viernes, 30 de diciembre de 2011

CONCENTRACIÓN MOTORISTA JABALISTREFFEN 1995

CONCENTRACIÓN INVERNAL DE JABALISTREFFEN
(Anzánigo, Huesca). Febrero de 1995

El potorro de la Loles
(Bóxer Manuel)

            Ya puedes empezar a pedir tres días en tu trabajo, hacer el equipaje y preparar la moto, que el sábado tempranito salimos para Jabalistreffen. ¡Ah!, y le debes dos talegos* a mi primo, que ya ha mandado los giros de la inscripción. *(2.000 pesetas, 12 €).
            Así, sin comerlo ni beberlo, me encuentro a primeros de Febrero de 1995 empujado a un viaje inédito del que casi nada sé, salvo que va a hacer mucho frío y que ya me han reservado una habitación en algún hostal de carretera de la lejana provincia de Huesca. Siguiendo al pie de la letra las instrucciones minuciosas de Bóxer Manuel, en la gélidad mañana del 4 de Febrero me encuentro preparado para esta aventura en la primera gasolinera de la nacional II, a la salida de Madrid. Seguramente vamos a tener frío y nieve en la carretera, razón más que convincente para equiparse a conciencia: Gore-tex, jersey de alpaca andina, grueso y cálido, camisa de franela y ropa interior térmica de doble fuerza (Damart), además de pañuelo, bufanda, sotocasco, faja bien ceñida y botas de cuero con mucho betún, confortables guantes también de Gore-tex y un sinfín de prendas de reserva en el top case por si vienen mal dadas. Después de todo, subir a los Pirineos en pleno invierno no debe de ser ninguna broma. Aparecen por fin Gerardo y Bóxer Manuel en sus motos, sorprendentemente el primero vestido de paisano, en vaqueros y con una cazadora poco adecuada para la ocasión, y es que su verdadera ropa de viaje la olvidó en casa de su novia después del regreso de Pingüinos, y hasta hoy. Dado lo temprano de la hora no es cosa de despertar a la chica para recoger el Gore-tex, de modo que Gerardo decide quedarse y hacer tiempo mientras nosotros emprendemos camino.



            -¿Y por qué no te pones el cuero? -le pregunta ingenuamente Bóxer Manuel, ya con las motos en marcha.

            -Porque no me cabe -masculla Gerardo entre dientes, con un hilo de voz.

            -¿Porqué queeeé…?

            -¡Porque no me cabe, hostia!

            El tamaño de su oronda barriga de buda madrileño ya se le ha salido de madre.

            Así las cosas, salimos delante Bóxer Manuel y yo con el incierto pronóstico de si Gerardo nos alcanzará horas después en la carretera o más bien tendremos que esperarle en nuestro destino final, después de 450 kms. de viaje. Así lo cuentan las coplas:





I



Pasamos de Elefantentreffën

pues eso pilla muy lejos

pero sí fuimos a Anzánigo

y que fuimos tres, no trece

que si no nos trae mal fario

y así no hay quien llegue a viejo.



II



Pero héte aquí tú que Gerardo

siempre con su problemones

salió después de Madrid,

su memoria es con retardo

y olvidó sus pantalones

en casa de Beatrice.



III



No pudo ponerse el cuero

Como hubiera deseado

y es que no hubo forma humana

ni aunque le ayudó su hermana

de meter allí apretado

su cuerpo de camionero.



IV



Y es por ello que no hay otra

que salir los dos primero:

nuestro Gnomo Hiperactivo,

que siempre va muy altivo,

y aquí este señor coplero,

que así termina esta copla.

 
Tierras de la Alcarria y campos de Soria, espacios ya célebres en los que se ha recreado la historia y la literatura a través de los tiempos. Bécquer, Machado, Cela. Los lugares y los paisajes siguen existiendo reposados e ignotos a ambos lados de esta inmensa autovía que nos lleva al antiguo Reino de Aragón. La mañana es nubosa, húmeda y fría. Las señales de tráfico advierten constantemente de la presencia de hielo en la calzada, y hay que ir leyendo el asfalto, descifrando sus colores, intuyendo su adherencia en las curvas, hondonadas y umbrías. Un error podría ser fatal. Pero viajar en moto es mucho más que un pulso contra el peligro y el riesgo, contra la vida y contra la muerte, es, ante todo, un pulso contra uno mismo, o a favor de uno mismo, a veces, en contra o a favor de la memoria, los recuerdos y los pensamientos propios, según el ánimo. Me abandono unos momentos a mi única y acogedora intimidad para tararear una canción rescatada del olvido con el rumor sordo del aire contra el casco por todo acompañamiento: Todo el mundo sabe que es difícil encontrar/en la vida un lugar/donde el tiempo pasa cadencioso sin pensar/y el dolor es fugaz/a la ribera del Duero/existe una Ciudad/si no sabes el sendero/escucha esto:/lentamente caen las hojas secas al pasar/y el cierzo empieza a hablar/en una tibia mañana el sol asoma ya/no llega a calentar/cuando divises el Monte/de las Animas/no lo mires, sobreponte/y sigue el caminar…
            Un radar móvil de la Guardia Civil detenido en el arcén me saca brutalmente de mis ensoñaciones. Bóxer Manuel no lo ha visto (nunca los ve) y aprovecha que yo he cortado gas para pasarme a todo trapo delante de las mismas narices de los picoletos. Si piensa que el hecho de llevar en su maleta derecha una bandera nacional con el escudo antiguo de la gallina imperial le otorga patente de corso ante la benemérita autoridad, vamos listos. Pero luego hay más radares y patrullas y coches sospechosos y hasta un larguísimo convoy militar que circula lentamente por la autovía transportando tanques, orugas y blindados hacia Zaragoza, qué bien, pienso, ha estallado la guerra, me ha pillado de viaje y ya no podré volver al trabajo, y después de todo la frontera no queda muy lejos.
            Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán/y por los dos sabrás/que el olvido del amor se cura en soledad/se cura en soledad/a la ribera del Duero/existe una Ciudad…/Voy camino Soria/¿tú hacia dónde vas?/allí me encuentro en la gloria/que no sentí jamás./Voy camino Soria/quiero descansar/borrando de mi memoria/traiciones y demás/borrando de mi memoria/pasiones y demás… Cuando a Bóxer Manuel le entra la reserva en la Lavadora (BMW R-65) a mi se me acaba la música en la cabeza, en esto por lo menos estamos bastante sincronizados. Hay que salir de la autovía para repostar.

V

La Almunia de Doña Godina
Primera parada clave
dos cafés y gasolina
como mandan los patrones
para que Bóxer Manuel la llame:
“el potorro de la Loles”

VI

Has de parar con frecuencia
Pa’ fumar y pa’ hacer pis,
cuando viajas en la moto
y es con esta inteligencia
que llegarás en un tris
sin machacarte el escroto.


