lunes, 2 de enero de 2012

AQUELLOS DÍAS EN LOS QUE VOLCAMOS LA COPA DE LA VIDA



Aquella carretera del pasado desfilaba vertiginosamente como si la copa de la vida hubiese sido volcada y todo fuera un auténtico disparate.
           
(En el camino. Jack Kerouac).

I
En el mediodía del 8 de Septiembre de 1995 ya estábamos otra vez en la carretera. Gerardo con su K-75, más conocida como El Gallino Veloz, y yo con la consabida Sevenfifty. Este viaje de cuatro días no iba a ser como los demás. Nosotros éramos sólo la avanzadilla de un grupo que confluiría al día siguiente en Ademuz, capital del Rincón del mismo nombre, en la provincia de Valencia. Teníamos las ideas muy claras: desde Ademuz subiríamos posteriormente por las altas sierras turolenses hasta penetrar en la provincia de Castellón, comarca del Maestrazgo, y alcanzar Morella. Eran muchos kilómetros de montañas y puertos y parajes solitarios con pintorescos pueblos dormidos en la quietud de los siglos. Una ruta realmente apetecible que sin embargo jamás llegaríamos a realizar.

José Javier con su Kawasaki GPZ-500 en la Pza. de Conde de Casal de Madrid antes de emprender el viaje.

  
        Nuestro primer objetivo, de momento, era Cuenca capital, y para tal fin tomamos la nacional III hasta Tarancón, para enlazar después con la N-400, Toledo-Cuenca. A la entrada de Tarancón el Gallino Veloz de Gerardo se queda sin embrague. Teniendo en cuenta que acababa de sacar la moto del taller la víspera, su cabreo era más que justificado. A decir verdad el problema no debía de ser muy grave, cuestión del cable destensado por descuido del mecánico de turno, pero nosotros no teníamos ni las herramientas ni los conocimientos necesarios para subsanar esta anomalía. Nos quedaban más de 200 kms. hasta Ademuz, llevábamos media hora de viaje y ya estábamos parados en el arcén lamentando nuestro infortunio. Había que tomar decisiones. La más razonable era que Gerardo volviese a Madrid y dejara la moto en el taller esa misma tarde con carácter de urgencia para recomenzar el viaje al día siguiente mientras yo proseguía ahora en solitario. Pero cuando tienes ya la moto cargada con tu equipaje y te has puesto en camino con toda la ilusión del mundo, cuesta trabajo volverte sobre tus propios pasos y asumir el fracaso. Entonces lo mejor es seguir a toda costa, con embrague o sin él. Por suerte todavía funcionaba un poco en algún punto muy concreto del recorrido de la maneta, así es que Gerardo decidió continuar con todas las consecuencias, confiando más que nada en la fiabilidad mecánica de las BMW. Si se jode del todo, que se joda, y a la mierda, pero vamos a seguir -dijo él.


