domingo, 2 de abril de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 8ª Entrega


Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.



Un relato de Route 1963

No consiguió el sargento Nogueras salir de su domicilio ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles. Tampoco pudo comunicarse por teléfono con el exterior, y menos aún por el móvil, que ni siquiera lo encontró, como tampoco encontró las llaves de la casa. Durante esos tres días los asaltos sexuales de su esposa (él se habría atrevido incluso a calificarlos como agresiones), se fueron sucediendo a intervalos más o menos regulares con breves pausas para dormir un sueño ligero y accidentado que a él le llenaba la cabeza de sobresaltos muy semejantes a los que producían las pesadillas, quizá porque todo esto que estaba viviendo no era, en el fondo, sino una pesadilla. A veces, en mitad de la noche, ella se le subía encima, o le manoseaba, o le pasaba la lengua húmeda por sus partes más delicadas y ya doloridas por el esfuerzo y la tensión constante a la que se veían sometidas, o se le restregaba por el cuerpo como una perra en celo, pero el sargento, cuando se despertaba completamente, no era capaz de discernir si todo aquello había sucedido realmente o sólo lo había soñado.

En una ocasión, de madrugada, aprovechando que su mujer había salido al baño, decidió echar el pestillo de la habitación. No fue una buena idea, porque cuando ella regresó se puso a aporrear la puerta histéricamente.

¡Abre, abre inmediatamente! ¡Abre, o me pongo a gritar!

De hecho, ya estaba gritando. Nogueras no quería escándalos allí dentro, en el interior de aquellas cuatro paredes de livianos tabiques de antes de la guerra y rodeados como estaban por un vecindario de guardias civiles como él, siempre ávidos de curiosear en las intimidades del prójimo. Tuvo que abrir la puerta sin demora para evitar males mayores. Ya le había sucedido que, en el punto álgido de alguna de sus ininterrumpidas refriegas eróticas con su señora, y ante los gemidos y voces escandalosas de ésta, se había visto obligado a taparle la boca con la mano (lo que, dicho sea de paso, le costó más de un mordisco) con objeto de impedir que tales manifestaciones de gozo carnal pudieran despertar a toda la casa cuartel. Y pese a estas precauciones tampoco podía estar seguro de que alguien no les hubiese oído en algún momento.

Su inacabable suplicio vino a complicarse, además, en la tarde del miércoles, cuando se vio afectado por un severo episodio de gastroenteritis aguda como consecuencia del abuso de alimentos tan poco recomendables a la par que nocivos como el caviar, las ostras, los percebes y los langostinos, eso por no hablar también del champán, del que ya se habían bebido nueve botellas entre los dos. Y es que, en efecto, dado que no había otro tipo de víveres en la casa, llevaban más de cuarenta y ocho horas sin abandonar aquella dieta delicatessen, como la denominaba la harpía de su mujer. Nogueras, en algunos momentos, arrodillado junto a la taza del inodoro o sentado en él, pensó que se moría. Lo que no habían conseguido los delincuentes rusos en el Alto del Tossal, matarle a tiros, iba a lograrlo ahora la víbora lujuriosa de su señora con aquel disparatado y orgiástico homenaje que ya le tenía descompuesto en cuerpo y alma.

Llama al médico, xiqueta, llámale que me estoy muriendo —le rogaba él.

Estamos sin teléfono, cariño —se limitaba a responder ella.

¡Pues abre la ventana y pégale una vos a la vesina de al lado, collóns!

Bueno, no te preocupes.

¿Que no me preocupe? —protestaba el sargento con legítima aprensión, dejándose caer en el sofá casi sin fuerzas—. ¡Si estoy que me voy por tierra, mar y aire, la mare de Deu!

Y entonces su mujer se perdía en la cocina para aparecer al cabo de un rato trayendo en una mano una botella de champán empezada y en la otra un vaso con un misterioso brebaje de color verde.

¿Has avisado ya a la vesina? —preguntaba él desconsolado.

No, querido, no se puede molestar a los vecinos a la hora de la siesta sólo porque tengas un poco de cagalera. Bébete esto, anda —le decía ella, dándole el vaso y atizándose un generoso lingotazo de champán directamente de la botella—, que es mano de santo. A veces lo venden con el marisco, por las intoxicaciones, cuando se abusa.