           
          A 50 kms. de Zaragoza se encuentra la localidad de La Almunia de Doña Godina, población de curioso nombre que a Bóxer Manuel le sugiere de inmediato un par de preguntas indiscretas: ¿qué es una almunia y quién era esa tal Doña Godina? Una almunia es un huerto, o una granja, y la señora Godina sería una paisana del lugar, seguramente célebre por algún motivo que desconocemos y sobre el que no nos atrevimos a indagar, por si acabábamos en el pilón, que en los pueblos ya se sabe. Yo qué quieres que te diga -me comentaba Bóxer Manuel de repente-, a mí el nombre de este sitio me suena lo mismo que lo del potorro de la Loles, y se quedó tan ancho. No contento, sin embargo, con esta toponimia humorística y genital, tuvo además la ocurrencia de inventarse también el gentilicio, o sea, potorrenses, como era de temer, y eso fue ya la descojonación estrepitosa y absoluta. Repuestos de la risa pudimos echar gasolina, mear, tomar unos cafés, sacar dinero, llamar por teléfono y posar con nuestras motos a la puerta del bar para que un grupo de niñas, a petición suya, nos hicieran unas fotos para su periódico escolar (?)

             
           Volvemos a la autovía aún con los espasmos postreros de la risa floja (dicho sea de paso, toda esta broma fue sin malicia ninguna y sin ánimo de ofender a nadie), ya sabiendo que le sacamos a Gerardo poco menos de dos horas y casi doscientos kilómetros de ventaja, según informaciones fidedignas de Madrid, y como ahora el tiempo ha mejorado y la temperatura es suave y agradable dentro de lo que cabe, decidimos tomarnos las cosas con calma y nos ponemos a sestear en el último tramo hasta Zaragoza, velocidad legal y un molesto pero tibio viento de costado en esta zona conocida como la Meseta de la Muela. Bordeamos la Ciudad del Ebro para tomar la N-330 que habrá de llevarnos camino de Huesca con el río Gállego de la mano, a la derecha primero, a la izquierda después, casi hasta el límite de las dos provincias. La carretera es buena y con escaso tránsito, largas rectas que se pierden en un horizonte verde de campos y acequias envueltos en la melancólica bruma del mediodía pero con la promesa cierta del sol tímido que no acaba de asomarse. Villanueva de Gállego, Zuera, Almudévar, Huesca. Sale por fin el sol y hacemos una breve parada con objeto de fumar y deliberar acerca de la conveniencia de comer, esperar a Gerardo o cubrir tranquilamente los 45 kilómetros que nos restan de viaje. Sin prisa pero sin pausa, lo cierto es que nos ha cundido mucho la jornada y nosotros mismos estamos sorprendidos al comprobar que lo que nos temíamos como una esforzada travesía invernal llena de penalidades no ha sido en esencia sino un breve paseo gozoso y primaveral. Y si los antiguos adoraban a la Luna, yo estoy dispuesto ahora mismo, las puertas de Huesca, a postrarme de rodillas y rendirle fervoroso culto al anticiclón de las Azores, único y verdadero protector de los motoristas ibéricos.



            A Pamplona y Francia por Ayerbe, nacional 240, esta es la nuestra. En una gasolinera a la altura de Esquedas volvemos a detenernos para esperar a Gerardo, convencidos de que ya ha tenido que recortarnos buena parte de la ventaja inicial y no debe de andar lejos. Pasan varios grupos de motos que se dirigen a la concentración y que nos saludan efusivamente con gran algarabía de bocinas, ráfagas y dedos en uve. Jabalistreffen no es un encuentro multitudinario sino todo lo contrario, una reunión restringida a 250 personas, lo que explica que el flujo de motoristas en esta carretera sea espaciado e irregular, pero ello no obsta para que podamos reconocer que se respira cierto ambiente de gran concentración. El faro encendido del Gallino Veloz (BMW K-75 de Gerardo) no se digna aparecer todavía, después de una hora larga, tenemos ya un hambre canina y con razón se ha dicho que el que espera desespera, de modo que reanudamos la marcha perezosamente, moviéndonos como gusanos en el asfalto, recreándonos con el paisaje y los aromas puros y salvajes de la montaña, aunque el terreno es llano y despejado aún y no se presagia la cercanía de los Pirineos. Pasado Ayerbe nos alcanza Gerardo, por fin, y hacemos otra parada en un hermoso puente de piedra sobre el río Gállego, que volverá a hacernos compañía en los diez kilómetros finales de carretera escarpada y revoltosa que se adentra en el corazón escondido de esta comarca. Sacamos fotografías, fumamos y nos reímos un rato. Gerardo se ha quedado sin gasolina en la autovía, ya cerca de Zaragoza, toda una odisea que le ha hecho perder tiempo y energías hasta que un automovilista caritativo se ha dignado a ayudarle. Estamos torpes este año.




VII

Pasando Calatorao
Gerardo comete un fallo,
se queda sin combustible
y aquí se le para el Gallo;
¡vive, Dios!, ¿cómo es posible
andar hoy tan despistao?

VIII

Ciencia es ésta de ir en moto
por los caminos de Dios,
Zaragoza y luego Huesca,
Llega el Gallino Veloz
con Gerardo, su piloto,
que ha venido dando yesca.


IX

Y alcanzamos buen destino
Siempre a tiempo de comer,
ricas sopas de cocido,
vino, callos y chuletas,
¿qué nos queda por hacer?
¡pues deshacer las maletas!




          
¡Viva San Glas bendito, y que los guardias se traguen el pito!
(De la oración a San Glas del Anzánigo Moto Club)
         
       Después de la comida casera y una breve siesta en la fonda El Jabalí, junto al embalse de La Peña, establecimiento un tanto cutre pero agradecido, en donde hemos fijado nuestra base de operaciones, partimos hacia Anzánigo a través de una estrecha comarcal que corre encajada entre la Sierra de Sta. Isabel y las revueltas caprichosas del río Gállego. Son 13 kms. incómodos con curvas cerradas, pequeñas paellas y asfalto malo con grava suelta, pero el paisaje realmente vale la pena.  Los organizadores han instalado señalización específica advirtiendo del riesgo de hielo en algunos tramos del recorrido, precaución innecesaria esta vez, pues disfrutamos de una tarde templada que no amenaza ni mucho menos con helar la carretera. Llegamos por fin a la zona de acampada, presidida por el famoso monumento a San Glas, que no es otra cosa que una alta pared de hormigón en cuya parte superior han empotrado una vieja Sanglas matriculada en mayo de 1974, B-1041-AK, oxidada y triunfante en su cruel intemperie, y frente a ella el muro de las lamentaciones, en donde motoristas anónimos han dejado para siempre los recuerdos de sus correrías por este mundo: cárteres y culatas deshechos, pistones fogueados, bielas dobladas y un largo etcétera de piezas mecánicas inservibles y con docenas de miles de kilómetros a cuestas. Hay que reconocer que estos chicos del Anzánigo Moto Club son originales e ingeniosos, pero discretos organizadores, y para empezar, el terreno por el que tenemos que bajar con las motos hasta el barracón de las inscripciones es un impracticable lodazal de barro, piedras y roderas por donde se circula fatal, siempre a punto de resbalar y caer. Una vez dentro del pabellón principal, una especie de caballeriza destartalada pero caliente gracias a un buen fuego siempre encendido en su interior, nos obligan a guardar una tediosa cola para inscribirnos y recoger la consabida bolsa de obsequio. Por si fuera poco pretenden amenizarnos esta larga y absurda espera (apenas somos cincuenta personas) a base de música bakalao a tope de bafles y tontos concursos del tipo a ver quién tiene el DNI con el número más bajo, y gilipolleces semejantes. ¿Es esta la cultura motorista? No la nuestra, desde luego. ¡Joder, tíos!, ¿cómo sois tan gualtrapas?, pienso para mis adentros. En realidad, por 4.000 pelas (24 €) que cuesta participar en los dos días de concentración, cena, desayuno, comida y camping incluídos (huevos fritos, morcilla, panceta, fruta y café), tal vez no se pueda ni deba pedir más.