 Sin ningún percance salvamos los 90 kms. que nos separaban de la Ciudad de las Casas Colgadas. La carretera resultaba amena y poco transitada y los buenos bajos de la K-75 permitían una conducción tranquila en quinta sin jugar con el cambio y sin castigar el embrague. En las calles de Cuenca las cosas se volvieron muy distintas, claro, y en las salidas de los semáforos Gerardo tenía que hacer auténticos malabarismos para que no se le calase el Gallino, pero con paciencia y pericia se hizo dueño de la situación y hasta se le fue pasando el cabreo según se iba acercando la hora de la comida. Esta es una de las ciudades de España que más me gusta -me confesó mientras buscábamos un mesón determinado que él conocía. Aparcamos las motos al sol y nos pusimos a caminar desorientados sin encontrar el mesón. Yo andaba cojeando por culpa de un accidente laboral que me había dejado el pie derecho un tanto tocado, semanas atrás, lesión de la que todavía me resentía pese a llevar una tobillera y unos gruesos calcetines de invierno por dentro de las botas de motorista. Prefiero morirme de hambre o comer en otro sitio antes que seguir pateándome las calles -pensé, pero no dije nada para no añadir dificultades, que no eran pocas, de momento. Después de un buen rato deambulando perdidos encontramos el sitio: justo al lado de donde teníamos aparcadas las motos. Bieeeeen. Mesón el Churrasco. Pedimos un montón de raciones típicas (oreja, zarajos, costillas, patatas picantes…) a pie de barra (no había taburetes para sentarse), para descubrir con tristeza que todo aquello era excelente pero nosotros no teníamos demasiada hambre, cosa extraña, sí. Hoy no era nuestro día; bueno, casi nunca lo es, que siempre andamos con problemas, y el día que estemos al cien por cien nos saldremos del mapa.
 Abandonamos Cuenca a primera hora de la tarde con una cierta sensación de pesadumbre, y cuando llevábamos unos pocos kilómetros de ruta por la N-400 caímos en la cuenta de que nos habíamos equivocado de sentido y volvíamos a Madrid. Un enorme cartel del MOPU nos sacó del error. Mierda, qué desastre de viaje. Tuvimos que hacer una pirula y dar la vuelta para recuperar el ritmo correcto. Estuvimos luego largo rato rodando por la apacible Serranía de Cuenca: Fuentes, Carboneras de Guadazaón, Cañete. Los paisajes increíbles de esta zona, consecuencia de la acción erosiva del agua y el aire, hacían muy amena la ruta. La carretera entraba unas veces en estrechas y profundas cárcavas adonde nunca llega el sol, otras veces salía a terrenos despejados coronando crestas montañosas, y otras avanzaba a través de ásperas llanuras azotadas por el viento. Habíamos recorrido Gerardo y yo muchos miles de kilómetros en moto por infinidad de lugares acaso más hermosos, pero todavía sentíamos intacta nuestra capacidad de disfrutar y sorprendernos, y este viaje inédito era una buena muestra de ello.
 A media tarde llegamos a Cañete. Sólo nos separaban 50 kms. de nuestro destino provisional en Ademuz. Tomamos un refresco, observamos a una pareja de motoristas alemanes de viaje en una Honda Transalp, que consultaban el mapa, les saludamos, nos saludaron, echamos gasolina y proseguimos hacia el enclave valenciano. Ninguna indicación en la carretera dejaba constancia del cambio de provincia ni de comunidad autónoma, pero de improviso a mano derecha encontramos un cartel medio escondido: Ademuz 6. Abandonamos la N-420 para tomar ahora la N-330 que lleva hasta Alicante. Un nuevo cartel nos dejó con cara de póquer: Ademuz 96. Sin embargo unos minutos después entrábamos en Ademuz después de transitar por una tortuosa carretera llena de tierra en todas las curvas, justo en el sitio de la trazada buena, como para andarse con tonterías, vaya, y llegamos a la conclusión de que algún gracioso no había encontrado mejor diversión que pintar números en los carteles y falsear las distancias.


       La población de Ademuz se asienta sobre una extensa vega regada por el Turia, en algunos tramos de su curso turolense más conocido como Guadalaviar o Río Blanco, muy cerca de su nacimiento. Un anfiteatro de montañas nos rodea por los cuatro costados. A Gerardo le gusta este sitio y me felicita por la elección, como diseñador del viaje que soy. Gracias, compañero, profesional que es uno. Esa misma tarde, después de aparcar las motos convenientemente y tomar posesión de nuestro alojamiento en el hostal Casa Domingo, subimos andando a la parte alta del pueblo, hoy abandonada. Se trata de un pintoresco graderío de antiquísimas casas y corrales de piedra y adobe colgadas de la montaña. La mayoría de estas construcciones se encuentra en ruinas, lo cual, unido al silencio y soledad del lugar, le otorga un aspecto mágico, terrible y fantasmagórico. En pocos sitios parece tan propia la frase de lejos del mundanal ruido  como aquí. Tierra extraña esta, tierra de nadie, enclavada entre Aragón y Castilla pero perteneciente a Valencia desde antiguo, parece ser que por decisión de sus propios moradores, a quienes se dejó elegir respetando viejos derechos y fueros históricos. Las calles de Ademuz, empedradas y estrechas, no facilitan precisamente la circulación de vehículos, de tal suerte que las esquinas y fachadas de sus casas se encuentran desconchadas y llenas de arañazos y raspaduras producidas por los camiones, furgonetas y tractores que se aventuran en su casco urbano. Empezamos a bajar con la caída de la tarde. Desde aquí arriba se observa que el Turia fue en remotas épocas geológicas un río bravo y caudaloso, a juzgar por la amplitud del valle por el que discurre, ahora una fértil vega regada apenas por un modesto brazo de agua pacífica.