Nogueras la miraba estupefacto. Aquella no era su mujer, nunca lo había sido. Y estaba borracha perdida. El no se había dado cuenta hasta ahora, pero debía de llevar borracha casi tres días. Eso explicaba su conducta indecorosa, su agresividad desinhibida, su lascivia insaciable y su locura abismal. Entre otras cosas.

Bébete eso, te hará bien —insistía ella.

El sargento se lo bebió sin respirar. El brebaje estaba frío y sabía un poco amargo, como a hierbas medicinales. Si lo vendían junto con el marisco, a saber lo que era. No quiso ni preguntar.

Cuando te encuentres un poco mejor —le dijo su mujer de repente, bebiendo a morro otro trago largo de la botella—, quiero que hagamos lo del beso negro.

Debió de poner Nogueras, atormentado como estaba con sus tripas, una cara de incredulidad absoluta, o de ignorancia abrumadora, o de desconcierto insuperable, porque ella añadió:

Tú no te preocupes, cariño, ya te diré lo que es y cómo lo tenemos que hacer.

El sargento sintió que se le revolvía todo el cuerpo de nuevo. Ni siquiera tuvo interés en pararse a imaginar qué demonios podía ser aquello del beso negro. Así de primeras no le sonaba muy bien, eso desde luego. Se levantó y salió disparado hacia el cuarto de baño.

¡Me muero, que me muero, la mare de Deu dels desamparats! —iba diciendo por el camino.

¡Que no te mueres, tonto —respondía su mujer riéndose y sin soltar la botella de champán de la mano—, que no me puedes dejar viuda tan pronto!

Estuvo más de una hora en el cuarto de baño, en un estado muy cercano a la inconsciencia. Incluso llegó a perder la noción del tiempo, es decir, la poca que ya le quedaba después de tan prolongado encierro. Cuando se encontró algo mejor no se le ocurrió nada más adecuado que ponerse a buscar, en el armario acristalado que había junto al lavabo, sus llaves, o el teléfono móvil, los únicos objetos que podían devolverle el contacto con el mundo exterior y liberarle de su cautiverio, por si su taimada señora los había ocultado allí. Pero no sólo no aparecieron por ningún sitio estos utensilios liberadores sino que, además, halló nuevas pruebas preocupantes de la degeneración monstruosa en la que ella estaba cayendo. En efecto, esos tres frasquitos pequeños que contenían una extraña emulsión amarilla invadida de burbujas revoltosas, así lo demostraban. Los descubrió por casualidad entre las barras de labios y los tarros de potingues para la cara que solía usar alguna vez. Sex&Luxury&Pleasure, podía leerse en las etiquetas de vistosos colores que envolvían los frascos.


Uno de ellos estaba casi vacío, lo que hacía suponer que su mujer lo había usado con prodigalidad. Y tampoco había que descartar que él hubiera consumido esa sustancia sin saberlo, disuelta en el champán, por ejemplo, lo que bien podía explicar su alto rendimiento amatorio, en contra de su voluntad y de su costumbre, en las horas previas. Por eso, para evitar que ella pudiera tener la tentación de intoxicarle con aquellos estimulantes, si es que no la había tenido ya, decidió verterlos en el retrete. Y así lo hizo con el frasco empezado, pero cuando iba a proceder con los otros dos se lo pensó de nuevo y prefirió guardárselos. Porque nunca se sabía. Si lo de la camarera del motel le salía bien, es decir, muy bien, tal vez podía necesitarlos como un suplemento extra de energía. Sonrió. Se iba a enterar la excitante rubita de cómo se las gastaba el sargento Nogueras. Cuando se acordaba de esa chica se sentía mejor, mucho mejor. Al día siguiente, al amanecer, un autobús tan milagroso que le parecía enviado por la mismísima providencia, se llevaría a Benidorm a su mujer y a otras muchas comadres del cuartel, esposas o novias de los guardias, y todos, ellos y ellas, serían un poco más libres. O quizá más libertinos.



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