X

Esto ya es Jabalistreffen
concentración invernal
Gerardo haciendo de Jefe
nos apunta en el registro,
y estando todo muy visto, 
nos vamos los tres al bar.

XI

Después, postrados de hinojos,
adoramos a San Glas
patrón del motero puro,
y aunque esto está muy oscuro
y apenas ven nuestros ojos,
nuestra "kodak" tiene flash.

XII

Nos hicimos unas fotos
con las Sanglas empotrada,
y algunas salieron bien
y en otras no salió nada,
pero en esto de las motos
ocasiones tienes cien.


        El contenido de la bolsa, sin embargo, es de calidad: un magnífico gorro de invierno que además abriga, un pin grande y vistoso con el logotipo de este Moto Club zaragozano, varios adhesivos originales que imitan las pegatinas de la ITV, un bonito escudo de tela con la mascota de Jabalistreffen (un jabalí vestido de motorista y bebiendo cerveza), una participación de lotería y suscripción gratuita durante un año a su modesto boletín de publicación trimestral. Bueno, después de todo, no está tan mal.



         Ya es de noche cuando salimos al exterior y la temperatura comienza a descender considerablemente aunque sin llegar a ser todavía muy cruda. La gente enciende hogueras y monta las tiendas, come bocadillos, toma cervezas y bebe en bota, hace fotos, se ríe y se mueve de un lado para otro con gran agitación. El río Gállego discurre tranquilo a los pies de este campamento motorista y la humedad te cala hasta los huesos, pero a nadie le importa. Siguen llegando motos, aparecen en la oscuridad como fantasmas pacíficos, sin mucho ruido, como con cierto disimulo o timidez, gentes de toda España y algunos extranjeros avisados de que algo se cuece en este pequeño rincón oscense. Por curiosidad merece la pena venir a Jabalistreffen al menos una vez en la vida.
        Bajo un cielo limpio y estrellado regresamos a nuestra fonda por el mismo camino.



XIII

De regreso a nuestro hostal
la noche está muy oscura,
y es que no se ve una mierda,
así es que formamos cuerda
con toda nuestra cordura,
pues nadie se quiere hostiar.

XIV

Nos tomamos unas copas
antes de pillar la cama
y es que en esto de libar
ya sean muchas, ya sean pocas
no existe varón ni dama
que nos pueda aventajar.


¡A Zaragoza o al charco!
(popular aragonés)


       Seis cosas son imprescindibles para emprender o continuar un viaje en moto, por modesto que sea: gasolina, dinero, tiempo, calzoncillos limpios (o bragas limpias, si la que conduce es una mujer o un travestido), presencia de ánimo y, por supuesto, una moto. Como reunimos todos estos requisitos hemos decidido en la mañana primaveral del 5 de Febrero marchar hacia Zaragoza para desasnarnos un poco, pues aunque la fonda El Jabalí es muy barata y se come una estupenda comida casera, lo cierto es que los aseos son comunitarios (un cuarto de baño por cada cuatro habitaciones) y no hemos podido ducharnos ni realizar nuestras más perentorias necesidades, primero por estar ocupadas las instalaciones, y después, al quedar libres, por su denigrante estado de higiene (olía a mierda y a sobaco y la bañera resultaba simplemente desaconsejable), lo cual que nuestro aseo matutino ha sido poco menos que regular tirando a escaso. El desayuno por supuesto que no lo perdonamos, es más, nos aplicamos a él con verdadero entusiasmo de gastrónomos: huevos fritos con jamón o chistorra, pan de hogaza, vino tinto con gaseosa, postre y carajillos. ¡BRUPPP! (perdón). En estas altas tierras pirenaicas hay que cuidar mucho la dieta calórica y rica en grasas ya desde la infancia, y si no que se lo pregunten a la hija de los dueños de la fonda, una adolescente rolliza y tristona pero dotada por la sabia natura con un tetamen francamente generoso en el que cualquiera de nosotros tres, como viajeros lascivos que somos, habríamos podido terminar de criarnos de buen grado.
 
XV

Y a la mañana siguiente
que estamos bien descansados
huevos fritos bien plantados,
vino tinto y gaseosa,
y después de hincar el diente
¡todo el mundo a Zaragoza!
        

        Casi siete horas vamos a tardar en recorrer los 120 kilómetros que nos separan de Zaragoza, esto es, a una velocidad media de menos de 20 km/h., que para eso no tenemos ninguna prisa, qué pasa. Desde luego que fuimos mucho más deprisa mientras estuvimos subidos en las motos, poco tiempo en realidad, pues se nos fue casi toda la jornada entre la indolencia, la desidia, la pereza y la risa, parando cada cinco o seis kilómetros en los pueblos, tumbándonos al sol en la hierba de las gasolineras o en la amplitud gozosa de los campos, haciéndonos fotografías en los arcenes de las carreteras, tomando cervecitas y aperitivos al aire libre mientras despedíamos con la mano a los presurosos motoristas que regresaban de Jabalistreffen... Se estaba muy bien en todas partes, sin hacer nada, sin pensar en nada, sin prisa por llegar a ningún sitio, pues en verdad en ningún sitio nos esperaba nadie ese domingo. Por dárnoslas un poco de turistas visitamos los impresionantes Mallos de Riglos, unos espigados farallones de roca desnuda que se elevan hacia el cielo con toda su grandeza de cientos de metros, como centinelas intemporales de todas las eras geológicas, ásperos paredones de piedra erosionada y milenaria. 