El Hostal Casa Domingo, en Ademuz

       Extraordinaria la trucha con jamón del restaurante del hostal Casa Domingo, extraordinarios los postres, extraordinaria la cena, en suma. Después volvemos al pueblo a tomar unas copas y encontramos un cutre-bar de música bakalao y mákina, junto a la carretera, y decidimos quedarnos, pero en la calle, sentados en unos destartalados bancos de gutapercha que debieron de pertenecer en el pasado a la sala de espera de un consultorio de la Seguridad Social. Es todo cutre y sórdido, hermoso y patético, desconcertante y ameno. En un arrebato incontenible de nostalgia empiezo a rememorar todos mis anteriores viajes en moto por España, los sitios que he visitado, las habitaciones en donde he dormido, las gasolineras en donde he repostado, las gentes con las que he hablado, los paisajes que he conocido… Aquí fue donde pasó esto, aquí fue donde pasó aquello… Hay una grandiosa densidad de recuerdos, de vivencias, de experiencias, de sucesos, de biografías, la mía y la de otros que han viajado conmigo, o yo con ellos, pero a menudo resulta todo un tanto turbio, confuso, es imposible salvar la memoria nítida y precisa de todas las cosas, de tantas y tantas cosas… El mundo es grande y pequeño a un tiempo. Suena el chunda chunda atronador de la música del local mientras allí mismo, un poco más abajo, duermen los campos eternos en la noche que ya empieza a ser fría, y a nuestra espalda un cartel anuncia las fiestas patronales de Castielfabib, un pueblo cercano, y un camionero insomne atraviesa las calles oscuras conduciendo su pesada mercancía con resignación profesional, y hay una extraña y grata conformidad de todos los seres con todos los seres, nada es malo, ni preocupante, ni amenazador esta noche. Ademuz es el sitio. 


Viejas casas en Ademuz

II
A primera hora de la mañana del día siguiente, 9 de Septiembre, nos despiertan unos golpes en la puerta de la habitación: alguien está llamando. ¿Quién será? No te levantes a abrir en calzoncillos -me dice Gerardo-, a ver si va a ser una camarera del hostal. Pues es por ello por lo que me levanto en calzoncillos, está claro, esto siempre las impresiona un poco, aunque no lo bastante -le respondo. Abro la puerta y aparece nada menos que nuestro Caudillo y prócer de la patria motera, el inefable Julián. ¡Atenta la compañía! ¡Firmes, ar!  Luego de saludarle con las reverencias propias que su alto rango merece y darle novedades de la situación, le hago pasar. Su visita es toda una sorpresa, aunque entraba dentro de lo posible: va camino de Castellón, a ver una famosa concentración de Harley Davidson que se celebra allí todos los años por estas fechas. Simplemente ha madrugado un poco más de la cuenta para desviarse de la ruta y encontrarnos en Ademuz todavía metidos en la cama con las legañas puestas. Viene vestido de solemne y riguroso cuero motorista, aún frío por el viaje, el casco y las botas acribillados de insectos, la barba y los cabellos un tanto alborotados… A nosotros, humildes e indefensos seres matinales en calzoncillos, nos acojona un poco, y es que un jefe siempre es un jefe, qué coño. Nos vestimos preocupados pensando que nos va a pasar revista, pero no, simplemente dice: Ahora vámonos al bar. Bien, bien, bien. Esto es un jefe como manda Dios.

