Un relato de Route 1963
—Bájate de la moto muy despacio y levanta las manos para que vean que vamos desarmados —me ordenó Juan.
Eso hice, y estuve a punto de perder el equilibrio y caerme al suelo. Mi hermano se bajó también, colocó la moto en el caballete y levantó las manos. Y entonces ocurrió algo increíble: el auto arrancó de improviso y sin encender los faros pegó un acelerón precipitado para marcharse camino abajo a toda velocidad levantando una espesa polvareda. Ni siquiera tuvimos tiempo de ver cuántos ocupantes llevaba el vehículo. Juan respiró profundamente aliviado.
—Lo sabía —dijo.
—¿El qué?
—Que iba a pasar esto. Alguien tenía que tomar la iniciativa y facilitarle las cosas al otro. De lo contrario nos habríamos podido pasar aquí toda la noche sin que nadie se atreviera a moverse.
—Sí, pero menudo susto. ¿Quién iría en ese auto? —pregunté con viva curiosidad.






