puerto en dirección a la casa cuartel de Ventolana, su residencia y base de operaciones. Por el camino se cruzaron con varias ambulancias y otros vehículos de la Guardia Civil que se dirigían al lugar de los hechos. Nogueras les hizo saber a sus compañeros que estaban sin almorzar y tenían un hambre atroz, lo que bastó para que uno de los guardias les entregase su propio bocadillo, que partieron en dos mitades y se comieron con voracidad agradecida. Cuando al cabo de un buen rato llegaron a la casa cuartel de Ventolana les permitieron visitar a sus familias y darse una ducha antes de llevarles a declarar ante el juez. Después la superioridad les informó de que iban a disfrutar de una semana de vacaciones en cuanto se esclareciesen completamente todos los hechos en los que acababan de intervenir.


La segunda consecuencia de aquel episodio en el que se habían visto involucrados fue que la esposa del sargento Nogueras, de unos años a esta parte bastante mojigata, distante y escasamente complaciente con su marido (tanto que la mayoría de las noches incluso dormían en habitaciones separadas), se encontró repentinamente poseída por un incontrolable ataque de furor uterino que se prolongó por espacio de tres días. Nogueras, como es natural, no salía de su asombro, primero cuando observó que el frigorífico estaba lleno a rebosar de botellas de champán, bandejas de marisco y de otros extraños víveres, sobre todo esos pequeños tarros de cristal con etiquetas escritas en caracteres cirílicos que contenían unas misteriosas bolitas negras. Después, cuando comprobó que su esposa había cerrado la casa por dentro y escondido todas las llaves, incluidas las de él, que no las encontraba por ninguna parte. Y luego, al apreciar que ni el comportamiento ni el aspecto físico de ella eran los habituales, sino mucho mejores, insólitamente.

La mañana en que comenzó todo, Nogueras disfrutaba de su primer día de vacaciones y se despertó tarde en la cama en donde dormía solo. No la vio venir, pero de repente se encontró a su esposa tendida a su lado acariciándole con deseo. El sargento se sobresaltó:

¿Pero se puede saber qué hases?

¿Es que no lo notas? —le dijo su mujer—. Te estoy acariciando.

Nogueras refunfuñó apartándose de ella.

¿Y a qué viene esto?

Venga, abrázame, tonto.

El sargento se levantó de la cama en calzoncillos, subió la persiana y se acercó a la puerta de la habitación con intención de marcharse. Y entonces pudo verla bien. Llevaba un salto de cama negro y de encaje a través del cual se transparentaban todas sus rotundas formas femeninas, un tanto caídas y fláccidas a sus cuarenta y tantos años, es cierto, pero de alguna manera todavía rotundas, al fin y al cabo. Pero aún había más: se había soltado el pelo en una larga melena negra que le caía sobre los hombros y llevaba los ojos pintados con hábiles sombras que le otorgaban a su mirada un aspecto en verdad seductor. Y eso por no hablar de sus labios, también coloreados con trazo firme, rojo y brillante, o de sus piernas, blancas, recién depiladas y seguramente suaves como la seda al tacto brusco de la mano de él, cosa extraña en esta mujer que no solía depilarse. Pero cuando Nogueras vio que además calzaba unos zapatos rojos de afilado tacón, casi se le escapa un grito. Y cuando ella se levantó de la cama y empezó a caminar hacia él taconeando como una golfa, pasándose la lengua por los labios y las manos por la base de los pechos, el sargento se acojonó inevitablemente. Le costaba trabajo creerlo, pero aquella vampiresa era su propia esposa. No sabía qué decir. En ese momento estaba completamente noqueado.

Venga, tonto, ven aquí —ronroneó ella sin dejar de sacar la lengua.

¡Collóns, xiqueta! —acertó a responder el sargento, pero se sobrepuso enseguida a la emoción—: ¿Se puede saber qué mosca te ha picado?

La mosca del amor —dijo ella contoneándose como si estuviera sobre el escenario de un cabaré—. ¡Ven aquí, mi héroe, que he oído que eres un héroe!