         Cruzamos la Hoya de Huesca y entramos en los llamados Llanos de la Violada, curioso nombre, cercanías del Gállego otra vez, tierras fluviales estas, con canales y acequias caudalosas recorriendo las tierras más fértiles de Aragón. Almudévar, Gurrea de Gállego, Alcalá de Gurrea, embalse de la Sotonera. Conejos al ajillo, pollos al chilindrón, espárragos de la huerta. Con el estómago lleno volvemos a la carretera con el firme propósito de alcanzar Zaragoza en las últimas horas de esta tarde larga, soleada y amable como pocas que se puedan recordar. Alguna tarde parecida de hace dos mil años, cuenta el dicho que Cristo se encontró a un aragonés en un camino y le preguntó que adónde iba. A Zaragoza, Señor -respondió el maño. Si Dios quiere, habrás querido decir -replicó Cristo. Y aunque no quiera -repuso el maño-, a Zaragoza voy. Entonces Cristo, para castigarle por su insolencia, le convirtió en rana y le arrojó a un charco. Pasado un tiempo, y pensando que se habría enmendado, le devolvió a su condición de hombre, y viéndole caminar de nuevo le preguntó: ¿A dónde vas, maño?  A lo que este respondió con toda la fuerza de su convicción: ¡A Zaragoza o al charco!
         Suponemos que sigue en el charco, pero a pesar de la fama de testarudos que arrastran consigo los aragoneses, bien es cierto que a nosotros nos atendieron amablemente en todas partes y no tuvimos jamás ningún problema, como no sea que nos quedamos con ganas de volver más despacio y tendremos que buscar el dinero y la ocasión.














         XVI

En Alcalá de Gurrea
cuando ya suenan las tripas
nos quedamos sin comer;
"Alcalá de Gonorrea",
la llama Bóxer Manuel,
que este chico a veces flipa.

XVII

Y es aquí a orillas del Ebro
que buscamos hospedaje,
que habrá que pasar la noche
pedirá descanso el cuerpo,
y en fin, pondremos el broche
a tan plácido viaje.

XVIII

Se dio Gerardo un buen baño
dentro del mismo hotel Sauce,
esto fue ya en Zaragoza,
y aunque es de Madrid, no maño,
cuando hay que gozar, se goza
y así se desborde el cauce.







         Zaragoza es una ciudad alegre, viva y pujante. Esto ya se nota en la nacional, volviendo de Huesca, tarde del domingo, con el tránsito espeso y lento en dirección a la capital. Cualquier ciudad española que se precie ha de tener colapsos circulatorios en sus vías de acceso los fines de semana, si no su categoría urbana puede quedar en entredicho. Atravesamos el Ebro por uno de sus amplios puentes, las torres de la Basílica del Pilar al fondo, y callejeamos largamente por el resbaladizo pavimento de adoquines hasta encontrar un acogedor hotel de tres estrellas, céntrico y con garaje. Después de una reparadora ducha -¡por fin!-, confortados y satisfechos, nos espera la Ciudad y la noche.

XIX

Zaragoza y de tapeo,
y aquí las mozas muy buenas,
y es que hay que comer de todo
que si sobra está muy feo,
y en la barra hincado el codo,
te atiborras y no cenas.

XX

Y aquí acaba ya esta historia
y aquí estas coplas termino,
que las guarde la memoria,
y ojalá otra vez nos dejen,
las dos motos y el Gallino
¡volver a Jabalistreffen!


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domingo, 25 de diciembre de 2011

BUENOS TIEMPOS QUE NO VOLVERÁN

     En los años noventa del pasado siglo XX todavía estábamos en la onda y nos pasábamos media vida en la carretera. La otra media trabajando lo imprescindible para poder coger los días libres necesarios y salir de viaje con las motos a recorrer toda España. Unas motos cargadas de kilómetros que habíamos de cambiar por otras nuevas cada cuatro años. Comprábamos revistas semanales de motociclismo para estar siempre a la última en cuanto a máquinas, accesorios y equipamiento. Buena parte de nuestro presupuesto se nos iba, de este modo, en la información, en las motos y en los viajes, pues hacíamos escapadas de tres o cuatro días casi todos los meses del año, especialmente en otoño y en invierno. No existía el euro, ni los teléfonos móviles, ni los navegadores GPS, ni las cámaras fotográficas digitales, y el litro de gasolina súper de 96 octanos, la más popular en la época, costaba poco más de 100 pesetas (60 céntimos de euro), y el alojamiento y manutención diaria en hoteles decentes de tres estrellas podía llevarse a cabo por unas 5.000 pesetas (30 euros). Tampoco existía el carnet de conducir por puntos, ni la exagerada proliferación de radares para control de la velocidad que existen ahora, ni el afán recaudatorio demencial y abusivo que practican las autoridades de tráfico contemporáneas. Era todo mucho más barato, la vida más benévola y disfrutábamos todos los ciudadanos de mayores libertades. Fueron buenos tiempos que no volverán.

 
     No desperdiciamos las oportunidades que nos brindó aquella época. Éramos un pequeño grupo bien avenido de amigos madrileños y alguno valenciano que nos habíamos conocido por entonces gracias a nuestra pertenencia común a una peña motorista de ámbito nacional fundada a principios de la década y en la que permaneceríamos como socios activos hasta el cambio de siglo. Pero al margen de esta asociación motera de cuyo nombre hoy ya no queremos ni acordarnos, a nosotros, motoristas más independientes, individualistas y reacios en el fondo a cualquier militancia y compromiso colectivo, lo que verdaderamente nos divertía y de lo que disfrutábamos con pasión era viajar por nuestra cuenta, en grupos reducidos de no más de seis personas, haciendo uso de un libre albedrío consentido y heterodoxo, muy alejado de cualquier convención al uso.



     Por aquel entonces bien podría decirse que nuestras vidas giraban casi exclusivamente en torno a las motocicletas, las carreteras y los viajes, tres ejes fundamentales de nuestras biografías que habrían de inspirarnos también un cierto culto y afición destacada por la gastronomía, el turismo y la literatura, experiencias adquiridas de las que en su día dejamos oportuna constancia en guías informativas, crónicas, relatos y poemas, de mayor o menor fortuna, que reflejaban nuestras andanzas motoristas por esas carreteras españolas.

            Viajeros impenitentes y noctámbulos acreditados varios de nosotros, no era de extrañar, pues, que en alguno de los diversos bares de copas nocturnos que frecuentábamos en la época una noche sí y otra también, cuando no estábamos en ruta con las motos, tuviésemos siempre en depósito y a nuestra disposición un oportuno mapa de carreteras de España para diseñar a pie de barra, entre libación y libación, los viajes futuros que nos aguardaban a la vuelta de una semana o de un mes. No es exagerado afirmar que la mayoría de aquellos viajes fueron minuciosamente planificados y desarrollados en este tipo de establecimientos, a altas horas de la madrugada, con alguna copa de más -o incluso de menos-, lo cual no obsta para constatar hoy en día que fueron impecablemente diseñados y ejecutados con el adecuado rigor y calidad que demandaban nuestras exigentes expectativas viajeras. Habitualmente consistía en un trabajo en equipo, en el que uno se ocupaba de planificar la ruta -solía ser yo-, otro de buscar y reservar los alojamientos y restaurantes, un tercero de recopilar informaciones adicionales sobre las zonas a visitar, y hasta un cuarto encargado de buscar las fechas más idóneas y comunicárselas a los posibles interesados, generalmente no más de tres o cuatro personas, pues como he dicho antes se trataba de viajes con un reducido número de participantes y de motos. 


