martes, 17 de enero de 2012

EL CANTO DEL CISNE (El último viaje de 1994)

     Los 50 kms. de la N-332 que separan Denia de Altea (Alicante), son algo así como si dijéramos entre la trepanación de Viriato y el desprendimiento de retina de Carlomagno, por poner un ejemplo, y fácilmente se te puede ir media mañana en el trayecto con un poco de suerte. Nosotros lo hemos conseguido luego de dura brega con las furgonetas hortelanas de la zona, las curvas y túneles del Mascarat, los camiones cargados de grava que van perdiendo chinitas para que tú las remates de cabeza según vas detrás, las travesías desesperantes de los pueblos con semáforos eternos y abuelas con rulos barriendo las aceras frente a sus casas, autobuses de línea, turistas anestesiados al volante y niños pijos pilotando potentes turbos como Dios les da a entender. La jungla, o sea. 19 de Diciembre de 1994. Menos mal que los paisajes merecen la pena: la silueta grandiosa del Peñón de Ifach que emerge y se esconde a nuestros ojos según va evolucionando la carretera por los hermosos campos de La Marina, los almendros en flor, los viñedos extensos, los típicos riu raus desperdigados sobre tierras y bancales orientados al mediodía, las aguas azules del Mediterráneo y los cielos limpios y claros de Levante, magníficos escenarios para disfrutar en moto en esta mañana cualquiera de finales de otoño. En la fenicia Altea compramos una pantalla y unas defensas para Sevenfifty importadas del Reino Unido a precios ventajosos, y brujuleamos luego por el centro urbano del pueblo entre casas encaladas y soleadas calles en cuesta con balcones enrejados y viejos tejados que todavía no han cedido al peso implacable de los años. El dueño del bar en donde tomamos una cerveza nos dice que tenemos buenas motos y se interesa por nuestros orígenes y procedencias. Yo no sé si son buenas nuestras motos, pero pienso que nos sirven para lo que hacemos con ellas y que cada uno tiene la moto que se merece, o sea, como todo -o casi todo- en esta vida, y eso ya es suficiente. La comida bien, fideuá, entremeses, consomé y entrecot a la pimienta regado todo con muy buen vino, pero a poco de reanudar la marcha un camión despistado casi se lleva por delante al Gallino Veloz (K-75) en una estrecha calle en obras y con el suelo resbaladizo de arena, el ABS redentor que vuelve a salvarle la cara a Gerardo, y su primo Bóxer Manuel que saca pecho para traerse a escena a la madre del camionero, que es lo que suele hacerse en estos casos y que son todas siempre en tales circunstancias muy malas mujeres, qué fatalidad…

 
   
      Estamos ya próximos a entonar el canto del cisne, el trompetazo final de un año intenso vivido peligrosamente y hasta el último instante, hasta la línea de llegada, hasta ver la moto por fin aparcada en el garaje a la espera de tiempos mejores, si es que pueden serlo. Pero entretanto y de momento, Bóxer Manuel no desaprovecha la oportunidad de perder por la autopista un embellecedor lateral de su Lavadora (R-65) cuando Gerardo y yo casi nos habíamos olvidado de él y para nosotros su faro no era ya en nuestros retrovisores sino un pequeño punto remoto, una estrella fugaz en la tarde, nada. Acaso sea verdad que la moto te embrutece en un momento determinado de tu vida y entonces ya sólo eres tú y tu circunstancia y tu voluntad de seguir adelante, de llegar, de alcanzar el final del camino sin mirar hacia detrás. Un feo gesto por nuestra parte, pero siempre queda tiempo para las disculpas.
   


      En la mañana del 20 de Diciembre se me estrella contra la visera del casco el último insecto tripulado del año, un hermoso tábano que viene a desparramar su viscosa anatomía verde y roja a la altura de mi ojo izquierdo, un primer plano de la muerte animal en la carretera. Los fuertes vientos racheados en las comarcas de la Valencia castellana nos empujan más de lado que hacia el frente, pero ya no hay nada para nosotros que no pueda ser resistido con la debida paciencia y determinación, ni el aire, ni el agua, ni el frío, ni el fuego. Hemos vencido a los elementos y es ahora cuando ya, ciertamente, podemos decir que nos hemos fundido con el paisaje, que formamos parte de él, y no somos sólo tres motoristas, o cuatro, o veinte, o cien, que vuelven a casa por la tarde y por cualquier carretera del mapa, no, ahora somos una verdad revelada, una utopía hecha realidad, una suma dispersa de voluntades individuales pero alentadas por un mismo espíritu indestructible que nadie puede negarnos. Y es entonces cuando ya sólo nos queda nuestra memoria fiel. Como escribió Ramón Gómez de la Serna, la memoria no se muere en nosotros gracias a las cosas que no nos devuelve y de las que se alimenta contando con nuestro olvido.



Texto original escrito y publicado en Enero de 1995

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