Un relato de Route 1963
El viernes 31 de julio a las seis de la mañana unos golpes bruscos en la puerta de la habitación nos despertaron con gran sobresalto. Llevábamos ya varias noches durmiendo con un ojo abierto y otro cerrado, pero este fue uno de los peores despertares que recuerdo, porque no pude evitar el pensar que por fin venían a matarnos, y no es agradable comenzar un nuevo día sabiendo que ha de ser el último. La voz tranquilizadora de la señora Engracia al otro lado de la puerta nos devolvió cierta serenidad, aunque no toda la que hubiésemos deseado. Salvo que ocurriese algo grave, esta buena mujer no acostumbraba a despertar a sus huéspedes tan temprano y con semejante alarma.
—No se me asusten los señoritos, que soy yo —oímos que decía—. Le llaman por teléfono, señorito Juan. Dicen que es muy importante.
—¿Una conferencia desde Valencia? —preguntó mi hermano levantándose de la cama con un gesto de preocupación.
—No lo sé, señorito. Es un hombre, y necesita hablar con usté urgentemente.
—¿Hay alguien con usted ahí fuera?
—¡Huy, hijo mío, quién va a haber! Estoy sola, pierda cuidado.
—Gracias, doña Engracia. Dígale que voy enseguida.