      Aquellos fructíferos años noventa en la carretera generarían una ingente cantidad de material gráfico (fotografías, crónicas, relatos, documentos, etc.) que a día de hoy todavía no hemos sido capaces de organizar y clasificar convenientemente en su conjunto, dadas las dimensiones enormes de la tarea. Un material, además, que nunca ha dejado de crecer, pues si bien es cierto que en la actualidad apenas si viajamos con las motos más allá de excursiones cortas de un día con regreso a casa por la tarde o noche, hemos añadido un nuevo elemento de recopilación testimonial de nuestras escapadas, como son las cámaras de video, un dispositivo impensable en el pasado, o bien al alcance de muy pocos privilegiados, pero fundamental para dejar constancia de las ya escasas experiencias que seguimos disfrutando en la carretera. 


 
     En esta sección del blog hablaremos e ilustraremos gráficamente aquellos amenos y gloriosos viajes realizados hace veinte años, pero también lo haremos de otros incluso más antiguos y de otros incluso más recientes, para que quede constancia virtual de los mismos y por si pudieran ser motivo de interés y de curiosidad para los potenciales lectores de estas páginas modestas.



lunes, 5 de diciembre de 2011

LAS MOTOCICLETAS Y EL EROTISMO

LAS MOTOCICLETAS Y EL EROTISMO


     Alguien dijo que montar en moto es el mayor placer que se puede alcanzar vestido. Hay otros placeres, desde luego, más conocidos y acaso más disfrutados por la especie humana (o, cuando menos, más deseados), que se suelen alcanzar desnudo, y que, de tan voluptuosos, parece como si acabara el mundo en ellos, como si detrás de su culminación ninguna otra cosa pudiera serle comparada, mucho menos vestirse con rigor para subirse en una moto y encontrarlo placentero, claro está. En todo caso, si montar en moto es un género menor del placer (del placer entendido en su forma grandilocuente, como suceso apoteósico para los sentidos), habremos de convenir en que reúne muchos y muy buenos elementos que les son propios a los otros placeres, vamos a llamarlos grandes placeres. No es que los haya tomado prestados de aquéllos, estrictamente, sino que, más bien, se ha producido una simbiosis entre unos y otros, y la causa parece sencilla: el hombre inventa las máquinas y las herramientas para la consecución de un bienestar. Ese bienestar puede consistir unas veces en una reducción del trabajo o una simplificación de las tareas o una optimización del tiempo y de los recursos. Otras veces se inventa máquinas que, sobre todo, se disfrutan, máquinas lúdicas, máquinas que no son un medio para alcanzar ningún fin (salvo la consecución del placer), sino que son ellas fin en sí mismas. Ya no son máquinas que proporcionan un bienestar, sino máquinas que procuran un placer, máquinas para el placer. Para ello sólo es necesario que produzcan sensaciones placenteras.
     Dejando aparte consideraciones utilitarias, probablemente sea la motocicleta una máquina para el placer, al menos en nuestros días. Razón de más, pues, para encontrarle sobrados vínculos con esos grandes placeres, o placeres convencionales, bien sea en su forma explícita o en su concepto (el ocio, la gastronomía, el turismo, el erotismo...). De todos ellos participa la motocicleta y al contrario, son ellos quienen toman prestadas sus capacidades, son ellos quienes integran sus cualidades, sus posibilidades y sus contextos hasta conformar esa perfecta simbiosis de partes heterogéneas que funcionan armónicamente.
     A decir verdad, esto no debe sorprendernos, porque no se trata de un hecho aislado.
     Esta simbiosis máquina/placer no es privativa de la motocicleta, en absoluto. La comparten también, en mayor o menor medida, otras máquinas y otras herramientas del placer humano. Pensemos en los automóviles, en las embarcaciones y aeronaves de recreo, en las armas de caza, en los aparatos audiovisuales, etc. Son instrumentos del placer. El hombre disfruta utilizándolos y a menudo los separa de su estricto ámbito cotidiano para incorporarlos a estructuras más amplias y complejas de su comportamiento y de sus actividades. Esto le ha venido ocurriendo a la motocicleta desde hace mucho tiempo, no ya como mero instrumento del placer, sino como elemento activo y crucial del mismo, símbolo unas veces, ornamento otras, pero pieza destacada siempre en áreas muy importantes de la vida humana, como por ejemplo, en el erotismo.
      Habremos de remontarnos a los últimos años cincuenta y principios de los sesenta para encontrarnos con la sorpresa de un vehículo que no sólo va a cambiar los hábitos de transporte de la sociedad española (antes había ocurrido ya en Europa), sino que va a influir también discretamente en los hábitos sociales -y eróticos- de  la  juventud.  La  humilde  Vespa,  de  la  que  ahora  se cumplen cincuenta años, supuso un golpe bajo para la moral pacata y restrictiva de la época. Las jóvenes parejas de entonces se escapaban al campo los fines de semana con entera libertad haciendo uso de este novedoso escúter (y de otros similares de otras marcas), barato y popular, que les otorgaba esa desconocida sensación de independencia y transgresión, inédita hasta el momento. No era lo mismo viajar en autobús, o en tren, que hacerlo en una Vespa. El desplazamiento privado frente al desplazamiento colectivo. El individuo frente a la masa, la libertad frente a la sumisión. Los legisladores de la época -de todas las épocas- y las gentes bienpensantes, siempre le han tenido mucho miedo a lo privado, al individuo y a la libertad, lo cual es comprensible: la masa colectiva y sumisa es más fácil de controlar, de adoctrinar, de ser sometida si las circunstancias lo requieren. Habitualmente lo requerían.


