miércoles, 3 de agosto de 2016

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 4ª Entrega




Un relato de Route 1963



Ese día, lunes 20 de julio, me quedé involuntariamente dormido y me levanté muy tarde. Había tenido intención de acudir a mi trabajo pero, como comprobé más adelante y tal y como había vaticinado Juan, mis jefes del bufete de abogados, gente de derechas —de orden, como se los denominaba entonces—, también habían huido sin dejar rastro. Fue el vecino de la habitación contigua quien me encontró, cerca del mediodía, vagando por los pasillos de la pensión en busca de la señora Engracia para que ordenase a las sirvientas que me preparasen un desayuno.

¡Qué bien vive el señorito! —me dijo con sorna—. Supongo que estarás al tanto de lo sucedido.

¿Al tanto de qué? —le respondí, frotándome los ojos aún soñolientos.

De lo del Cuartel de la Montaña —me explicó sin disimular su entusiasmo—. Hemos pisoteado a los fascistas como si fueran cucarachas. El alzamiento ha fracasado en Madrid, y en dos días estarán sometidos en el resto de España, ya lo verás.

Sí, eso es lo que yo creo —respondí con cierta indiferencia—, pero lo que necesito ahora es desayunar.

Mi vecino de habitación me lanzó una mirada retadora. Vi odio en sus ojos. Probablemente el mismo odio que había brillado en los ojos de los milicianos esa mañana, mientras asaltaban el Cuartel de la Montaña entre gritos y disparos de fusil.

Tú no eres de los nuestros —me soltó de repente—. Está en juego el porvenir de los obreros y a ti sólo te preocupa el desayuno.

Soy tan obrero como tú, y leal a la República —repliqué.

Mira tu ropa —me señaló—. Esa camisa, ese traje, ese sombrero. Por no hablar de la corbata. Eres un burgués y estás con los fascistas, me juego el cuello. Si algún día llegas a abogado y ejerces, te pondrás del lado de los patronos, como todos los picapleitos, si lo sabré yo.

No soy un fascista, nunca lo he sido. Estoy de vuestro lado.

Ándate con ojo, Mariano, que a mí no me la das. Se te ve a la legua que eres un fascista de tomo y lomo, y ya sabes lo que hacemos con la gente como tú.

Lo sabía, y tuve miedo. Mi hermano Juan al menos poseía el carnet sindical de la U.G.T. Esto podía sacarle de muchos problemas. A mediados de los años 30 la mayoría de los trabajadores estaban afiliados a algún sindicato o partido político de izquierda o centro izquierda. A menudo lo hacían por convicción ideológica, pero otras veces, como en el caso de Juan, se trataba únicamente de una cuestión de conveniencia social. Yo no había tomado ni siquiera esa precaución —aunque defendía la legalidad republicana—, convencido como estaba de que lo más prudente era la neutralidad, no ampararme bajo ninguna bandera, no estar del lado de nadie. Andando el tiempo los hechos me han demostrado que este es el peor error que puede cometer una persona, porque cuando no estás ni con unos ni con otros, ni contra unos ni contra otros, los unos y los otros —ambos por separado—, cuando estalla un conflicto acaban por considerarte su enemigo, así es que sin pretenderlo terminas siendo enemigo de todos, y con tantos enemigos —y ningún amigo— es muy difícil sobrevivir.

En la tarde sofocante del 20 de julio de 1936, tumbados en las camas de la pensión mientras tratábamos de dormir la siesta, quise comentarle a mi hermano que nuestro vecino de habitación me había amenazado de muerte, porque realmente era esto lo que había hecho, pero resultó que Juan se encontraba sumamente compungido por un episodio dramático que había tenido lugar esa misma mañana en su taller, y no me dejó hablar.

Venían una docena de milicianos en una camioneta Hispano Suiza descapotada, de esas que usan los guardias de Asalto. Armados hasta los dientes. Buscaban a los dueños del taller, a los jefes, como ellos decían, pero los jefes hace dos días que se marcharon. Nadie sabe dónde están. Les enseñé mi carnet de la Ugeté. Los demás compañeros también estaban sindicados. A la Ugeté o a la Ceneté, casi todos. Sólo había un mecánico, el señor Eulogio, un hombre mayor, que no tenía afiliación. Quisieron llevárselo, pero el hombre se resistió. Mientras forcejeaban con él, uno de los milicianos, que parecía borracho, sacó su pistola y le pegó un tiro en la nuca, llamándole fascista. Después se llevaron todos los autos que pudieron, aquellos que funcionaban, y los que no, los incendiaron. Como teníamos varios bidones llenos de gasolina, el taller empezó a arder como una tea por los cuatro costados. Tuvimos que salir corriendo calle abajo. Un desastre, Mariano, un desastre. También se han incautado la Brough Superior, una joya, la moto inglesa con la que nos íbamos a escapar tú y yo a Valencia.

Bueno —le dije, tratando de tranquilizarle—, si no podemos escapar con esa moto, a lo mejor tenemos que intentarlo por ferrocarril o en autobús. ¿Sabes?, al final me has convencido: yo también tengo miedo y quiero salir de Madrid. Esta mañana me ha amenazado el huésped de aquí al lado. Dice que soy un fascista y que me ande con ojo.

Los peores son los que no amenazan —observó mi hermano—. Simplemente espían y dan el soplo, y entonces vienen los que tienen que venir, y hacen su trabajo. Pero en realidad no te puedes fiar ni de tu sombra. Es muy difícil salir de Madrid en tren o en autobús. Todos los movimientos de civiles están muy controlados. Tendré que recuperar la moto como sea.

¿Y cómo vas a hacerlo? Será como buscar una aguja en un pajar.

Eso déjalo de mi cuenta. Tengo algunas pistas. De momento tú lo que has de hacer es desprenderte de toda la ropa buena que tienes y vestirte lo más discretamente que puedas. No debes ir vestido de domingo todos los días. Nada de sombreros ni corbatas. Zapatos tampoco, mejor alpargatas. Y con un poco de suerte a lo mejor hasta te consigo un carnet falso de la Ceneté. Vienen días difíciles y tenemos que protegernos, Mariano.

Mis jefes también han huido —le conté— y el bufete está cerrado a cal y canto. Nadie responde al teléfono ni da señales de vida. Supongo que ahora estoy sin trabajo.

Supones bien. Los verdaderos fascistas son los que se han largado. La mayoría estaban al tanto de lo que iba a suceder. Ahora a nosotros sólo nos quedan dos alternativas: o alistarnos voluntarios en las milicias populares y empuñar un fusil, o recuperar la Brough Superior y marcharnos a Valencia. Yo elijo la segunda.

Yo también —asentí—. Oye, Juan, por cierto, tu conocida esa de Valencia no tendrá por casualidad una hermana o una amiga de buen ver, ¿no? A mí no me importaría.

Juan sonrió estirándose en la cama.

En Valencia hay muchas mujeres guapas, Mariano, ya lo verás. Y seguramente alguna te estará esperando con los brazos abiertos.





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