En 1995 Julián todavía era nuestro Caudillo

 Pronto llegan Tono y Piti con Carlos desde Valencia, Ignacio El Lírico con Mª Angeles, por un lado, Bóxer Manuel en solitario con los dos enfants terribles de nuestra peña, Gustavo y José Javier, por otro, todos ellos desde Madrid. Como ya estamos todos, nos aplicamos con gusto a un típico almorçaret valenciano, que dice Tono, esto es, unos vinos y unas raciones matutinas para hacer acopio de energías. Después subimos a la parte vieja de Ademuz y nos echamos unas risas con algunas curiosidades de las calles de este pueblo, a saber, una tapia con una tosca pintada que dice por orden del Señor alcalde está prohibido subirse a la tapia, otra inscripción grotesca que asegura que Hacienda somos tontos, y otra más en el dintel de la puerta de un garaje o almacén: aquí vive lo mejor de cada casa. En este último sitio, obligados por nuestro elevado linaje, nos hacemos todos unas fotos. También en la parte baja de Ademuz encontramos un historiado pilón con azulejos de cerámica de Manises y otras muchas cosas dignas de recuerdo. 

Bóxer Manuel y Julián. Eran otros tiempos.

Bóxer Manuel junto al pilón de Ademuz.
Primero el aperitivo y luego la comida. Conseguimos convencer a Tono y a Piti para que regresen a Valencia y vuelvan lo antes posible a Ademuz, esa misma tarde, con algo de equipaje (calzoncillos y braguitas, mayormente), pues se han venido con lo puesto y sin idea de quedarse. Más difícil resulta convencer a Julián, de camino a Castellón, como hemos dicho, para que se quede con nosotros esa noche. El si ha venido muy preparado para pernoctar en cualquier sitio, y su impedimenta viajera incluye de serie un almidonado pijama de rayas con el que parece un apuesto cadete de West Point pero en versión genuinamente manchega, que mola más. Completando su atuendo doméstico se ha traído unas celtibéricas zapatillas del agüelo, las de toda la vida en nuestro país, ese calzado calentito de fieltro con el que nuestros ancestros han hecho incluso muchas guerras, y levantado imperios, y acuñado toda una cultura y un estilo de vida mundialmente conocidos. La irresistible persuasión del Lírico acaba por convencerle y al final Julián se queda.  

Una comida llena de despropósitos

 Con la comida se inician los despropósitos. Para empezar, Ignacio pide unas judías autopedantes, calificativo con el que denomina a todo tipo de legumbres sospechosas de producir aerofagia. El camarero le mira con cierta angustia mezclada con asombro: no sé lo que es eso, pero preguntaré en la cocina a ver si tienen. Los demás comensales nos conformamos con un arroz empedrado bastante interesante y para nada autopedante, mientras en un salón contiguo del Hostal Casa Domingo se celebra una boda y la novia desfila constantemente por delante de nuestra mesa camino de los servicios, debe padecer cistitis, la chica, por la emoción (a otras les da por llorar), y nosotros que de suyo somos peligrosos con las novias (en Toledo, en 1991, subimos a una novia desconocida y recién desposada a la Goldwing del Lírico), además de la ingesta de arroz y vino recio de la tierra, nos da por decirle barbaridades, que si viva la novia, que si qué vestido más bonito, que si tía buena, que si tienes un buen polvo y tu marido te va a poner bien esta noche, etcétera, buena panda de energúmenos estamos hechos, mientras Bóxer Manuel, siempre atento a la prudencia, nos recuerda que en este pueblo tienen pilón, así que cuidadín, no vayamos a liarla. Ignacio consigue, al fin, un buen plato de judías autopedantes y Gerardo decide imitarle, los demás ya vamos por los postres y sigue corriendo el vino a raudales, así que nos deslizamos por la escala lógica de despropósitos etílicos, esto es exaltación de la amistad, tuteo a la autoridad, insultos al clero y cánticos regionales, entre otros, no importa el orden de los factores. Rematamos el banquete con unos formidables puritos caliqueños con los que tiene a bien obsequiarnos el bueno de Carlos, hecho lo cual se despide de todos y se vuelve para su pequeño pueblo a orillas del Júcar, que él es un respetable padre de familia y no es conveniente que le relacionen con chusma como nosotros, gente chunga y sin estilo, hez motorista, vergüenza y escarnio de hoteles y restaurantes, macarras sin fronteras de todas las rutas ibéricas, caca de la vaca y bla, bla, bla.