El sargento torció el gesto. Aquello, sin duda, de un momento a otro, iba a escapar a su control, y él no quería perder nunca el control, y mucho menos delante de su mujer.

No digas tonterías, anda, y quítate eso, que pareses...

Que parezco una puta, ¿a qué sí? —soltó ella, adelantándose a los pensamientos del guardia—. ¿Y qué? ¡Hoy quiero ser tu puta y quiero que tú seas mi héroe!


Nogueras protestó, aun a sabiendas de lo inútil que resultaba su protesta.

Yo no he dicho eso. Y además, estamos en un cuartel de la Guardia Sivil y tenemos que guardar la compostura.

¡A la mierda con la compostura! —gritó la mujer mientras se despojaba bruscamente de la sugerente lencería para quedarse completamente desnuda frente al sargento—. ¡Vamos a la cama ahora mismo!

A Nogueras se le escapó una mueca de disgusto y estuvo a punto de rogarle a su esposa que volviera a ponerse el salto de cama: desnuda del todo le excitaba mucho menos. Quizá no le excitaba en absoluto. Aunque en realidad no quería excitarse. Pero aquellos lujuriosos zapatos rojos de tacón seguían estando ahí, y ella movía los pies con impaciencia sobre el parqué del dormitorio, y seguía pasándose la lengua por los labios, y manoseándose los pechos, seguramente más para provocarle a él que como consecuencia de la propia excitación que sentía, una excitación que le había sido ajena durante largos años de matrimonio.

Por la tarde, si quieres, hasemos la siesta —concedió Nogueras, más que nada para ganar tiempo.

Nada de siestas —decidió su mujer mientras se le acercaba guiñándole un ojo—. Tú y yo nos vamos a dar un homenaje ahora mismo.

Y sin decir más le metió la lengua hasta la garganta. Nogueras decidió no resistirse. No hubiera servido para nada y además, llegado el caso, como ahora, él era un hombre débil. Su carne era débil. Sin saber cómo, se encontró de repente con los calzoncillos a la altura de las pantorrillas y vio como la cabeza de ella resbalaba por su cuerpo hasta posarse a la altura del ombligo. Después sintió una terrible oleada de calor pegajoso y húmedo en la zona más sensible de su anatomía y a continuación una serie de gratos calambres que casi le hicieron soltar un gemido. Aquello era lo nunca visto.

Cheee..., xiqueeeta —habló a trompicones—, ¿dónde has aprendido... a haser... esta cochinaaada?

Ella se separó ligeramente de su cuerpo, en cuclillas como estaba, y levantó la cabeza para mirarle.

¿Es que no te gusta? —le dijo con regocijada malicia—. Lo he visto en una película porno —y volvió a ocuparse de su tarea con ánimos renovados.

No..., si es lo que yo digo..., que había que prohibir... el sine porno.

Nogueras le sujetó la cabeza con las dos manos como si pretendiera de este modo ejercer algún tipo de contención sobre las acometidas de su mujer, que por momentos se iban volviendo más y más enérgicas, y él ya empezaba a temer dos cosas, o bien un rápido y previsible desenlace de la situación en la parte que a él mismo le correspondía, dadas las circunstancias (lo cual le provocaba cierto pudor), o bien, y esto le producía angustia, un accidente físico irreparable en la otra parte que también le correspondía si su señora, llevada por el entusiasmo de su bisoñez o por un repentino arrebato de enajenación, se excedía en sus maniobras. En tal tesitura el sargento comprendió que para evitar tales peligros sólo tenía una opción:

¡Para, para, para, para! ¡Para ya, xiqueta, la mare de Deu!

Pero ella no se detuvo hasta llegar al final. Por suerte, Nogueras sólo tuvo que sufrir el sonrojo del pudor y, superado este placentero y sorprendente preámbulo, continuaron con un homenaje que se prolongó durante tres días con sus tres noches de un mes de agosto tan ardiente dentro de aquel cuarto como sobre las losas del patio de la casa cuartel de Ventolana.



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