     Pero, después de todo, la Vespa no era sino un inofensivo medio de transporte para una sociedad largo tiempo desmotorizada como consecuencia de la posguerra, así es que nadie podía echarse las manos a la cabeza puesto que el progreso, todo progreso, exige un precio a cambio.
     Había, sin embargo, una cuestión moral difícilmente soslayable y que hoy nos hace sonreír: era el problema de los pantalones y de la mujer. Los pantalones estaban considerados como una prenda inmoral para la mujer. Ninguna chica decente debía llevar pantalones. Ocurría, sin embargo, que montar en moto (en Vespa o en otros escúteres) con falda planteaba cuestiones todavía más graves e impúdicas, si cabe. De ninguna manera parecía permisible una hembra despatarrada en el asiento de una moto. En realidad incluso esto era bastante difícil, porque las faldas cubrían, por lo menos, hasta la rodilla, o casi. Mary Quant no había inventado todavía la minifalda. ¿Cuál era la solución? Que las mujeres montasen en moto al estilo amazona, es decir, sentadas con las dos piernas juntas y extendidas hacia el mismo lado, el izquierdo, por lo general. A los efectos dinámicos de la moto esto resultaba incómodo y peligroso, por razones obvias, pero la moral era la moral, y no hay más cera que la que arde. La seguridad vial nos la hemos inventado nosotros en los ochenta/noventa, y a nuestros sufridos padres eso les importaba una higa, pero la moral es tan antigua como el mundo. Hasta no hace demasiados años en el Código de la Circulación todavía se contemplaba de facto el estilo amazona, y fue necesario imponer la cordura y cambiar las costumbres del vestuario femenino para poder adoptar el sistema actual, es decir, montar a horcajadas (el otro ya está terminantemente prohibido). Las mujeres empezaron entonces a vestir indistintamente falda y pantalón, -luego esa curiosa prenda llamada falda pantalón-, y no por imperativos morales sino por veleidades de la moda. Las más guerreras y calentonas decidieron posteriormente que no era mala idea subirse de paquete en una moto llevando provocativas minifaldas, no importa que fuera invierno. Ya habían quedado obsoletas las Vespas, y ahora lo que se estilaba -estamos en los primeros ochenta, por lo menos- eran los poderosos pepinos japoneses de ciento y pico caballos, y así que fueron nuestras intrépidas damas de aquel tiempo enseñando muslamen, trasero y caderamen a todo bicho viviente. Los taxistas, conductores de autobús y peatones rijosos se dieron un buen festín de ver cacha y no lo olvidarán fácilmente. Incluso algunos dejaron de comprar el Playboy.



     Pero volviendo a tiempos pasados, cuando las Vespas hacían furor en calles y carreteras españolas, incidir una vez más en la falta de seguridad con que montaban estos incipientes motoristas. Los cascos eran prácticamente desconocidos y en todo caso la única medida protectora que se adoptaba consistía en esas gafas toscas y poliédricas ceñidas a la cara con gruesas cintas de goma. Pero la medida parecía insuficiente para proteger los ojos y el personal padecía con frecuencia de orzuelos, esa afección tan molesta como casi desconocida en nuestros días. Las mujeres llevaban vistosos pañuelos en la cabeza, un poco por higiene capilar, otro poco por estética y quizá bastante por reminiscencias de un pasado cercano en el que las melenas largas y sueltas eran terriblemente pecaminosas. Ciertamente, las mujeres decentes de los cuarenta/cincuenta debían llevar sus cabellos primorosamente recogidos en un moño, o en bucles, tirabuzones o trenzas: la férrea moral no permitía otra cosa. No sorprende, pues, el entusiasmo que despertaban en el graderío de machos ibéricos las divas de Hollywood de la época, Verónica Lake, Rita Hayworth, Ava Gardner, Marilyn Monroe y otras, con sus largos cabellos sueltos y seductores. Menos mal que ellas no montaban en Vespa.

        ¿Y qué decir del celo fanático y obsesivo de las madres de entonces para con sus hijas en edad de merecer, que se echaban un novio tendero, oficinista u opositor con Vespa? Da miedo pensarlo. ¿Cuántos consejos, cuántas advertencias, cuántas recomendaciones, cuántas reconvenciones? Diríase que el mismo Lucifer habitaba en los cófanos de las Vespas como los genios omnipotentes habitaban en las lámparas maravillosas de Las Mil y Una noches.  Históricamente, las mujeres y las motos nunca han hecho buenas migas. Hay excepciones, naturalmente, como veremos más adelante, pero el hecho es que en este antagonismo hembra-moto se han cimentado buena parte de las espectativas eróticas de la motocicleta. ¿Placer onanista de lobos solitarios? ¿Un trasunto, una prolongación de la virilidad masculina ofrendada a una máquina sensual, ergonómica, litúrgica, en donde los sentidos corporales -como en un verdadero intercambio erótico hombre/mujer-, tacto, olfato y oído, fundamentalmente, adquieren una relevancia decisiva? ¿Una forma de autoridad, de posesión incondicional y absoluta, de dominación genital hacia un vehículo que se conduce con el cuerpo y para el cuerpo, para disfrute físico del mismo? ¿Es la moto, digamos, un instrumento de naturaleza femenina con el que poder transgredir normas y convenciones, insalvables de otro modo? ¿Sustituye la motocicleta a la mujer, en algunos contextos, tratándose el hombre, sustituye al hombre, tratándose de una mujer motorista? ¿Se posee sexualmente una moto, en mayor medida de lo que se posee a otras máquinas del placer?
     Los más entusiastas valedores de la filosofía custom en general, Harley Davidson en particular, como marca estandarte por antonomasia de este estilo peculiar de entender y vivir la moto, quizá podrían aportar algunas respuestas. La íntima y concupiscente relación que mantienen ellos con sus genuinas monturas bicilíndricas resulta bastante sugerente al respecto. Una Harley no es solamente una motocicleta, sino un símbolo, un objeto de culto, de pasión frenética e irracional, como podría serlo un hombre o una mujer para su correspondiente partenaire enamorado hasta la frontera misma de su alienación como persona. Live to ride, ride to live, que reza uno de los lemas más conocidos de los harlystas universales, y que sería tanto como decir vive para amar, ama para vivir, vive para fornicar, fornica para vivir, etc., y que en cualquier caso insinúa de inmediato un concepto hedonista de la vida que encuentra en el erotismo -cuestión hedonista por excelencia- una acertada correspondencia. Pero no la única. Qué decir de la historiada parafernalia custom, con sus cromados impolutos, sus cueros sugerentes y lascivos, las botas, guantes y pañuelos, camisetas, cinturones, hebillas, ropa interior, mecheros, petacas, llaveros... marca Harley Davidson, todo un ejercicio fetichista de estilo que tanto recuerda ciertos preámbulos eróticos en los que interesa, sobre todo, una estética de la sensualidad: zapatos altos de tacón, medias de rejilla, ligueros, ropa interior escueta y sugerente, profusión de cueros, sedas y terciopelos, amplio contraste de colores negros, blancos y rojos, etc., en el caso de la mujer, con otras variantes equivalentes en el caso del hombre, quizá una colonia o unos calzoncillos determinados, o un tatuaje, o un tono de voz especial, o unas poses y movimientos estudiados..., no importa, todo un complejo ritual de celo y cortejo que en su esencia tanto sirve para montar en moto como para montar personas, permítase la expresión, y que viene a probar cuán cerca están a veces las máquinas y el sexo, con todas sus implicaciones, cuán cerca las motos y el erotismo. 