Carlos junto a su BMW K-100
 Hacemos un intento de siesta Julián y yo (cada uno en su cama, por supuesto, mariconadas las justas), mientras los demás se marchan a un bar del pueblo a tomarse unos carajillos, pero en vista de que no conseguimos dormir cogemos las motos y nos vamos los dos a dar una vuelta por el Rincón de Ademuz. Las carreteras son malas y solitarias, con tierra en todas las curvas y profundos barrancos que se abren siniestros al otro lado de las cunetas. Llegamos a Vallanca, tomamos un refresco y regresamos a Ademuz para coger la N-330 dirección sur hasta Casas Altas, un pueblecito con apenas 50 habitantes y una docena de casas, lo cual no es obstáculo para que nos perdamos en sus calles y no sepamos salir, torpes que somos. Atardeciendo regresamos al hostal y guardamos las motos en una especie de almacén vigilado ferozmente por un terrible mastín del Pirineo atado a un árbol con una cadena. El animalito no es precisamente muy amigo de las motocicletas y cada vez que oye los motores se arranca como una fiera hasta que la cadena le retiene. Allí dentro está la Goldwing de Ignacio, la K-100 de Gustavo, la R-1100-R de Bóxer Manuel, la K-75 de Gerardo, más conocida como El Gallino Veloz, la GPZ-500 de José Javier, la R-1100-R de Tono y Piti, que ya han regresado de Valencia con muda limpia y cepillo de dientes, se supone. Nos metemos después una merienda cena a base de fiambre y embutido del terreno (cojonudo), morcillas, calamares, chopitos, queso y patatas bravas, todo ello prudentemente remojado en vino y cerveza,, para variar, unas copas nocturnas, muchas risas (a Ignacio le hemos regalado una Harley de juguete y se pone a rodarla por la acera como un niño pequeño), y a la cama, que al día siguiente vamos a tener mucho trabajo en la carretera.

Arquitectura noble en Ademuz

III
El 10 de septiembre de 1995, muy de mañana, Julián se prepara para marcharse a Castellón mientras yo le observo atentamente desde la cama: la liturgia del equipaje y la vestimenta motera es todo un ritual sólo apto para iniciados. Cuando ya tiene las maletas llenas de ropa cuidadosamente doblada, se quita su pijama de cadete de West Point y las zapatillas del agüelo y se viste el mono de cuero y las botas de rodar. Presiento reminiscencias taurinas en este hecho, algo así como cuando se visten de luces los toreros en los hoteles antes de saltar al ruedo y jugarse la vida. La carretera es también un ruedo en el que te la estás jugando a cada momento y encima nadie te aplaude ni te jalea ni te dice olé. Y además, a diferencia de los toreros y de lo que la gente cree, con una moto tampoco se liga especialmente nada. Nos despedimos y al poco rato escucho el sonido inconfundible de la R-65 de Julián marchando al trote camino del mar.

Gustavo junto a su BMW K-100



Ignacio El Lírico junto a su Honda Goldwing 1200 Aspencade

      Reina el buen humor esa mañana. Gerardo se asoma en calzoncillos a la ventana de su habitación (la que ha compartido esa noche con su primo Bóxer Manuel) y remedando al entrañable Pepe Isbert en una escena de la película Bienvenido Mister Marshall, nos obsequia a propios y extraños con un pregón muy adecuado:





Ciudadanos de Villar del Río:

como alcalde vuestro que soy,

os debo una explicación;

y esa explicación que os debo,

os la voy a pagar.



Ignacio El Lírico jurando bandera con la enseña del hostal. La fotografía original se ha perdido.



Los valencianos Tono y Mª José (Piti), en su BMW R-1100-GS

      Claro que Ignacio El Lírico tampoco se queda corto, y acto seguido procede a jurar bandera besando la enseña nacional que ondea en la terraza del Hostal, junto a la senyera valenciana y el pabellón municipal, instante que quedará inmortalizado en una fotografía ya histórica para todos nosotros. Y después vienen las discrepancias: ¿adónde vamos?  Tono y Piti se marchan para Valencia y José Javier se vuelve a Madrid. El resto de la expedición nos ponemos a deliberar, que si Morella como estaba previsto, que si la playa (Peñíscola, tal vez), que si algún pueblecito del Maestrazgo… Cuando nos ponemos en marcha todavía no hemos decidido nada, simplemente rodamos sin rumbo por la N-420, Gerardo delante, luego yo, Bóxer Manuel a continuación y Gustavo e Ignacio con Angeles cerrando el grupo. La carretera es estrecha y mala pero el paisaje resulta grato, con el Turia siempre a mano derecha flanqueado de frondosas alamedas. Cruzamos algunos pueblos, Libros, Villel, Villastar…, y a la entrada de uno de ellos un reguero de tierra en mitad de una curva y con las motos tumbadas nos los pone de corbata, pero nadie se cae. Atravesamos Teruel sin detenernos y tomamos la N-234 sin ningún propósito definido. Cuando más adelante paramos en una gasolinera para repostar, beber un refresco y consultar el mapa, caemos en la cuenta de que no sabemos adónde vamos y lo peor de todo es que ni siquiera nos importa. La moto por la moto, medio y fin en sí misma. Puerto del Escandón, La Puebla de Valverde, Sarrión. Entramos de nuevo en la Comunidad Valenciana, ahora provincia de Castellón, y nos vamos cruzando en la carretera con verdaderas hordas de chicos malos montados en sus Harleys regresando de la concentración H.O.G. Naturalmente les saludamos y ellos nos devuelven el saludo, pero no lo hacen a la manera convencional (mano o ráfagas), sino levantando la pierna izquierda que llevan estirada en reposapiés inverosímiles a la altura de la rueda delantera, chulos que son. A medida que nos vamos acercando a la costa el calor y la humedad se intensifican haciendo agobiante la conducción, pero nadie toma la iniciativa de parar y elegir un destino. Barracas, Viver, Jérica, Navajas, Segorbe, Soneja, comarca castellonense del Alto Palancia, terreno en suave declive hacia el Mediterráneo. Aparecen a la vista los primeros campos de naranjos cuando nos desviamos por la C-225 hacia Vall d’ Uxó. Animado por la proximidad del mar, que siempre me motiva, me pongo delante y empiezo a tirar, pero ellos no me siguen. Aflojo el ritmo y 20 kilómetros después me alcanzan y me dan la charla: ¿Es que no piensas parar? Tenemos hambre, tío. Coño, es verdad, si ya es la hora de comer. Tal vez un buen plato de arroz y una fritura de pescado fresco nos aclare las ideas, y ya me voy relamiendo mientras cruzamos Vall d’ Uxó y luego Nules, pero el mar no se ve todavía, las motos están muy calientes, los estómagos dolorosamente vacíos y nuestras pobres almas de vagabundos un tanto confusas. Terminamos sentados a la mesa de un restaurante italiano en el centro de Nules devorando cazuelas de canelones y pedazos de pizza y largos tragos de sangría fresquita, y el mundo se vuelve ahora más benévolo, más cordial, más humanitario. Pero seguimos teniendo un problema por resolver: ¿adónde demonios se supone que vamos? Ya en los postres alguien propone bajar a Denia, pura rutina. Conocemos los sitios para comer, cenar, tomar copas y dormir, es decir, que vamos a cosa hecha, sin riesgos ni aventuras. Tanto nos da tirar hacia arriba que bajar hacia el sur o volver al interior, a las montañas. Bóxer Manuel aporta después la excusa más consistente: ¿no os apetece cenaros esta noche un lenguado a la zarzuela? A mí sí.