      Difícil resulta, argumentando sobre todas estas cuestiones delicadas -no tanto en sí mismas como por las suspicacias que suscitan-, no caer en una cosificación de los individuos, en especial de la mujer, como difícil resulta no caer en una visión simplista -y sexista, desde luego- del ser humano con relación al tema que nos ocupa, pero este es un problema cultural y no podemos sustraernos a él, porque no podemos explicar ni interpretar determinados aspectos de los comportamientos humanos fuera de los contextos sociales que los hacen posibles.
    Un marco idóneo para la manifestación conjunta del erotismo y la motocicleta han venido siendo habitualmente las concentraciones, ese espacio restringido y tribal en donde gustan de juntarse los motoristas de una misma etnia o de diferentes familias, según los casos, y que constituye por sí solo un fenómeno social y de masas no todavía suficientemente explicado en la actualidad, pero con una significativa carga de erotismo implícito. Muchas parejas jóvenes acuden en sus máquinas a estas reuniones multitudinarias con el digno propósito de dar rienda suelta a la concupiscencia bajo el mínimo amparo de las lonas de su tienda de campaña, mientras afuera rugen los motores y arden las hogueras nocturnas y las botellas de cerveza pasan de mano en mano. Algo de apareamiento primitivo, rústico y ancestral adorna estas efusiones amorosas del personal motero en estos sus encuentros campamentales. A menudo los organizadores de concentraciones incluyen en sus programas de actos espectáculos de streap-tease, concursos de camisetas mojadas (para las chicas) y otras excelencias semejantes. En los Estados Unidos son suficientemente conocidos los desmanes erótico-festivos del personal Harley en sus abigarradas concentraciones de Daytona Beach y Sturgis, con decenas de miles de motos ostentosas y rubias de escándalo enseñando carne por doquier. En las acampadas previas que se establecen en las proximidades del circuito de Jerez en vísperas del Gran Premio de Velocidad, se producen, a menor escala, sucesos semejantes, y muchas parejas desplazadas desde cientos de kilómetros para ver las carreras se olvidan de este propósito y no salen de sus tiendas, hoteles o apartamentos en todo el fin de semana, entregados frenéticamente al sano deporte de la coyunda carnal. ¿Podríamos especular, acaso, con que las motocicletas y sus contextos estimulan la libido humana? Lo más probable es que no sea ésta la causa principal de tan interesante fenómeno que, por lo general, no suele necesitar de aditamentos externos, pues es nuestra naturaleza más primaria, pero acaso quepa considerar que ayuda o predispone a la manifestación del mismo.
       La motocicleta y el erotismo, ¿realidad o ficción? Realidad y ficción. Se ha dicho y escrito tantas veces aquello de que la realidad supera a la ficción, que parece que nada podría oponerse a esta idea, y sin embargo es al contrario, tratándose del erotismo. En éste, la ficción supera siempre a la realidad, la rebasa, la mejora, hace más deseables sus argumentos, por descabellados que sean. La ficción es siempre un trasunto de la vida, un plagio mejorado de realidades inventadas, sospechadas o intuidas, pero de algún modo absolutamente preferibles -incluso en el peor de los supuestos- a los pormenores concretos de la realidad real.


          
     Hace algunos años, una conocida revista sueca de sexo publicó un número monográfico titulado Motos y chicas. Resultará ocioso hablar de su contenido, por previsible en este tipo de publicaciones hardcore (sexo duro y explícito), pero sí merecerá la pena que nos detengamos un momento en una breve historia escrita que aparecía en sus páginas y en la cual una chica particularmente viciosa narraba con todo lujo de detalles sus experiencias sexuales a lomos de una poderosa Kawasaki de 1.000 c.c. por las pistas abandonadas de un aeródromo en el norte de Inglaterra. El ritual era ciertamente complejo e inverosímil: ella sentada delante casi sobre el depósito y él detrás, a los mandos. Ambos semidesnudos y sin casco, para sentir mejor el viento en la cara. Arrancaban la moto y el chico iba acelerando poco a poco a través de la inmensa pista del aeródromo. En algún momento tenía lugar el acoplamiento y así en marcha, sin dejar de acelerar, consumaban esta cópula frenética y temeraria. Duraba unos breves momentos (la pista se terminaba) y al alcanzar los 200 km/h. los dos a tu tiempo llegaban al clímax. (¡Menuda compenetración!) A la chica en cuestión se le acababan las vacaciones en Inglaterra pero esperaba repetir su experiencia al verano siguiente, en cualquier lugar del mundo, con el primero que estuviera dispuesto: si tú eres motorista y me estás escuchando, y quieres hacerlo conmigo en tu moto, no tienes más que llamarme, baby. La chica era anónima y quizá ficticia y no constaba ningún teléfono ni dirección. La ficción supera a la realidad, pero los milagros no existen.
     Todos recordamos un anuncio de un perfume en el que una ostentosa y ubérrima dama se paseaba por las noches de la ciudad rigurosamente vestida de cuero negro, montada en una custom de lo más sugerente y buscando a un tal Jacq's. Después paraba la moto, miraba lascivamente a la cámara y en un primer plano absolutamente memorable se bajaba un poco la cremallera de su cazadora de cuero para insinuarnos con toda la malicia del mundo un par de poderosas razones para que cualquiera de los televidentes deseara encontrarse en el pellejo de ese tal Jacq's. En la vida real, ¿alguien ha visto una chica parecida paseando su palmito por las calles de la ciudad en una alegre noche de sexo y de motos? Y aunque así fuera, ¿tú te llamas Jacq's? Pues entonces.

     Ejecutiva agresiva busca chico marchoso para viaje de placer. Era un anuncio gráfico de Suzuki. La ejecutiva en cuestión era una rubia de bandera, con ojos verdes y facciones de ensueño, una vampiresa, vaya. Hazte con ella, te sorprenderá. Aquí el anuncio jugaba al equívoco entre la moto y la chica. En una variante de este mismo anuncio, pero dedicado a otro modelo de Suzuki, una pobre chica vestida de novia se quejaba de que se fue a recoger los anillos y no volvió. El novio se había ido con la moto dejándola plantada (compuesta y sin novio). El colofón del anuncio era demoledor: algunas veces hay que saber elegir a tiempo.


      Otros son más prácticos y eligen ambas cosas, mujer y moto, y le sacan el mejor partido posible a ambas. Hay tipos listos. Es el caso -y dejamos la publicidad para entrar en la literatura- de uno de los personajes de la novela Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes. Un tal Fernando, con una tremenda BMW R-75 de guerra (pero sin sidecar), de la que se sirve para su minuciosa estrategia de acoso y derribo a Malena, la protagonista, entonces una adolescente en la edad del pavo que bebe los vientos por él. Luego de unos escarceos previos la situación deriva hacia unos derroteros acostumbrados: Fernando se lleva a Malena a la era en la moto y la desvirga una noche. Inédito, en cambio, el destino de la BMW: de los frentes de guerra en Africa o en las Ardenas, años cuarenta, a los campos extremeños del amor, en la novela, años setenta.
  