Un alto en la autopista de camino a la costa alicantina.
  
 Visto y no visto ya estamos otra vez en la carretera, para qué vamos a discutir. Todavía en Nules vemos a un desarrapado individuo subido a un engendro mecánico pretendidamente custom que va armando un estruendo del carajo. Es un hijoputa montao en un ruido, apunta Gerardo. En la autopista le retorcemos la oreja a las motos hasta Sagunto, pagamos el peaje y paramos a tomar algo de líquido. Hace calor y llevamos todo el santo día en la carretera, dando tumbos a lo loco de aquí para allá, sin orden ni concierto. Bueno, ahora por lo menos ya sabemos lo que queremos: lenguado a la zarzuela y copas a discreción en la Posada de Jamaica. ¿Quién dijo aquello de que tripas mueven pies que no pies mueven tripas?  Porque es cierto.

Provincia de Alicante. A última hora de la tarde llegamos a Denia, hotel Ogisaka Garden, parada y fonda. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas: hemos dado un absurdo rodeo de más de 300 kilómetros.

Gerardo y Gustavo en la habitación del Ogisaka Garden.

Gustavo y Bóxer Manuel junto a la K-75 de Gerardo.




Exteriores del Ogisaka Garden. La Goldwing Aspencade de Ignacio era la moto más demandada para posar en las fotos.
  
          En la mañana del 11 de septiembre nos levantamos bastante menos eufóricos y la razón es a la vez simple y contundente: tenemos que regresar a Madrid. Lo sensato habría sido cargar el equipaje, coger las motos y emprender la marcha sin más demora, pero el día es espléndido e invita a apurar los placeres de la costa, esto es, un aperitivo en una terraza junto al mar, un breve paseo por la playa y un generoso arroz abanda con pescado y mucho ali-oli. Y después, si los tienes bien puestos, métete en la autopista, conduce unas cuantas horas bajo la canícula estival y entra en Madrid. Casi nada. Y así lo hicimos. Hasta Valencia rodamos con cierto orden, pero luego, ya en la carretera general, se desató una especie de locura colectiva y cada uno parecía ir por libre, sin consideración hacia el grupo, empujado por la ansiedad insoportable de acabar el viaje cuanto antes, a sabiendas de que ya nada podía ser disfrutado. En el viaducto de Buñol Bóxer Manuel destapó la caja de los truenos y decidió avivar el ritmo. Después de unos instantes de indecisión, Gerardo y Gustavo le siguieron y los tres se perdieron en la lejanía mientras El Lírico y yo nos íbamos quedando rezagados sin ninguna preocupación. Al terminarse la autovía volvimos a encontrarlos trabados en la espesa selva de coches y camiones que nos cerraban el paso. Había que salir al carril izquierdo, adelantar, buscarse un hueco y meterse otra vez a la derecha, el tránsito era intenso y nuestro grupo se deshizo definitivamente. Hubo sustos, crispación y alguna reprimenda cuando volvimos a juntarnos los cinco en una gasolinera, todavía a mitad de camino hacia Madrid. Pero aquello ya no tenía solución: habíamos volcado la copa de la vida y todo era un auténtico disparate.

Volvimos a reagruparnos a la entrada de Madrid y nos despedimos con una mueca triste.


Gerardo y Bóxer Manuel

Exteriores del restaurante Sendra, en Denia, momentos antes de otra gran comilona.


Texto original escrito y publicado en 1996.

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