  

      Otro Fernando, este en el amargo y menestral Madrid de los primeros sesenta, lleva en su vieja moto a su amigo y protagonista de Travesía de Madrid, de Francisco Umbral, huyendo de mujeres que le buscan (es una especie de gigoló o donjuán de suburbio) y le piden cuentas. Casi al final de la novela aparece una pandilla de malos chicos motoristas (sin duda inspirados por las proezas de las bandas americanas de la época) que se dedican a todo tipo de desmanes y violencias, fiel reflejo acaso de secretas e inconfesables frustraciones sexuales en unos años muy proclives al desencanto y al desengaño. Una cita de Sören Kierkegaard da inicio a la novela y parece explicar muchas cosas: La angustia es el vértigo de la libertad.


     En Ultimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, la motocicleta adquiere una extraña dimensión delictiva y erótica para el Pijoaparte, protagonista de la novela, un jóven emigrante desclasado, idealista y ladrón de motos en la Barcelona de los últimos cincuenta. Enamorado de una chica de la burguesía catalana que le corresponde, termina su historia en manos de la Guardia Civil cuando corría a toda velocidad a reunirse con su amada en una flamante y fogosa Ducati (sic), sustraida horas antes. Sabía que era una máquina de lujo, una maravilla cromada y violeta, una llama incendiaria y mítica, capricho de campeones y niños bien, pero sabía también que era, como las yeguas jóvenes, antojadiza y voluble (...) La Ducati le daba formidablemente los ciento quince, vibrando toda ella como una muchacha ansiosa, pero sin espasmos inútiles ni prematuros alborozos. Oportunas descripciones de Marsé.


     En la breve novela Solo de moto, de Daniel Sueiro, ambientada y escrita en el año 1967, un jovenzuelo marginal y notablemente macarra, mecánico de profesión, emprende un viaje relámpago de fin de semana desde Madrid a Torremolinos, a lomos de una modesta Ducati de 49 c.c. a la que de manera muy optimista bautiza como La Poderosa, con el muy celtibérico propósito, tan en boga en la época, de beneficiarse sexualmente de alguna de las muchas turistas suecas que pululaban por la Costa del Sol en aquellos primeros años dorados del desarrollismo. Estos venéreos propósitos que alientan su viaje no van más allá de una mera acumulación de fantasías eróticas sin ningún fundamento de poder convertirse en realidades, y de hecho nuestro protagonista ni siquiera consigue llegar a Torremolinos, pues ha de darse la vuelta bastante antes de su destino para estar de regreso en el trabajo el lunes por la mañana, con lo cual la consiguiente frustración no proviene de la certeza de haber sido rechazado en sus pretensiones eróticas, sino de su propia incapacidad material de alcanzar el objeto del deseo. Y como en otras tantas ocasiones, también en esta novela la propia motocicleta adquiere una dimensión transgresora de liberación y estímulo contra la represión social, laboral y sexual de la época. En 1976 esta novela de Sueiro inspiraría la película El puente, dirigida por Juan Antonio Bardem y protagonizada por Alfredo Landa, una producción tópica y típica del cine español de la época, una mediocre españolada y el peor trabajo de su director, en opinión de los críticos.

 
     Mi novia es una FZR 1000 Exup con faros de tigresa triste. Mi fiel compañera de la vida. Mi FZR es mi novia, y no sabría elegir entre mi moto y una mujer, supongo que mi moto... En estos y en parecidos términos, casi cuarenta años después y también en Barcelona, se expresaba un ansioso motorista de la estirpe rácing en un reportaje de la revista LA MOTO, número 56, fechada en Diciembre de 1994. La moto también hablaba de su dueño: Ven, mi héroe de cómic, vámonos a otro planeta a descubrir otras formas de placer (...) Ven, vamos a reírnos de todos, buscar la nada mientras me subes de vueltas y me das más y más gas. Hace casi una semana que no dejo goma en el asfalto..., vámonos (...) Como se ve, resulta todo muy esclarecedor. Están enamorados el uno del otro y hacen muy buena pareja.
     Dos buenas parejas y una Harley Davidson de por medio en una infumable comedia española contemporánea, Salsa Rosa (ya estamos en el mundo del cine, fábrica de ilusiones por excelencia), con la siempre estimulante Maribel Verdú a los mandos de su máquina (poco verosímil), pero bien vestida de cuero y francamente apetecible en las escenas de moto, secundarias y ornamentales pero acaso lo mejor de la película.
     Tampoco demasiado verosímil Enma Suárez en una Honda CB-250 llevando de paquete al corpulento Karra Elejalde en un viaje de vacaciones para la película La Ardilla roja, de Julio Medem. Sólo un poco más convincente la protagonista femenina de El sueño del mono loco, de Fernando Trueba, también sensual y vestida de cuero en una Yamaha SR-250 por las calles lluviosas y desapacibles de un París invernal.
     En Amo tu cama rica ,de Emilio Martínez Lázaro, un histriónico Pere Ponce persigue sin descanso a la hermosa Ariadna Gil, primero en una Vespa y luego en una Honda XBR-500 por los garitos de moda del Madrid nocturno. Naturalmente se la termina llevando a la cama, faltaría más, pero el problema del cine es que antes o después se le acaba notando demasiado que es cine, en todos los sentidos y con todos los temas, no importa que haya motos y erotismo, y la verosimilitud se resiente.


      Es hora de volver a la realidad, coger el casco, los guantes y las llaves y llegarse hasta el garaje a visitar a esa dama bonita y ansiosa, que siempre está dispuesta a dejarse montar cuantas veces quieras, sin límite de tiempo, como una esclava sumisa y servil que no sabe decir que no. Mientras me acerco a mi moto ella me guiña el faro en una corta ráfaga de deseo que sé muy bien qué significa... Y después, ya junto a ella, encima de ella, mis manos sobre su talle metálico y mis ojos en sus brillos de lujuria, ella me susurra cálidamente al oído: Tómame, cariño, tómame entre tus piernas y apriétame fuerte y no te pares nunca, nunca, ni aunque yo te lo pida, más y más kilómetros, hasta el fin del mundo, hasta el fin de nuestras fuerzas, mi bien... ¡Oh, Dios mío! ¡Estoy tan, tan caliente..!
     El amor nunca muere. Arranco, meto primera y subo la corta rampa de acceso a la calle sintiendo ya en mi cuerpo el calor del asiento, el calor de ella, y cuando llego arriba, el Viejo Eros me saluda y me sonríe con malicia.
      El Viejo Eros es el vigilante de mi garaje y coleguita mío, sí.

Artículo original escrito y publicado en 1996.
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LA INDÓMITA BELLEZA DE LA CHATARRA (I) Video.